| Una vez en el Zócalo |
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| por Vittor Samzen | ||||||
| 02 / 2008 | ||||||
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“Yo entiendo que cualquiera podría decir, y con toda razón por supuesto, que un hombre de mi edad y mi posición no está para andar haciendo numeritos posando desnudo en el Zócalo, cual si fuera un adolescente insurrecto y subversivo, o un escuincle descubriendo su cuerpo en metamorfosis ante el ataque de las hormonas. Soy un muy digno representante de mi profesión, la cual requiere seriedad y dedicación. Además, soy un jefe de familia, casi, casi un puntal de la sociedad, un padre estricto y dedicado. Bonito ejemplo voy a dar haciendo panchos encuerado en plena calle porque viene un fotógrafo gringo a sacar unas tomas históricas. Y, sin embargo, soy un líder social sin ser una persona conocida fuera de mi medio, es decir, no soy una celebridad, como lo es un político o un artista que sale en la tele. Soy uno más en la bola, como decía mi abuelo sobre los que lucharon en la Revolución, casi todos desconocidos y muertos, hambrientos, sedientos, pero convencidos de empujar como uno solo, para cambiar las cosas, y así en bola, seguimos cambiando a México. Ahí anduve con Heberto Castillo, Manuel Cloutier y Cuauhtémoc Cárdenas, protestando otro fraude electoral perpetrado por el PRI, cuando a Bartlett se le cayó el sistema electoral y Salinas quedó de presidente. Y sí, desde hace un chorro de años tenía dentro de mí la certeza de que solamente sacando al PRI de los Pinos tras 70 años ininterrumpidos en el poder, podríamos destapar el cambio que necesitaba esta sociedad. Sí, voté por Fox como parte del tan vituperado “voto útil” y a toro pasado, mucha gente no alcanza a apreciar la cantidad de cosas que todos fuimos logrando con la transición. El IFE, la Ley de Transparencia y el IFAI; la libertad de prensa; la erradicación de la dictadura presidencial y la igualdad de los tres poderes de la Unión, entre muchas otras. Y yo, de una u otra forma siempre he estado ahí, empujando, presente. Convenciendo gente con información clara y argumentos comprensibles en los encuentros más casuales: En la cantina, en el taxi, en los pasillos de la oficina, en una boda o en un sepelio. Asistiendo a los grandes acontecimientos y viendo las cosas en primera fila con estos ojitos que se han de comer los gusanos. Siempre he estado ahí y en esta ocasión no podía faltar”, trataba de convencerse. Y con estos argumentos Sebastián luchaba internamente en pro y en contra, trataba de convencerse de que tenía que formar parte de la foto multitudinaria en el Zócalo, completamente desnudo. Pero algo dentro de él se rajaba constantemente. “¿Y si me viera mi madre? ¡No, que me va a ver, si ya no ve nada!” “Total, ya estoy aquí y como siempre, muchos de mis amigos y compañeros de trabajo seguramente ni saben de qué se trata esto, ni se van a enterar. Viven como en otro planeta y desconocen el poder de la sinergia, de sumarse, de hacer equipo. “¿Y para qué?”, dicen siempre, inmersos en la flojera y la rutina, incapaces de hacer un esfuerzo para tratar de mover el destino de este país. Preocupado otra vez, pensó “el problema se puede deber a mi estatura, mi complexión y mi color de piel que mucho me asemejan a un refrigerador nuevo, tamaño familiar. Destaco demasiado en medio de todos estos ejemplares de la raza cósmica, de escasa estatura y color más serio, sin llegar al alto contraste, pues en México no hay negros, aparte de Johnnie Laboriel y Zamorita. Me voy a ver desde lejos, como canica entre frijoles. Me van a confundir con Moby Dick. Pero bueno, mientras no salga arponeado...” Y así guaseaba consigo mismo tratando de comerse su angustia. Pasaban las horas obscuras durante el proceso de acreditación y organización, continuamente dándose valor para no salir huyendo. Solitario, otra vez solo en estos eventos de cambio, como cuando el cierre de campaña del Maquío aquí en el Zócalo. ¡Que fiesta! O cuando el Ing. Cárdenas ganó la elección... y en esas estaba, elucubrando sobre su participación en tantos eventos determinantes cuando vio a unas amigas de su hija aproximarse, compañeritas de la facultad. Un ataque de ansiedad perló su frente mientras se encorvaba y se volteaba para no ser descubierto, pero las chicas pronto desaparecieron en medio del relajo. “La verdad ya no estoy para estos trotes”, se trataba de convencer caminando para el lado opuesto de donde desaparecieron las muchachas, mientras trataba de controlar la taquicardia que aquel encuentro le había provocado. Aparte de eso, se empezó a sentir un poco culpable al imaginarse a esas jovencitas desnudas, “carajo, las conozco desde que iban en pre-primaria con Lucía”. “¿Y si las veo y se me...?, ¡me muero de la pena! Y luego con esta panzota y con este color a fantasma que me cargo”. “Como no me puse a dieta y me fui a Acapulco a agarrar un poquito de tueste. No carajo, mejor me voy”, se convenció finalmente. Nunca había obtenido nada realmente, de participar en estos acontecimientos, que no fuera esa satisfacción de ser parte de la historia y por otro lado estaba el cansancio, las aglomeraciones, el peligro de la violencia, de ser fichado, ridiculizado. Estaba empezando a agarrar camino para fuera de la plaza cuando casi se topa de frente con los hijos de sus vecinos y apenas pasó desapercibido tras una serie de extrañas maniobras disuasivas, pero eso implicó volver sobre sus pasos rápidamente, de vuelta al escenario principal, la orilla de la plancha del Zócalo. Y por fin se dio la orden, ¡fuera ropa! “Pusss, ya ni modo”, se dijo no muy convencido, y como si se precipitara en un estanque de agua helada tomó vuelo para enfrentar al destino. Se encueró como si premiaran al primero en terminar. “Si va a ser, pos ya que sea, puesn.” Dejó sus pertenencias en el piso y se dirigió a la plancha húmeda y fría que circundaba el asta bandera, como Dios lo trajo al mundo, en medio de una multitud en su misma condición. Al principio trataba de sumir la panza y levantar el pecho, pero la carne se le salía por todos lados y le abultaba la papada. Cachó a una señora que podría ser la abuela del muñeco de Michelin con la vista clavada en su entrepierna, que luego capturó su mirada mientras sonreía en complicidad, como queriendo pelear. “Si chucha, ya quisieras que esta pulga saltara en tu petate”, pensó mientras rompía el contacto visual sin cambiar su gesto, “estoy gordito pero no estoy tan tirado a la calle”, levantaba su autoestima y su ánimo mientras viraba sus pasos en otra dirección. Sin embargo, no pudo evitar voltear y descubrir que la abuela adiposa ya había encontrado galán en un escuálido calvo que le hacía plática. Al seguir escudriñando a sus vecinas de camino se descubrió sonriendo, “ésta sí me merece, pero falta que yo quiera”, y rápido se puso serio pensando que ese gesto de gusto, de contento, podría mal interpretarse. Cambió de dirección y dirigió sus pasos hacia la Catedral Metropolitana y en esa maniobra andaba cuando se ve de frente con Fori, la asistente adjunta del subsecretario. Estaban lo suficientemente lejos para no chocar y lo suficientemente cerca para que ninguno de los dos pudiera evitar reconocerse y hasta saludarse. A cuadro, de cuerpo entero, esa chica de rasgos indígenas, morena y chaparrita, menudita ella, tan inteligente y despierta, respetuosa y tan agradable siempre, unos cuantos años mayor que su hija Lucía, que ante la impresión no hallaba que hacer con sus manos. Cruzaba los brazos tratando de disimular un busto de envidiables dimensiones para su breve estatura y como no queriendo la cosa bajaba una mano para intentar cubrir su pubis, oculto ya por un penacho de vello obscuro y abundante. Por el otro lado estaba, en toda su extensión o no tanto, el licenciado Reyes, seguramente descendiente de españoles y hasta de franceses, notorio por la falta de color en su piel que dejaba ver muchas venas que parecían rojas y azules como en los diagramas de la circulación de la sangre de los libros de primaria. Las cejas arqueadas, las manos sosteniendo un fólder inexistente a la altura del ombligo, la frente un tanto fruncida hacia arriba por la sorpresa, por la impresión, los mostró a ambos frente a frente, como nunca se hubieran imaginado. No es lo mismo ver a un montón de personas desconocidas enseñando sus vergüenzas o de jóvenes anónimos, que emocionados como becerros retozan ante su travesura nudista, que estar frente a alguien conocido, del trabajo, a quien saludas a diario, con toda la pompa y circunstancia del protocolo de una oficina gubernamental y acostumbras ver en ropa de oficina; alguien a quien algunas veces has desnudado con la mirada, tratando de adivinar sus curvas... o sus rectas, según sea el caso. Mudos y en shock, se siguieron acercando despacito uno hacia el otro, siguiendo la inercia de sus caminos, pero cada vez más lento y clavados en la mirada del otro, como si así contuvieran el atrevimiento de que el otro les pasara lista corporal y los barriera (y con esta palabra me refiero a la traducción más aceptada de “escanear”). Ya a unos cuantos pasos de distancia, borrada la impresión inicial, se saludaron discretamente, casi disimulando la situación. “¿Cómo está Lic., no trajo a su esposa?” “Hola Fori (se llamaba Sinforoza Popoca). No, fíjese que no la traje, ella ya no está para estas cosas, ya sabes, la edad y sus achaques”. “Híjole Lic., se pasa, ya casi la manda al asilo, ¿no?” “Cómo crees pequeña, ella todavía se puede ir solita?, ¿Y tú Fori, con quién vienes?”. “Puss, solita Lic., ¿con quién iba a venir?” “No sé, con amigas o con tu novio, ¿qué sé yo?”. “Nombre Lic., nadie se animó, pero yo tenía que estar aquí y participar de todo esto, atreverme a ser parte de la historia, ya ve, de metiche que es uno, como siempre.” Sebastián por fin sonreía, por un instante había bajado la guardia ante esa curiosa coincidencia de pensamientos y por primera vez en esa mañana se sentía plenamente a gusto. Por un instante... por lo menos. Ella fue quien rompió el encanto cuando le soltó al paso: “Órale Lic., yo pensaba que se pintaba el pelo y se hacía permanente, y no, acá también está igual.” A tragar saliva y tratar de mantener la postura, y el semblante, haciendo oídos sordos a esos comentarios provocadores. “Oiga Lic.”, siguió Fori, “eso se ve como fosilizado, todo tieso como de cartón. Alguna vez debe haber sido un magnífico especimen, por allá del Pleistoceno, me imagino”. Sonriendo, pero tratando de no exteriorizar el estremecimiento que le causaba saberse auscultado de esa manera, reaccionó como estaba acostumbrado, revirando con algún comentario jocoso y creativo. “Escuincla pervertida, me vas a despertar al monstruo y luego quien lo controla. A ver, voltea para acá arriba, así, mirándome a los ojos, eso es, ignóralo y seguirá dormidito y en paz, así. Pst, acá arriba, concéntrate niña.” Ambos soltaron la carcajada, sabiéndose escuchados por la gente a su alrededor, y ella se volteó para otro lado tratando de ocultar su travesura pero al hacer esto acabó de revelar su anatomía. “¡Muchacha del demonio, no me des la espalda porque pierdo la concentración y la compostura, a ver, otra vez veme a los ojos, acá, haciendo contacto visual, eso mero... ¡óyeme!, que cosas te cargas, niña de mi vida... (y descubriendo su indiscreción cerraba violentamente los ojos y se los tapaba con las manos) perdón, perdón,” cerró los ojos “¿Sebastián qué estas haciendo?” Se recriminó a sí mismo. “Respira profundo, a ver, control mental, inhala, exhala, contacto visual con sus ojitos, inhala, exhala.” Ella estaba muerta de risa, pero no pudo evitar sonrojarse al escuchar esa observación sobre sus “bubis”. Él se había fijado, aceptaba que había atracción y se tenía que controlar para no brincar sobre sus huesitos. Se sentía halagada. Nunca había pensado en él de esa manera, por lo que no sabía como reaccionar. Ella no era como sus amigas en la oficina, que gustaban de sonsacar a los hombres casados para gozar de comidas en buenos restaurantes y romances que nunca llegaban a nada. No acostumbraba a vestir escotada ni zancona, enseñando el atractivo, pero tampoco era una blanca palomita. Prefería a los chicos de su edad aunque no pensara en una relación seria. Ella quería destacar en su profesión, lograr cierta estabilidad económica, viajar y luego tal vez, si encontraba a alguien con quien congeniara... tal vez. Pero él se había fijado en ella y había demostrado que casi perdía el control. “Bien, bien, bien, bien... “repetía mentalmente, como si fuera la Chica Dorada con Bosé. Eso la hacía sentir confiada, objeto de deseo por un hombre a quien respetaba, la hacía sentirse bonita. Sobre todo porque lo admiraba por ser como era. Siempre educado, eficiente, caballeroso, inteligente y culto, pero sobre todo divertido. Era de los pocos jefes que convivía con las jerarquías de abajo, con los asistentes y las secretarias, sin ser evidente que estaba a la caza de carne tierna, como otros. Además, estaba exento de rumores en cuanto a aventuras y romances en la oficina. Disfrutaba siempre de su compañía, pero invariablemente eran instantes fugaces a la hora de trabajo o cuando coincidían en la cafetería. “Podría pasarme con él unas vacaciones y sé que nunca me aburriría” le había confesado a su compañera de cubículo, en una plática acerca de los hombres más deseables de la oficina, al pasar a la sección de las excepciones. No le gustaba, ni le atraía físicamente como podría decirlo del chico que operaba la copiadora o del Lic. Alonso, que parecía artista de telenovela, pero su presencia la llenaba, su personalidad la hacía sonreír por su trato y elocuencia. En ese momento descubrió que además, constantemente la hacía sentirse bien consigo misma, estimada y respetada. Esta situación era algo impensable para ambos. “A ver Lic., concéntrese, que ya empezó de libidinoso, viejo cochino...” le dijo bajito, entre seria y con risa. “Shhh, cállate escuincla”, le dijo en un suspiro y volteando hacia los lados visiblemente consternado, “nada más falta que por tus comentarios se me junten varias feministas y me quieran lapidar por abuso de menor”. “Perdón Lic., pero ya cumplí los treinta, aunque tiene razón, y ya no se altere que se me infarta.” Y en una actitud un tanto maternal lo tomó de la mano y lo llevó a incorporarse a la formación. Ése fue el primer contacto, inocente, anodino, inocuo y, sin embargo, generó un chispazo al interior de ambos. Cambió su relación profesional y ajena, acercándolos a un plano inesperado que ninguno se había planteado, vaya, ni en sueños. Formados en fila, siguió el juego. “A ver Lic., concéntrese en la foto, no se me distraiga, mirada al frente, atento o va a salir con cara de menso, los ojos en blanco y babeando”, se atrevió a decir Fori. “A ver pajarito, pajarito”. Se escuchaban las risas alrededor. “Mi niña, si le dices pajarito no te va a hacer caso, en sus mejores tiempos se le conocía en el bajo mundo como el “zopilote vengador””, contestó Sebastián. Las carcajadas dieron fuga a la tensión de todas esas personas, nerviosas en la aventura de encontrarse en cueros entre tantos desconocidos y las ocurrencias de esta pareja habían propiciado un ambiente de pachanga. “Pues ahora que lo menciona, sí parece guajolote desplumado”. “Ya no lo hagas enojar que luego no me va a hacer caso ni a mí, que no estás para saberlo pero así como es de cumplidor, es muy sentido”. “Oiga mi Lic., ya no le haga promoción que todas lo voltean a ver y ya se le está formando una fila de interesadas”. Varias mujeres se vieron descubiertas volteando a ver al zopilote vengador y las risas se convirtieron en carcajadas. “Ya cállense que me voy a hacer pipí”, se escuchó a un participante anónimo allá al fondo. Siguió la rutina de diferentes posiciones y de pronto se despidió a los hombres para hacer una foto con la participación exclusiva de las chicas, preludio del fin de la fiesta. “Fori, te invito a desayunar, ¿quieres?”, le dijo Sebastián a la chica. “Claro Lic., ¿en donde nos vemos?”, le contestó ella mientras emprendía la peregrinación femenina a la nueva locación. “Te espero en el lobby del Hotel de México”, alcanzó a decirle apresuradamente, mientras el río de gente se lo llevaba. Luego de vestirse, tranquilo y sin prisas entre ese grupo de extraños que ahora le dirigían sonrisas y saludos, dirigió su caminar al Hotel donde había pasado parte de la noche y donde permanecería hasta el lunes, pues para no despertar sospechas había dicho en casa, que salía de la ciudad en viaje de trabajo. Sentado frente a un café, tras una eterna espera como de veinte minutos, ella llegó en pantalones de mezclilla, una camiseta y una sudadera con gorrita, sonriente y contenta ante la travesura. Se aproximó con gran familiaridad y lo saludó con un beso. “Ay Lic., qué bien me la he pasado”. “Fory, hazme favor de decirme Sebastián, así me llamo, y nos conocemos lo suficiente como para saltarnos esas formalidades, al menos fuera de la oficina”, la interrumpió. “Va a estar difícil, pero voy a tratar, se lo prometo Lic., digo, Sebastián”, dijo ella con una mueca. “Antes de ordenar, quería comentarle, preguntarte que si no tienes inconveniente y todavía no has dejado la habitación..., me siento toda sucia de estar acostada y estarme arrastrando en la banqueta” y dicho esto hizo otra mueca como de que, nos están escuchando y qué se van a imaginar, y soltó una carcajada, confiada y transparente, casi dulce a los oídos de Sebastián, quien se levantó para complacer esa urgencia. Estaba tan a gusto, tan ansioso por estar con ella, que aunque compartía esa sensación suciedad y hasta asco, no había pensado siquiera en subir a darse un regaderazo. Camino al elevador, Fori lo tomó del brazo juguetonamente, como lo hacía su abuela con su tata cuando caminaban juntos. Entraron al cuarto y todo estaba en su sitio, la cama apenas mostraba huella de que Sebastián se recostó en ella. “Permíteme, voy a pedir más toallas”, le dijo mientras tomaba el teléfono y sentaba en la cama. Ella se le quedó viendo con una mirada divertida y le dijo, “de una vez pide el desayuno” y se empezó a desvestir, no como lo haría una artista del tubo o del table-dance, sino de una manera muy natural, como ocurriera allá abajo apenas hace unos minutos. Sebastián pasó saliva y tuvo que quitarse los lentes que comenzaban a empañársele en un repentino ataque de pudor. Ya en paños menores, se le acercó de espaldas, mientras él pedía el desayuno, para que le ayudara con el bra, el cual quiso quitarle con una sola mano solo para descubrir que esa destreza manual requiere práctica y no solo conocimiento. “Te espero en el agua” le dijo Fory a medio voltear, “necesito que me talles la espalda”, se atrevió a ordenarle. Llegó envuelto en una toalla y se metió en la regadera a quitarse las sucias huellas de la plancha del Zócalo. Ella ya estaba en la tina del hidro y plácidamente hundida hasta el cuello con una mueca de satisfacción en la cara, lo vio acercarse y con cierta torpeza trepar dentro de la tina. La sorpresa lo iluminaba por dentro y, a pesar de las múltiples complicaciones que esta situación planteaba en su vida, prefirió no nublar la luz del momento calculando reacciones y planeando excusas. “Mucho gusto, zopilote vengador” dijo Fori rompiendo el silencio y dirigiendo su mirada al entumido apéndice, que, al contacto de sus manos húmedas y tibias recobró la galanura de gloriosas batallas casi olvidadas por el transcurso de la historia y la rutina del matrimonio. “Mira Sebastián, creo que le gusto”, le dijo con una gran sonrisa y lo miró a los ojos por un instante.
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