| La Cacería que no cedió |
|
|
| por Vittor Samzen | ||||||
| 12 / 2007 | ||||||
|
Percibí la fuerza de su mirada desde lejos, sin verlo, como las posibles presas descubren que hay un depredador rondando. Se vino aproximando entre la gente muy sigilosamente, pero clavadísimo en mí, adivinando mi silueta sobre la ropa y ganando distancia, seguramente para saborearme en cuanto fuera el momento del destape. Un voyeurista, adiviné, de esos que disfrutan a través del sentido de la vista más que con ningún otro sentido. Un degenerado de la Internet que se la pasa viendo mujeres desnudas y masturbándose en la Web. Nunca le dije nada a Claudia para no malvibrarla ya que sé que se pone muy ansiosa y eso puede dar al traste con la situación. Después de un rato lo volteé a ver, muy discretamente, como quien no quiere la cosa y me topé con su hipnótica mirada que de inmediato transformó en una cara dulce y amistosa. La transformación fue tal que hasta llegué a pensar que todo eran figuraciones mías. Se acercó al verse descubierto y de la manera más natural rompió el hielo e inició una plática superficial con Claudia y una pareja que estaba al lado de nosotras.
Sabía que su intención inicial era tener un lugar privilegiado para observarnos desnudas en cuanto se diera la orden de “fuera ropa”, pero se me antojó ir con el juego para escudriñar lo que prometía ser un físico atractivo, bien formado y en buena condición física. El frío de la noche, la desmañanada o más bien la noche en vela, los nervios de pensar que en algunos minutos estaríamos todos desnudos sobre la plancha del Zócalo nos hacía comportarnos de manera extraña. Algunos se mostraban tímidos y pensativos, otros completamente desinhibidos, cargados de angustia y adrenalina. Otros más se convertían en parte de esa masa de comportamiento salvaje e irracional que ya se había revelado en otras manifestaciones multitudinarias donde la gente adopta actitudes completamente diferentes a su perfil de personalidad, ocultas en el anonimato del grupo, de la manada, entrando en un trance que los transporta al interior de esa amalgama de conductas instintivas que han acompañado a la especie humana a lo largo de la evolución de nuestro género.
El acercarse a nosotras utilizando como elemento de aceptación a la pareja que estaba cerca, fue una jugada maestra. En unos minutos se convirtió en un aliado confiable dentro de un grupo que se unía ante la anticipación de algo desconocido que nos inspiraba cierta emoción parecida al miedo. Y, sin embargo, cada de vez en cuando cazaba sus ojos revisando la forma de mis muslos, mi entrepierna, mi trasero e incluso mis pezones erectos a través de la camiseta, debido a la excitación y claro, al frío. Ambas habíamos decidido traer la menor cantidad de prendas posibles ya que no queríamos batallar al desvestirnos y luego, volvernos a vestir, además de que llegué a considerar como muy probable el hecho de que nos robaran el bra y los chones como trofeos entre la confusión colectiva. Nada más traíamos el pantalón de mezclilla más holgado de nuestro guardarropa (claro que sería preciso decir el menos apretado) unos tenis viejitos y una camiseta. Nada que llamara la atención a las uñas, amigas de lo ajeno. Después de verse descubierto por enésima ocasión mirándome las chichis, se quitó la sudadera “Abercrombie” pirata que traía sobre una camisa a cuadros y me la puso caballerosamente sobre los hombros con su mirada más tierna y su sonrisa más falsa diciendo “tápate mujer, te estás muriendo de frío” a lo que reaccionaron Claudia y la parejita de novios con una sonora carcajada y el chico abrazando a la anoréxica recalcó, “Oye, nos vas a sacar un ojo”. La acepté con cierto refunfuño, empezando a tiritar de frío y en ese momento sentí su aroma. Fue un golpe que me impactó y me volvió la temperatura, sin que eso fuera del todo desagradable. Era como si oliera fuerte, casi mal, pero necesitara más, como si no hubiese suficiente aroma para que mi olfato pudiera procesar y paladear. Se me hizo algo bastante grotesco, pero no lograba contenerme y disimuladamente olfateaba hasta la saciedad.
Por fin pasamos al Zócalo todavía obscuro y permanecimos juntos platicando de cualquier cosa para pasar el rato y desahogar la tensión. Los organizadores dieron la tan temida y ansiada orden y nos encueramos todos con rapidez volteando a ver de reojo los cuerpos desnudos de nuestros alrededores para evitar pensar en la propia desnudez. Él tenía un cuerpo aceptable, casi atlético, muy por encima del promedio y presumía un pene de buen tamaño a media asta que me hacía pensar que yo también le gustaba y le despertaba sus más bajas pasiones. Nos formamos y realizamos la coreografía acordada estremeciéndonos al contacto del piso frío y húmedo. Al último, el fotógrafo neoyorquino solicitó una foto final en la que participamos solamente las mujeres. Cuando acudimos por nuestra ropa los hombres ya estaban vestidos, lo que rompió el encanto y nos puso a la defensiva. Nos sentíamos en desventaja y algunas compañeras se manifestaban francamente agresivas, sobre todo cuando los hombres sacaron sus celulares y algunos disimuladamente y otros en franca alevosía nos sacaron fotos y videos con sus celulares. Ubicamos el lugar donde nos desnudamos y él estaba ahí con cara de preocupación. Nuestra ropa había desaparecido al igual que la sudadera que me había prestado y su camisa. Por un instante me invadió una angustia tremenda al seguir en cueros entre toda esa masa de gente que ya se encontraba vestida. Sin embargo, él nos apoyó y consiguió con los organizadores unas camisetas XXL que nos cubrían hasta cerca de las rodillas. Nos ofreció llevarnos en su auto a casa y nos invitó a desayunar en su departamento que se encontraba a unas cuantas cuadras de distancia. Llegué a imaginarme que todo obedecía a un plan premeditado para aprovechar nuestra excitación y nuestra situación de desventaja para seducirnos y hacernos el amor salvajemente. En mi mente, repasé distintos escenarios, diferentes situaciones y sin querer comencé a anticipar una orgía que francamente me tenía temblando de preocupación... o de deseo.
Luego de varios tramos de escalera entramos en un loft precioso, como de revista, donde todo estaba limpio y ordenado, decorado con buen gusto donde cada detalle era mejor que el anterior. Los muebles, el color de las paredes, los cuadros y fotografías. Era pequeño pero muy acogedor. Nos había comentado que lo compartía con un amigo, lo que me hacía pensar que habría acción muy pronto y esperaba que el amigo estuviera tan guapo como nuestro salvador. Nos acercamos a la pequeña cocina y entre los tres empezamos a preparar el desayuno y en el proceso hubo una serie de contactos involuntarios que bajo la camiseta nos ponía la piel de gallina, inquietando nuestros cuerpos desnudos entre comentarios picosos y risas nerviosas. Entonces nos dijo, “esperen un momento, déjenme despertar a Jorge para que no se vaya a sacar de onda” y desapareció tras una puerta mientras Claudia abría la otra para ir al baño. El ambiente era cálido a pesar de nuestro nerviosismo y Claudia con mirada pícara me preguntó que escogiera con quien iba a querer darle gusto al cuerpo, con nuestro amigo o si me la jugaba a la carta cerrada. Opté por la sorpresa. Cuando la puerta se volvió a abrir salió el tal Jorge en pantalón de pijama y con un torso escultural al desnudo, con cara de dormido, guapérrimo el maldito. Claudia me hundió las uñas en el brazo mientras murmuraba “papasito” a la vez que se mordía el labio inferior mostrando su cachondez. Ya estábamos dispuestas a todo. Yo sentía que mis pezones erectos rozaban la camiseta áspera por nueva hasta el dolor, y que el jugo tibio de mi fruta me inundaba. Solo esperaba el momento en que el escarceo pudiera dar comienzo. Pero no pasaba nada. Éramos pólvora pero faltaba la chispa. Fue en ese momento, en un pestañear dentro de aquella erótica fantasía, en que la puerta de la recámara quedó abierta y me di cuenta que solamente parecía haber una recámara y en ella una sola cama, matrimonial. El pastel en el horno, abierto a destiempo empezó a desinflarse conforme mi mente descifró la ecuación. Los dos bombones eran pareja y luego de un rato llegamos a casa sanas y salvas, todavía temblando de emoción ante lo que pudo ser y no pasó. “Tirititíto”, hubiera gritado el “perre Bermédez” de haber narrado esa sucia jugada del destino. Perdimos una aventura de lujuria desenfrenada pero ganamos a dos confidentes y espléndidas amigas.
Marcar como favorito (12) | Cite este artículo en su sitio | Views: 511
|
||||||
| < Anterior |
|---|





Sea el primero en comentar el artículo


