| Our Wedding Day |
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| por RaMséS-LV | |||||||||||||||||||
| 11 / 2007 | |||||||||||||||||||
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Nos hace llegar su cuento: “Our wedding day”, y quiere participar como colaborador permanente. En este relato va desentrañando desde el pensamiento y ojos de su personaje varón, la inseguridad, destacando “una gotera”, como parte desquiciante de la historia. La mujer que aparece en el texto, se desdibuja; el centro es él, a pesar de nunca mencionar su nombre. Esperamos que lo disfruten y le hagan sus comentarios al autor.
Retiró el último grumo de espuma y su cordura se replegó al instante, harta del golpeteo acuoso que la había estado martirizando durante toda la mañana. Pero él... Él dejó caer la navaja y recorrió esmeradamente su rostro afeitado con la yema de los dedos, como para cerciorarse de la eficacia del viejo método de la navaja y la bacía. -¡Suave como nalga de bebé! El símil le divirtió por un momento, hasta que la gotera comenzó a insistir otra vez con su intermitente letanía. Entonces sucedió lo que no debía suceder: el recuerdo de Delia cayó en una gota de agua, descomponiéndose, al impactar, en miles de corpúsculos cristalinos que salpicaron cada rincón de su soledad y rociaron de ansiedad la superficie del espejo. -¡Maldita gotera! Pasó la mano derecha sobre el cristal para desempañarlo, pero las gotitas de agua permanecieron impertérritas y, antes de que arremetiese de nuevo contra ellas, comenzaron a deslizarse a través de su rostro. Él seguiría atentamente su trayectoria, hasta que una de ellas se despeñara del mentón al piso. Sería una mala idea. El recorrido facial le reveló la ridícula estrechez de su frente, apenas disimulada por una cabellera acartonada, prólogo de un rostro equino escindido a partir de una enorme nariz y rematado por un par de labios delgadísimos, prácticamente adheridos al mentón. La gota atravesó su pecho peludo, bordeó la panza bofa y el ombligo mugriento y se bifurcó siguiendo la ruta trazada por dos piernas escuálidas y mal esculpidas. Tras fragmentarse sobre la hoja de la navaja y producir un chasquido irritante, el prometido maldijo la gota y levantó la navaja; contempló su brillo unos instantes y dos gotas más, nacidas de sus ojos, emprendieron el mismo recorrido que la anterior. (La campana ha llamado; su tañido cruza el escampado y el piano deja escapar las primeras notas.
No earthly church has ever blessed our union, no state has ever granted us permission, no family bond has ever made us two, no company has ever earned commission).
Delia abre la ventana y saborea su victoria. Se deja cobijar por el brazo de la aurora y extravía su sonrisa en la inmensidad del firmamento. Él ha aceptado; ha dejado a un lado el recelo que le hostigaba y ha decidido unir su vida a la suya, a la claridad de sentimientos que ella atesora en su corazón. Puta fealdad. Estoy podrido por dentro y por fuera. Ahora que lo pienso bien, ¿por qué esa insistencia en unir nuestras vidas? No tiene sentido, ni siquiera para Delia. ¿Amor? ¿Es que un tipo tedioso y despreciable como yo puede ser amado? Y con mayor razón, ¿amado por alguien como Delia, tantas veces amada? Imposible. Seguramente fue un acto de conmiseración, o acaso uno más de tantos escarnios que he recibido desde que la conozco. Sí, eso debe ser. Una boda invisible, sin invitados, sin iglesia y sin atavíos comprueba lo que siempre he creído, que le avergüenza tenerme a su lado; le avergüenza que los demás sepan con qué paria se ha mezclado. ¿Que el viento nos unirá con una ráfaga preñada de infinitud? ¿Que el nuestro será un matrimonio secreto, bendecido por nuestro amor y no por los rituales de una sociedad marchita? ¡Chingaderas! Me enredé en su vientre sin saber que todo era producto de mis fantasías; dejé mis besos en las almenas de su cuerpo y avancé entre sus muros a pesar de saber que la vida no me tiene reservada ninguna alegría duradera. Estúpido. Idiota. ¿Quién podría amar a una piltrafa como yo? Maldita gotera, debo repararla.
(A lo lejos, como un eco que quisiera materializarse, el ladrido de un perro surca el aire junto con el ramo blanco que escolta a una segunda campanada). La navaja resbaló de su mano trémula y volvió a caer al piso. Sin embargo, esta vez no produjo un chasquido irritante, sino una lenta eclosión de palabras que se corretearon unas a otras a través del cuarto de baño y se prendieron a sus cabellos para acicalarlos mientras él dudaba; mientras Delia recordaba viejos amores a la sombra de un fresno en una tarde estival y él contemplaba descorazonado cómo los trozos de corteza caían sobre la hoja donde garrapateaba sus fantasías adolescentes, en las cuales él y ella se fundían en un amor egoísta, que no admitía amantes previos. Levantó la vista para ahuyentar a los acicaladores pajarillos y detener la lluvia de cortezas, pero Tania apareció de pronto, con esos malignos ojillos suyos, con esa figurita de marfil que había sido el martirio de su infancia. El terror y la vergüenza lo invadieron. Tania le arrebató la hoja y agitó el avellano para que todos los niños se acercaran y se burlaran de las estúpidas declaraciones de amor escritas por el pobre muchacho, por aquel romántico jovencito que se oculta bajo los árboles para amar en silencio, mientras ella ríe, ríe estruendosamente y su risa se prolonga, choca contra la hoja afilada de la navaja y se escurre entre sus labios, porque Delia ríe de su zozobra; lo besa y le asegura que ahora son él y ella, que no debe temer. Pero él calla, calla y sus ojos se transforman en una gotera que lamenta su fealdad y opacidad. Ese ser grotesco que habita en el espejo nunca le arrebatará a Delia un suspiro, jamás igualará la dulzura de sus antiguos amores. (La novia se arrojó a sus brazos y se deshizo en suspiros. Él la abrazó con ternura y la cobijó con un cariño protector. Era lo que necesitaba. El tercer tañido; las notas que prosiguen.
No debt was paid no dowry to be gained, no treaty over border land or power, no semblance of the world outside remained to stain the beauty of this nuptial hour).
Eres un genuino pendejo. Cuando todo esto termine tal vez te des cuenta del lamentable espectáculo que ofreces. Mírate, afeitándote para llegar guapo a tu boda fantasma, soñando como un imbécil, creyendo que ella te ama. Pero no es así, no te engañes. Delia no te ama, sólo tú la amas y ése es un amor de tontos, del cual los demás se burlarán. Sabes que tu amor te destruye, y comienzo a sospechar que te gusta sentirte como mierda batida. ¿Te ríes? ¿Por qué? ¿No me crees? ¿O te crees muy listo? Mírate esa pinche cara de caballo que te cargas, y esa panza de aguacate podrido y aguado, ¿crees que alguien te va a querer así? Ni madres. Además, ¿qué ganas martirizándote así? Tu presencia misma es fastidiosa, no despierta el menor interés. ¡Pendejo! La navaja se te cayó otra vez, y no has reparado esa jodida gotera. Oh... ¿a que no adivinas lo que se me ocurrió? ¡Tú eres como una gotera! Descompuesta, inoportuna, indeseable y sin embargo insistente, llamando con voz débil y esperanzada, esperando que alguien te preste atención. Pero lo único que harán será meterte un clavo en el hoyo para que te calles de una buena vez y no sigas molestando. ¿Me amas, verdad? Lo sé. Has aceptado. El mundo quedará atrás con rituales marchitos, y tú y yo seremos arropados por la promesa del matrimonio secreto, ungidos por el tiempo caleidoscópico de nuestro amor. Levantó la navaja por segunda ocasión y examinó la hoja afilada. La luz reflejada lo deslumbró al punto que la nostalgia estremeció sus párpados con un temblor irresoluto y anunció gruesas gotas bajo un cielo ennegrecido: la lluvia estaba próxima y debían hallar un refugio para protegerse del diluvio. Cruzaron el escampado tomados de la mano y, al principiar la lluvia, Daniela se transformó en una sombrilla multicolor, hecha de besos y sonrisas. Una sombrilla que lo protegió. Suspiró aliviado. Aún quedaba un kiosco –la memoria vestida de prejuicio manchado de añoranza- que podía resguardarlo del aguacero. Su amor de juventud, pero fue hace tanto tiempo... -Y, entonces, ¿a quién quieres ver? Daniela, su imagen y creación; su ama y esclava; ella que a cambio de su amor era quien él quería que fuera, y él dócil, señor y siervo, con el pensamiento atorado en las enaguas de la obsesión –la húmeda evocación del amor juvenil. Pero ya es la hora en que el frío matutino remueve los cuerpos desnudos y Delia despierta y lo mira con los ojos de Daniela; lo besa con los labios de Daniela, lo acaricia con los dedos de Daniela. Sus cuerpos se entrelazan y el amor fluye en medio de los muros cenicientos y la luz cetrina de la celda, de esa prisión que, al mismo tiempo, es la sentencia gozosamente cumplida por mutuo acuerdo. -Si así fuera. Si tan sólo así fuera... Delia acaricia con la mirada las prendas nupciales. Se lleva un vaso de leche a los labios y mira hacia el oriente, donde él vive, donde su corazón palpita por ella. ¿Lo hace por ella? Está lloviendo y recuerda que él no ha reparado la gotera. Sin embargo, no le preocupa. ¿Qué puede importar una gotera en el día de su unión? (Parece que alguien en la cúpula se molestó al serle requerida una cuarta campanada, pero, al fin y al cabo, cedió, acaso conmovido por la escena que se le ofrecía a los ojos: él tomando su mano y jurando que nunca la abandonaría, ni en las circunstancias más adversas, y ella asintiendo con un leve movimiento de cabeza.
No flowers on the alter, no white veil in your hair, no maiden dress to alter, no bible oath to swear). El reloj digital marcó las tres. Sólo cuatro horas y este timbre chillón ya te está chingando, le respondió, te recuerda que en cuatro horas serás el nuevo Rey de los Tontos, la comidilla predilecta del carnaval de esos cabrones. Tu mezquindad te corroe; tu dolor se llama Delia. Te consuelas pensando que estás exagerando las cosas, pero no te engañes. Aunque te duela, estás en lo correcto: la vida no te reserva alegrías duraderas. Alguna vez me hablaste de la sublimación del dolor, ¿te acuerdas? Me dijiste que el dolor es inevitable y que cada uno de nosotros, tarde o temprano, lo enfrenta cara a cara. Quienes no soportan su dolor se la viven llorando o se suicidan; a quienes les duele quedarse media hora solos les da por casarse; los más candorosos acuden a la terapia de superación personal, a la religión o a un credo político cualquiera –al fin que son casi lo mismo. Pero sólo un puñado de nobles corazones tiene el arrojo de transformar su dolor en una obra de arte; de hacer hermoso aquello que a los demás les resulta inmundo, y de esa manera afirmar su dolor sin negarlo, legando al mundo una prueba de que el alma humana, sin importar su fatal fragilidad, puede ser sublimada a través del arte. No te hagas pendejo, que te estoy hablando. Tú me dijiste eso y te aguantas porque aún no termino. El prometido levantó la palma de su mano izquierda para silenciarlo. El otro lo miró complacido. La lluvia había cesado y el machaqueo de un martillo golpeando metal se filtró por la ventana de la alcoba que daba hacia la avenida. ¿No eran sonidos gemelos el del machaqueo y el de la gotera? Además, ambos podían cesar si el hombre se lo proponía. ¿Pero por qué precisamente ahora esos sonidos acaparaban su mente? Debía terminar de asearse, ordenar el cuarto de baño y vestirse para ir a su boda. ¿O debía reparar la gotera antes de irse? Reconcentró su atención en el espejo, en su fealdad, y en los sonidos metálicos que se habían deslizado al interior de su mente. El recuerdo de Delia volvió a caer en una gota de agua. Pensó en el milagro de la cruz; en la gota que cayó del cielo y sacudió las entrañas de Damasco –el cielo convertido en una gotera. El olvido habría disuelto en sus tinieblas aquel sacrificio luminoso si los mosaicos medievales, los claroscuros renacentistas, el roce del arte no hubieran intercedido por él. Y mi amor por Delia se perderá en la inmisericorde amnesia del recuerdo si no delineo sus contornos con la pincelada estética de un sacrificio.
Sólo después de descubrir que el odre se había transformado en gotera, cuyas gotitas de vino rojo se mezclaban con las gotas del recuerdo de Delia, el prometido lamentó no haber probado una sola gota de vino y lanzó un desgarrador grito de dolor al ver que las bestias hambrientas que se lo habían embebido todo eran, ni más ni menos, los viejos amantes de Delia. La navaja cayó de nuevo. Esta vez no sucedió nada. (Delia rogó al sacristán que diera cuatro campanadas. Cuatro, sólo cuatro horas nos separaron. El mugriento sacristán, renuente, subió al campanario e hizo lo que la novia le pidió. Vio cómo Delia, arrasada en lágrimas, arrojaba un ramo blanco sobre el epitafio de la cripta de su novio -¿reprochando o bendiciendo?- y se ocultaba entre los brazos de su padre, quien la abrazaba, la tomaba de la mano y le prometía inútilmente que nunca la abandonaría. Ni siquiera reparó en el remoto ladrido de un perro ni en el machaqueo de un martillo golpeando metal, nostálgicos ecos que parecía tragarse el ocaso. Y, aunque lo intentó, fue incapaz de comprender la críptica canción que brotaba del automóvil del padre de Delia –únicamente envidió la potencia del estéreo.
The secret marriage vow is never spoken, the secret marriage never can be broken).
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Delia abre la llave y deja que la bañera se colme lentamente. El flujo del agua avanza cadente, uniforme, fragante y ella se arroja al ondulante océano de su certeza. No opone resistencia al vapor que burla su bata y juguetea en la redondez de sus senos, acampa en sus muslos y se desliza hasta la punta de sus pies, porque él ha aceptado, y sólo piensa en el ramo, en el lazo que los hará dos en el cuerpo de uno.
La navaja hizo el primer corte y el pequeño quedó fascinado al ver la destreza con que el obispo luterano cortaba el pan para celebrar la Santa Cena. Una amarga sensación de frustración le inundó cuando sus padres dijeron que él no podía participar del sacramento, pues solamente era un niño. La navaja espetó el segundo corte sobre la carne del corderito asado y los convidados se sumieron en un profundo silencio, aguardando el momento en que el novio dispusiera el presente nupcial sobre la mesa. Ya tenía edad suficiente para participar del sacramento, pero, ¿cómo saltarse el primer paso? No necesitaba más al obispo. La navaja hizo el tercer corte sobre el blando cuero del odre y de él brotó el vino más exquisito y escarlata jamás saboreado en una boda. Los convidados se abalanzaron bestialmente sobre el néctar y en pocos minutos yacieron tendidos en el piso, ebrios, felicitando al novio por romper la costumbre de reservar el peor vino para el final. 

Comentarios (13)
Si el cuento te desequilibra, es que algo en él vale la pena. Gracias de nuevo.



