| Eunice tercera parte (y el fin de la saga) y…, Mi rodilla. |
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| por Antonio Andrade | |||||||
| 11 / 2007 | |||||||
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Y así fue, durante todo un largo año, con su ya mencionada hora libre a la semana, y el examen final aprobado, los compañeros muertos de envidia, y la maestra con su mirada de, “maldita sea la hora en que te dejé abrir la boca”. Para ese entonces, llevaba dos semanas de no ver a mi adorada Eunice, mi musa del Olimpo, así que me decidí a llamarle para contarle mi grandiosa hazaña moralista, levanté el auricular y marqué con delicadeza su número, esperé durante tres largos tonos y por fin, una voz que no correspondía a ninguno de los miembros de la familia me dijo, “lo sentimos, el número que usted marcó esta suspendido, sentimos las molestias que esto le ocasiona”, ¿qué?, ¿suspendido?, insistí varias veces con agenda en mano y finalmente comprobé que, efectivamente, ese era el número y que realmente estaba suspendido, pero, ¿por qué?, desconcertado tomé mi bicicleta y pedalee rápidamente hacia el hogar de mi siempre bella musa dormida, al llegar, deduje que la casa estaba completamente vacía, ya que al asomarme por la ventana pude observar que no había absolutamente nada en su interior, ni cortinas, ni muebles, ni gente, ni nada, mi mente y mi cuerpo fueron invadidos por una enorme desesperación, toqué en la casa contigua, y al cabo de treinta segundos, (los cuales conté con el cronometro de mi reloj de pulsera con tres alarmas y cuenta regresiva que mi madre me regaló al culminar el ciclo escolar pasado) una señora de edad avanzada salió a mi encuentro, y con voz serena y pausada me preguntó, “que se te ofrece hijo?”, le pregunté si existía la posibilidad de que me informara sobre el paradero de sus vecinos, a lo cual respondió con esa misma voz tranquilizadora y desesperante al mismo tiempo, que al padre de la familia le habían dado una planta en Querétaro (por motivos de trabajo, obviamente ¿estamos?) y que la casa estaba en venta desde hace cinco o seis días, ¡no chingues!, que poca vergüenza, y yo ni enterado. Mi musa jamás mencionó nada al respecto, ni una sola palabra pero... ¿porque, porque, porque chingados no?, con razón no había ido a la escuela, levanté mi bicicleta y estuve pedaleando un ratototote, (imagínate, cuando me di cuenta, ya me encontraba yo en Valle Escondido (poco antes de llegar a casa de la chingada) todo sudado, cansado, encolerizado, con las piernas adoloridas, y sin un solo centavo para comprarme mi siempre refrescante peisi cola bien frigobar).
CAPITULO XMi rodilla
Al arribar a mi casa -joum, suit joum- boté mi bicla en el primer lugar que encontré (el baño) y me senté frente al televisor, mi cabeza estaba hecha un nudo, mis pensamientos giraban en torno a ella, Querétaro, la viejita, la casa de Eunice completamente vacía, y el por qué de su silencio, hasta me puse a pensar un rato en lo desconcertante que debe ser que te pase lo mismo pero con una play mate, chale ¿no? Que así sin avisarte las mejores chichis que pudiste haber tenido desaparezcan, en esas estaba, cuando de pronto una fuerte punzada en la rodilla izquierda me distrajo de mis pensamientos, era intensa, constante y casi casi sonora, sentía que la rodilla me iba a estallar, me baje el pantalón para revisarla, y al verla tuve un grave presentimiento, la rodilla estaba dos veces su tamaño normal y un tanto cuanto amoratada, pero eso no fue lo peor, ¡no, que va!, lo peor fue cuando se la enseñé a mi madre. No manches, ahora sí que ni yo estoy tan toca-discos, porque sin pensarlo y de inmediato, me tomó por el brazo, me subió al auto, y me llevó directito y sin escalas al mismísimo médico, doctor, matasanos o como sus madres le llamen a ese señor vestido de blanco que cura casi todas las enfermedades, el cual, haciendo gala de gran conocimiento, revisó a la susodicha y ya mencionada rodilla izquierda. Me hizo un extenso interrogatorio sobre mis hábitos de postura y juegos acostumbrados, para luego explicarme que había hecho yo demasiado ejercicio, y que se me había roto una membrana (bueno, a mi no, sino a la rodilla ¿estamos?), y que había tenido un ligero derrame de sangre y líquido rodillal y que había que evacuarla, como era de esperarse, el doctor no se refería a una evacuación tipo terremoto (la película), no, ¡bueno fuera!, sino a encajarme una pinche agujota en la rodilla y sacarle hasta la última gota de aquella viscosa mezcla, al darme cuenta del significado de sus palabras, se abrieron dos caminos en mi desarrolladísimo cerebrín, salir corriendo de aquel lugar y no volver nunca más a mi casa (lo cual me pareció un poco absurdo) o tomar un bisturí de la charola de aquel consultorio, ponérselo en el cuello a la ayudante del doctor y salir de aquel lugar, amenazando a los presentes con matar a la ya mencionada vestida de blanco si el doctor no abortaba la idea de evacuar mi rodilla, este camino me pareció aún mas absurdo que el anterior ps ¿a poco no? Así que opté por una tercera alternativa y sin mas ni mas, me quedé en la cama, inmóvil, aguardando a que volviera el doctor (quien, para ese entonces ya había abandonado el lugar) evacuara, y así poder yo salir corriendo y sobándome la rodilla, con la cola entre las patas y limpiando el sudor de mi frente para ese entonces empapada de la ya mencionada secreción corporal, mejor conocida por el populus vulgaris como sudor. Cuándo el medico entró al cuarto, empuñaba una jeringona tamaño caguama, mis nervios comenzaron a alterarse rápidamente, el sudor comenzó a escurrirme por las mejillas, los dedos de los pies se me engarrotaron –este defecto es herencia de mi madre, así le pasa a sus papás -o sea a mis agüelitos- cuando se ponen de nervios, de hecho una vez a mi mamá le pasó cuando fue a verme saltar en bicicleta desde la barda del parque hacia la calle-, y todo este cuadro fue complementado justo en el momento en que la enfermera me preguntó, “¿quieres algo para morder?” puta madre, dije para mis adentros, o sea que este piquetito (como le llamó el doctor mas adelante) dolía un buen, resto, chingo, recio o como ustedes llamen a los piquetitos de los graduados en la facultad de medicina. De pronto sentí que mi cuerpo se dilataba y se contraía al mismo tiempo, que cada uno de mis músculos se endurecía de una manera fenomenal (casi hasta llegar al grado de desmayarme), el dolor era inaguantable, mega intenso, durísimo, mis ojos se desorbitaban y mis dientes rechinaban, y en el momento en que el doctor sacó la agujilla, lo único que pude hacer, fue recetarle un tremendo puñetazo al maxilar inferior con el cual fue a dar derechito al suelo, ja. Luego de eso me puse de pie, me fui a su oficina, tomé asiento junto a mi madre, y esperé a que el doctor se recuperara de mi sedante prehistórico, y al cabo de unos minutos, apareció en escena el susodicho sobándose insistentemente la mandíbula y diciendo: “pegas fuerte muchacho, ¿nunca has pensado en ser boxeador?” y como siempre, me fue imposible contener la carcajada y entre risa y risa le dije “ustedes los doctores se ganan sus honorarios a pulso ¿eh?”. La carcajada fue mutua, nos dimos la mano, hizo la receta y nos despedimos, ya en el auto le conté a mi fabricante lo sucedido en el privado del Doc., y como que no queriendo se rió, y luego de su risita me dijo entre grito y grito que eso estaba mal, seguido de un enorme sermón y una regañadota que no me la acababa.
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