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Elogio de la censura Imprimir E-Mail
por Miquel Silvestre   
10 / 2007

Sé que mi profesión ya no es apreciada. Nací en un mal momento. Demasiado tarde, o quizá demasiado pronto, pero lo cierto es que nunca gocé del reconocimiento que ganar las oposiciones me debía proporcionar. Como los verdugos y los serenos, nosotros también estamos fuera de época. Refugiados en último sótano del suprimido Ministerio de la Verdad Oficial, los miembros del Cuerpo Superior de Censores languidecemos sin apenas nada que hacer.

            La sociedad ya no aprecia el valor de la censura y eso que es una de las actividades más necesarias. Imaginen ustedes lo que mejorarían las playas si alguien censurara las tetas caídas, las varices o las barrigas cerveceras. Imaginen lo delicioso que sería leer una novela sin párrafos superfluos, descripciones prolijas o sentimentalismo psicológico. Imaginen ver una película sin planos largos, travelings, picados y lento esteticismo. Sería vivir en un paraíso.

            Pronto me di  cuenta de que al Mundo le sobraba mucho para ser perfecto. Por eso con apenas diez años decidí que sería censor para borrar todo lo adventicio y banal. Pero ya entonces se estaba gestando la Revolución Luminosa de las Grandes Libertades, en cuyo nombre todo estaba permitido. Bajo aquel huracán libertario se nos suprimió como gremio, se nos consideró sujetos sospechosos de afinidad con el viejo régimen totalitario donde no se podía decir o escribir cualquier cosa porque existía una cosa facha llamada normas.

            La multitud celebró con esperanza la nueva ley consistente en la ausencia de leyes. Se levantaron monumentos a ese escritor colombiano que pugnaba por suprimir tildes y uves. La gente empezó a hablar como le daba la gana. Una nueva era parecía a punto de alborear. Pero pronto se vio que no todo podía ser dicho o escrito porque entonces el lenguaje dejaba de ser útil, dejaba de ser lenguaje. El derroche de libertad no resolvió los problemas de incomunicación, sino que los agravó aún más, porque si cada cual era libre de llamar a las cosas como quisiera, entonces se corría el riesgo de no entenderse en absoluto. Algunos sostuvimos que no se podía llamar “silla” a un perro, ni “mesa” a una vaca, y que por tanto había que censurar severamente los intentos de decir, “ven aquí, silla”, cantar “tengo una mesa lechera” o emitir anuncios publicitarios de “comida para sillas, elaborada con auténticos pedazos de mesa”.

            Fuimos tildados de fascistas por señalar los riesgos, por decir que a un concepto le corresponde una palabra y no otra cualquiera. “La libertad”, dijeron, “es también la libertad de no entenderse. Entenderse es reaccionario. Es lo que permite a los soldados entender las órdenes que los llevan a la guerra. Suprimamos el entenderse y ya no habrá más conflictos en el Mundo”. Pero como nos lo decían con arreglo a las nuevas no-normas, tampoco los entendíamos.

            Hoy por fin vivimos totalmente libres en sótanos herméticos, así que mientras escribo estas notas con el viejo código gramatical que heredé de mis antepasados, oteo por el ventanuco que da a la calle desierta y sé que nadie salvo otro gris censor podrá ya entenderme. Ojala seas tú. 

 

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  Comentarios (4)
La esencia de la literatura
Escrito por Truman Cipote, el 23-11-2007 11:39
Muy bien escrito. Me ha gustado mucho, además la esencia del blog es genial. Me pasaré por aquí, lo prometo. 
 
Saludos de un bohemio
Escrito por Lhises, el 29-10-2007 15:16
Como mirando por la ventana.
Escrito por voyeur, el 26-10-2007 02:56
Rifado, eh maestro
Escrito por KURTLIV, el 19-10-2007 19:05
:)
 
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