| ¿Será? |
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| por Vittor Samzen | ||||||||
| 08 / 2007 | ||||||||
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…me dirigía a una esquina del conocido “Triángulo de las Piernudas” (Insurgentes, Viaducto y División del Norte) Vittor Samzen, nació bajo de una higuera con un nombre más común que corriente por lo que adoptó este apelativo. Egresado universitario, trabajó por años dentro de las entrañas del sistema. Se inició escribiendo cartas y ahora desarrolla historias que mezclan las vivencias con lo que podría haber pasado o debería de pasar. Estaba buscando información acerca de la vida nocturna en la ciudad para poder contextualizar algunas historias que estaba escribiendo. Como padre de familia tenía siglos de no frecuentar bares y tugurios. ¡Vaya!, ni siquiera acostumbraba salir en las noches a menos que fuera a recoger a mis hijos adolescentes a alguna fiesta. Con mis amigos y otros padres de familia que circundaban los cuarentas y cincuentas, salíamos en parejas a escuchar algún concierto, a cenar, y a últimas fechas, dada la ya creciente afición de uno de ellos, un doctor en inteligencia artificial de mucho renombre en su ámbito profesional que a estas alturas de la vida descubrió su tardía vocación por el canto, nos juntábamos a cantar en su casa frente a un karaoke hasta altas horas de la madrugada. Las juergas a la salida de la oficina habían quedado en el olvido. Saliendo del trabajo tarde y aprovechando la vecindad con la colonia Condesa, me dirigía a una esquina del conocido “Triángulo de las Piernudas” (Insurgentes, Viaducto y División del Norte) donde todos los días había varias muchachas en minifalda u otro tipo de ropa sugerente y sexy platicando con personas en automóvil que hacían fila para entrevistarse con ellas y negociar los términos de la rendición. Para mucha gente era conocido el hecho de que esas muchachas de largas piernas y esbelta figura en su mayoría eran hombres, trasvestis o transexuales, que por alguna razón ocupaban ese escaparate principal aunque yo sospechaba que alguna de esas prostitutas era mujer. Ya fuera por ser las más solicitadas o por imponer su territorialidad por la fuerza, con la ventaja que les daba su renegada masculinidad, eran las dueñas de tan privilegiado escenario, en las calles principales y más transitadas. Quizá podría escribir algo acerca de ese fenómeno, pues había escuchado que a muchos señores les atraía la idea de que la chica tuviera ese algo especial que la diferenciaba de cualquier otra hembra. Decidí llegar a pié para no verme presionado por la fila de vehículos que esperaban su turno para negociar a través de la ventana del auto. Tenía la idea de poderles dejar en claro que mi intención era la de conocer lo que estaban haciendo y algunas particularidades de su oficio, de platicar y obtener la información que necesitaba sin la posibilidad de que me vieran como un cliente potencial. Es una bronca encontrar estacionamiento en esa zona de la ciudad, por lo que tuve que circular varias calles para encontrar un sitio seguro que no representara una tentación para las grúas de tránsito que se llevan a los autos mal estacionados al corralón para infraccionar o extorsionar al dueño o estuviera en un sitio que le facilitara las cosas a otros amigos de lo ajeno. Tras cerrar el auto con los candados, bastones de seguridad, alarmas y una oración, por si las moscas, encendí un cigarro agarrando la pseudo intelectual actitud de un escritor iniciando un estudio de campo y comencé a caminar las banquetas a desnivel, rotas, chuecas y mal iluminadas del vecindario. De pronto, una joven chaparrita me abordó, me pidió un cigarro y comenzó a sacarme plática de manera muy natural. Medio paranoico y muy afecto a las novelas policíacas, inmediatamente escanié los alrededores para asegurarme que esta chica no era solamente un cebo para distraerme mientras otros preparaban el asalto. Como no queriendo la cosa vislumbré tras de mí, luego en la acera de enfrente, a los demás y escasos transeúntes y a las personas dentro de los autos aparcados alrededor. Nada sospechoso, no parecía haber peligro potencial por ninguna parte. Inicié mi investigación sin mayor dilación y descubrí que se llamaba Cindy, pero que ese no era su verdadero nombre. Que no venía armada más que con su teléfono celular con el que podría armar un borlote llamando a su padrote y a sus amigas en un santiamén con un interesante sistema de seguridad que habían desarrollado. Decía tener 22 años y apenas unos meses en el negocio, y debía su práctica a la necesidad de juntar dinero para la operación de uno de sus hermanos que tenía un tumor en el cerebro. En mi experiencia, las razones de todas las prostitutas son dignos argumentos de telenovela en las que la realidad supera la ficción, cuando no se trata de lo mismo. Me aceptó ir a tomar un café y estuvimos platicando cerca de una hora. Era una chiquita preciosa con unos ojos muy lindos tras el maquillaje exagerado que les sirve de uniforme y disfraz. Su cuerpo era pequeño, exquisitamente torneado y bien proporcionado en sus dimensiones minúsculas. La plática era fluida y muy amena, plagada de su coquetería y sus expresiones en doble sentido, siempre recurriendo a las alusiones sexuales de manera velada pero sin caer en la vulgaridad. Su cabello ligeramente rubio le daba un aire diferente, pero se notaba que el color no era parte de ella. Después de un rato me dijo, “mira Hugo, la estoy pasando chévere contigo pero yo tengo que trabajar, así que te agradezco el café y si quieres nos vemos en otra ocasión. Ya sabes donde encontrarme y podría dedicarte un rato mientras taloneo y encuentro cliente.” Hizo una pausa dramática y continuó, “aunque déjame decirte que me gustaría tenerte entre mis clientes distinguidos, pues me haces reír y eso me gusta mucho.” Se puso coqueta, cambió su expresión y un calculado brillo en los ojos complementó su invitación: “Podrías ser mi patrocinador especial y verlo como una inversión de trabajo, así te puedo dedicar más tiempo y puedo resolver todas tus inquietudes mientras nos conocemos mejor”, concluyó mientras me quitaba los anteojos como pretexto para acariciar mi cara y los limpiaba con un pañuelo. Agradecí el gesto ya que su cercanía y la sensualidad que imprimía a sus palabras y movimientos me habían afectado, al grado de que mis espejuelos comenzaban a empañarse nuevamente. Me negué a ceder argumentando todo tipo de razones en mi mente, pero decidido a no perder el contacto intercambiamos números de teléfono y nos despedimos de beso, como si fuéramos amigos de mucho tiempo. Llegué a casa más tarde que de costumbre pero sin ninguna consecuencia, con el gusanito de ese encuentro retumbando en mi cabeza, pero a la vez contento de haber iniciado un contacto importante en mi investigación. A la semana siguiente, me habló por teléfono a media tarde, cuando estaba todavía en el despacho. Había sido un día muy flojo y estaba aburrido. “¿Huguito?, habla Cindy, tengo un problemón ¿sabes? y creo que solamente tú puedes ayudarme.” “Hola pequeña”, “un segundo”, le dije a mi secretaria y me salí al pasillo rumbo al baño. “¿En que puedo servirte pequeña Cindy?” le dije con mucha seriedad. Temía que quisiera embaucarme de alguna forma y me molesta muchísimo que me quieran ver la cara, por lo que me gusta dejar las cosas muy en claro en este tipo de situaciones. “Huguito, necesito una lana superurgente y no tengo a quien recurrir. No es mucho, pero la necesito de inmediato y para eso quiero proponerte una cosa.” Se trataba de una propuesta en que se ofrecía como guía para realizar mis investigaciones y además, bueno lo que yo quisiera, por lo que me dio su dirección que se encontraba a tan solo unas calles de mi oficina. Avisé a mi secre que iba a comprar cigarros y a atender un asuntito “allá afuera” y tras revisar la cartera me dirigí a la calle. Llegué a su depa en unos cuantos minutos. Me abrió la puerta de un minúsculo departamento en un tercer piso. El lugar estaba bien decorado y limpio, y se adivinaba que vivían más personas en ese lugar. Me dio un beso en la mejilla a manera de saludo mientras me abrazaba con gusto y se disculpaba por interrumpirme en el trabajo de esa manera. “Voy a tener que salir de viaje unos días a ver a una tía que está muy enferma, me dijo mientras me sentaba en la salita y me ofrecía algo de tomar. Tenía una cantinita muy bien surtida y diligente me preparó un whisky con hielo. Sin chistar le di el dinero y no me dejó aventarme el discurso aquel de “ni creas que soy banco o maquinita de dinero” y todas esas cosas. Me senté en el sofá de la salita y me disponía a comenzar a hablar cuando de manera inesperada me dijo “gracias Huguito, te lo agradezco con todo el corazón” y me brincó sobre las piernas y con un beso me arrebató todas las ideas. Primero fue un beso dulce como su aliento lleno de juventud que me empezó a inundar. Sus caricias me empujaban hacia una pendiente y cuando insertó su lengua en mi boca ya no hubo manera de detenernos. No hubo palabras pero sí una gran ternura y después de un rato se levantó, me tomó de la mano y me llevó a su habitación. Arrastrado por la inesperada excitación cedí luego a sus caricias, a su piel tersa y a su cuerpo firme y bien formado. El tedioso y torpe ejercicio de quitarme la ropa me pasó inadvertido, disfrutando a cada instante de aquella situación completamente fortuita. Aprovechando la experiencia acumulada, a pesar de enfrentarme a una profesional en la materia, me apliqué como iodex para hacerla disfrutar de este encuentro. En un principio la dejé hacer y por momentos sentí que me arrastraba suavemente al final de la sesión, pero pensando en gatitos muertos me controlé, retomé la iniciativa y comencé a someterla a mis acuciosas caricias sacando del baúl todas las mañas, técnicas y procedimientos precisos con la vana idea de hacer que también fuera un momento memorable para ella. Fue un intercambio delicioso y pude constatar por las reacciones de su cuerpo que no le había sido indiferente. Luché por no quedarme dormido tras haber vaciado toda mi enjundia y hasta cierto punto me sentía... que digo satisfecho, orgulloso por haberme demostrado capaz de resistir tres rounds de lucha amatoria, dos de ellas sin zacatito pa’l conejo, después de que la rutina me había impuesto a sucumbir hasta la inconsciencia tras una breve escaramuza sin mayores consecuencias. Cual vampiro rumano, confirmé que la sangre joven es capaz de contagiar la fortaleza y el ímpetu de mejores tiempos. No hubo trucos, peripecias ni piruetas extrañas. Tampoco me sorprendió con posiciones extrañas ni me propuso repasar las más complicadas páginas del Kama-Sutra o hacer cosas que rayaran en la perversión. Para mi sorpresa ella quedó rendida y con una sonrisa pintada en el rostro se quedó dormida en mis brazos. Ahí estuve mirándola no sé cuanto tiempo, hipnotizado por su cercanía, por el calor de su piel, por ese dulce aroma que lo impregnaba todo. Abrió los ojos como los abre una princesa que ha estado dormida en un cuento, me besó como si yo le provocara sentimientos más trascendentes que el agradecimiento y se incorporó sosteniéndose de mi mano mostrando la magnificencia de aquel cuerpo desnudo. Me jaló a acompañarla al baño y disfrutamos del agua y de nuestra compañía acariciando, enjabonando, tallando y pellizcándonos en un juego inocente que se prolongó varias horas. De vuelta a la realidad tuve que meter el freno de mano para convencerme de que no podía dar rienda suelta a los sentimientos y pensamientos que brotaban de mi mente. Debía aprender a disfrutar del momento con toda intensidad y a zambullirme en ese remolino de sensaciones sin dejar que las enredaderas de la pasión me apresaran. Aunque no lo había hecho con toda la intensión, tenía que entender que de alguna manera había pagado por primera vez por sexo, aunque eso hubiera sido terriblemente gratificante. Pasaron varios días en los que me brincaban las ganas de verla, de mandarle flores o algún regalo para asegurarme que, por un instante pensara en mí. Logré contenerme con mucho trabajo, ocupándome en la realización de mis labores. Nos volvimos a encontrar y la emoción de verla afectaba mi percepción de la vida. Tenía que esforzarme para contener las ganas de andar gorjeando por la oficina como un pajarillo en primavera. No lo estaba, pero no podía negar que por los poros se me escapaba lo contento y que me había encariñado con ella, quien me confesó que desde que me conoció estaba considerando estudiar Geriatría. “Escuincla del demonio”, le grité mientras la alcanzaba para darle unas buenas nalgadas en reprimenda. Pasaron los meses y la veía una vez a la semana, a veces dos, pero no todo era sexo. A veces la llevaba a un museo o al cine como lo hacía con mi hijo que pronto terminaría la secundaria y a quien trataba de frecuentar con, por lo menos, la misma regularidad. Sin percatarme de ello, pues el tiempo se me iba como agua, llegó la fecha de la fiesta de graduación de Arturo y junto con su madre, sus abuelos, tíos y primos fuimos al salón donde después de una misa bastante sosa, cenamos soportando los discursos e inició el baile. Desde la mesa miraba a mi vástago saludar a sus cuates y abrazar a sus amigas en ese ambiente festivo que presagiaba nuevos horizontes y la proximidad de la vida adulta. De pronto llegaron a mi mesa dos de sus compañeritas, muy elegantes con sus vestidos de noche y descubriendo las vicisitudes de utilizar zapatos de tacón y me sacaron a bailar a mí y a mi cuñado “es que los chicos no saben bailar estas piezas”, argumentaron. Y bueno, inauguramos la pista de la mano de estas niñas que en un ardid premeditado habían sacado a bailar a los viejos de todas las mesas. Ante la imposibilidad de platicar con mi acompañante por el excesivo volumen de las bocinas, me dediqué a observar a las parejas que bailaban en nuestro entorno, cuando miré a una chica que me pareció extremadamente familiar. Escudriñando sus facciones y tratando de adivinar sus dimensiones corpóreas me invadió una sensación extraña entre sorpresa y susto. En cuanto me encontré con mi graduado le pregunté sobre la chica y me confirmó que era su compañera de salón, el mejor promedio de la clase, pero que aunque estaba muy bonita nunca le había llegado debido a que era intratable y siempre estaba ocupada con clases extracurriculares por las tardes, por lo que la consideraban socialmente muerta. Una menor de edad, hija de familia, destacada en sus estudios, recatada en el vestir. Se parecía tremendamente a la niña de mis ojos, pero tenía el pelo lacio y castaño, además de que utilizaba unas coquetas gafas de aumento. Varias veces reviré hacia la mesa de su familia para tratar de descubrir si Cindy pertenecía a esa familia, tal vez alguna tía o prima, pero nada. Ya para salir del salón los graduados se abrazaban, algunos se despedían o se ponían de acuerdo para seguirla en la casa de algún amigo. Yo me dirigí a la mesita para pedir el coche cuando esa niña, tan parecida a la ninfa que perturbaba mis sueños y algunas de mis mejores tardes me volteó a ver y me clavó su mirada juguetona y casi indiferente. Venía en familia tomada de la mano de una señora que con la otra hurtaba el arreglo del centro de mesa. El parecido me divertía y a la vez me daba escalofríos. Estaba subiendo al auto de la familia cuando su vestido se atoró con la puerta. Atento como estaba en observarla, me aproximé a liberar el extremo del vestido inclinándome junto al auto. Ella se percató y me vio a sus pies, me sonrió y me dijo cerrándome un ojo, “gracias Huguito, te lo agradezco con todo el corazón” y me quedé ahí, de hinojos en la banqueta, paralizado, hecho un idiota.
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