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Entre Demonios Imprimir E-Mail
por Javier Terrones Hernández   
06 / 2007
Ínicio
Entre Demonios
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Javier Terrones Hernández. (31 años de México, D.F) Escribe desde temprana edad, poesía principalmente, librero de profesión, estudia actualmente el segundo semestre de la Licenciatura en Letras Hispánicas en la UNAM. Su cuento, Entre Demonios, resultó ganador del primer concurso de cuento Palabras Malditas.

El escritor mexicano Gerardo de la Torre fue el jurado y dictaminó al ganador en base a la originalidad de la historia, el uso del lenguaje y su estructura narrativa. 

 

 

Entre Demonios 

El infierno se enciende con una palabra.

No es necesario disfrazar la voz, basta una frase para echar a andar el motor de la desgracia. Así comienza esta pesadilla sin fin. Todo gira en el ombligo como una espiral a la nada. De la oscuridad nace su voz como una flama que alumbra y calienta, que da confianza. Cuando llega el dolor es porque ya estoy ardiendo en sus llamas. Su voz apaga la vela cuando hace frío y aviva la hoguera de sus palabras. Me consumo en recuerdos y revivo mi muerte matando a mi alma.

“No sé qué pasó, güey. Nunca los había visto pedos. ¡Créeme! Tienes que creerme”.

Y otra vez su voz, una más, quebrándose como la noche, inoportuna como los aguaceros de marzo.

La lluvia resbala por sus mejillas. Lava las lágrimas de su cara de ángel. Qué bien le sacaba partido, como a un revolver en la sien del destino. Esa linda carita ya la había sacado de dos o tres apuros, ¡qué diablos!, si era la misma la que se los procuraba. “Con esa cara te has ganado el cielo”, le decían, pero podría jurar que era el cuerpo el que la mantenía a ras de suelo sin dejarla despegar; tan acostumbrado como estaba a los vicios, la llevó a conocer el horror de los subsuelos.

Tu cara brillando en la penumbra ambarina. Trémula luz de ciudad.

Qué fácil fue encularme contigo.

“...bueno, sí, güey. Un chingo de veces. Pero nunca tan pedos ¡Créeme, por favor! Nunca tan pedos.”

Cómo creerle si ni yo me la creo. Esa noche, contigo; estas horas, aquí… después de todo. Sobre todo después de todo. Esta asquerosa omnipresencia burlándose de mi mente: hay un tipo raro, parecido a mí, en frente de ti; a espaldas, conmigo. Pobre diablo sosteniendo de los hombros a un dragón enfermo, envuelto en faldas. Si acaso lo sostengo con sobrada firmeza, quiero pensar que no es el miedo, sino la mera precaución a ser devorado. No hay más, ese súcubo eres tú. Perdona si te confundo. Son estos efluvios de mierda que no dejan entenderme poniéndole un velo de tul a la cordura. Por lo mismo no esperes que te crea, mucho menos que te entienda. No pierdas el tiempo como has ido perdiendo esa gracia tan tuya de hacer creíbles las mentiras.

“...bueno, sí, güey, tal vez más... algo más... muchas veces ¿Qué pinches quieres que yo te diga?”

Quisiera que se callaran. Que me dieran tiempo de desechar esta locura para poder pensar. Qué voy a hacer ahora. Cómo diablos voy a salirme de ésta. Su voz me persigue, me aturde. Sus guañidos de puerco taladran mi cabeza, resuenan en mi nuca como un badajo.

—¡Ya vienen a chingarme otra vez!

Casi nos reventamos las piernas devorando media colonia, saltando basureros, tomando atajos, pisando charcos y cacas de perro… para llegar hasta aquí, más cansados que seguros, fuera del alcance de nuestra paranoia. Y, mientras trato de recuperar el aliento, sigues inclemente tu recua de farfullas entrecortadas con berridos mocosos y tu natural incoherencia.

“...además no estaban pedos, güey, más bien cruzadotes los muy grifos...”

Me vale madres cómo chingados estaban. ¡Están muertos y basta! ¿Qué estás tonta y no entiendes? ¿Será posible que la maldita droga ya te haya jodido el cerebro, carajo? Quisiera gritar, meterte un puño en la cara y acomodar tus pocas ideas. Pero tus ojos me detienen. Arrasados en lágrimas, ya no me miran. Sus pupilas inmensas, perdidas, se detienen antes de rozar las mías a medio paso de nuestras miradas. Sin embargo tus ojos mandan, aun envilecidos guardan hechizos para dominar a las bestias. El monstruo en que me has convertido aboga por tu indulgencia. Te lo perdona todo. Calla. Tiembla.

“Pero nunca hacían tantas pinches pendejadas... por ésta, güey...”

El beso en la cruz formada por tus dedos me aclara la mente, me da calma y caigo en la cuenta. Aún te amo. Termino embarrándome en el fango otra vez.

Trato de estudiar la situación. Es difícil cuando todo y tú me dan vueltas. Me aferro a tus hombros con la vana esperanza de ponerle fin a este vértigo. Trato de encontrar un equilibrio entre el murmullo del tráfico y tu escandalosa tarabilla para escuchar mi voz. Un avión surca los cielos. Estiro los ojos tratando de verlo. Nubes de concreto ensucian la noche. Sólo consigo escucharlo y que la lluvia moje mi cara. El metro bosqueja un fugaz horizonte. Otra vez el escándalo...

“...bueno, sí las hacían pero no pedos, güey; en su juicio, como culeros que son...”

Una morena de ojos de yegua nos mira. No nos quita la vista de encima. ¿Qué se creé? ¿Te mira a ti o a mí? Me da mala espina. Hay más travestidos rondando a su lado pero sólo él me inquieta. ¿Qué tanto nos mira? Es alta, morena, cabello con luces, estirado por una diadema y luego en cascada, rizado. Sus ojos son grandes, son negros, nos miran. Se da media vuelta, hace señas a un taxi en la esquina. Sonríe coqueta con unos peatones, flirtea a otra pareja, da vuelta girando sobre sus tacones, enciende un cigarro, levanta la vista y nos mira de cerca. ¿Qué tanto nos mira? Te mira las piernas, repara en mis manos. ¿Qué se traerá ésta? Me da mala espina.

“...es por eso que no sé ni madres de ellos. No me preguntes, güey...”

Trato de mirar cualquier cosa, quitármela de la vista. Dos hombres discuten en la otra esquina; hace un rato llegaron del brazo. Sola, titubeando a mitad del andén, una muchacha con cara de suicida. Un automóvil de repente se amarra; bajan dos gorilas y suben a patadas a una de las putitas. La cómplice indiferencia de la gente. Niños corriendo, descalzos bajo la lluvia. Llega el metro y la muchacha de la estación se frota los brazos y tiembla de miedo, quizás se anime al próximo; es muy joven todavía, no será éste su último tren. La yegua, por fin, agarró cliente; se empina a través de la ventanilla de un coche y entre sus nalgas atisba una tanga fosforescente. Qué ternura, me digo y no logro ocultar la sonrisa.

“...siempre andaban con sus mamadas, güey; pero pedos es otra cosa. Otra cosa, cabrón. ¡Entiéndeme! ¡Tienes que entenderme!...”

Mis ojos no paran. Vagan de piruja en piruja, de escote en escote. Entre esta gangrena de ciudad, salpicándose, hasta descansar en la luz de unas letras rojas: Hotel Condesa.

“Cuando estás al tiro, tus mamadas son tus broncas, güey; las haces y las pagas, cabarón. Tú sabes, ¿qué no? Pero, no mames, cuando estás pedo no eres tú. Es el puto alcohol o la chingadera que te haigas metido; pero ni madres, no eres tú, no se pueden controlar esas chingaderas. No se puede.”

Te tomo de la mano, mordaza bendita, se cierra en automático tu boca. Te conduzco al hotel. Mi mano derecha empuja la puerta como si fuese una salida de emergencia. Adentro, cerradas las puertas detrás de nosotros, el golpe de silencio, la luz en la sala. La brutalidad me petrifica un instante en el desconcierto del recibidor. Tú sólo me sigues, nunca has hecho cosa mejor, pero desde el estruendo de los balazos hasta el silencio del hotel, tu voluntad no aparece por ningún lado. Así eres siempre que se te va la mano con las porquerías ésas. Una sonsa marioneta. Así no eres, más bien. Triste muñeca de trapo.

Digerido el impacto del silencio, giro a mi derecha y quedo de frente a la recepción que aparece detrás de nosotros donde una gorda cacatúa nos mira como si fuésemos insectos bajo la lupa; gruesos cristales con los que podrías ver el futuro, suspendidos para siempre, encarnados quizá, en ese rostro de espantapájaros pintarrajeado de fatal menopausia. Saco mi cartera, luce gorda también, a punto de reventar, pesado testimonio de una noche de gloria y carambola...

Tenían que haberme visto. Cuatro horas jugando póquer fueron suficientes para reducir el peculio de mis contrincantes a un desesperado todo o nada en el triángulo de las bolas. Está bueno, les dije, pero yo pido mano; y aún me quedaban tres ases bajo la manga. Me disculpé con la idea de despejar la mente: Ahora vuelvo, vayan preparando la mesa. No me la creía. Me jalé una raya, casi ceremonial, en el baño. Cuando salí, en mi mente, ya había ganado la partida: un juego perfecto. Apuré el último sorbo de mezcal con todo y gusano. Seleccioné el mejor de los tacos, me sonrió al contacto de mis manos, lo acaricié con tierna avaricia y, en silencio, pegado a mis labios, le fui rezando todas mis fantasías...

Todos me miraban expectantes y no dejaron de hacerlo hasta que la bola lució su sorna blancura en el desierto de verde paño, triste y despoblado augurio de la ruina de esos pobres ilusos. Había ganado. Los había hecho polvo. Algunos mirones me aplaudieron, los que no, me palmeaban la espalda. El rey de la Cueva. Una rubia de filosas caderas me dio un beso en los labios. Hice una seña exigiendo otro bien merecido trago y, como un niño extraviado, busqué tu sonrisa.

 Tu cómplice mirada no estaba por ningún lado.

 

Saco media milpa y la arrojo sobre el mármol, al borde de la ventanilla. La mano de la cacatúa, anillos de bisutería y el suspiro de lo que fuera un extra largo mentolado, lo desaparece en el acto. Me escupe en tres billetes el cambio; como un prestidigitador los arrugo y zambullo, de inmediato, en mi bolsillo. Me da asco pensar. Pinche gorda, culera como la vida. Esa mano que huele a pescado, pachona y nudosa, gruesas las uñas, cascado el barniz, es la misma que lleva al cigarro hasta la cloaca que la vieja delinea de boca; la misma mano que evoca lujuria de remotos años; imagino ese hedor peludo donde, olvidados y fríos, se van ajando sus muslos, largas madrugadas tomando al hastío por asalto. Entonces lo siento, más tristes y lejanos se van quedando los sueños que nunca alcanzamos.

Miro sobre mi hombro para ver si me sigues y al pasar a mi lado, cojeando, lo noto, perdiste un tacón en la fuga. Con una sonrisa celebro la perversa idea, de seguro lo enterraste en el hocico de aquél indigente con el que tropezamos y luego pateaste antes de vomitarlo. Ya debería de haber estado muerto el infeliz… espero.

El ascensor nos abre las puertas a un futuro incierto. Te tomo en mis brazos y, no sé por qué, devoro tu boca a punta besos de rabia y descargo. Tu lengua sabe a alcohol, a tabaco y a semen, a vómito y también a algo podrido; y pienso que eso se debe a este absurdo idilio que llamamos amor. Mi mano inicia el éxodo en tu espalda, hacia al sur, y húmedamente descubro que en el pavor de la huída olvidaste las bragas. Es una lástima, me quedo con ganas de tirar de ellas hasta arrancártelas.

Tercer piso. Entramos al cuarto. No soporto más mis bajas urgencias y me desvisto; entras al baño olvidando, o no, cerrar la puerta. Te sacas tu chaquetita, te descalzas; de un solo tirón, desenvainando una espada, te deshaces del rojo y vivo talle de un vestido que descubre la inerme palidez de una piel extraviada entre los azulejos a pesar del barullo de tu cabellera, del pequeño tatuaje de la Jolly Roger, como usureras letritas de un contrato, en tu omoplato y, qué raro, un hilo de sangre huyendo de tu entrepierna...

 

Quise compartir contigo la hazaña y subí a buscarte al cuarto. Seguro, aburrida, subiste a polvearte la nariz. De tres en tres los escalones. Estaba feliz. Cuántas tardes tumbados en sucios colchones soñando el mar. Barcelona, ¿por qué no? Si se trata de soñar, hay que soñar en grande. Lavar con las aguas del Mediterráneo las sombras de esta ciudad que nos hace tanto daño. Cuántos asaltos a las farmacias, cuántas madrizas, el balazo en mi espalda, tu subir y bajar de tangas tan despacio, el eterno camellear por las calles, el incomodo resoplar en nuestra nuca de la policía, y, de pronto, en una noche de suerte, los ahorros de toda una vida se ven elevados a la potencia de nuestros anhelos.

Para qué tocar, la puerta se abrió, apenas con el peso de mi sombra; y, emocionado, pasé por alto los bramidos que venían por lo bajo…

Ante mí, en vivo, la escena obscena de un cine porno: Tres sátiros cabrones desgajaban a la muñeca de trapo. El uno sodomizándote con furia, el otro haciendo lo propio en tu boca, un tercero mamando tus ubres y tú... ¡Gozándolo, puerca inmunda!

—¡No se rían, idiotas! ¡No se rían!

Sentado. Desnudo. Colgados los ojos del ventanal, miro sin ver al metro que se escabulle en las sombras como un gusano entre los higos. Ha dejado de llover. Pego la frente al cristal, las putas más rucas siguen su peregrinación al olvido; las más jóvenes van por su segunda, su tercer vuelta.

Siento en la nuca el escozor nauseabundo de una mirada. Ojo tupido de pestañas, escupe su hedor de mil batallas. Tus piernas abiertas, antenas quebradas, cubren el rostro sin vida de un cíclope que yace en la cama. Tu canto de cisne fue el vertiginoso rugido de un Jaguar fabuloso, su carnívora parrilla, bufando, rugiendo con ganas. Mis manos se aferraron al volante de tu cuello y pisé el acelerador hasta el fondo, hasta que derrapaste, en la última curva, tu mísera vida...

 

No les di tiempo ni de mirarme. Saqué a la Juliana. Sólo tres palabras, certeras, contundentes, como bolas de billar en las buchacas: bang, bang, bang y cayeron al suelo. Tú rebotaste contra la pared como una pulga, chillando. Nunca supiste hacer otra cosa.

 

Tocan a la puerta.

Ya los esperaba. Para qué contestar, saben que estoy aquí.

Desquiten su sueldo, derriben la puerta.

No sé por qué me guardé dos tiros. Debí de haberte matado ahí mismo como a las perras, con algo más que el rabo metido entre las patas; como a las cerdas, con la fruta clavada hasta la garganta.

Salimos corriendo de la Cueva. Chillabas cual pinche puerca, no mames, nunca supiste hacer otra cosa. Tomamos atajos, toreamos el tráfico, saltamos las rejas, descogotaste al borracho, regamos la basura, pisamos los charcos y cuando al fin te sentiste segura: te fuiste a la verga con las últimas mentiras y un grito de auxilio exprimidos con odio entre mis manos.

Valió madre.

—No te muevas, cabrón. Párate lentamente y cuidadito con intentar cualquier pendejada.

—Está muerta, pareja.

—Huy, huy, huy, ahora sí la jodiste. Con mucho cuidado, recoge tus trapos y tápate las miserias. Esto va pa’ largo. Cuatro muertitos, eh... ya ni la chingas, cabrón. Ahora sí la hiciste gacha.

Manso, me pongo la camisa. Recojo con la vista el resto de mi ropa, resignado. Al levantar los pantalones, debajo del edredón: el guiño metálico de mi fiel Juliana me sonríe, recordándome que, guardadas en su vientre, aún quedan por decir dos simples palabras. Mi noche de suerte.

Escondida entre mis calzones, pedorrea Juliana, certera como siempre, sus últimas balas. Un golpe en mi pecho me avienta de espaldas contra la ventana. Lo último que veo son mis pies descalzos dejando allá arriba al cuarto de hotel, mirándome tierno con su luz rosada; bailarinas, cortinas al aire, me dicen adiós, mientras vuelo entre los destellos de una filosa lluvia de vidrios derechito al infierno.

—Y ahora sí, cabrones ¡Ríanse! ¿Qué esperan? ¡Ríanse!

Prefiero sus risas carcomiéndome las tripas que recordar la agonía de su voz. La tarabilla desesperada de aquella noche que no logro olvidar. Me quedo en cuclillas como un puerco triturando al odio entre los dientes. El culo, mis puños, inútiles y reventados. Ni siquiera el dolor es capaz de arrancarme el recuerdo.

Me quedo solo.

Ya regresarán con sus burlas nefastas, sus muecas idiotas, trayendo consigo tu voz y el recuerdo de aquella noche. ¡Farsa de mierda! Tus ojos bajo la lluvia y esta rabia que no me deja…

El chirlo eterno de tu dulce carita que me hiere y no cesa… que me mata y no cesa… no cesa.

 

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  Comentarios (56)
Por lo menos algo
Escrito por Gerardo, el 11-12-2008 09:07
Es un cuento presuntuoso y mal escrito pero tiene algo, que no sé explicar qué es, que no deja lugar a la indiferencia (para bien o para mal).
Enriquezca su vocabulario
Escrito por Alberto, el 08-11-2008 09:55
Buen cuento. Tal vez no sea uno de los mejores que yo haya leído pero tuve que hacerlo con el diccionario en la mano. Qué forma tan intensa de enriquecerle a uno el vocabulario. Gracias.
Emoción
Escrito por Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesitas tener Javascript activado para poder verla , el 30-07-2008 23:41
Me pregunto si el autor habrá enviado otro cuento al nuevo concurso y si será tan bueno como este.
Chido
Escrito por Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesitas tener Javascript activado para poder verla , el 17-06-2008 11:53
Una carga de locura y que el mundo se destruya tras tu espalda, afortunadamente azotaste la puerta al salir. Chido cuento.
Wow
Escrito por Eduardo, el 12-05-2008 23:10
Esto no es un cuento, es un poema escrito con las vísceras del delirio.
Sin ofender...
Escrito por Réquiem..., el 30-03-2008 23:59
Página 4 y literalmente he quedado prendido al aburrimiento y al tedio, estoy en pro de que la literatura llegue a un clímax de entendimiento general pero no de que se funda de manera tan baja con cualquier revista al puro estilo “chambeadoras” o “colegialas calientes”, honestamente me sorprende que esto haya ganado un premio, ante lo cual solo hay dos disyuntivas clave, la primera que no había mucho material de donde elegir y la segunda, que el jurado no tenga muchas ideas concisas de apreciación literaria. Al texto le faltan muchos detalles: entre ellos la estructura narrativa que en momentos se pierde totalmente en su continuidad, el abuso de frases rebuscadas, muchos signos de puntuación (puntos) consecutivos que sugieren poca pericia para enlazar ideas y crear escenarios propicios a ser narrados, la metodología del lenguaje carece de una estética firme en cada personaje, pasa de uno a otro con una brusquedad innecesaria, poco justificable en la trama que, se pierde por muchos lapsos, sin dejar de lado la ausencia de personalidad en cada elemento descriptivo. Como historia-cuento no le encuentro mucha vida, lo que sí, un juego de palabras rebuscadas explica la intención creativa del autor y su aspiración. 
He leído otros comentarios poco articulados o simplemente vagos, una felicitación o una critica férrea debe de estar en el plano de la justificación bien cimentada para ser válida. Es agradable ver cómo nace un poeta o un escritor y que tenga la cualidad de enseñar su trabajo al mundo, eso es muy reconocible en pocas personas, pero no solo bastan buenas intenciones y esto va también por el jurado ya que ess fácil perderse entre un halago o una ovación cuando no se tiene bien definida la delgada línea entre creatividad y elogios. 
Exito en la siguiente creación.
Inevitable
Escrito por Sombra Páramo, el 19-12-2007 10:40
He vuelto a leer el cuento. Cómo evitarlo. Quiero comentar un detalle que se me había escapado: Es inquietante ver como el protagonista concibe a las personas como objetos y a los objetos los eleva al altar animado de la carne; caso digno de un análsis clínico. Un cuento generoso desde el punto de vista semántico.
Escrito por Juan, el 29-11-2007 09:09
Me costó mucho trabajo dejar mi comentario. Ahora que ya vi cómo se hace, ya se me olvidó lo que quería decir, pero me pareció un buen cuento. 
Gracias.
Mi ciudad fue chinampa
Escrito por Chilanga banda, el 02-10-2007 14:29
"Nubes de concreto ensucian la noche", ésa es mi ciudad. Me encantó. Vaya cuento.
Amores a primera vista
Escrito por Safinsafado, el 23-09-2007 11:12
Yo difiero, para mí es un cuento de primera lectura; si en la primera lectura no te sorprende nunca lo hará. En lo que concuerdo contigo es que no es un cuento sencillo. Javier Terrones nunca se propuso ganar, parafraseándote, Entre demonios ganó proponiendo. De igual manera, para mí, dista mucho de ser genial, pero son muchos los que opinan diferente. Creo que el susodicho en ciernes puede alcanzar la genialidad que algunos agudos perspicaces adivinan si, y sólo sí, es capaz de detectar esos pequeños detalles que tanta euforia han causado, si los pule y desarrolla y si nunca deja de jugar con esa cosa tan extraña que lo movió a escribir este cuento.
Audaz
Escrito por Sombra Páramo, el 14-09-2007 16:23
Las primeras líneas rozan la genialidad. Un cuento difícil, un reto al lector. Como la antagonista, exige, suplica: “¡Entiéndeme! ¡Tienes que entenderme!”. No es un cuento para leerse sino para releerse. Escalar una montaña cuesta trabajo pero una vez en la cima se puede disfrutar del paisaje. Aquí no, su lectura abre sentidos a realidades desagradables. Son tiempos violentos y lo más violento de todo es acostumbrarse a ellos. La humanidad se convierte, segundo a segundo, en un monstruo de indiferencia. Pero la literatura llega al rescate. Sólo ella puede y logra darle vuelta a puntos de vista, abrir ojos, echar sal en heridas, provocar reacciones ante una realidad carcelera de un conformismo idiota. La gran tragedia de la humanidad es traicionarse y, si uno no se da cuenta a tiempo, el castigo será repetirse y repetirse en un círculo vicioso, en un eterno retorno que acabará con nuestra existencia. Felicidades al escritor, pero sobre todo, felicidades a Palabras Malditas, una propuesta honesta, audaz y valiente. “Un cuento que se identifica con el espíritu del sitio”, ése es su mérito, no intentar ganar sino ganar intentando, proponiendo, experimentando, arriesgando, provocando… Estoy feliz y llena de entusiasmo, muchas gracias.
chiste
Escrito por beto, el 06-09-2007 10:29
París era una mierda hasta que llegó entre demonios y lo destronó :grin jajajajaja 
¿No es fino? 
Merezco los diez mil ¿o no?
enhorabuena
Escrito por lourdes, el 06-09-2007 10:26
Éste es un cuento que podría ser usado como escoba, en todos los sentidos y por lo que sea que eso signifique. Felicito a Palabras Malditas, el concurso halló debajo de la cama, en el rincón más olvidado de la alcoba de una mujer fatal, llamada literatura, una modesta obra de arte. 
Para Javier Terrones: señor, créaselo de una vez por todas, tiene talento. No lo desaproveche.
Gremlins
Escrito por Liliana, el 28-08-2007 02:18
Con las lluvias de agosto, parace que, en lugar de desmoronarse, los terrones se reproducen como gremlins. ¿Será una tomada de pelo? ¿Publicidad? ¿O qué demonios? En verdad nunca ha habido algún Terrones dentro de las letras. Espero seas el primero. Tu cuento es bueno. Sigue trabajando, a cualquiera de los Terrones poetas, hace falta nuevas expresiones con valor literario.
extrañas coincidencias
Escrito por javier terrones tercero, el 28-08-2007 02:09
Ahora resulta que javier terrones conoce a javier terrones, sí, cómo no, Que se me hace que todos los comentarios buenos los ha escrito javier terrones y que las únicas opiniones sinceras son las que opinan que este textucho nunca debió de haber ganado. Esto es un fiasco. Desde cuándo terrones es un apellido que se repete en esto de las letras.


 
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