| Fuera de Sospecha |
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| por Jorge Carmi | ||||||
| 02 / 2008 | ||||||
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No veo porque no partir desde el principio. Concluida la venta de dos torres; un nuevo bosquejo en el tablero del arquitecto; el financiamiento activo en el escritorio del banco agiotista. Y en mi escritorio dos empresas me esperaban por el estudio de su adquisición. Era el momento de, no un año sabático, pero sí el de un respiro. Mi socio y yo conocíamos de Europa, lo que dijeron nuestros estudios y después, lo que nos dijeron los escritores medievales y los nuevos ricos de nuestro medio. Como reitero, había llegado el momento de conocer la cuna de nuestros autores predilectos. El disfrute lo inició mi socio. Treinta días fue su periplo. Aciago fue su viaje. No para él, no para mí. Solo para la cristiandad. Había muerto Su santidad Juan Pablo I durante su estadía en Roma. Lo que leí en diarios, me lo comentó muy emocionado, mi amigo es católico de corazón, misa semanal y ayuno en Semana Santa, yo disfruto de corazón el huevo de chocolate y le enseño a mis nietos a esconderlos religiosamente. Amo fervientemente a Dios, pero como dijo el poeta “Evite intermediarios” Entre Dios y mi corazón. No hay burocracia. Abracé en pésame al amigo. Y en el mismo abrazo me despedí para iniciar mi viaje tan esperado. En el avión luego de trasegar los néctares, que ardieron en mi garganta, contabilizados por mi esposa. En Roma, el ritual del retiro de maletas. A la salida del aeropuerto estuvimos en la lucha por un taxi. Compitiendo con romanos que a Dios gracias no tienen la fuerza combativa de los legionarios, pero sí la disparatada locura de los cómicos de esa época. En forcejeo con dos de ellos logré hacerme de un taxi. Ya en marcha y desmadejado en el asiento al lado de mi esposa, muy seriecita y sentada derecha, le pregunto por rutina al conductor en mi media lengua, por el valor de la tarifa. Su respuesta me dejó sentado tan derecho como mi media naranja. Más del doble de lo que se leía en la información al turista, la que ya está inflada. “Es que murió el Papa” me informa parapetado en su capa negociadora. Atragantado en rabia, bufo por la mentira; “Eso fue hace treinta días”. Me contesta, no sé si en el colmo de la desfachatez o humor macabro “Es que murió el nuevo”. Obvio que no creí el embuste y no me bajé solo, porque consideré más barato el robo de que era víctima, a detenerme y lidiar de nuevo con esa gente cómica con otro mentiroso que quizás fuese más audaz: “Más vale sinvergüenza en mano que sinvergüenza por conocer”. En la Basílica había un tumulto inimaginable, quedamos a varias cuadras del acceso. “¿Que no lo sabe?” Atónitos, no creían que preguntara algo tan sabido y algunos se ofendían por mi pregunta. “Ha muerto el Papa. Treinta días duró su Mandato”, decían unos. Otros aventuraban frases propias de la edad media: “Asesinato”, y se recogían en silencio o miedo. Entre estas realidades y suspicacias hice cola por horas para ingresar a la Basílica; en los corros y la cola en ese mar de gente fui absorbiendo lo horrible de la noticia y la segura tragedia. “El Hombre gobernó treinta y tres días” y se comentaba en rumor sordo su asesinato, por los círculos de poder allegados a la banca y al Vaticano. Luego de un recorrer lento insertos en la abigarrada multitud; -en la que el viento ondeaba poderoso, faldas de curas y monjas- a las puertas de la Iglesia. Mi ojo ansioso se preparó para deleitarse con los mármoles tallados por los inmortales del Medievo. Pero mi atención fue atraída e imantada por un catafalco alzado y conformando ángulo con el pavimento para ser visto y venerado por los fieles y curiosos. Allí yacía el monarca que fue de la cristiandad por treinta y tres días ya evaporados y sus huellas borradas por el viento. Quizás ayudado por humana manipulación, cada día empañado de misterio y envuelto en la red de la intriga palaciega. El empujar paulatino de la gente y mi curiosidad por la tragedia, me puso a escasa distancia del hombre que yacía, más que en esa caja, en el misterio. Era un hombre bueno, decía el rumor y lo sentí verdadero y cierto. Fue un momento grande y de reencuentro con Dios y conmigo mismo. No abdiqué de mi idea de “Evite intermediarios”. No era necesario para respetar y querer a un ser humano. En estas reflexiones estaba, cuando una mujer me codea y me señala muda mi cámara fotográfica que colgaba olvidada en mi hombro; ante mi incomprensión, lleva las manos a su cara y hace el gesto de sacar foto y sus labios hacen “Clic”. Le di a entender por gestos que como se le ocurría. Dos personas más la imitaron. Ya con varios cómplices y arrebatado por el instante irrepetible y divirtiéndome con el estupor y rabia de mi socio y amigo al contemplar las fotos, irresponsable e irreflexivo, me subí a una banca e hice como cinco impactos irreverentes. Me bajé arrepentido y pronto a dar disculpas, entregar la cámara y dispuesto a que esos atletas inmóviles de la entrada y reaparecidos de la edad media con armaduras relucientes, escudos y lanza, me torturaran en justa venganza acorde con los métodos de la Santa Inquisición. Esperé con los ojos cerrados, alguien me oprimió el brazo. “Ya estoy listo” –Dije a los guardas y abrí los ojos entregado. Era mi esposa. -Vamos. –Dijo perentoria. Nadie me dijo ni hizo nada. Quizás el castigo que se me adjudicó fue dejarme en manos de mi conciencia. Salimos de la Catedral. Aún ingresaba gente en filas interminables, a entregar su veneración a un hombre que lo merecía, pero que ocuparía escasas líneas en la historia Vaticana y en letra gris. La prensa y escritores libres han tratado de arañar el misterio. Con mi asociado. No pisaremos Roma. Cada vez que uno de nosotros ingresa a la Ciudad Santa, muere un Papa. No vamos, inocentes, a dar pábulo a la sibilina y eficiente maquinaria del servicio secreto del Vaticano y a sus bancos, para que se desliguen de su responsabilidad oscura sobre la garganta “Del hombre de los 33 días”. No seremos mártires al revés. No Mi Dios, mi Señor, Dios de mis padres. Tú…, con quien trato sin intermediarios.
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Hice conmigo mismo un trato solemne. No pisar otra vez los umbrales de Roma. La misma actitud tomó mi socio. Un católico acérrimo. Yo solo soy cristiano. No me ato a dependencia de un poder pseudo etéreo que manipula el poder terrenal aquí y ahora. 

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