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La Superioridad de Nuestro Destino Imprimir E-Mail
por RaMséS-LV   
02 / 2008

Sabemos que las máximas de solidaridad y tolerancia, breviario cotidiano del universo mediático, chocan brutalmente con la verdad de los lazos sociales y que el cosquilleo moralizante que producen nada tiene que ver con una auténtica disposición ética.

Víctor Gómez Pin

 

Por aquí y por allá, en los noticieros, en los salones de clase, en los actos de caridad públicos, y hasta en los discursos de ciertos personajes de la farándula, ronda hoy una voz suave, afelpada, que al menor roce produce una agradable sensación al oído (y al ego). ¿Y cómo no iba a ser así, si esa voz habla de tolerancia, pregona la aceptación del otro y de lo otro, y clama por sociedades donde prevalezca la convivencia simultánea de culturas diferentes en un mismo espacio?

 

Esa voz es nuestra voz. Queremos recordarnos una y otra vez que somos sociedades avanzadas, que reconocemos que los derechos humanos y la democracia son para todos, sin distingos de ningún tipo. Qué buenos somos. La bondad que corre en nuestras venas se refleja en logros históricos como la Declaración sobre los derechos de los pueblos indígenas, aprobada en septiembre pasado en el seno de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas –sí, por fin los indígenas son tan humanos que ya tienen derechos humanos.

 

Sin embargo, tal vez sea tiempo de preguntarnos si esos “logros históricos” como la Declaración, que en sí misma entraña significados complejos, no se reducirán, al igual que tantos otros “logros”, a meras intenciones bonitas, a simples discursos entusiastas que, al final, no tendrán ninguna repercusión práctica. Reflexionar sobre el reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas puede hacerse desde diversos ángulos, partiendo de su relación con la lucha contra el racismo y la discriminación o desde la óptica de los derechos civiles. En esta ocasión, no obstante, les propongo partir de un puerto poco explorado: el de las ideologías –esas explicaciones parciales de la realidad que son al mismo tiempo producto y guía de amplios movimientos políticos y culturales.

 

Que el origen de una idea se remonte a tiempos lejanos no anula sus posibilidades de tener un valor y un éxito considerables en el mundo actual. Así, por rancia que parezca y en realidad sea, la idea del progreso, cuyos orígenes pueden rastrearse en la filosofía del abad Joaquín  de Fiore (1130-1201 d.C.), pero que adquirió su formulación definitiva en el pensamiento europeo del siglo XIX, ha sido desde entonces, y hasta hoy, objeto de la más ferviente veneración. De hecho, es una de las piedras angulares de nuestras sociedades “modernas”, y sin ella es imposible entender la historia del siglo XX.

 

Esa idea del progreso, que concibe la historia de la humanidad como un progreso gradual, permanente y natural hacia un futuro mejor (de ahí la división de la historia en Prehistoria, Edad Antigua, Edad Media, Renacimiento y Modernidad), está en el origen de las dos grandes ideologías que marcaron nuestro turbulento siglo XX: la ideología liberal, en la que democracia, libre mercado y Estado laico eran la cúspide del progreso; y la ideología socialista, cuya cima era una sociedad comunista, sin clases sociales ni propiedad privada, ungida por la ciencia y el ateísmo –recordemos que, para el pensamiento europeo moderno, todo lo que huela a religión, por antonomasia, apesta.

 

Tanto la ideología liberal como la ideología socialista admitían el supuesto de que la humanidad avanzaba progresivamente hacia formas más depuradas de organización social y de conocimiento, cuyo referente, por supuesto, era Europa (y entonces Europa, y más tarde Estados Unidos, serían la materialización y ejemplo del progreso), aunque, como hemos visto, el contenido de ese avance progresivo variaba según la ideología en turno. La disputa por definir qué ideología, con su correspondiente proyecto civilizatorio, era la verdadera, llevó a miles de seres humanos a enfrascarse en auténticas luchas sin cuartel, y no hay país, desde Canadá hasta Timor Leste, que no haya sido influenciado por alguna de estas ideologías, o por ambas, a pesar de las inevitables modificaciones y adiciones que cada nación, de acuerdo a su cultura e historia, haya hecho a cada ideología.

 

Desde finales del siglo XX, la ideología que se ha impuesto en el mundo entero es la liberal (rebautizada, por las modificaciones que le ha impreso el devenir histórico, como neoliberal), y actualmente son muy pocos los que no sazonan sus aspiraciones y hasta sus deseos más triviales con los condimentos que proporciona esta ideología: el adolescente de diecisiete años que anhela unos lujosos jeans, un iPod y un automóvil último modelo; la señora adinerada que quiere irse a vivir a París o a Chicago (nunca a Sokodé o a Cochabamba) y pasearse en sus centros comerciales; el artista plástico que desearía que todo el arte mexicano fuera más cosmopolita (o sea, más europeo); el político que cree que la máxima aspiración de su país es llegar un día a tener una democracia y una economía de mercado como las europeas o estadounidenses.

 

Todos ellos reflejan, por disímbolos que parezcan, esa ideología liberal, y en el fondo comparten, a su manera, la creencia de que la humanidad progresa (al menos en cuanto a niveles de vida, organización y conocimiento, porque prácticamente ya nadie cree que evolucionemos moralmente), y de que hay un indicador de ese progreso: los países desarrollados; si no nos parecemos a ellos, quiere decir que estamos atrasados. Es ésta una ideología tan arraigada en nuestras mentes, que difícilmente nos percatamos de ella. 

 

Pues bien, planteadas así las cosas, ¿qué significa el reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas, ésos que no son ni “progresistas”, ni “modernos”, ni “cosmopolitas”? Más importante aún, ¿realmente aceptamos que tienen los mismos derechos que nosotros?

 

Aceptamos que esos pueblos, durante siglos sometidos, maltratados y marginados, son iguales a todos en cuanto a derechos civiles; que también son iguales biológicamente, puesto que se ha demostrado que las nociones de raza y de superioridad racial no tienen ningún sustento científico. Pero ¿estamos dispuestos a aceptar que otros modelos de organización social, cuya aspiración no sea la construcción de esa cosa extraña llamada Estado, ni la edificación de la democracia o del socialismo como nosotros los entendemos, tengan la misma eficacia y derecho a existir que nuestros modelos? ¿Estamos dispuestos a aceptar que otras cosmovisiones, cuya concepción del mundo sea religiosa y que no coloquen a la ciencia, la tecnología y la industria en el altar de su devoción, sean tan válidas como nuestras cosmovisiones? ¿Estamos dispuestos a admitir que nuestras ideologías, fincadas en la idea del progreso, no son las únicas ni mucho menos las que detentan el monopolio de la verdad?

 

Sí, podríamos decir; claro que esos pueblos son iguales, tienen los mismos derechos y sus sistemas de organización y sus cosmovisiones tienen la misma validez. Ahí está la Declaración aprobada por la ONU, por ejemplo, y miles de pululantes organizaciones civiles que luchan por que se respeten sus derechos.

 

Sin embargo, la igualdad sirve para algo, y, ante todo, se utiliza para algo. Vale la pena, entonces, saber en qué y para qué se han considerado históricamente iguales a los pueblos indígenas –porque no es la primera vez que se les reconoce la igualdad. En la tradición liberal, desde el siglo XIX, se ha considerado que los indígenas son iguales a cualquier ser humano, tan capaces como un sueco o un argentino para asimilarse a las sociedades modernas, ingresar a la escuela y aprender sus valores; iguales para estudiar, capacitarse, trabajar en una empresa o en una oficina, y quizás, un buen día, convertirse en acaudalados empresarios bien trajeados, multilingües y con un flamante BMW. No importa qué religión profesen, siempre y cuando obedezcan al gobierno laico y contribuyan a que las empresas sean “competitivas”.

 

En la tradición socialista (que no por haber perdido fuerza ha desaparecido del horizonte de millones de seres humanos), los pueblos indígenas son iguales a los europeos, estadounidenses o latinoamericanos, tan capaces como un ruso o un polaco para adoctrinarse en las enseñanzas socialistas, convertirse en obreros o en simpatizantes del movimiento obrero, realizar la revolución socialista y construir juntos un paradisiaco comunismo donde no exista la explotación del hombre por el hombre y en el que, aparte de que se respetarán sus formas de organización social (muchas veces colindantes, de hecho, con el comunismo), también se los “emancipará” de su forma primigenia de “enajenación”, es decir, de su religiosidad.

 

Así pues, los pueblos indígenas, a lo largo de la historia, han sido considerados iguales en el derecho a parecerse a nosotros, iguales en la capacidad de asimilarse a nuestras costumbres y creencias, en la posibilidad de compartir nuestro destino (que supuestamente apunta al progreso histórico), pero nunca iguales en el derecho a ser ellos mismos, a organizarse y forjarse el destino que ellos deseen. Hemos sido incapaces de ir más allá de nuestras ideologías y hemos perpetuado esa añeja creencia de que en un país que se está desarrollando coexisten “estructuras modernas” (las urbanas, científicas, industriales) y “estructuras atrasadas” (las rurales, místicas, agricultoras, en suma, indígenas), pero que tarde o temprano esas estructuras atrasadas se modernizarán, desaparecerán y nuestros países por fin serán política, social, económica y culturalmente desarrollados –o socialistas.

 

Desde hace varios años han surgido grupos y movimientos que con toda razón cuestionan la validez de estas ideologías. Necesario es, entonces, preguntarnos si vamos a admitir realmente a los pueblos quechua, los huicholes, los tzeltales, los bambara o los dogons (por mencionar algunos), con sus costumbres y formas de entender el mundo, en pie de auténtica igualdad.

 

No es cuestión menor. Los seres humanos hemos mostrado una asombrosa capacidad de destruir a aquéllos que no comparten nuestros ideales o a someterlos por la fuerza a ellos. La colonización europea de América, África y Asia; la violenta persecución de los “remanentes feudales” durante la revolución cultural en China; la campaña anticomunista en Estados Unidos durante la era de McCarthy; la matanza de grupos indígenas y campesinos enteros (a las que se acusaba de “traidores” y “pequeñoburgueses”) a manos de los miembros más radicales de los partidos comunistas de Sudamérica, son sólo algunos ejemplos.

 

Hoy, que se habla tanto de tolerancia y de derechos humanos y civiles para todos, pareciera que se ha debilitado la creencia de la superioridad racial o cultural de algunos grupos, pero no la creencia generalizada de la superioridad de nuestro destino, de ese pretendido progreso al que nos conduce el desenvolvimiento “natural” de la historia. El reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas se perderá en los desfiladeros de la verborrea bienintencionada, si no empezamos a cuestionar esa rancia superioridad.

 

 

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  Comentarios (2)
Escrito por RamsésLV, el 17-03-2008 17:27
Ozelotl: 
 
Muchas gracias por tu comentario; agradezco también tu interés por leer y comnetar el artículo.
Escrito por Ozelotl, el 05-03-2008 12:56
Crudo y lúcido, con méritos suficientes para un linchamiento a manos de hordas enfurecidas de indigenistas radicales y/o progresistas -y comunistas. 
 
Saludos
 
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