| Acecho |
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| por Itzel Saucedo Villarreal | ||||||||||||
| 06 / 2007 | ||||||||||||
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Itzel Saucedo Villarreal nació en Puebla en el no tan lejano año de 1978. Estudió la licenciatura en lingüística y literatura hispánica y la maestría en Ciencias del lenguaje. Ganó mención honorífica en el concurso “Terminemos el cuento” (1997) y fue becaria del FOECA en la categoría de jóvenes creadores (1999-2000). Fue editora de la revista literaria Botella al Mar. Actualmente intenta hacer la tesis de maestría pero siempre se distrae escribiendo historias. También da clases en una preparatoria de la BUAP. Acecho fue ganador del tercer lugar del primer concurso de cuento Palabras Malditas.
AcechoILa noche se sentía tranquila. Recién había terminado de llover. Apenas era mayo pero a Damián le gustaba el olor a humedad que dejaba la lluvia. Inhaló. Bajó la ventanilla de su camioneta e inclinó la cabeza hacia fuera, el viento le refrescaba los pulmones. Damián Solares volvía de una junta “política”. Fatigado de inhalar el humo esparcido por bocas pastosas y hastiado de reírse de chistes procaces, manejaba por el boulevard 5 de mayo. Tenía los ojos llorosos, cansados. No recordaba cuándo había sido la última vez que había visto la ciudad de noche, tan calmada, sin peatones corriendo hacia las aceras, madres estacionadas en doble y hasta triple fila para dejar o recoger a sus hijos de la escuela, neuróticos pegados al claxon, imbéciles de día. Todavía pensaba en la propuesta del gordo Paredes, ser candidato a diputado no estaba en sus planes, aun y cuando tuviera mucho sentido, siendo su padre integrante de la Cámara. “Mucho dinero, para atascarse, la gente es pendeja y no tienen ni idea del dinero que hay en esto”, le decía. Pero nada de eso era prioridad en la vida de Damián. Pasó la fuente de la China Poblana y miró hacia el edificio color crema. Ubicó el décimo piso, tras el parabrisas empañado y miró la luz en la ventana del departamento. Eran cerca de las dos de la mañana. Eva seguía despierta. Damián sintió un dolor en el estómago y quería pasar rápido, para colmo le tocó el alto en el semáforo. No quiso voltear de nuevo, tal vez ella estuviese observando la ciudad, observándolo a él, mientras los brazos de una sombra masculina le rodeaban la cintura con lascivia. El verde fue como el disparo de salida para su enojo, se oyó el chirriar de las llantas y la noche le hizo un eco amplio. Tal vez Eva lo hubiera escuchado. Pisaba el acelerador con firmeza, observando la fila de verdes hacia el horizonte, la noche era suya. Se repetía a sí mismo que la ruptura había sido lo mejor. Si ella lo dejó por un infeliz que le había enseñado los billetes antes que cualquier cosa, entonces no valía la pena llorarla. Pero, ¿qué estaba diciendo?, si la amaba profundamente, sólo repetía lo que le decían sus amigos cuando les contaba su tragedia. Le pidió perdón en silencio. El sopor le volvía al cuerpo. 120km/hr. 140 km/hr. Ya no aguantaba más, el cansancio le cerraba los ojos.
II–Te vas a morir cabrón, ya lo verás. Tú eres el que debería estar bajo esa tumba maldita, no mi hija, no mi hija –repetía, mientras pasaba de la furia al llanto– ¿por qué mataste a mi niña? Dos enfermeros sujetaban al hombre, impidiendo que entrara a la recámara de Damián. Ignacio Escamilla intentaba soltarse, mientras le seguía gritando. Damián escuchaba adormilado, ni siquiera reparó en que él era el amenazado. El sopor lo envolvía nuevamente. Damián despertó dos días después. Se acomodó en la cama y sintió la aspereza de las sábanas. Abrió los ojos, alarmado. Trató de incorporarse pronto, pero sus piernas no le respondían, el corazón comenzó a latirle a bombazos. –Llevas dos días dormido, desde la operación. No te preocupes, saliste bien, volverás a caminar, pero tendrás que usar muletas. ¿Cómo te sientes? Tu padre me pidió venir. (Silencio). Me preocupé mucho (bajando la voz), fue horrible, la nota salió en todos los noticieros y periódicos. Primero dijeron que tú también habías muerto. No te imaginas cuánto sufrí. Eva cruzó las piernas, sin saber qué más decir, buscó unos chicles en su bolso y los masticó con ansia. Se sentía realmente incómoda ante la falta de respuesta. Después de unos minutos, cuando Damián finalmente se convenció de que estaba en la cama de un hospital, volteó a mirar a Eva. Se veía hermosa. Siempre le había gustado ese estilo de actriz de Holliwood, películas en blanco y negro. Su pelo rubio, con unos bucles ligeros, sus faldas rectas entalladas, sus piernas largas y las zapatillas. Pero esta vez no era perfecta, sus lentes de pasta gruesa sustituían a los habituales lentes de contacto y unas ojeras surcaban sus ojos. –Pues ya puedes volver a tu vida –le dijo en tono indiferente– ya ves que no estoy muerto. Se arrepintió enseguida. Le miró a los ojos, no soportaba esa mirada doliente. Ni siquiera sabía qué es lo que estaba pasando. –Perdóname, estoy confundido, no entiendo nada, ¿qué pasó? –¿No recuerdas ni un poco? –Recuerdo… que iba en el boulevard… venía de la casa de Paredes –le vino a la mente la imagen de ella en brazos de su nuevo amante, pero omitió mencionarlo. Finalmente ahí estaba. Le había dolido su tentativa muerte, tal vez se hubiera dado cuenta de que lo quería, tal vez esta podría ser la oportunidad para enmendarlo todo, empezar de nuevo… –¿No recuerdas a la chica? Damián quedó desconcertado. En su mente estaba casi casándose con Eva, ¿por qué le hablaba de otra chica? Entonces, recordó.
IIIIgnacio Escamilla llegó a su casa a las diez de la noche, la misma hora de hace 10 años, desde que su esposa había muerto y tuvo que hacerse cargo de Julieta. Antes había sido “alguien” –como él lo sentía– gente respetable, un abogado influyente. Todo había cambiado desde el accidente de María, simplemente las cosas se derrumbaron, como fichas de dominó. Ahora trabajaba de valet parking en un centro nocturno, no le iba mal, sabía cómo tratar a la gente –el verbo de abogado le servía perfecto– y estaba bien relacionado. Hacía mucho que ya no les insistía a los clientes para una “recomendadita” en algún despacho. Esa noche llegó puntual. Julieta no. Trató de calmarse, fingió estar tranquilo pero a las once había recorrido todos los posibles caminos en su pequeño departamento. El teléfono sonó. Ignacio palideció. Era fatal. Cuando colgó la bocina, miró desamparado hacia los rincones de la habitación, miró a Richter durmiendo en el sillón y fue a abrazarlo, llorando. El gato se dejó acariciar, le lamió los dedos y después comenzó a bañarse. Ignacio se derrumbó. Salió a la calle, aún tambaleando, caminó sin rumbo por unos minutos. Las lágrimas le escurrían por la cara, su niña, su niñita, morir de ese modo tan horrible. Frente al cuerpo de su hija en la morgue, Ignacio había pasado del drama a la contemplación. Había llorado todo lo posible, como si sus lágrimas pudieran darle un poco de vida a ese cuerpo inerte, remendado con esmero, pero insuficiente para borrar las huellas de una muerte brutal. Llevaba media hora ahí, en el frío del anfiteatro, y el médico no se atrevía a pedirle que se fuera. Lo observaba, miró todos sus gestos, parecía tratar de decidir qué hacer. Asentía con la cabeza, negaba como si le pidiera algo imposible, resoplaba ante algún desacuerdo. Estaba dialogando con ella. –Doctor, ¿usted sabe dónde está el que mató a mi hija? –dijo, finalmente, con una voz templada y serena. –Sé que está en este hospital, señor, mas no sé en qué piso. En urgencias deben de saber. –¿Usted tiene hijos, doctor? –Sí, dos, una niña y un niño. –Pues cuídelos. Uno piensa que jamás verá la muerte de un hijo. No se imagina cuánto duele. Con permiso, doctor, –dijo, avanzando hacia las escaleras– voy a buscar al hijo de puta.
IVDamián llevaba un mes en el hospital. Había sido necesario trasladarlo a un cuarto “privado”, pues los medios locales no dejaban la noticia. Ya estaba bastante recuperado, a pesar de la difícil rehabilitación. Eva lo visitaba constantemente y eso le aliviaba, un poco, el terrible sentimiento que tenía desde que supo de la muerte de la chica. Héctor –su mejor amigo desde la licenciatura– le traía noticias del juzgado y le escuchaba hasta la última reflexión acerca del accidente. Ese día, Héctor, finalmente, le había conseguido el peritaje original. El padre de Damián se había encargado de que se alterara, haciendo que todo fuera culpa de Julieta. Oficialmente él era el agraviado. –Pude haberlo evitado Héctor, yo lo sé, pero de verdad que no recuerdo el justo momento del choque. Recuerdo que venía de casa de Paredes, que la calle estaba tranquila, sólo escuchaba el ruido de mi camioneta. Ni siquiera ignoraba los altos. ¿Dónde dices que estaba ella? –En el boulevard, a la altura de la iglesia de San Francisco. Después de la curva. –Sí. Recuerdo que estaba mojado, acababa de llover, yo venía con la ventana abierta. Jamás la vi. –Según el peritaje original, ella estaba en el carril de en medio y tú debiste haber acelerado mucho. Te la llevaste, Damián –dijo Héctor en tono grave– probablemente te estaba haciendo señas. Aquí dice que estaba la llanta desmontada y las herramientas fuera. Después lo hicieron ver como parte del accidente. La dejaste realmente mal. Murió tres horas después, durante la operación. –¿Y qué más sabes? –Hablé con un enfermero que estaba de guardia esa noche. Dice que aún llegó consciente, con la cara destrozada y varias fracturas expuestas. Sólo balbuceaba que quería ver a su papá. El teléfono de Héctor sonó. Salió al pasillo. Damián sentía que el corazón le bombeaba demasiado, quería gritar, salir de ese hospital. Cerró los ojos, de nuevo. Igual que antes del accidente. –¿Me recuerdas? –dijo una voz grave, serena. Damián levantó la cabeza e intentó identificar al hombre. –No, disculpe, ¿quién es usted? –¿Recuerdas a mi hija? –¿Quién es su hija, señor? –Julieta. Julieta Escamilla –No, señor, lo siento, no la recuerdo. ¿De dónde los conozco? –Tú la mataste, cabrón, tú la mataste. ¿Recuerdas ahora? Damián se incorporó, nervioso. No sabía cómo reaccionar puesto que no estaba seguro de la identidad de ese hombre. Esperaba que pronto entrara Héctor y le ayudara en esa incómoda situación, mientras Ignacio lo miraba, desde el rincón de la puerta, como si no se decidiese a entrar por completo. –Julieta era mi vida. –Señor… yo… lo siento mucho… fue un accidente… –He pensado mucho acerca de tu muerte. He imaginado las más crueles, las más dolorosas. También he pensado en las formas más efectivas. ¿Y sabes qué? Eso sería demasiado fácil. –Señor… yo comprendo cómo debe sentirse… –¡Tú no entiendes nada! –dijo, levantando la voz y acercándose a Damián– no sabes lo que ella sufrió ni lo que yo sufro ahora. ¿Tú crees que te ibas a librar así de fácil? ¿Que las influencias de tu papi te salvarían? Probablemente de la cárcel pero no de mí. Te voy a matar. Damián quiso llamar a la enfermera, pero Ignacio se acercó y lo jaló de los cabellos. Apretaba la aguja del suero sobre su antebrazo. –Escúchame bien. Yo sé que vas a recuperarte y ¿sabes qué?, entre más te tardes será mejor porque así tendré más tiempo en preparar tu muerte. No sabrás, Damián Solares, en dónde, ni cuándo, ni cómo. Y cuando menos te lo esperes, cuando pienses que me he olvidado de ti, entonces morirás. Así que corre, Damiancito, corre y escóndete, porque cuando te encuentre tendrás la muerte más dolorosa que puedas imaginar. Ignacio lo miró fijamente, en silencio. Damián estaba pasmado, ya ni siquiera luchaba por liberarse. –Si antes de que te mate, tienes hijos con esa noviecita tuya, también los mataré y sufrirán, como tú. Los destriparé lentamente. Recuerda mi cara, Damián, que yo recordaré la tuya. Cuando Héctor entró, Damián tenía espasmos, estaba pálido pero no decía una palabra. En el suelo, su vómito apestaba.
VDos meses después, Damián salió del hospital. Aún usaba muletas pero ya estaba muy recuperado. Apoyaba mejor las piernas y había recobraba la seguridad perdida en ese tiempo. Héctor lo ayudaba, mientras Eva esperaba en su camioneta a la salida. Saliendo del elevador, lo dejó un momento para registrar su salida. Entonces, Damián lo vio. Estaba al final del pasillo. Un hombre moreno de 50 años, robusto. Vestía de traje azul y se apoyaba en un bastón. A pesar de que Damián traía puestos sus lentes no lograba estar seguro de que fuera él, pero el hombre no dejaba de observarlo. Héctor lo tomó del brazo y Damián retrocedió por instinto. – ¿Qué te pasa? –Creo que está aquí –¿Quién? ¿El padre? –Sí –respondió tartamudeante. La enfermera se acercó a Héctor y le dio el papel que daba de alta a su amigo. Damián volteó a mirar de nuevo, Ignacio se había acercado hasta el centro del pasillo que daba hacia el de salida. Ahora estaba seguro de que era él. Ignacio levantó el bastón y lo apuntó, simuló un disparo. Damián se desvaneció. Héctor le refrescaba la cara con un trapo húmedo. Finalmente, subieron a la camioneta. Las cámaras de los reporteros los acorralaban. –Estás seguro de que era él –preguntó Héctor, mientras Eva trataba de eludir a los camarógrafos y reporteros. –Sí, estoy seguro. ¡Me va a matar Héctor!, ¡me va a matar! ¡Jamás me va a dejar en paz! Yo pensé que el tipo lo olvidaría, que estaba muy dolido por la muerte de su hija, pero que con el tiempo… lo olvidaría –Damián se llevó las manos a la cara– anoche lo soñé, Héctor, soñé que me decía esas palabras malditas. –Cálmate, hombre, ya veremos qué hacer. Ya en su casa, Damián se sintió más tranquilo. Vivía en el penthouse de los edificios más altos de la ciudad, las torres de Plaza Dorada. Los reporteros se habían quedado abajo, muy lejos de él. Pasaron las horas. Damián se sentía mejor. Los tres durmieron profundamente.
VI– ¡No me puedo quedar aquí! –chillaba Damián en la camioneta– ese cabrón me va a matar, está loco. La llamada había sido a las dos de la mañana. “¿pensaste que en tu castillito estabas seguro? ¿Cómo sabes que no tuve tiempo para colocar la bomba que te hará explotar en pedazos, infeliz de mierda? Damián no necesitaba más pruebas, la amenaza de ese hombre era cierta. Cuando los bomberos dijeron que no había peligro alguno, Damián pidió que le empacaran algunas cosas. Se mudaría. Los encuentros con Ignacio lo desquiciaron. En el hospital, mientras esperaba que la enfermera le diera sus prescripciones; en el estacionamiento de su extrabajo, justo el día en que pensaba volver; en la esquina de casa de Héctor. El más reciente, en la iglesia de la Compañía, lo había dejado aterrorizado. Con el tiempo, todos comenzaron a dejarlo solo. Era insoportable estar con alguien que veía en todos lados un asesino o que se la pasaba hablando de la horrible muerte que le esperaba. Uno a uno lo habían ido abandonando: Eva, Héctor, su padre. Damián nunca volvió a ser el mismo, sufría de insomnio. Sus noches eran insoportables, sabía que el padre no bromeaba. Tuvo que cambiar de vida, pasar al anonimato. Todos sus demás anhelos quedaban ahora relegados a uno: vivir. Pero no fue tan fácil, cada noche –durante sus largas horas de insomnio– imaginaba el lugar y el modo en que lo matarían. Meses después, Damián salió de nuevo a la ciudad. Toda la terapia física la había recibido en su casa de La Vista. Ya no había recibido llamadas ni visitas y su vida comenzaba a tomar rasgos de normalidad. Ese lunes de mayo, un año después del accidente, Damián quiso ir al supermercado. Eva lo visitaba luego de varios meses de ausencia. Se sentía mal por haberlo abandonado así. Era quincena y el lugar estaba a reventar. Eva estaba buscando su desodorante y se tardaba demasiado. Damián comenzaba a impacientarse. Observaba a la gente que venía con sus carritos de súper. Sería un lugar perfecto para que él se apareciera. Comenzó a sudar, a sentir taquicardia, de pronto el lugar le parecía tremendamente lleno, chocaba con la gente por los pasillos mientras buscaba el baño, se sintió perseguido. Se encontró, de frente, con un tipo que lo miraba insistentemente. Era alto, blanco, usaba un bigote enroscado por las puntas y traía las manos metidas en las bolsas de la gabardina azul. Damián corrió en dirección contraria, volvió por Eva y la jaló por los pasillos, buscando la salida. Ella le gritaba, toda la gente los veía con extrañeza, Damián sólo repetía “nos va a matar, tenemos que huir”. Pero antes de salir del súper, Eva le soltó la mano. Desesperado, había olvidado dónde estaba estacionada la camioneta. Salió de ahí caminando, mirando hacia atrás con insistencia. Un coche lo seguía desde el estacionamiento, era un volkswagen rojo –como el de Julieta– con vidrios polarizados. Éste era el momento, lo presentía. El vidrio se bajaba. Damián supo que el día había llegado. Su corazón latía sin control, la respiración se le entrecortaba. De la ventana abierta salía un brazo moreno que se extendía por completo y lo señalaba. Se escuchó una explosión. Damián cruzó la calle, corría sin que le importaran los demás autos. Exhausto, suspiró una última vez y se desvaneció. Sólo se escuchó el chirriar de varias llantas. La colisión de los automóviles. El cuerpo tendido, el cráneo destrozado. El volkswagen avanzaba con dificultad, no había logrado orillarse a tiempo, su llanta estaba deshecha.
Epílogo El 23 de diciembre, Ignacio se bañaba. Eran las once de la noche y recordaba el encuentro que acababa de tener. Había salido por la tarde para comprar cosas para su cena. Mientras elegía las piezas de pollo, pensaba que ya tenía bastante dinero ahorrado para comprarse una pistola y matar a Damián. Ya bastaba de encuentros, debía morir. Luego de siete meses, el dolor por la muerte de Julieta había disminuido un poco. Lograba estar en su casa sin hablar con ella pero el rencor no desparecía. No podía dejar que ese infeliz viviera sin castigo. Sin embargo, ese día, Ignacio se sentía triste. Recordaba todos los sueños de Julieta –que eran también los suyos– y caminaba entre la gente sin querer que lo tocaran. Mucho menos soportaba a la gente que se abrazaba, deseándose felicidad y dicha. Compró una pequeña corona navideña. A Julieta le hubiera gustado. Unos niños se le acercaron y le extendieron la mano, mientras cantaban un villancico desafinado. Ignacio empujó al más pequeño, le gritó que no lo molestara y las miradas de reproche lo señalaron junto con un gesto negativo de las cabezas. Salió del mercado y caminó por las calles del centro. La 8 poniente y su caos vial. La 3 norte y los puestos de luces navideñas. Caminó por Reforma, observando los adornos colgantes y llegó hasta la iglesia de La Compañía. Entró con el ánimo desvalido. Era el cumpleaños de Julieta, tendría 22 años. Dejó sus compras en el piso y se hincó, no recordaba cuándo fue la última vez que había rezado. Entrelazó las manos y cerró los ojos. Cuando terminó la plegaria, miró a su alrededor. Ahí estaba él. Sentado, con la mirada en el Cristo. Ignacio no lo podía creer, parecía que Julieta le estuviera enviando un mensaje con ese encuentro. Damián sintió la mirada, volteó lentamente y se puso completamente pálido. Su cara reflejaba terror. Rápidamente se incorporó y salió de la iglesia, corriendo. Ignacio ni siquiera pensó en seguirlo. Se quedó ahí, sentado, por unas horas más. Agradeciendo la señal enviada. Terminó de bañarse, tomó la toalla y se la envolvió en la cadera. Ya tenía quién le vendiera la pistola. Distraído, se metió las chanclas. Se metió nuevamente a la regadera para abrir la ventana. Un fusible defectuoso fue la causa del apagón en el edificio. Ignacio no lo supo, tampoco vio el jabón en el piso. Su cuerpo sería encontrado 5 días después, con la cabeza descalabrada, luego de haberse resbalado.
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