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Sofía en la intimidad Imprimir E-Mail
por Emanuel Mordacini   
01 / 2008

“Para refrescar sus delicados cuerpos,

se despojaron de sus exquisitas camisas perfumadas de ámbar,

la más joven levantó sus manos inclinándose hacia atrás y su amiga, con sus manos en sus pechos, la besó…”

                                                                                                                                                                  Paul  Verlaine.

 

Sofía se levantó de su silla y miró por la ventana. Afuera el día estaba triste, extrañamente melancólico. Era uno de esos lánguidos días de otoño que parecen exprimir el alma hasta el último recuerdo. Anne se había marchado dejándola perdida en los ecos de su propio llanto. Se había marchado, Anne se había marchado. Fue una decisión prudente, si se lo piensa desde un punto de vista lógico. La relación entre ambas se había vuelto demasiado intensa, demasiado violenta. Se amaban, de eso no cabía ninguna duda, se amaban con un amor descarnado e infinito, casi irreal, se deseaban con un deseo hecho de fuego puro, con un deseo que traspasó sus propios límites y se transformó en una adicción devoradora e insana, adicción de tenerse una a la otra, de tocarse, de besarse, de chuparse, incluso de golpearse. Adicción de sus pechos, de sus sexos, de sus olores íntimos, de sus labios hinchados y de sus nalgas abiertas. Adicción de abarcarse una a la otra sin pudor ni barreras. El amor entre ellas era tan intenso, tan abrasador, que las estaba lastimando. Entonces Anne se marchó, sí, se marchó, pero el fuego no se había apagado. Sofía abandonó la ventana y dirigió la mirada hacia la mesa, donde reposaban sus escritos. Había plasmado sobre el papel toda aquella relación, punto por punto, desde el primer día, y esas crónicas llegaron a su fin precisamente ahora que Anne se había marchado. Se trataba de una especie de improvisado diario íntimo, un testimonio brevemente novelado, una crónica desordenada sin pretensiones artísticas o literarias, un relato sutil y etéreo que no tenía otro propósito que el de incitar al recuerdo, o dicho en otras palabras, evitar que el recuerdo de Anne se esfumara para siempre. Era una mañana de domingo, y el otoño estaba a pleno. Sofía vestía aun su delicado pijama rosa de algodón. Sofía es bella, muy bella, una vivaz muchachita que haría las delicias de los poetas más irreverentes. Solo imagine su cabello lacio y rubio cayéndole sobre el rostro pálido, casi transparente, tapándole a medias los ojos increíblemente verdes y chispeantes, como dos esmeraldas vivas. Solo imagine sus pechos firmes y redondos marcándose en el pijama como dos colinas rebeldes. Solo imagine sus labios rojos y húmedos como una flor en primavera, como si esos labios fueran el sexo mismo. Solo imagine su cuerpo pequeño y voluptuoso, rebosante de curvas, tan frágil y gracioso como lujurioso y perverso. Solo imagine su voz tenue y musical como el imperceptible canto de una sirena. Solo imagine todo eso y aún así no tendrá una cabal idea de la atroz belleza de Sofía. Pues bien, allí estaba ella, sola en su habitación, totalmente entregada al nostálgico encanto del otoño, rememorando los instantes vividos junto a Anne y lamentando internamente su partida. Ella, Sofía, la hermosa Sofía, pequeña e irresistible ninfa de tan solo 22 años, había puesto el punto final a su historia con Anne, y allí estaban los papeles escritos a mano sobre la mesa para dar constancia de ello. Los papeles que Sofía misma escribió desde el momento en que se enredó con Anne, hacía más de tres meses. Tres meses que la marcaron a fuego, tres meses violentos e inolvidables. Sofía se sentó y se relajó sobre la silla, desde ese momento en adelante serían esos diarios los encargados de dar a conocer al mundo que existió una chica llamada Anne, de la cual ella, Sofía, se había enamorado perdidamente. Esos diarios escritos a lo largo de tres meses… esos diarios… serían su testimonio.

***

 …Hace dos años que estoy en el conservatorio de música, ya dos años. Ingresé a los 20 y ahora, a los 22, me pregunto si es realmente lo que quiero. No es que la música me haya aburrido ni nada por el estilo, solo que pasar de aficionada ejecutante de guitarra a alumna sumisa y obediente puede resultar exasperante. Las clases se me tornan aburridas, muy aburridas, y los profesores no ayudan demasiado. En fin, siempre me gustó la música, desde pequeña, a los 15 me regalaron  mi primera guitarra y no paré desde entonces, tengo bastante oído, así que no me costó mucho agarrarle el ritmo. Entonces no tuve ninguna duda; la música sería mi futuro, o al menos así lo pensé hace dos años exactos, cuando terminé la secundaria y me inscribí en el estricto conservatorio musical al que concurro. Ya han pasado dos años y el asunto no resultó lo que yo esperaba, una cosa es tocar guitarra y otra muy distinta es aprenderse todos los usos y abusos de cuanto instrumento ande dando vueltas por ahí, y eso sin contar las aburridas biografías de ignotos pianistas o fabricantes de violines. ¿Y las clases de ritmo y solfeo? ¡Dios! ¡No las soporto! Pues bien, me fui totalmente del tema, hice todo este preludio para hacer una confesión, una confesión que nace de una certeza, una certeza que dio vueltas mi mundo y me situó en un lugar difícil; ahí va: estoy enamorada. Muchos pensaran que el estar enamorada es algo normal, y que por el simple hecho de ser algo normal no llega a ser una confesión, pues bien, estoy enamorada de una mujer, y eso si, señoras y señores, eso si que es una confesión…

…Ella se llama Anne, y es realmente una belleza. Es hermosa como una rosa silvestre y salvaje como una prostituta. Es un constante juego de extremos, un gran estallido pirotécnico. Es mi compañera de clase y esa circunstancia hizo que yo no abandonara aun el puto conservatorio. Le fascina tocar la guitarra igual que a mi, y, en honor a la verdad, lo hace muy, muy bien. ¡Dios! Me humedezco con solo pensar en Anne, es tan bella, tan personal, tan diferente a todo lo demás, es espigada y exuberante, terriblemente voluptuosa. Tiene una tetitas preciosas, redondas y firmes como manzanas, el pelo castaño y lacio hasta los hombros, el culo abultado y paradito, los labios gruesos, generosos, húmedos como una concha, los ojos pardos y fogosos. Es mi compañera de curso desde principio de año, y aún no he cruzado ninguna palabra con ella. No me atrevo ni a decirle “hola”, me da mucha, muchísima vergüenza. Es la primera vez que siento algo así, tan fuerte, tan violento, tan hermoso. Ni siquiera por Kevin, mi ex novio, sentí algo parecido. Rompí con el hace unas semanas, me gustaba, era un buen muchacho, pero la relación estaba desgastada. Los hombres me aburren un poco, y Kevin no fue la excepción, no, no la fue, aunque debo confesar que era bueno en la cama. Hacíamos el amor con mucha frecuencia, casi todos los días, sobre todo al comienzo de nuestro noviazgo. Estuve con el por tres años, yo tenía 19 y el 20, el fue mi primer hombre, con el perdí la virginidad. Lo recuerdo como si hubiese sido ayer, era verano, y el venía pidiéndomelo desde hacía tiempo, y un día dije si, ¡si!, y me hizo el amor, y volvimos a hacerlo al día siguiente. Esa primera vez fue extraña, si bien no sentí demasiado dolor sangré como una desgraciada, al punto de pensar que me había desgarrado. Llegué al orgasmo recién después de un mes de hacerlo con Kevin, fue un orgasmo leve, tímido, y no fue mediante la penetración, no, no lo fue, el me practicó sexo oral y, en apenas unos 5 o 10 minutos, me elevó al cielo mismo. Nadie me lo había hecho antes, y fue realmente una sensación hermosa. Yo antes tuve otros orgasmos, pero siempre en soledad, mientras me masturbaba, practica a la que sigo entregándome diariamente. Si, masturbándome alcanzaba orgasmos divinos, majestuosos. Incluso, en varias oportunidades al alcanzar el clímax solía mearme, si, expulsaba largos chorros transparentes que me producían un placer interminable, un placer casi doloroso. Todavía suele pasarme. Entonces me puse a investigar, y descubrí algo llamado eyaculación femenina, que es precisamente eso; mearse al alcanzar el orgasmo. Y supe también que a muy pocas mujeres les pasa, así que debo considerarme afortunada…

…Me duele la concha. Disculpen la crudeza y la explicita sinceridad, pero me duele demasiado. Estoy menstruando y durante estos días me siento terrible, quisiera matar a todo el mundo, ahogar a la gente en su propio veneno. No hay tampón o toalla que aguante, mi flujo es muy intenso, y eso se refleja en mi ánimo. Hoy vi a Anne, estuve muy, muy cerca de ella, y pude oler su perfume. Me pregunto si ella también estará menstruando, ya que se la notaba de mal humor. También he notado ciertas actitudes de parte de ella, miradas de reojo y cosas por el estilo, y eso me pone tensa y a la vez me da esperanzas. ¿Anne realmente se fijará en mí? Fea no soy, así que no sería una opción descabellada, pero el solo hecho de pensarlo me pone los pelos de punta. Me cuesta creer que esté pasándome esto, siempre vi al lesbianismo como una posibilidad remota, no por aversión a las mujeres, las cuales siempre me produjeron cosas, sino porque es un aspecto de la sexualidad cubierto de prejuicios, ¿puedo asegurar que soy lesbiana? ¿Me gustan realmente las mujeres? ¿O soy bisexual? ¿Saben cual es mi postura al respecto? Creo que todas las mujeres tenemos algo de lesbianas, la homosexualidad no es algo reprensible en nosotras, cualquier mujer se calienta al ver o leer una escena lésbica, ¿O no? Con los hombres no pasa lo mismo, no, con ellos es otra cosa. Nosotras, las mujeres, somos de por si ambiguas, miramos a otras mujeres con admiración, podemos decir que fulanita es dulce o que sultanita es hermosa y tiene lindas tetas, nosotras nos deseamos, somos ambivalentes. Ellos no, son de una sola faz, la homosexualidad es en los hombres algo asqueroso, repulsivo. Ellos ven a dos hombres besándose y eso les causa rechazo, nosotras, las mujeres, vemos a dos damas comiéndose a besos y alguna cosita sentimos, nos resulta estético y excitante, las mujeres tenemos una sexualidad repleta de matices, somos como sirenas…

…Hoy es viernes. Son casi las 8 de la noche y acabo de salir del instituto. Lo de siempre: solfeo, clases de piano, biografías de algún músico anónimo. ¿Guitarra?; también, pero no quiero hablar acerca de mis jodidas y putas clases, no, no me interesa hablar sobre eso. Estoy particularmente contenta porque hoy sucedió lo que yo tanto anhelaba. Hoy, hoy fue el gran día. ¡Si! ¡Lo fue! Hoy Anne me habló. Si, me habló. Y casi me meo encima. Estuvo mirándome toda la tarde; en el aula, en el patio durante los recreos, en el baño, hoy la vi mear, y ella me miró de frente, después, en los últimos segundos de recreo, antes de volver a las putas clases de solfeo, a los pianos y a las biografías, ella se acercó y puso una mano sobre mi hombro. Su voz es tan cálida, tan musical, parece en todo momento a punto de llegar al orgasmo, su voz es como un clímax permanente, un acabar constante, es la voz de la mismísima diosa Venus.

-          ¿Te llamas Sofía verdad?

-          Si…si… soy Sofía, ¿tu eres Anne?…

-           Si, soy Anne, ese es mi nombre, ¿puedo pedirte algo?

-          Si, claro, por supuesto…

-          Se que no hemos hablado mucho, pero realmente necesito ayuda, estamos tan cerca y jamás cruzamos palabra, ¿puedes creer que estemos en el mismo salón?

-          Si, lo he notado, en el mismo salón…

-          Siempre te observo, entras a clase con tu guitarra y pareces abstraerte de todo y de todos, eres como un músico de alma…

-          Pues… GRACIAS… ¿Tu también tocas no es verdad?

-          Si, pero no tan bien como tu…

-          Yo no toco bien, apenas me defiendo…

-           Como sea, necesito pedirte un favor Sofía, y perdona mi desfachatez al pedirte un favor así como así…

-          No te preocupes Anne, después de todo somos compañeras, ¿O no estamos en el mismo salón?...

-          Si, pasa que estoy nerviosa, no se que tengo…

-          Solo pídemelo Anne…

-          Necesito ayuda con una partitura, una partitura de blues, hace meses que quiero aprenderla pero los dedos se me traban, practico y practico y nada, es una base rítmica de blues, y se me metió en la cabeza presentar esa partitura en el trabajo práctico de mitad de año, y por lo que pude observar eres una buena guitarrista, mejor que yo, quiero que me ayudes a aprender ese blues, realmente necesito tu ayuda…

-          Y a mi me encantará ayudarte, aunque no te prometo buenos resultados, temo que tu dichoso blues me termine sobrepasando también a mi…

-          Eres buena guitarrista, puedo verlo todos los días…

-          Las apariencias suelen engañar, toco temas cuadrados y sin arreglos complicados…

-          Aun así, ¿me ayudarías?

-          Si Anne, voy a ayudarte, claro que si…

-          ¡Gracias, gracias!... eres hermosa Sofía, casi un ángel… 

Dijo que soy hermosa, y que soy casi ángel. ¿Realmente lo soy? ¡Si! Al diablo, Anne me habló y eso es lo importante…

…Una semana después de esa primera conversación estábamos en su casa atacando la dichosa partitura. Debo decir que era una muy difícil; ni la guitarrista más dúctil y eximia está preparada del todo para desmadejar una partitura de blues. Lo cierto es que no pudimos hacer mucho y Anne terminó convenciéndose que una partitura más simple le haría muy bien a su trabajo práctico de mitad de año. Pero esa reunión en casa de Anne, hace más de tres días, no fue en lo más mínimo una perdida de tiempo, no, no lo fue; en las casi dos horas que duró la tertulia puede verla en todo su esplendor, tenía puesto una remera blanca donde traslucía un corpiño negro, un short violeta ajustado al muslo y unas sandalias grises divinas. Ella es un vendaval de sensualidad y lascivia, derrocha sexo y ternura por cada poro de piel, es como una ninfa, como una modelo; el cabello castaño cayéndole sobre la cara como un arrebato de hilos de seda, los abismales ojos pardos, los labios gruesos y húmedos, los pechos redondos y tiesos apretándose en el corpiño negro, los pezones apenas contenidos, duros y erectos, sensibles a cualquier roce o mirada, las piernas frescas y radiantes cruzándose nerviosamente a cada momento, ¡Dios! Es extremadamente hermosa, inmoralmente hermosa, su belleza es como una flecha envenenada, un disparo directo al alma, es una belleza casi pecaminosa. Durante esa primera reunión en su casa, partitura va partitura viene, mantuve con Anne una charla bastante intimista. No lo busqué, no lo buscamos, simplemente se dio así, de un instante a otro, espontánea y naturalmente, sin tensiones ni subterfugios de ninguna clase. Fue una charla reveladora, sirvió para conocernos de un modo más sutil y profundo. Esa charla fue un muy buen primer paso. Me contó que suele sentirse muy sola en algunas ocasiones, que ahoga sus penas tomando cerveza, cosa que se hizo costumbre en ella: – No se si mala o buena, pero costumbre al fin-me decía. Y yo solo la escuchaba, la escuchaba y casi podía tocarla, sentirla, palparla, la escuchaba con una mezcla de admiración y deseo que me estrujaba el corazón y el alma, la escuchaba haciendo esfuerzos sobrehumanos para no saltar sobre ella y besarla, abrazarla, estrujar su cuerpo contra el mío como si estrujara a una muñeca hecha de seda y terciopelo. Allí, teniéndola frente a mi rasgando su guitarra, perdida en su inabarcable universo de femineidad y misterio, los pechos bamboleándose en cada risa, en cada temblor, en cada movimiento que ella hacía, audaz y lasciva, seduciéndome involuntariamente con cada palabra, con cada gesto, con cada mirada, allí, observándola en todo su atroz desparpajo, en toda su lujuriosa desfachatez, allí, a solo unos centímetros de su boca, de sus piernas, de sus pechos, de sus ojos pardos, de su sedoso pelo castaño, allí, extraviada en mi enamoramiento feroz y progresivo, allí descubrí una Anne nueva, una Anne hasta ese momento desconocida. La partitura ya no existía, los prejuicios fueron desapareciendo, las guitarras se volvieron trastos inútiles y molestos, solo éramos ella y yo, Anne y Sofía, nada más que dos mujeres, nada menos que dos mujeres. La intimidad creció entre nosotras cubriéndonos con su densidad confidencial y nocturna, la sensualidad palpitaba alrededor nuestro como un corazón en éxtasis. Me contó que hace casi 4 meses rompió con su novio, el único que tuvo en sus 23 años de vida, que esa ruptura fue de alguna manera liberadora, ya que en sus últimos momentos la relación se había vuelto insoportable, al menos para ella.

-          Nunca supe a ciencia cierta su quise o no a Andy-me decía-no, sinceramente me resulta muy difícil afirmarlo, se que sentía algo por el, sobre todo en los primeros meses, algo que no se si definiría como amor, creo que amor es una palabra muy amplia, hay que tener las ideas muy, muy claras para afirmar algo así, para decir certeramente “si, estoy enamorada”; yo no lo sabía, no tenía la certeza de estarlo, se que sentía una atracción hacia Andy, el me atraía terriblemente, sentía deseos, ansias, cariño, me gustaba como hombre y como amante, hacer el amor con el era como hacerlo todos los días con un hombre distinto, era como una explosión, un amante multiestelar, polifacético, me penetraba y mi cuerpo florecía como un capullo, mi vagina era un terreno virgen en sus manos, su pene la redescubría cada día, cada noche, me cogía con una violencia y una dedicación tal que muchas veces pensaba que moriría, que me mataría, cada orgasmo me dejaba abrumada, perpleja, extenuada…

Y yo solo la escuchaba, la escuchaba y los celos se retorcían en mis entrañas, ardían como bombas incendiarias. La escuchaba lamentando terriblemente haber estado en el lugar y en el momento equivocado, no haber sido yo la primera en descubrir ese cuerpo magnifico y voluptuoso, no haber sido la primera en penetrar esa vagina, en acariciar ese culo, en besar esos labios, en chupar y frotar esos pechos, en recorrer y sentir esas piernas. Lamentaba, lamentaba terrible y dolorosamente no haber sido la primera. Sentía que otro me había ganado de mano, que Anne me había sido arrebatada. Y Anne solo hablaba, de un instante a otro se desató y no hubo quien la detuviera, su voz era como un disparo a mis oídos, como una melodía sensual y asesina.

-          Creo que nunca estuve enamorada-me decía-me han gustado chicos pero nunca sentí ese ALGO que supuestamente una debe sentir al estar enamorada, esas cosquillas, esas campanitas, ¿sabes Sofía?, me gustaría hacerlo alguna vez, me gustaría que alguien se me hiciera imprescindible, me encantaría necesitar a una persona al punto de extrañarla, de sentirla en cada voz, en cada canción, muchas veces miro a otras chicas y me pregunto cuantas de ellas estarán enamoradas, cuantas lo habrán estado alguna vez, y tu estás en esos pensamientos Sofía, muchas veces te observo y me pregunto: ¿estará Sofía enamorada? ¿lo habrá estado alguna vez?, eres bellísima Sofía, generas cosas en la gente, ¿te enamoraste alguna vez?...

¿Y yo que podía contestarle? “Si Anne, estoy enamorada en este preciso instante, me estoy derritiendo de pasión ahora mismo mientras tu me hablas y me miras a los ojos, ¡si!, estoy enamorada, enamorada de ti, ¡de ti!”, pero no; me reprimí y solo balbuceé respuestas vagas, errantes, ¿Qué otra cosa podía hacer? Lo cierto es que hablamos con una sinceridad y una entrega abrumadoras, como si nos hubiésemos conocido de toda la vida, y hoy, tres días después de esa reunión, siento que una leve luz de esperanza me ilumina el camino, que una nueva forma de intimidad se vislumbra frente a mis ojos…

…Las cosas con Anne han tomado un nuevo giro. Hace semanas que estamos viéndonos de manera más asidua. Nos volvimos muy confidentes una de la otra, es casi como si hubiéramos tenido una infancia y adolescencia en común, no se como explicarlo, es algo muy bello e intenso, siento que me abro delante de ella, como si tocara mis puntos mas sensibles y vulnerables, como si supiera exactamente lo que pasa en mi cuerpo y en mi mente. Solemos hablar horas enteras, ya sea de temas triviales como de asuntos más íntimos, nos complementamos de una forma inusual, es como si nos hubiésemos necesitado de toda la vida. Congeniamos inmediatamente, sin necesidad de rodeos ni palabras perdidas. Y es que con ella me siento terriblemente cómoda y contenida, incluso el sexo fluye en nuestras conversaciones como una pulsión natural, desvergonzada. Anne me mira y me dice: - Hacer el amor con un hombre es aburrido, es algo mecánico, un coito cibernético.- Y yo respondo a su mirada y replico: - El sexo del hombre es un sexo egoísta, ellos piensan con la punta de su pene, en ellos predomina el instinto, nosotras somos mas reflexivas y delicadas, nuestro sexo es un misterio en si mismo, nuestras vaginas piden a gritos alguien que las entienda, y los hombres parecen no hacerlo, ¿Cuántos de ellos piensan en nuestro placer?; pocos, por no decir ninguno, ¿y que hacemos las mujeres frente a eso?; fácil, nos masturbamos.- y entonces ella ríe y su carcajada es como un gemido legendario, el erotismo brota de ella con una naturalidad apabullante. Siento que pronto sucederá algo entre nosotras, lo siento aquí mismo, en mi pecho…

…Hoy Anne vendrá a mi casa, y la haré pasar a mi habitación. Ya no hay partituras ni guitarras de por medio, nos visitamos y estamos juntas porque así lo queremos. Mis padres no están, se hallan de viaje por algún lugar. Hoy Anne va a fotografiarme, dijo que soy demasiado bella, que necesita retratar de alguna forma mi belleza, y que la música le resulta insuficiente para eso. Entonces se le ocurrió fotografiarme. “Quiero desnudarte a través de las fotos Sofía”; me dijo. Y yo aquí la espero…

…Anne llegó a eso de las 6 de la tarde. Estaba preciosa, tenía el cabello húmedo, una remera roja ajustada al cuerpo y un Jean desteñido. Su cuerpo parece estar hecho exclusivamente para seducir, para arrebatar las hormonas. Es como una prostituta encubierta, a punto de salir de su disfraz de niña frágil convertida en una ninfa exuberante y lujuriosa, ¿Cómo actuar ante una belleza semejante?, sus pechos se marcaban en la remera y sus pezones me apuntaban a cada momento. Su perfume invadió la habitación con una frescura tensa e inusual. Dejó su cámara fotográfica a un costado y me besó tiernamente la mejilla. Me ruboricé. Sentí que la bombacha se me escurría por entre los muslos. Antes me había recomendado que me vistiera de una forma sexy e insinuante, de modo que las fotos reprodujeran esa misma sensualidad que a ella le había causado tanta fascinación. Sinceramente, en ese momento pensé que estaba bromeando, que me estaba sometiendo a alguna clase de experimento, pero no, me equivoqué, lo que Anne sentía era verdadero, LO QUE ELLA SIENTE ES VERDADERO. Si, lo es. Hablamos un rato sobre estupideces, desvaríos que solo sirvieron para romper el hielo. Yo tenía puesto un vestido blanco hasta las rodillas. Anne no dejó en ningún momento de mirarme las tetas, que asomaban descaradamente a través de mi escote. Mis pezones se endurecieron, podía sentirlos a través de la tela del vestido. Anne tomó su cámara y me enfocó en la lente, luego disparó. Yo estaba parada al lado de la cama. Disparaba y me decía: - Vamos Sofía, no te reprimas, son solo fotos, mis fotos, muéstrame lo que tienes, así, naturalmente, es solo un juego, nuestro juego…-. Y yo me entregué por completo, me exhibí ante ella como si ese momento cálido y sensual hubiese sido planeado de antemano, subrepticiamente rocé mi bretel izquierdo dejándolo caer sobre mi brazo, uno de mis pechos quedó a medio descubrir, Anne siguió disparando. Luego dijo que me pusiera algo más provocativo, que el vestido le molestaba, que era como un manto que tapaba mi belleza. Le hice caso. Me quité el vestido allí mismo, frente a ella. Mis pechos al aire, los pezones dolorosamente duros, erectos como pistilos, el vientre anhelante, mis partes íntimas cubiertas por una bombachita blanca. Me di vuelta; mis nalgas abultadas, el hilo de la bombacha metido entre ellas. Anne  solo miraba, en sus ojos se encendió un deseo súbito y ambiguo. Saqué del cajón del armario un corpiño, blanco como mi bombacha. Me lo puse con cuidado y delicadeza. Mis manos como palomas abrochándolo por detrás de mi espalda. El pudor había desaparecido, los prejuicios, si es que alguna vez los hubo, ya no importaban. Las cartas estaban echadas. Mi cabello rubio cayendo sobre mis hombros como trigo maduro bañado por el sol. Anne comiéndome con la mirada, con esos ojos pardos que eran como carbones encendidos. Me agaché y le ofrecí mi culo, mis nalgas se abrieron como frutas maduras. Ella disparó, una y otra vez, una y otra vez. Yo me contoneo, arqueo la espalda para ofrecerle mis tetas, que parecen rebosar la capacidad del corpiño. Cada foto es una experiencia nueva, una osadía, una invitación. Me entregué a Anne por completo, de una forma casi sexual. Ella se acercó y me mostró las fotos en la pantalla digital de la cámara. Pude olerla, su olor me traspasó el alma, me retorció el corazón. Sin pensarlo adelanté una mano y le toqué la teta derecha con la punta de mi dedo índice. Ella también me tocó, apoyó su mano y rodeó mi pecho izquierdo, lo apretó suavemente. Mi pezón se torció bajo la copa del corpiño, el de ella estaba duro, o parecía estarlo. Todo su cuerpo invitaba, el mío estaba anhelante, ardiente y semidesnudo. No resistí más, tenía que besarla, y así lo hice. Acerqué mi boca a la de ella y la rocé apenas. Ella respondió, se dejó besar. Terminé de pegar mi boca a la de ella, la beso con fuerza, pegando mi cara a la suya. Su boca era una vulva abierta, llena de mieles y jugos. La saboreo, meto mi lengua dentro. Ella me acarició el rostro. Nos entregamos una a los brazos de la otra, nos besamos con una ternura y una voracidad que traspasó los limites de nuestro propio deseo. La abrazo por debajo de la cintura, palpando la curva de sus caderas y el comienzo de sus nalgas, ella me atrajo hacia si sin dejar de besarme, sus labios me quemaban, me marcaban, me lastimaban. El sabor de su saliva me llenaba la boca, era como un néctar cálido y prohibido. Quería poseerla, tomarla, chuparla, besarla entre las piernas. Allí quedamos, besándonos lenta y profundamente, perdidas en nuestro universo virgen y lúbrico, como discípulas de Safo, como arrobadoras musas griegas. Luego, lentamente, Anne se separó de mí y, sin mediar palabra, con un rubor acalorado tiñéndole las mejillas, expectante y gemebunda, se retiró de la habitación. Yo quedé allí, húmeda y azorada, toda pechos, caderas y labios, trémula y deseosa de más caricias. Han pasado más de tres horas del encuentro que acabo de narrar, y aun siento que el fuego me consume la carne…

…Puedo afirmar sin temor a equivocarme que Anne y yo somos pareja. Ya casi dejamos de concurrir al instituto, ocupamos ese tiempo en caminar y besarnos bajo los árboles, en las penumbras. Hoy fue un día especial, sucedió algo que marcará a fuego nuestra relación; hoy hicimos el amor, ¡si!, Anne y yo hicimos el amor, y apenas sucedió, después de despedirme de ella con un beso cálido, corrí a mi habitación a escribirlo. Fue nuevamente en mi casa, como aquel primer contacto. Inconcientemente lo veníamos planeando; sabíamos que tarde o temprano lo inevitable sucedería. ¡Y sucedió! Eran las 8 de la noche, minuto más minuto menos, no se que pulsión me hizo llamarla, marcar su número  telefónico y decirle: - Anne, estoy sola, te extraño, te extraño mucho, me haces mucha falta, quiero que vengas… ¿lo harías?-. A lo que ella respondió: - Si Sofía, voy ya mismo, te extraño mucho también…-. Y entonces quedé yo esperándola en una soledad dulce y expectante, una soledad agónica que latía al ritmo de mi corazón desbocado. Ella llegó en menos de 10 minutos, y yo fui corriendo a su encuentro. Subimos a la habitación entre besos y abrazos, tropezando y cayendo por momentos, arrastrándonos por las paredes como amantes desaforadas, borrachas de deseo, desbordantes de calor y ganas. Subimos por las escaleras y el espacio que nos separaba de la habitación se nos hizo interminable, insalvable, inconmensurable. Todo a nuestro alrededor ardía con llamas ciegas, el aire mismo era como una atmósfera inflamable salpicada de partículas de éter. Entramos a la habitación, Anne me empujó contra la pared y me envolvió con su cuerpo; sus labios se chocaban violentamente contra los míos, embriagándome. ¡Oh Anne! ¡Lo recuerdo y el fuego vuelve a brotar, mi cuerpo es una antorcha! Bajé mis manos y le acaricié las nalgas, ella me levantó la pollera y comenzó a acariciarme la entrepierna por encima de mi bombacha. Su boca era como un animal explorando mi cuello, sus pechos aplastados contra los míos, pezones rozándose a través de corpiños de encaje. Me aferró de la cintura y me llevó hacia la cama, un delicioso aroma a frutos silvestres impregnaba las sabanas. Me acosté y Anne se tendió sobre mí, invadiéndome por completo, metiéndome mano indiscriminadamente, ultrajándome casi. Yo volví  a entregarme, volví a abrirme. Le acaricié el culo y subí por sus caderas, ella se irguió un poco y permitió que le sacara la remera. Tenía puesto un corpiño negro que parecía dibujado sobre su piel, con sus senos elevándose por debajo como montañas. Me senté sobre la cama y la besé entre medio de ambos pechos, frotándoselos por encima de las copas del corpiño. Se sentían suaves y calientes, como terciopelo puro. Anne me besó, metiendo su lengua dentro de mi boca. Yo le desabroché el corpiño y se lo deslicé hacia abajo. Sus pechos se ofrecían desnudos frente a mi boca; pude notar sus pezones duros. Ella comenzó a desnudarme, bajó los breteles de mi vestido y lo deslizó por los contornos de mi cuerpo, siempre hacia abajo. Acarició mis senos crispados y los besó tiernamente, pasando su lengua alrededor de mis propios pezones, que ya se encontraban erectos, luego levantó la cabeza y chocó sus labios contra los míos, estrujándome, apretándose contra mi cuerpo hasta casi sofocarme, yo estaba ebria de deseo, un placer desconocido me recorría de punta a punta como una fulminante descarga eléctrica, quería que me chupara, que me comiera de inmediato, que se hundiera en mi de todas las formas posibles. ¡Oh Anne, coger contigo es una experiencia reveladora, procáz, sublime! ¡Quisiera morir cogiendo contigo, que dibujes sobre mi cuerpo la esencia de tus placeres! Empezó a acariciarme la concha despacio, pasando la punta de sus dedos por la dilatada abertura de mi vulva, que ya estaba completamente abierta y mojada, metió primero un dedo o dos dentro, frotando circularmente las paredes de mi vagina, un leve gemido escapó de mi boca, Anne me besó y su aliento me invadió como una brisa. Con sus dedos comenzó a ir y venir dentro de mi, empujando sus caderas rítmicamente contra mi pubis, y cada embestida era una ferviente invitación al éxtasis, al frenesí, a la lujuria, como si ella se abriera sobre mi cuerpo y dejara escapar todos sus deseos y perversiones, deseos a la vez dulces e innombrables, punzantes y arrobadores, salvajes y subyugantes. Sus dedos dentro de mi vagina revelándome secretos, acercándome al placer de una forma sutil y desbordada, Anne me cogía como si su parte masculina hubiese aflorado de repente, sus dedos hundiéndose entre mis piernas, rozándome los pelos del pubis, frotándome apenas el clítoris, sus caderas empujando contra mi bajo vientre, bombeándome de una manera casi viril, ambigüedad desaforada, jugos vaginales impregnándole los dedos, ¡oh Anne, cógeme por toda la eternidad, siembra mi concha como una flor nueva!. Pero no, no siguió cogiéndome, sacó sus dedos e hizo que saboreara mis propios jugos, calientes y amargos, con sabor a mar. Volvió a besarme, volvió a invadirme como una guerrera desbocada;  su lengua trazando círculos  en mi boca, tocándose con la mía, ríos de saliva derramándose por nuestros labios. Sus manos acariciaban mis pechos, pellizcaban mis pezones. Yo respondía. Acariciaba a mi vez los senos de Anne y los lamía, dejándolos marcados. Sus pechos eran como flores silvestres, sabían a miel y a eternidad. Anne dijo: - Quiero probarte Sofía, saborearte entre las piernas-. Yo, yo no supe que decir; las palabras sobraban, eran artilugios inútiles. Siguió besándome y así, con su boca como fuego sobre mi piel, así fue bajando por mi cuerpo, mi estomago, mi ombligo, y al fin mi pubis y mi vulva. ¡Dios, que delicia! Solo otra mujer puede saber donde tocarnos, donde chuparnos, donde lamernos, solo una mujer puede conocer nuestros puntos más  vulnerables. Ahora lo se; el sexo entre mujeres es algo divino, encantador, gratificante. Anne en ningún momento descuidó mi placer, mi gozo. Se ocupó de mí de una manera total y certera. Ella quería que goce, su placer no interesaba en ese momento exacto; interesaba la culminación del mío. Un hombre me hubiera cogido pensando solamente en su propio orgasmo, en su propia eyaculación. Anne no, Anne pensaba solo en mí. Posó sus dedos sobre mi vulva y abrió los labios cuidadosamente, encendiendo en mi toda clase de vibraciones y pirotecnias, abrió los labios buscando aquel punto erógeno común en todas las mujeres. No le costó nada encontrar mi clítoris, los pétalos de mi vulva se separaron dóciles bajo los dedos de Anne y el botoncito apareció ahí, mojado y erecto, sumiso a los besos y a las caricias. Comenzó a chuparme de inmediato; apoyó su boca sobre mi concha y dio rienda suelta a sus deseos; mi vagina derramando líquidos espesos y acres, mi clítoris inflándose a más no poder bajo la lengua de Anne, que jugaba en mi abertura como una pequeña serpiente, y mientras me chupaba la concha Anne decía entre susurros: - ¿Te gusta así Sofía?... tu concha es tan peluda, tan rubia, es como un oso de peluche...mmm mmm mmm…es tan rica y olorosa, como una almeja…-. Sus chupadas y besos se hicieron más violentos y yo llegué al orgasmo desesperadamente bajo la experta boca de Anne, meándola casi. Luego fue mi turno; Anne se limpió la boca, se acostó boca arriba, se abrió de piernas y me dejó chupársela; su concha era amplia y peluda, misteriosa y monumental, era como la concha de un hada. Por primera vez sentí el sabor y el olor de una vagina que no fuera la mía; cada gusto es diferente, único, inconfundible, cada concha tiene su propia historia, su propia identidad. Ahora lo se. La de Anne es al tiempo dulce y amarga, áspera y suave, es la concha de una mujer que comienza a asomarse a la vida…

…Las cosas con Anne siguen viento en popa. Nada podría ser mejor. El sexo prácticamente ha pasado a un plano secundario, nuestra relación se volvió más reflexiva y dominante, la sensualidad pasa en nosotras como un intento de abarcarnos una a la otra en todos los aspectos posibles; un intento denodado por entrar en la mente de la otra y, a partir de allí, dominar y transgredir el cuerpo. A veces pasamos horas enteras besándonos descontroladamente, y mientras nos besamos nos decimos cosas excitantes, nos decimos cosas que nos humedecen y calientan para luego castigarnos a nosotras mismas evitando la intimidad, evitando la posesión, evitando el sexo en el más carnal sentido de la palabra, cogemos a través de nuestros cerebros, de nuestros deseos inconclusos, es como un jueguito perverso que inventamos inconcientemente, yo la beso a Anne y le franeleo las tetas, y cuando noto que sus pezones están duros como espinas, y cuando noto que su boca depravada y terriblemente sensual se encuentra ávida, y cuando noto en su pecho palpitar el deseo y el hambre, y cuando noto que está caliente como la más puta entre las putas, la diosa puta, entonces le digo entre susurros: - ¿Sabes Anne? Tu concha es la primera que he probado en mi vida, nunca creí que una concha pudiera saber tan bien ¿tu chupaste otras conchas aparte de la mía? Algunas tienen un olor más penetrante, un olor marino ¿tu ex novio te la chupaba? ¿Tu le chupabas la pija a el? ¿Probaste su semen? ¿Te gusta el sabor del esperma? Ay Anne, lo pienso y me muero de celos, quiero que tu vagina sea solo mía, ¿te gustaría eso? ¿te gustaría que te la chupara, que te la besara, que metiera mis dedos dentro? Me gustan así, como la tuya, muy peludas y mojadas, me gustaría chupártela cuando menstruas, dicen que esos días las conchas tienen un sabor diferente…. ¿me chuparías la concha mientras estoy menstruando?-. Y entonces ella dice: - Si Sofía, lo haría, quiero cogerte, que me cojas…-.  Y entonces yo me levantó y me voy a hacer alguna tarea ordinaria, y la dejo a ella la borde de la muerte, deseosa y ávida de más besos y palabras.  Y ella hace lo mismo conmigo, me come la boca durante horas y me acaricia las piernas, corriéndome las medias, y me dice: - Me gustaría chuparte Sofía, chuparte esa hermosa y rubia concha que tienes, y acariciarte el culo despacio, y apretarte las nalgas hasta dejártelas rojas, ¿te gustaría?, o bien meterte los dedos en ese pequeño culo que tienes, y saborearte, saborear uno y cada uno de tus agujeros, si Sofía, hueles y sabes tan bien…-. Y entonces yo le ruego que deje de besarme y me coja de una buena vez,  y por sola respuesta Anne se pone de pie y dice. –Discúlpame, ahora no puedo, debo bañarme, hoy tengo una entrevista laboral…-. Una entrevista que puede ser un trabajo X, una reunión X o un asunto X, eso no importa, importa el masoquismo, el terrible sufrimiento de la excitación sin acto, del placer sin clímax, cuando finalmente nos acostamos y hacemos el amor esos encuentros son playos y normales, ni la mitad de placenteros que esos juegos de caricias, besos y palabras a los que nos entregamos asiduamente…

… Retomo estos escritos después de algún tiempo, los tenía un poco olvidados. Desde que me arreglé con Anne, hace ya un mes y medio, no ha pasado nada digno de ser escrito; hasta hoy. Anne y yo tuvimos nuestra primera discusión. Sí, la primera después de un mes y medio. No quiero ser reiterativa pero realmente todo este asunto me tomó por sorpresa. Pues bien; aquí va: Anne me reprochó que estoy muy pendiente de ella, que estos últimos días casi no la dejo respirar, que la sofoco. Debo confesar que no está muy errada, efectivamente, el solo hecho de imaginarla hablando o interactuando con otras personas, y sobre todo con otras mujeres, me pone los pelos de punta. Y se lo hago saber sin miramientos. Es que ella se ha vuelto demasiado sociable estos últimos días, habla con muchas personas (sobre todo con chicas) e incluso tuvo la desfachatez de invitar a tomar una cerveza a una cualquiera que conoció en una de sus tantas entrevistas de trabajo (Anne sigue en su infructuosa búsqueda de empleo, aun no encontró nada). Lo se porque la seguí hasta el sitio donde se llevaban a cabo las entrevistas y vi con mis propios ojos como congeniaba de inmediato con esa estúpida (una rubiecita desabrida de tantas, yo soy rubia y soy mucho mejor que unas cuantas). Sí, la vi con mis propios ojos. La chica era linda, rubia de ojos claros, avispada y todo lo demás, ¡pero no hay derecho!, ¡no tiene derecho!, ¡es mi novia y debe tenerme consideración! Se lo dije y respondió que ella nunca me hace escándalos cuando me ve hablar con otras personas, entonces yo respondí diciéndole que no ando por ahí invitando a tomar cerveza a cualquier rubiecita barata, y ella dijo que no esperaba de mi semejante cuestionamiento, que si escenas similares volvían a sucederse me mandaría ala mismísima mierda, yo le dije que era una puta reventada y corrí a mi casa…

… Me resulta difícil definir mi relación con Anne,  Ambas fluctuamos en una ciclotimia apabullante, pasamos de la ternura y los arrumacos más sublimes a las agresiones y escándalos más descarnados. Es como si en determinadas ocasiones gozáramos haciéndonos daño, atacándonos mutuamente. Nuestras peleas son bastas, desgarradoras, alucinadas, peleas devastadoras que terminan con nosotras dos desnudas, con las ropas arrancadas, haciendo el amor desesperadamente en cualquier sitio, puede ser en mi casa (mis padres casi nunca están), en casa de ella (sus padres tampoco están casi nunca), o bien en lugares públicos; algún baño de bar, alguna oscuridad ocasional, algún callejón olvidado. Esos encuentros sexuales son los más excitantes; el saber que en cualquier momento alguien pueda descubrirnos nos eleva la libido al máximo nivel. Hoy sucedió algo que realmente sobrepasó los límites de mi tolerancia; pasamos el día relativamente tranquilas, hablamos, salimos a caminar por la tarde, compramos chucherías, nos abrazamos frente al mar, nos despedimos al atardecer y arreglamos salir de noche a tomar algo a una disco céntrica. Hasta allí todo perfecto. Aproximadamente a las 10 pasé por su casa, Anne estaba bellísima, tenía puesto un pequeño vestido negro profundamente escotado. Apenas la vi intenté taparle un poco los pechos, pero ella se negó; me agarró las manos con dulzura y me besó tiernamente. Salimos. Yo intenté mantener la compostura. Ella parecía desatada, como si se hubiera drogado o algo parecido. Caminaba meneando su culo desvergonzadamente a cualquier tipo o muchacha que se nos cruzara. Era como si modelase, como si las calles fueran una inmensa pasarela. Pese a todo, me contuve. La bronca y los celos se retorcían en mí como parásitos. Caminamos juntas unas cuadras, que pudieron ser 3 o 4, no recuerdo. Llegamos a una disco que elegimos al azar. Eran casi las 11. Entramos tomadas de la mano. Adentro todo era fulgor y estridencia, olor a perfume, a sudor y cerveza, olor a licores y saliva, a desodorantes, fragancias masculinas y femeninas que se mezclaban efusivamente creando un clima de fiesta y sensualidad. Sonidos estridentes rebotaban en las paredes como latigazos auditivos, incontables globos de espejos colgaban de los techos salpicando la oscuridad con alucinantes destellos policromos. Una multitud de hombres y mujeres danzaba al ritmo de la música como demonios desatados. Allí estábamos Anne y yo, perdidas en medio de esos demonios. Nos apoyamos en la barra y pedimos unos tragos. Anne me tomó por la cintura y me besó el cuello, un grupo de muchachos a nuestra derecha rieron. Anne se apretó más contra mí y me lamió la oreja izquierda. Yo incliné la cabeza e instintivamente busqué sus labios. Nos fundimos en un beso apasionado e interminable, los muchachos a nuestra derecha abrieron los ojos, excitados. Los labios de Anne estaban perfumados con cerveza. Siguió besándome el cuello, tocándome los pechos cada tanto, rozando subrepticiamente un pezón. En un instante de distracción vi que Anne ya no estaba conmigo, la busqué con la vista y, al hacerlo, casualmente descubrí que los muchachos a nuestro costado miraban vivazmente hacia la pista de baile. Un presentimiento dominador y angustiante se retorció en mi estomago como una oleada de vomito. Me lo imaginaba, sí, me lo imaginaba. Giré la cabeza y  clavé los ojos en la pista; entonces la vi, ¡si!, la vi. Allí, en medio del estridente y ensordecedor bullicio, perdida en los deformantes destellos fosforescentes de las bolas espejadas y los juegos de luces, vi a Anne bailando sensualmente agarrada a la cintura de un muchacho. El le frotaba explícitamente el pubis contra las nalgas, ella levantaba el culo y, deslizándose la falda hasta la mitad de los muslos, refregaba su redondo paquete contra la bragueta del muchacho, la cual se notaba dura y abultada. Los imbéciles a mi costado gritaban como cerdos, vivando a su compañero. Entonces no soporté más, arrojé el vaso con la cerveza que estaba bebiendo contra la pared y caminé decididamente hacia la pista. Anne ni siquiera lo notó. Agarré al muchacho de los hombros y le di un certero rodillazo entre las piernas. El desgraciado chilló sordamente y cayó al piso fulminado. Anne me empujó y me gritó un par de cosas que no entendí. La música seguía sonando. Las parejas a nuestro alrededor se apartaron. Abofeteé a Anne con todo el odio de mi alma, ella estuvo a punto de caer. No lo hizo; se afirmó en si misma y me dio un fuerte puñetazo. Caí. La gente reía. Me paré y me abalancé sobre ella; Anne me sostuvo y me arrastró fuera. Yo estaba sacada, loca, desgarrada. La insultaba, la escupía, la rasguñaba. Llegamos a un callejón cercano a la entrada y reñimos allí unos minutos, luego, como movida por un impulso recóndito, Anne me empujó contra la pared y me besó apasionadamente, yo me resistí, la rechazaba, intentaba alejarla con mis manos, pero no pude, no, no pude resistirme, respondí a su beso y la atraje hacia mi hasta sentirla por completo, el erotismo que Anne derrochaba actuaba en mi como una pócima maléfica, sus brazos eran tentáculos, sus labios una medusa. Aflojé mi cuerpo y dejé que me poseyera, que me inundara. Anne fue bajando a través de mi cuello, mis pechos, mi vientre, me tomó de las caderas y metió sus manos bajo mi pollera, lentamente me sacó la bombacha y la arrojó a un costado, me levantó la falda, hundió su rostro entre mis muslos y me chupó la concha despiadadamente…

…Estoy preocupada, mi cabeza es un torbellino de emociones ambivalentes. Por un lado pienso que no podría vivir sin Anne, y el solo hecho de imaginar su partida me sume en una depresión innombrable y oscura, pero por otro lado pienso en nuestras peleas, en los escándalos, en el daño psíquico y hasta físico que nos infligimos con sospechosa asiduidad, pienso en eso y me invade la certeza de que ambas estaríamos mejor si nos separáramos, si cada cual tomara por su lado, y, no se porque, pero estoy por completo segura que a ella le sucede lo mismo, que ella siente igual que yo. ¿Qué es lo que nos sucede? Nuestra relación es a la vez tierna y apasionada, cándida y perversa, a veces se asemeja a una idílica novela romántica y otras parece un largometraje oscuro y pornográfico. ¿Qué es todo esto? ¿Qué es?...

…Dos meses y medio. Ese es el tiempo que Anne y yo estamos juntas. No se como definirlo, pero siento que nos estamos alejando cada vez más. Oscuros y densos nubarrones se ciernen sobre nosotras, una espesa atmósfera hecha de celos, violencia e intolerancia parece habernos atrapado. Ya casi no hay ternura, no hay besos húmedos ni caricias ardientes. No, todo eso no existe más. Nuestro sexo se volvió algo seco y mecánico, nos chupamos las conchas y las mismas parecen áridas, sin esos jugos hediondos y pesados que hasta hace poco nos inundaban. Estamos secas, exprimidas, sin olores ni sabores de ninguna clase. Cogemos simplemente porque coger se nos hizo una costumbre. ¿Pero saben que es lo más extraño de todo? Que yo sigo amándola, a pesar de todo sigo amándola, pero, lamentablemente, creo sin temor a equivocarme que el desenlace tan temido se acerca…

…Hoy Anne y yo hicimos el amor por última vez, fue un acto sexual de despedida, como un sello que marcó el final de nuestra historia. Hoy, después de los besos, de las caricias, después de los murmullos y de los gemidos, después de los gritos y del orgasmo, después de los golpes y de los reproches, hoy, después de todo eso, el anunciado y tan temido final se presentó como un contundente golpe de tambor. Las dos, desnudas sobre la cama deshecha, transpiradas y jadeantes, sus manos sobre mis pechos y las mías sobre su pubis, nuestros ojos enredados en intensas miradas de lujuria, pena y entendimiento. ¿Podía yo imaginar, tres meses atrás, un desenlace semejante? No, era imposible preverlo, tanto de mi parte como de parte de Anne. O tal vez sí, quien sabe. Anne estaba hermosa en ese último instante, su cuerpo radiante resaltando sensualmente entre las sabanas blancas, sus mechones de pelo castaño cayendo rebeldes sobre su rostro de muñeca, tapándole a medias los ojos pardos, como carbones encendidos. Si, ese es el recuerdo que quiero guardar de ella, ahora que se ha marchado. La difusa figura moldeada sobre el colchón aún conserva su olor, y también parece despedirse, como una efímera fumata de humo blanco.

-          Tenemos que separarnos Sofía, mi bella Sofía, mi niña…-me susurró Anne llorando.

-          Nunca voy a olvidarte, nunca podré…-contesté, y le estampé en los labios mi último beso.

No se donde se fue, donde estará ahora, no tengo la menor idea. Al menos estos diarios me ayudaran a no olvidarla. El choque de su boca contra la mía aun me arde. Quizás, a lo lejos, a ella le suceda lo mismo…

 

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  Comentarios (2)
Escrito por Placid_Ydil, el 16-01-2008 09:01
Me gusta tu historia. En exceso. Sin embargo, siento demasiado masculina a Sofía. Esa sensación de NO fragilidad es netamente masculina, no de una mujer enamorada, aún cuando le gusten las mujeres, y si es bella y no propiamente dicho ya hombruna, debería ser más delicada la historia, utilizar sí un lenguaje fuerte pero propio de la chica, de la personalidad. Siento que pierde esto último. 
 
Muy bueno. Es un placer leerte.
muy bien
Escrito por alberto tarango, el 10-01-2008 13:53
..excelente y embriagante historia y estupendo manejo de las metaforas, mis mas grandes felicitaciones
 
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