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Muñeca devoradora Imprimir E-Mail
por Emanuel Mordacini   
07 / 2007
“Le beso el clítoris, todavía mojado por el baño,
el vello púbico, todavía empapado como
si fuera un manojo de algas. Su sexo tiene el gusto de los mariscos,
de un marisco fresco y salado. Oh Mary...”
                                                                                                                Anaïs Nin.

 

Los primeros rayos de sol penetran por las persianas entreabiertas regando la habitación con una luz difusa, casi evanescente. Es un amanecer de verano, húmedo y extremadamente caluroso. Es también el amanecer de una noche extenuante, una noche plena de olor a sexo que se niega a irse, una noche inolvidable que se resiste a desaparecer. El rastro viscoso sigue estando ahí, la esencia acre del sexo sigue palpitando en el ambiente con un tufo afrodisíaco a sudor y hormonas. Carla está apoyada contra el marco de la ventana  con los ojos perdidos en la ciudad somnolienta. Su cuerpo blanco y desnudo parece brillar en la penumbra acuosa de esas horas de la madrugada. Gira su cuello y fija sus inmensos ojos color miel en la otra mujer que se despereza sobre la cama, perdida entre el revoltijo de sábanas. Carla escucha sus murmullos como si fuera un incesante ronroneo de gato.

Contempla a la mujer y su mirada se extravía en cada detalle anatómico, en cada curva de aquel cuerpo perfecto y voluptuoso. La mujer sobre la cama vuelve a moverse y una de sus tetas se escapa por entre un pliegue de sábana, vislumbrando un pezón travieso. Carla lo observa y se humedece, y movida tal vez por la prudencia vuelve a girar su cuello y fijar sus inmensos ojos color miel en la ciudad que se ilumina de a poco. Quiere alejar su mente de ese cuerpo que se mueve, plácido y remolón, encima de la cama deshecha. Quiere evitar saltar sobre ese cuerpo y estrujarlo, estrecharlo en un abrazo de sal y sudor, en un beso de lengua y saliva. El sol se recorta en la lejanía como un inmenso coagulo de sangre. El nuevo día es prácticamente un hecho. Carla siente que los jugos le humedecen la entrepierna, que los pelos de su  bajo vientre se erizan, y piensa. La mujer sobre la cama se llama Isabelle, y llegó a su vida imprevistamente, como un orgasmo espontáneo, como una contracción involuntaria.

Carla termina de recostarse sobre el marco de la ventana y recuerda… recuerda… recuerda como comenzó todo.

 

***

 

Era una templada tarde de primavera. Una lluvia intermitente y cálida hacía que el aire se impregnara de un agradable olor a tierra mojada. Carla se hallaba sola en su casa, ubicada en un barrio bastante acomodado en las afueras de la ciudad. Un barrio, podría decirse, residencial. Cada una de las casas que conformaban el vecindario estaban separadas por patios repletos de frondosas arboledas. Era un barrio residencial, sí, pero su prestigio nobiliario era directamente proporcional a su pasividad y aburrimiento. Allí nunca, nunca, pasaba nada. Era como vivir en una inmensa caja de fósforos. Carla conocía a todos sus vecinos, mayoritariamente matrimonios con algún que otro hijo, y, al decir verdad, soportaba pocos a todos ellos. Los veía como si fueran robots, muñecos articulados fabricados exclusivamente para esa existencia de pacotilla. Tenía pocas amigas, casi ninguna podría decirse, por lo que no ponía reparos en demostrar su antipatía a diestra y siniestra. Aparte, Carla era dueña de una personalidad ambivalente, todos la consideraban un tanto extraña, sobre todo las mujeres, quienes directamente la odiaban. Todos los maridos del barrio le tenían ganas, la miraban pasar con las babas por el piso, y esa situación se volvió más notoria después de su divorcio. Al arribar al vecindario Carla estaba casada, su esposo era un fecundo empresario dueño de una cadena de videoclubes, y, al decir verdad,  no era un tipo que exaltara demasiado a las mujeres, era como un pequeño ratón, un hombrecito pálido y latoso que ostentaba una impasibilidad aún más grande que la del vecindario. Nadie podía imaginar que esa pareja tuviera alguna especie de vida sexual, y, ciertamente, la tenían poco y mal. Cada vez que, en la oscura intimidad de la alcoba matrimonial, había algún intento de coito, todo se desmoronaba en la rutina más insoportable. Cada vez que Carla, a sus esplendidos 41 años, se abría de piernas, y cada vez que su esposo intentaba cogérsela sobrevenía la catástrofe; el pene de el eyaculaba a los dos o tres bombeos, era como un pequeño grifo de heladería. Antes de el Carla había tenido otras parejas, pero con todas falló algo, sea en lo sexual o en lo emocional, ella sentía que algo no encajaba del todo bien, como un diente deforme en un gran engranaje. Incluso, después de haberse divorciado, Carla tuvo relaciones con uno o dos tipos dentro del vecindario, uno de ellos, un treintañero fornido y muy bien parecido que vivía a dos casas de distancia, tuvo con ella un puñado de noches bastantes, por así decirlo, reconfortantes. Alan, tal es el nombre del treintañero, tenía un pene de más de 30 cm. y fama de coger como los dioses. Carla tuvo con el varios espasmos cercanos al clímax, pero sin esas explosiones húmedas y viscosas que dejan a las mujeres jadeando, como si les hubiese pasado un tren por encima. Alan sabía moverse, la penetraba con una presteza cercana a lo profesional, con delicadeza primero y después con violencia, como un animal. Carla sentía que la partían en dos, que aquel glande descomunal le perforaba la matriz, y, en el momento en que Alan llegaba al orgasmo, Carla creía sentir las oleadas de esperma caliente rebasándole el estomago. Pero eran solo sensaciones mecánicas, meramente anatómicas.

A Carla le faltaba algo. Algo que, incluso, era inconscientemente negado por ella misma.

Hubo siempre en Carla una bisexualidad latente, una marcada propensión a sentirse atraída hacia la belleza  de ciertas mujeres, una inclinación a humedecerse ante un escote atrevido, o ante un culo torneado, o ante una mirada felina. Ella lo sabía, pero, tal vez por miedo, prefería guardar las apariencias. Así fue que se casó con el empresario latoso, impasible y eyaculador precoz, así fue que se divorció y tuvo sexo con Alan, el treintañero fornido que vivía a dos casas de distancia, y así fue que, en esa templada tarde de primavera, Carla Fleming se hallaba sola en su casa, perdiendo el tiempo navegando en Internet, mientras la lluvia lo impregnaba todo con su agradable olor a tierra mojada.

Carla solía tener sexo virtual, entraba a salas de Chat lésbicas y dejaba que otras mujeres le dijeran cosas, que le harían esto, que le chuparían lo otro, que le meterían el dedo en este otro lado, y Carla se calentaba y se masturbaba frente a su Notebook, pensando en posibles situaciones íntimas con esas mujeres que, bien era posible, no fueran realmente mujeres sino  monstruos camuflados tras un nick femenino. Pero eso poco importaba, Internet le ofrecía un anonimato irresistible, aquellas sesiones tenían el perverso encanto de una cita a ciegas.

Esa tarde Carla no chateaba, esa tarde Carla se encontraba explorando cierta revista literaria virtual, esa tarde Carla leía los relatos y columnas que escritores aún desconocidos enviaba allí mensualmente, y esa tarde Carla supo por primera vez de la existencia e la mujer que, al fin y sin que ella se lo propusiera, habría de cumplir todas sus fantasías. El relato se llamaba “Muñeca devoradora”; y su autora era una tal Isabelle. Carla leyó el cuento con una avidez de colegiala, era una historia violenta, desenfrenada y extremadamente erótica, trataba del apasionado romance entre una joven escritora (¿la autora misma?) y una mujer recién entrada en los 40. En el relato las escenas de sexo eran terriblemente crudas y realistas, pero con un indescriptible halo poético que le daba a la historia una frágil ambigüedad, como si a un metal al rojo vivo se lo hundiera de pronto de un tonel de agua helada. Carla se sintió inexplicablemente identificada con aquella mujer cuarentona de la historia, y se propuso averiguar más sobre la tal Isabelle. No le costó mucho hacerlo. En el link cercano al titulo del cuento, donde constaba el nombre de la autora, se hallaba una pequeña y reveladora biografía. La escritora se llamaba Isabelle Huxley, tenía 27 años y era una encarnizada pornógrafa y erotómana,  además de una lesbiana confesa. Había también otros cuentos de ella, relatos relativamente cortos que Carla leyó de un saque. Estuvo cuatro horas ininterrumpidas, imprimió todos los cuentos y los leyó una y otra vez, una y otra vez. Todos hablaban del amor entre mujeres, amores reales y explícitos, desesperados y desesperantes, con escenas sexuales por demás escandalosas y atrevidas. “Anna tomó a Jennifer de las caderas y le besó la concha hasta descarnársela, hasta sentir que los labios de esa vulva se desangraban bajo su boca” se leía en “Muñeca  devoradora”, el primer cuento que Carla había leído y, ciertamente, el que más la sacudió. En la ficción Anna era la joven escritora, Jennifer la mujer  recién entrada en  los 40.  Solo eso bastó para que Carla se inundara de toda clase de fantasías. ¿Era aquello una casualidad? ¿O era una señal del destino? Allí, frente a la Notebook encendida y los cuentos impresos, Carla se masturbó hasta mearse. 

Esa misma tarde le envió un mail a Isabelle (su dirección aparecía al pie de cada cuento), lo hizo sin ninguna esperanza de respuesta, con el único propósito, personal e inamovible, de cumplir con sus propios deseos. Y la respuesta, finalmente, apareció.

La tarde transcurrió como siempre, como cada tarde y cada día en el vecindario y en la vida de Carla, aburrida, apática, sin pistas u indicios que auguraran algo prometedor. La lluvia había cesado y la noche llegó como un oscuro manto cósmico. Carla no podía dejar de pensar en esos cuentos, no podía alejar a Isabelle  de su mente, de su imaginación, y, paradójicamente, ni siquiera la conocía. Esa noche Carla cenó unos fideos con salsa que le produjeron unos horribles retorcijones, aunque después se dijo que esos dolores estomacales no fueron realmente por los fideos, sino por sus mismos nervios, por su misma ansiedad. Esa misma noche, siendo casi las doce, Carla se quitó la ropa y se paseó desnuda por la casa, como solía hacerlo todos los días a esa hora de la madrugada. Su cuerpo exuberante parecía un bálsamo en medio de la sofisticada frialdad de aquellos ambientes. Sentía una rara voluptuosidad al hacerlo, como si estuviera ofreciendo su sensualidad a algún voyeur desconocido oculto en la penumbra.

Carla era, en efecto, una mujer muy hermosa. A sus 41 años ostentaba una sensualidad y una sexualidad que envidiaría la más longilinea veinteañera. Tenía un voluminoso y brillante cabello castaño con unas ondas perfectas y lujuriosas, un par de senos firmes, redondos y turgentes,  unas caderas curvas y torneadas, un culo carnoso de ninfa, unos inmensos e intimidantes ojos color miel que parecían derretirse en cada mirada, unos labios gruesos que presagiaban tempestades, un rostro vivaz y manso donde subyacía una femineidad maliciosa. Así, con esa belleza procaz e inalterable de mujer madura, así, con esa deliciosa imperfección propia de las mujeres recién entradas en los 40, así, completamente desnuda, Carla se paseaba por su casa vacía, sin más compañía que su propia sombra.  

Ese rito intimo y personal, el de pasearse desnuda por la casa en horas de la madrugada, le proporcionaba un raro placer, unos temblores casi orgásmicos que terminaban en furiosas masturbaciones que, dicho sea de paso, le brindaban orgasmos furibundos que no había tenido nunca  ni en el momento de la penetración masculina. Diciéndolo lisa y llanamente, a Carla los hombres no la excitaban  ni en lo sexual ni en lo emocional, le importaban un carajo, si se acostaba con ellos era por simple y pura inercia, por el solo hecho de hacerlo, como una forma cómoda y estúpida de hacer valer su dignidad femenina a través de una verga erecta; solo eso y nada mas le causaban los hombres: indiferencia y coitos mecánicos. Lo demás: las emociones húmedas, los cosquilleos en la boca del estomago, la fascinación ante la belleza, los nervios desbocados del corazón, las fantasías eróticas que eran  la materia prima de sus masturbaciones y sus orgasmos,  todo eso se lo producían las mujeres. Carla era lesbiana, una lesbiana hecha y derecha, aunque a ella misma  le costara reconocerlo. Y esa lesbiana hermosa y descontrolada que ella era estaba a punto de explotar como una bomba.

Eran las nueve de la mañana del día siguiente cuando Carla encontró en su computadora un nuevo correo electrónico. El corazón le latió con un ritmo ansioso al leer el remitente: Isabelle Huxley. Contra todo pronóstico, la novel escritora había respondido. No sin cierta inquietud Carla abrió el correo. En el preciso instante en que hizo click sobre el nombre del archivo estuvo a punto de caer desmayada. Había respondido, ella había respondido. ¿Qué es lo que resultaría de todo aquello?

Carla comenzó a leer el correo, el cual no era muy extenso; allí Isabelle decía que si bien solía recibir varios correos por semana alabando el contenido de sus cuentos, el suyo era el que más la había impactado, daba unos breves pero inquietantes detalles sobre su vida sexual y luego, para finalizar, invitaba a Carla a encontrarse con ella. Carla posó su mirada color miel en la posdata del mensaje; allí constaba el nombre y la dirección de un bar  ubicado en pleno centro de la ciudad, a una hora aproximadamente del barrio residencial donde ella vivía. Isabelle estaba, literalmente, ofreciéndole una cita. Una cita que habría de suceder en la tarde de ese mismo día. Y esa tarde llegó.

Carla se puso una pollera gris y una blusa naranja por cuyo escote sus tetas se apretaban en dos abultados globos. Aún sin proponérselo, aún vistiéndose de una manera totalmente casual, aún así Carla seducía, seducía como puede seducir la más experimentada de las prostitutas, seducía como puede seducir  una actriz de cine en pleno auge, seducía como si su cuerpo, maduro y hermoso, no resistiera tanta sensualidad. Se arregló el pelo como al descuido, dejando que sus perfectos mechones ondulados le taparan a medias el rostro, bello aún con escaso maquillaje. Sus labios, naturalmente húmedos y rojos, sin rastros de rouge, parecían una flor encarnada. Se puso algo de perfume, se arregló un poco las tetas frente al espejo, levantándolas aún más en el escote, se subió a su automóvil y partió. Alguien la esperaba más allá de las fronteras del barrio.  

Después de una hora de haber manejado bajo un sol esplendido de primavera, luego de haber recorrido las principales avenidas de la ciudad, atestadas a esas horas de la tarde, Carla llegó al bar en cuestión. Un bar llamado EXCALIBUR. Se bajó del auto y se sentó en una mesa ubicada en el patio del local, debajo de una amplia galería. Era una lugar sofisticado y extraño, indescriptiblemente apacible, uno de esos bares frecuentados por artistas jóvenes e intelectuales de toda casta. Allí, rodeada de aspirantes a escritores y muchachas y no tanto que leían en sus mesas, Carla se quedó sentada, esperando. Entonces se produjo el milagro. Una mujer entró caminando por la puerta del local, su paso era lento, exasperante, un contoneo audaz y lascivo que hizo que varios hombres se volvieran para mirarla. Carla la observó con un nerviosismo creciente, vio como la mujer, luego de escrutar desenfadadamente varias mesas de alrededor, fijó sus ojos en ella y, como si acabara de reconocerla, se acercó a su mesa con un contoneo todavía más deliberado. Carla vio aquellas caderas, terriblemente curvas y arqueadas, moverse de un extremo a otro con una descarada cadencia de gata en celo. Vio aquellas piernas, firmes y torneadas, caminar hacia su mesa con un andar grosero de puta parisina. Era una belleza, esa mujer que ahora se acercaba era una belleza cruda, explícita, despiadada. Al verla acercarse Carla no tuvo dudas; esa mujer era Isabelle.

La mujer se detuvo frente a ella y Carla pudo contemplarla más de cerca; tenía el pelo lacio y largo hasta pasados los hombros, de un fuerte color negro que contrastaba con su piel blanca como la leche, el cuerpo perfecto, voluptuoso, lleno de curvas, la cintura estrecha y avispada, unas caderas anchas y arqueadas que se adaptaban perfectamente al jean que las ceñía, unas tetas redondas y firmes que se apretaban  debajo de la camisa de seda negra que llevaba anudada por encima el abdomen, unos pezones prominentes que se marcaban en la seda de la camisa denotando la falta de soutien, unos ojos claros, casi trasparentes, que daban vida a una mirada polar e intimidatoria, unos labios gruesos que encendían el deseo. Era, sin  lugar a dudas, la muñeca el titulo del cuento, aquel que Carla había leído la tarde anterior. 

-¿Eres Carla?-preguntó la recién llegada.

-Si, soy Carla… ¿eres Isabelle?

-Si, soy Isabelle, Isabelle Huxley, encantada…

Ambas se saludaron con un beso tímido. Isabelle se sentó e hizo una seña al camarero. Carla fijó su mirada en el punto notorio y prominente que los pezones de Isabelle marcaban en la tela de su camisa, y, lamentablemente para ella, fue sorprendida en pleno acto; Isabelle la había estado observando todo el tiempo. Carla se sonrojó, su compañera de mesa sonrió maliciosamente, casi con perversión. 

-Tengo lindas tetas… ¿No?-espetó Isabelle descaradamente, sin sutileza alguna-muchas mujeres me lo han dicho, y también algunos hombres.

El cinismo de Isabelle era apabullante y corrosivo, su verborragia parecía a veces traspasar las fronteras del buen gusto. Allí, en esos primeros minutos, Carla descubrió que su compañera no se andaba con vueltas, que tratar con ella era equivalente a caminar a ciegas por un campo salpicado de bombas; uno podía volar en mil pedazos en cualquier momento. El camarero se acercó e Isabelle ordenó una cerveza. Carla, notoriamente incomoda, se removió en su silla y pidió una también. No podía dejar de admirar a esa mujer que ahora jugueteaba frente a ella, cruzándose de piernas e inclinándose sobre la mesa descuidadamente, dejando sus senos a la vista en forma deliberada.

-Dime Carla ¿A que te dedicas? ¿Qué haces de tu vida?-preguntó Isabelle con una curiosidad urticante.

-Nada muy interesante, me dedico a la venta de productos de belleza, cosméticos, accesorios y demás estupideces, digamos que ayudo a las señoras de mi vecindario a sentirse menos feas, ya sabes, en barrios como el mío no hay demasiadas cosas con las que pasar el tiempo, la mayoría de las mujeres pasan el día maquillándose frente al espejo mientras sus esposos trabajan…

-Y tu, ¿Tienes esposo?

-No ahora, me divorcié hace un año…

-¿Y por que?

-Lo que puede esperarse de un matrimonio por conveniencia: incomunicación, aburrimiento, falta de deseo, lo de siempre…

-¿Falta de deseo? ¿No era bueno en la cama?

Carla se mordió el labio inferior y, como pudo, balbuceó una respuesta vaga:

-Digamos que no lo suficiente.

Isabelle se las ingeniaba siempre para llevar la conversación a su tópico predilecto: el sexo, ese mismo sexo que ella se encargaba de derrochar en sus relatos, el mismo que destilaba su cuerpo, su voz, su propia forma de vida. Ese mismo descarnado sexo que se había convertido en su obsesión ya en el momento de su primera menstruación, en los albores de la adolescencia.

-Ese es el problema con los hombres-dijo Isabelle clavando en Carla sus inquietantes ojos de gata-siempre descuidan nuestro placer, piensan solo en ellos y nos subestiman, nos cogen y creen que ya  todo está hecho, cogernos es para ellos una especie de trabajo, como ir a la oficina o jugar al tenis, creen que al entregarles la concha le entregamos también el cerebro, y no es así, nuestra concha no es nuestro cerebro…

Isabelle hablaba con una honestidad exasperante, hablaba y se olvidaba del resto del mundo, su voz musical y volcánica salpicaba el espacio sonoro con chispas de sarcasmo al rojo, su sinceridad a veces se tornaba insoportable y homicida.

-Por eso mismo me acuesto con mujeres ¡son hermosas! y su sexualidad es mucho más rica…  aparte de eso… ¡las conchas tienen mucho mejor sabor!-exclamó Isabelle entre risitas ahogadas, causando en Carla una sensación ambivalente.

Aquella era una explicación jocosa y facilista acerca de la sexualidad de Isabelle, la cual, como es de imaginarse, poseía vericuetos mucho más complejos. La elección sexual de una mujer es mucho más ambigua debido a la propia naturaleza del sexo femenino.

Los problemas con Isabelle Huxley comenzaron al llegar a los 13 años. Era ella una chica rebelde y desencantada, poco adepta a los estudios (era una pésima estudiante) y a las buenas costumbres. La sociedad entera parecía asquearla, andaba por la vida mostrando un total desapego con todo aquello considerado “normal”. Odiada por sus compañeras de secundaria, deseada por sus compañeros e incluso por algunos profesores, hija única amada y sobreprotegida por su madre (el paradero del padre fue siempre un enigma) la pequeña Isabelle tenía, a sus precoces 13 años, la voluptuosidad propia de una chica de 20, como si sus hormonas lucharan por adelantarse a una edad que no les correspondía. Costaba creer que esa  muchacha exuberante y curvilínea fuera en verdad una tierna preadolescente.  E Isabelle, conciente de sus atributos, actuaba en consecuencia. No era raro verla caminar con ínfimas polleritas por los patios de la escuela y agacharse mostrando sus nalgas deliberadamente, o calzarse blusas y remeras de escotes escandalosos y lanzarle toda clase de miradas y provocaciones a sus compañeritas de secundaria, algunas de las cuales respondían ocultamente a dichas insinuaciones. Ya en esos primeros años de adolescencia Isabelle ostentaba una potencia erótica inusual en una chica de su edad. Su interés desmedido por el sexo la volvía inmanejable tanto para sus compañeros y profesores como para su madre, un ama de casa gris y maniaco depresiva que volcaba en su hija todas sus miserias y fracasos. Pero no era el propio despertar sexual de Isabelle lo que molestaba a su madre, sino sus preferencias, su marcada veta de homosexualidad. Cierto es que Isabelle nunca había sido una chica fácil, y que desde pequeña sus actitudes fueron bastante, por así decirlo, alarmantes, pero de ahí a gustarle las mujeres había un trecho muy largo, aquello era un verdadero escándalo. Lo cierto es que a la precoz  Isabelle esto poco le interesaba, y se pasaba por el culo todas las normas morales y prejuicios… ¡y  tan solo tenía 13 años! De nada sirvieron las sesiones de terapia a las que la sometió su madre, ni los consejos académicos ni el progresivo rechazo de sus congéneres escolares, no, de nada sirvieron. Isabelle dejaba que su sexualidad aflorara como un borbotón incandescente; hermosa, inteligente y transgresora, todo, absolutamente todo le importaba un carajo. Así fue que, a poco de cumplir 16 años,  se las arregló para seducir a Lara, su profesora de letras, con quien se entregó a un romance secreto que duró mas de tres meses.

Isabelle era para entonces una amante eximia; experimentando con sus propios genitales logró descubrir los puntos más sensibles de la anatomía femenina; los labios palpitantes de su vulva, el profundo conducto de su vagina, la prominencia suave y nerviosa de su clítoris, sus mocos cervicales, sus líquidos y humedades rectales le proporcionaron información que ningún libro o manual pudo darle nunca, y usó esos conocimientos en el cuerpo de Lara.  Y Lara gozaba, si bien no era lesbiana se sintió desde el primer momento atraída por esa adolescente bella y atrevida que la sedujo desde su pupitre con una impertinencia total y despiadada. La primera vez que Lara se acostó con Isabelle fue una tarde a la salida del colegio; Lara la subió a su coche y, tomando las precauciones necesarias para que nadie las viese, fueron a parar a un motel de mala muerte ubicado en las afueras de la ciudad, a la vera de la ruta. Allí, en una habitación hedionda y corroída, Lara se desnudó por primera vez frente a otra mujer, e Isabelle se ocupó del resto. Así pasaron tres largos meses de un romance tórrido y desesperado, hasta que un día fueron descubiertas (alguien las vio besándose y masturbándose mutuamente dentro del auto de Lara) y estalló el escándalo; Lara fue despedida, Isabelle fue expulsada y lo demás es fácil imaginárselo. Isabelle se escapó de la casa de su madre y se dedicó a vagar por la ciudad, a seducir mujeres y a escribir. Durante esa vida errante y bohemia nacieron sus primeros cuentos. Aclaración aparte, Isabelle tuvo también muchos amantes hombres, pero esa es otra historia, y no interesa en lo más mínimo.

Todos esos avatares le contó Isabelle a Carla sentadas ambas en el patio del bar EXCALIBUR, mientras tomaban una cerveza. Carla la escuchó abstraída e hizo lo propio, contándole a Isabelle todos los detalles y pormenores de su vida, que, dicho sea de paso, poseía mucho menos matices que la de su bella interlocutora. Le contó de su fallido matrimonio, de su complicado divorcio, de su affaire con el treintañero Alan, de los avances y miradas de sus vecinos, de la brutal apatía de ese barrio residencial, de su dificultad para relacionarse con los hombres, pero omitió ciertos detalles como sus masturbaciones, sus orgasmos en soledad, sus paseos desnuda por la casa, su marcada tendencia homosexual. Omitió mencionar sus fantasías eróticas, fantasías que nacieron de la lectura de esos cuentos tan feroces y atrevidos y cuya protagonista era la mismísima Isabelle, esa Isabelle idéntica a la que ahora estaba sentada frente a ella en esa mesa de bar, esa irresistible Isabelle que, en la elaborada fantasía de la noche anterior, le había lamido el clítoris y besado la vulva con unos labios pintados con rouge mientras le acariciaba las paredes de la vagina con los dedos índice y anular. La misma Isabelle que, en su ilimitado desborde onírico, le había acariciado el ano hasta hundirle los dedos y moverlos circularmente dentro de su  recto, para finalmente sacarlos sucios de saliva lubricante y excremento. Todo eso había omitido Carla, pero Isabelle ya lo sabía, o se lo imaginaba, su experiencia con mujeres le había dado conocimientos que iban más allá de toda lógica.

Hablaron por casi dos horas, dos horas en las cuales Isabelle lanzó a Carla toda clase de miradas procaces e insinuaciones, moviendo sus piernas como al descuido por debajo de la mesa para tocar apenas las piernas de Carla, quien, entre la timidez y la excitación, las alejaba o se dejaba tocar ávidamente. A esa altura de las cosas Carla ya estaba totalmente húmeda, y los colores de sus mejillas habían alcanzado tonalidades catastróficas.

-Espera un segundo -dijo Carla poniéndose de pie-debo ir al baño.

Isabelle asintió y vació su vaso de cerveza. Observó con minucioso detenimiento como Carla ingresaba al bar y se imaginó que urgencia fisiológica llevaba a su ocasional compañera a correr al sanitario.

Ya dentro del bar Carla preguntó por la ubicación del baño a un camarero, luego corrió allí. Entró y se encerró en uno de los cubículos, se levantó la pollera, se bajó la bombacha hasta las rodillas, se sentó en el inodoro y orinó allí toda la maldita cerveza que había tomado. El sonido acuoso de su propia orina chocando contra el fondo marmolado del inodoro la sumió en toda clase de ensoñaciones. Isabelle la esperaba afuera y la tarde aún era joven ¿Cuál sería el rumbo de las cosas? ¿Se atrevería ella a ir más allá de unas simples insinuaciones? O dicho en otras palabras: ¿intentaría Isabelle  llevarla a la cama? Carla se imaginaba como sería Isabelle en la intimidad, como haría el amor, como tocaría y besaría a sus amantes ¿lo haría como los personajes de sus cuentos? ¿Chuparía la vulva y acariciaría el ano como ella se lo imaginaba en sus fantasías? ¿Tendría muchas amantes, o todo sería una pose? Unas rezagadas gotas de orina terminaron de estrellarse contra el fondo del inodoro como los últimos vestigios de un aguacero. Carla comenzó a frotarse los pechos y a tratar de imaginar a Isabelle con más detenimiento y concentración. Bajó su mano derecha hasta su pubis, poblado de una vello espeso, voluminoso y oscuro debajo del cual sobresalían, húmedos y rozagantes, los labios dela vulva. Empezó a masturbarse mientras con la mano izquierda se apretaba un pezón por debajo del soutien. Sacudía sus caderas hacia arriba y hacia abajo sobre la asentadera del inodoro mientras se frotaba el clítoris como si quisiera extirpárselo del pubis. Unos líquidos viscosos y cálidos brotaban de las profundidades de su vagina y se mezclaban con las salpicaduras de orina que le humedecían la vulva. Se recostó contra la pared, se mordió el labio inferior y sintió que el orgasmo se acercaba como una oleada de fuego, pero se detuvo antes de acabar, como si hubiese sido sorprendida de repente,  como si la propia Isabelle estuviera observándola a través de las paredes como una vidente voyeur. Sacó un trozo de papel higiénico y se limpió la vulva, luego se puso de pie y se subió la bombacha, dejó caer su pollera sobre sus caderas y se retiró del cubículo rectangular. Al abrir la puerta encontró a Isabelle arreglándose el cabello frente al espejo. Carla se sobresaltó, una vergüenza inexplicable le oprimió el pecho y un calor agrio e inextinguible le arrebató las venas. ¿Isabelle había estado ahí todo el tiempo? ¿La había escuchado? Los ojos malignos y transparentes de Isabelle se reflejaban en el espejo como saetas polares de luz, dos cuencas blancas e inquietantes que calaban hasta los huesos. Carla se puso nerviosa y solo atinó a caminar ella también hacia el espejo para lavarse la cara y retocar su cabello y rostro.

-Tardabas demasiado -dijo Isabelle mirándola por el rabillo del ojo.

-Eres como un fantasma, ni siquiera te oí entrar-replicó Carla.

Isabelle dio media vuelta y acarició el rostro de Carla, lo acarició con una delicadeza infinita, irreal.

Soy un fantasma Carla, solo que aún no te has dado cuenta…

Quedaron mirándose un buen rato, abstraídas una en la otra, perdidas como si quisieran hallar en los albores de sus miradas alguna señal, alguna revelación. Así, mirando fijamente a Isabelle, Carla sintió una irrefrenable pulsión masoquista, un ferviente deseo de dejarse dominar por ella, de rendirse a sus instintos más bajos.  Así, mirando fijamente a Carla, Isabelle supo que la tenía minada por completo, y que podría dominarla a su antojo. Allí, frente al espejo que reflejaba el monocorde ambiente de ese baño de bar, Carla e Isabelle parecían dos ninfas desencontradas, dos panteras asesinas a punto de trenzarse y arrancarse la piel a dentelladas. La puerta se abrió y una mujer rubia entró a las apuradas, perdiéndose tras la puerta de un mingitorio. Isabelle hizo lo suyo, se limpió y dejó a Carla esperando, luego salieron, pagaron las cervezas y rumbearon al automóvil estacionado en el frente del local.

Iremos en mi coche-dijo Carla mientras abría la portezuela-¿quieres que te lleve a algún lado?

No, no tengo ningún sitio donde ir-respondió Isabelle-solo demos un paseo.

Subieron al auto y partieron, tomaron por la avenida soleada y se perdieron tras una larga hilera de vehículos y palmeras. Un vapor cálido y pegajoso flotaba en el aire e impregnaba sus cuerpos con una sensación ambigua. Isabelle observaba de reojo a Carla; la sutil elegancia con que maniobraba frente al volante, sus muslos apenas abiertos rozando la palanca de cambios, sus manos como mariposas dando volantazos refinados, sus pechos voluminosos oponiéndose al parabrisas, su cabello castaño batiendo ondas al viento, su boca entreabierta, sus expresiones, su nerviosismo. Isabelle la observaba y casi podía entrar en ella, casi podía ver su alma como si mirara a través de un cristal transparente. Carla conducía y parecía exhibirse, ofrecerse, provocar involuntariamente, sin tener conciencia de ello. Condujeron en silencio un buen trecho, vagaron sin rumbo fijo por las calles atestadas y latentes. El fin de la tarde parecía invitarlas a una ceremonia secreta, las dos compañeras viajaban al encuentro de la noche, una noche crispada de primavera que habría de unirlas completamente en una vorágine de sexo, perversión y locura.

-Detén el auto-dijo Isabelle-detenlo en la próxima calle.

Carla entendió. Giró el volante y se adentró en una calle aledaña a la autopista, un estrecho sendero asfáltico circundado por árboles enanos. El auto se detuvo a un costado, pocos coches pasaban por ahí, era un camino muy poco transitado. La noche apenas  había comenzado y una penumbra débil y acuosa se cernía sobre el mundo. Adentro del vehículo flotaba una ansiedad cortante, un nerviosismo sofocante. La oscuridad era allí dentro un poco más intensa que en el exterior. Las dos mujeres se miraron, comprendieron que habían terminado allí por algo. Las manos de Carla temblaban aferradas al volante, su respiración se oía tenue por sobre los sonidos imperceptibles del interior del coche. No podía articular palabra, y de haber podido tampoco hubiera sabido que decir. Isabelle comenzó a acariciarle el cabello, a recogérselo por detrás de la oreja. Entonces Carla no resistió más, la tensión era demasiada. Había que definir aquello de una vez por todas. Giró su cuerpo y se abalanzó sobre Isabelle, le tomó la cara entre las manos y le estampó en los labios un beso desesperado, un beso al cual Isabelle respondió ávidamente. Sus lenguas se enredaron como serpientes venenosas. Se besaron como si quisieran succionarse una a la otra, como si quisieran comerse, deglutirse, tragarse. Carla podía sentir la boca cálida y húmeda de Isabelle abrirse pegada a la suya como una vulva carnosa y palpitante. Nunca había besado a otra mujer más que en sus tórridas fantasías, no, nunca lo había hecho, era la primera vez. Los labios de Isabelle se sentían calientes y suaves, su lengua ardía como una brasa incandescente y su piel quemaba como el sol de verano. Carla se entregó por completo, besaba y se dejaba besar como una amante desaforada. Isabelle la tomó de los cabellos y le estiró la cabeza hacía atrás mientras le lamía el cuello como si fuera una vampiresa sedienta de sangre, dándole fuertes chupones y mordiscos que le dejaron la piel marcada como la piel de una puta. Jadeos y suspiros invadieron el interior del coche, el olor a sudor y saliva se hizo presente como una mortal esencia afrodisíaca, olor a mujer caliente, a axilas sudorosas,  a lenguas ensalivadas y a bocas ávidas y urgentes. Olor a sexo apenas presentido, olor a lo inusual, a lo prohibido.  Isabelle bajó su boca a los pechos de Carla, besándolos y apretándolos primero por encima del soutien y la blusa, sintiendo bajo sus dientes y dedos los pezones enhiestos comprimidos por un débil velo de seda y encaje ¿Cómo podían existir tetas tan perfectas como las de Carla? ¿Cómo podían ser tan grandes y redondas, tan bellas y turgentes? ¡Oh Carla!..que tetas más hermosas tienes, son las tetas de una mujer nacida para el sexo, para los besos furtivos, para las perversiones de toda índole ¡Que tetas Carla! ¡Que tetas! Carla se reclinó sobre el asiento y dejó que Isabelle la descubriera de a poco; su cuerpo entero era un secreto hermoso urgente de ser revelado. Isabelle le deslizó el escote hacia abajo dejando a la vista una copa del soutien. Comenzó a besar y a acariciar el tejido transparente de encaje negro que cubría el pecho redondo, luego lo bajó y el pecho quedó al aire, con el pezón duro erguido hacia su boca. Carla besaba el cabello de Isabelle, que caía sobre sus hombros como un retazo de oscuridad. Isabelle, por su parte, comenzó a chupar el pezón erecto de Carla, apretando su rostro contra la teta henchida. Carla le agarró una mano y la llevó a su entrepierna, recubierta de una bombacha sutil y fina; lencería cara adquirida en imposibles tiendas residenciales. Isabelle levantó la cara dejando la teta de Carla marcada de hematomas colorados, la miró a los ojos y descubrió en ellos un deseo inaudito reprimido por años. Carla, Carla, voy a chuparte la concha hasta que acabes en mi boca. Carla, Carla ¿Alguna vez te habrán chupado la concha como voy a hacerlo yo ahora? Puedo sentir los olores que emanan de entre tus piernas, puedo sentirlos. Vas a acabar como nunca lo has hecho Carla, vas a tener el orgasmo más violento de tu vida, vas a mearte encima Carla, vas a sangrar como si estuvieras menstruando, voy a perderme en los pelos de tu concha Carla, voy a rebalsarte. Isabelle deslizó los dedos de su mano derecha al interior de la bombacha de Carla, quien se deshacía en gemidos y gritos ahogados, y palpó el pubis mojado y peludo. Carla abrió sus muslos con un jadeo arrastrado y su vulva se partió como una flor carnívora. Isabelle la besaba mientras con sus dedos le removía los labios mayores de la vulva, haciendo salir al clítoris de su capuchón, luego comenzó a frotar el pequeño botón eréctil hasta que se puso duro como un pene en miniatura, al tiempo que Carla sacudía las caderas en un movimiento convulsivo siguiendo el ritmo de los dedos de Isabelle. Ambas volvieron a chocarse en un beso apasionado y sudoroso, sus jadeos y exhalaciones hicieron empañar los vidrios del auto con vapores cálidos surgidos de sus propias bocas y de sus cuerpos transpirados, que brillaban dentro del coche como untados con aceite. Carla, sin dejar de besar a Isabelle, adelantó sus manos y comenzó a desatarle el nudo de la camisa, lo hizo lentamente, como si el cuerpo de su amante fuese un regalo celosamente guardado que ella quería ir revelando de a poco. Abrió la camisa y contempló extasiada los pechos desnudos, firmes y redondos como dos esferas de carne, acarició las aréolas rosadas y apretó los pezones entre sus dedos índice y pulgar. Isabelle sacó la mano de la entrepierna de Carla y se chupó los dedos empapados de jugos.

-Ven Carla, ponte de costado…-jadeó Isabelle.

Carla estiró sus piernas y se acostó apoyando la espalda contra la ventanilla del lado del volante. Isabelle le levantó la pollera por encima de las caderas y le sacó la bombacha. El pubis blanco y peludo de Carla resplandeció dentro del auto como una selva frondosa e impenetrable sobre su piel tersa y marfilea. Isabelle la aferró de las caderas y le hundió la cara entre las piernas, empapando sus labios del ardiente néctar de aquella vulva ávida. La vagina de Carla supuraba líquidos incandescentes, magmas volcánicas que surgían incesantemente del cráter de su útero. Isabelle comenzó a lamerle el clítoris mientras le metía los dedos en la vagina. Carla gemía como una verdadera puta, sus músculos se relajaron en la vorágine de una placer desconocido e ilícito, estiró sus brazos hacia atrás y apoyó sus manos contra el vidrio de la puerta mientras embestía con su entrepierna la voraz boca de Isabelle, quien al notar los movimientos decididos de Carla le metió un dedo entre las nalgas enhiestas hasta tocarle el áspero orificio del ano. Isabelle chupaba aquella vulva como si quisiera revelar secretos inconfesables ocultos en los fluidos vaginales de Carla, secretos tan amargos y viscosos como lo eran esos jugos. Carla sintió el dedo fino de Isabelle meterse en su culo con violencia, acariciándole la entrada del recto en forma circular, y, justo en ese momento, mientras Isabelle le chupaba la concha y le metía el dedo índice entre las nalgas, allí donde el esfínter anal se abría, allí donde el oscuro y apretado agujero del culo cedía como un estrecho anillo de carne, justo, justo en ese preciso instante, bajo el mortal influjo de aquellos labios y dedos, Carla tuvo un orgasmo basto e inconmensurable, un orgasmo devastador que se vislumbró en su grito desesperado, casi de dolor. Un orgasmo doloroso. Un orgasmo asesino. Un orgasmo que fue producido por alguien que sabía muy bien donde tocarla, donde chuparla, donde apretarla. Un orgasmo de puta. Finalmente, la Carla verdadera había salido a la luz, se había descubierto. Quedó tumbada con una pierna colgando del asiento y la otra apoyada sobre el tablero de mandos, al lado del parabrisas, y, justo en medio de esas dos piernas, Isabelle se erguía con los negros cabellos cubriéndole la cara.

-¿Pondrás esto en algún cuento?-preguntó Carla entre jadeos.

-¿A ti te gustaría que lo haga?-contestó Isabelle con un gesto goloso y perverso.

Efectivamente, a partir de ese encuentro íntimo dentro de ese auto lujoso en ese perdido sendero asfáltico, el que sería el mejor relato de Isabelle comenzó a gestarse. Ese primer y arrollador orgasmo de Carla había disparado en el cerebro de la escritora una cadena interminable de ideas que, a su vez, serían el germen de una historia tan cruda y explícita como sublime y apasionada. Chupando la concha peluda y salada de Carla Isabelle comenzó a escribir su nueva historia, ese cuento magno que la venía atormentando desde hacía tiempo. Y ese audaz proceso de descubrimiento y creación fue algo revelador tanto para Carla como para Isabelle. La una había descubierto su verdadero deseo y se había entregado a el en forma total y desenfrenada, la otra usó esa nueva conquista para desatar su talento y recrear su arte una y otra vez, una y otra vez…

Carla e Isabelle se volvieron inseparables; amigas, confidentes y amantes. Mujeres con mayúsculas hechas una para la otra. Carl aprendió a gozar su sexualidad desenfadadamente, sin ningún tipo de pudor, aprendió a disfrutar del sexo de una manera distinta y dulce, aprendió que su cuerpo podía dar tanto placer como podía recibirlo, aprendió que la vulva de Isabelle tenía un sabor distinto a la suya, que sus fluidos vaginales eran más dulzones y que su ano no era tan estrecho como el suyo, descubrió en los pelos del sexo de Isabelle los enigmas más recónditos y placenteros de la sexualidad femenina. A su vez, Isabelle extrajo del cuerpo ávido de Carla los argumentos más candentes y atrevidos, aquella concha viscosa y sonrosada de Carla era como una boca depravada que constantemente le dictaba toda clase de anécdotas y guiones y vivencias. La concha de Carla parecía tener vida propia. Aquella vagina parecía vomitar sus historias al mundo como si estuviera pariendo a un hijo del demonio. E Isabelle escribía, sola en su humilde departamento escribía como una puta desahuciada, su alter ego literario se había derramado sobre el papel como un vomito incandescente. Era tal la compenetración de Isabelle con aquel relato que estaba escribiendo que hasta se olvidaba de comer o ir al baño; se meaba allí mismo, sobre la dura asentadera de su silla mientras sus personajes cogían como locos en las páginas de su cuento. Por las noches recibía las visitas de Carla, y entonces abandonaba momentáneamente su texto y se ocupaba por completo de su compañera. Por las noches la lujuria raptaba el ambiente colándose por los rincones como gases venenosos; la puerta se abría, Carla aparecía y se lanzaba sobre ella y ambas se transformaban en una, cogían como reverendas putas, como ninfas perversas e inconmensurables, los hedores a concha y a fluidos y a saliva y a sudor se alzaban por sobre las dos mujeres desnudas sobre la cama, por sobre sus besos apasionados, por sobre sus franeleos y chupones, por sobre sus gemidos y lengüetazos, y entonces, tumbadas una sobre otra, chupándose las ávidas conchas mutuamente, alcanzaban orgasmos portentosos que retumbaban dentro del departamento como atroces campanadas de iglesia. Porque si bien era verdad que Isabelle había chupado muchas conchas y que poseía un nutrido listado de amantes y conquistas, Carla era diferente; con ella la relación era distinta. Eran una amalgama perfecta, un ir como anillo al dedo; el plácido y apenas revelado masoquismo de Carla encajaba perfecto con el feroz sadismo de Isabelle; gracias a ella Carla descubrió el tremendo placer que provoca un golpe bien dado o una bofetada certera. Isabelle, por su parte, gozaba al dominarla, le ordenaba cosas imposibles y absurdas que Carla debía cumplir al dedillo, y si se negaba(como generalmente ocurría) Isabelle le prodigaba unos buenos azotes que dejaban a Carla jadeando, con los ojos inyectados en sangre y el pecho agitado de éxtasis. Con el correr de los días los castigos de Isabelle se volvieron más duros como más duro se volvió el masoquismo de Carla. En una oportunidad, habiéndose Carla negado a limpiar el inodoro, Isabelle la obligó a desnudarse, una vez que estuvo completamente desnuda le ordenó que se acostara boca arriba sobre el suelo del baño, una vez que lo hizo Isabelle se subió la pollera, se bajó la bombacha, se agachó sobre la cabeza de Carla y la meó. Si, la meó. Luego se tumbó sobre ella y la llenó de besos para finalmente terminar cogiéndola sobre los húmedos azulejos sanitarios. Así transcurría la relación entre Carla e Isabelle, así se fue gestando como una ninfa acalorada y perversa. Así, de esa manera explícita y hasta chocante, descubrieron que no podrían separarse jamás. Pasaron las semanas y llegó el día en que Isabelle acabó su relato. Era la historia de ellas, de sus encuentros, de sus charlas interminables, de sus momentos de ternura, de sus paseos tomadas de la mano, de sus jornadas de sexo, de sus perversiones. Era un cuento muy extenso, más de 20 páginas llenas de calor y furia, de amor y calidez. Más de 20 páginas destinadas a escandalizar, a no ver nunca la luz de una publicación. Pero eso poco importaba, el punto final de ese relato era el justo y necesario testimonio de aquella relación. Un legado de fuego, una marca identificatoria que las sobreviviría. Carla estaba sola en su casa, borboritando en el letal aburrimiento de ese jodido barrio residencial. Eran las 11 de la noche y el teléfono sonó con una potencia premonitoria. RING RING RING. Carla levantó el tubo y la voz de Isabelle retumbó presurosa del otro lado de la línea. “Terminé el cuento Carla, lo terminé…” Aquella frase fue como un mandato, un código secreto que el cerebro de Carla descifró al instante. Colgó y salió corriendo a su dormitorio, agarró las llaves del auto del cajón de su mesa de luz y se dirigió al garaje, se metió al coche, arrancó y partió a toda velocidad. El automóvil surcó las apáticas calles del barrio como una saeta espectral. A los costados, bajo las altas y fantasmagóricas casonas pintadas de blanco y violeta, los vecinos salían a las veredas como curiosos pajarones de pueblo. “Ahí va… ahí va Carla Fleming, la lesbiana” debieron de haber dicho. El chisme, la mediocridad y la hipocresía flotaban en ellos como un karma vomitivo. El coche cruzó las fronteras y el barrio (ese monstruo) se perdió en la lejanía hasta convertirse en una pálida esfera de plata. Carla dejó atrás los herméticos límites residenciales y se adentró en las escalofriantes moles edilicias que se alzaban a lo largo del asfalto como partes de una dentadura gigantesca. La ciudad; la maldita e interminable ciudad. Estuvo manejando más de una hora hasta que finalmente llegó al departamento de Isabelle. Subió las corroídas escaleras y golpeó la puerta. TOC TOC TOC. Isabelle abrió. Estaba con los ojos húmedos y su voz sonaba entrecortada.

-Acabé Carla, acabé nuestro cuento…

Los pechos de Isabelle palpitaban bajo su camiseta con una furia y una redondez inéditas. Carla entró y la puerta se cerró detrás de ella. Los ojos de Isabelle se transparentaron aún más y unas leves lágrimas surcaron sus mejillas.

-Abrázame Carla, abrázame fuerte…

Carla caminó hacia ella y la estrechó fuertemente entre sus brazos, la abrazó y casi pudo palparle el alma en carne viva, sangrante como una herida abierta, como una vagina en pleno periodo menstrual. Sintió aquella respiración acompasada pegarse a su cuerpo como un jadeo orgásmico, como un espasmo emocional involuntario, luego pegó su cara a la de ella y, simplemente, la besó, la besó como no la había besado antes, la besó y volvió a sentir aquel cálido sabor de la boca de Isabelle impregnarle los labios, la lengua, la garganta, era como si Isabelle eyaculara su esencia a través de cada beso, como si en sus labios estuviera sellada su propia historia.

-Te amo…-susurró Carla.

-Te amo…-respondió Isabelle al borde del llanto.

Así, besándose descontroladamente, así, estrujándose los labios con furia y devoción, así se fueron quitando la ropa; Carla se sacó la blusa y sus tetas parecían latir en el delicado corpiño negro que llevaba puesto. Isabelle comenzó a chupárselas como si quisiera deshacer aquel intrincado velo de encaje. Sin preámbulo alguno fueron hacia la cama, se tiraron y el colchón se aplastó y los tirantes chirriaron premonitoriamente. Sus cuerpos se enredaron encima de las sabanas y se amalgamaron en una sola voluptuosidad. Isabelle levantó los brazos  y Carla le sacó la camiseta, luego comenzó a besarle los pechos, dándole pequeños mordiscones como una caníbal hambrienta, pasando su lengua por los pezones prestos y duros. Ahora era su turno, ahora sería ella, Carla Fleming, la encargada de dar placer, sería ella la dominadora, sería ella la dueña y señora de la noche, estaba decidida a hacerle el amor a Isabelle como nadie se lo había hecho nunca, ¡nunca!, se puso encima de ella, le desabrochó el pantalón y se lo quitó, le arrancó la bombacha y se acostó entre sus muslos abiertos. Los negros pelos de la entrepierna de Isabelle se alzaban como una bandera en señal de guerra. Voy a hundirme en tu concha Isabelle,  voy a perderme en el abismo peludo de tu pubis, voy a perderme… Carla dirigió su mano derecha al pubis de Isabelle y comenzó a acariciárselo, buscando la dureza del clítoris con las yemas de sus dedos. Isabelle respondió abriendo aun más sus piernas en un acto de entrega total y desesperado, como si estuviera a punto de ser poseída por un placer inédito, un placer nuevo e inexplorado. Carla comenzó a embestirla salvajemente como si un enorme pene le hubiera brotado de repente de entre las piernas, como si los labios de su vulva se hubieran abierto y desgarrado ante el nacimiento de un monstruoso y erecto símbolo fálico. Isabelle  arqueó su espalda y estiró la cabeza hacia atrás y, en apenas unos pocos minutos, llegó al orgasmo  con un aullido desgarrador bajo las mortales embestidas de Carla. La noche aún era joven, y los secretos de ambas, de a poco, comenzaron a revelarse. La oscuridad las recibía con su inexpugnable manto de erotismo.

 

***

Carla contempla la ciudad somnolienta, ve como algunas luces empiezan a apagarse bajo el firmamento rosado del amanecer. Escucha un suspiro a sus espaldas y se da vuelta movida por su propio instinto; la prudencia parece haberse esfumado con los últimos aromas de la madrugada. La mujer sobre la cama despierta y sus ojos claros traspasan la penumbra veraniega como una brisa glacial. Carla la observa, se muerde el labio inferior, abandona la ventana y camina hacia la cama, deseosa de que se muñeca vuelva a devorarla. Un sol anaranjado las espía desde lo alto.

 

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  Comentarios (5)
demasiado exitante
Escrito por Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesitas tener Javascript activado para poder verla , el 05-08-2008 15:35
que escrito tan delicioso me meti tanto en el que imagine cada frase, cada acto que carla e isabella hacian es la primera vez que una lectura desencadena una serie de sensaciones en mi cuerpo tanto que senti la enorme necesidad de tocarme me fascino!
Escrito por Monna, el 05-08-2007 22:14
Una disculpa... me entrometí en un episodio de la vida de Carla e Isabelle y no pude -ni quise- salir de él hasta conocerlo por completo. Ahora me siento partícipe de un secreto que me atrapó desde el principio y que creo. no me dejará en mucho tiempo, hasta que pueda recrear una historia con la misma intensidad intensidad. Gracias por tan intenso momento.
Escrito por lachicafria, el 02-08-2007 14:07
es una buena historia me gustarìa escribir un cuento asì y contar mis experincias. nunca me habia clavado con un cuento erotico
Escrito por Marina, el 31-07-2007 23:29
Uy q interesante la historia...hace mucho tiempo q no leia algo así felicitaciones a quien lo haya escrito.
Escrito por adriana, el 31-07-2007 14:46
lo mejor que he leído en esta página hasta el momento, que manera de contar un cuento y poder sentirlo así, excitante, de verdad, apasionante, desbordante y antojable ;)
 
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