| En el sauna |
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| por Jorge Carmi | ||||||||||
| 02 / 2008 | ||||||||||
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No les afectaba, estaban entrenadas duramente en la lid ejecutiva y en las prácticas deportivas. Habían llegado separadas por minutos al recinto. No le agradó a ninguna el encuentro. Eran competidoras y sus choques eran reiterados. El directorio les había asignado el mismo tema publicitario a los departamentos que cada una dirigía, con entrega en un plazo de 10 días; ya habían corrido siete. El directorio elegiría junto con el cliente el proyecto más adecuado. La estrategia y los método habían sido rudos, ahora se encontraban, y a solas. No había tema conciliatorio ni punto amable para iniciar una conversación neutral. Además, no se habían visto desnudas jamás y una persona desnuda aunque no lo quiera de un modo u otro, deja vislumbrar más de su carácter que vestida. Lo podría explicar muy bien un reo o un prisionero de guerra a quienes desnudan para empezar a conversar. Rubia Lucía, de ojos azules, de piel radiante; de tez oscura Sonia, con ojos verdes y piel tostada clara. Los senos, traseros, cintura, piernas de ambas, eran de selección y dignas de colección para un voyeurista. Ninguna mostró interés en hablar. Lucía tomaba su jugo de naranja y miraba la TV adosada a los pies de su cama de descanso. Sonia aburrida, leía una revista cuatro números atrasados sentada en el sillón ubicado en una esquina. La primera dejó su vaso vacío y sin nada que hacer y en vista que no llegaba nadie, entró a la pequeña sala de calor. Sonia esperó un buen rato a que la otra saliera para recibir su calor. Nada pasó. Luego de largos minutos decidió ingresar “No vaya a imaginar que le temo” se dijo resuelta y abrió la puerta, sin ver muy claro por la oscuridad y el vapor, y se sentó. El calorcillo era agradable y la temperatura la exacta para un disfrute saludable. “La tipa sabe lo que quiere” se dijo a su pesar. Su visión se adaptó y se percató con furor que estaba sentada a menos de una cuarta del trasero de la otra. Y habló por primera vez desde el ingreso de ambas: -Podías haber abierto la boca. –Dijo aún con rabia y rubor contenido. -Eres libre de sentarte donde te apetezca. Y sé sincera, al menos ahora que estamos solas. ¿Te habrías corrido? No, lo habrías mirado como ceder terreno. Así planteadas las cosas ambas se mantuvieron en sus trece; ninguna se apartó un ápice y tomaron el calor juntas como dos hermanitas. La transpiración cubrió la piel de ambas y escurrió de sus cuerpos y en un momento determinado escurrió de la piel y cayó a la banqueta: se acumuló y sucedió algo que las habría lanzado en alegre risa, si no fueran enemigas. El líquido espeso, tibio y con olor y sabor corrió por la banqueta, unió los cuerpos sudorosos y la cuarta que las separaba fue un lago que unió dos orillas irreconciliables; más claro, hizo uno los dos traseros de gloria tan competitivos como sus orgullosas propietarias. Y porqué no decirlo, tan altaneros y levantiscos. Ahí siguieron ambas sudando, sacudiendo la transpiración fuera de sus cuerpos con la toalla para tal efecto y muy hieráticas. Ambas agotadas pero ni la una ni la otra pensó por un momento salir del calor que se hacía insoportable por momentos, ni tampoco bajar la graduación. No cedería ninguna. Lo que cambió el equilibrio fue el manotón de Lucía al charco entre las dos para cortar el nexo de unión con quien no quería tener contacto. Sin pretenderlo en absoluto, su palmetazo fue de tal energía que no solo expulsó violenta toda la transpiración acumulada, sino que rozó con rudeza la cadera de su vecina a la fuerza. La que ofuscada e incómoda le dijo: -Saca la zarpa. No me toques. Lucía se levantó como una tigresa y permaneció de pie. Luego de hacer una serie de contorsiones bamboleando senos y cadera para sacar el exceso de transpiración, permaneció de pie tomando su calor y con mirada ausente. Luego de un rato largo y quizás para no ser menos, su antagonista se incorporó y tomó también su sauna de pie. Y ahí estuvieron las dos guerreras, una frente a la otr,a separadas por un par de metros apenas, que era todo lo que permitía la estrechez del caluroso recinto. En pelea con el calor y en contienda muda y tensa una con la otra. Seguramente se conocieron en un par de horas, más que en dos años de competencia airada. Sonia, al largo rato y muy meditadamente, luego de escrutar intensa a la rubia le dice mordiendo la frase no en rabia, sino que por temor a ser mal interpretada pero queriendo una respuesta clara de la otra mujer y exigiéndole: -¿Por qué tienes los pezones erectos y me parece que muy duros? Lucía abismada por la sinceridad y por la pregunta que no deja espacio a guardar silencio, responde en sinceridad a la altura de la delicada pregunta. -Por tu mirada. -¿Qué tiene para ti, mi mirada de interesante? Muchas veces la he posado en ti y ni me contestas. –Dice La morena. -No pensarás que te voy a responder cuando tú lo demandes. –contestó certera la rubia. -¿Cuando? Y esperó altanera. -Será en una parte sin lugar a sofocos –Y rió- puede ser en mi oficina. Tengo un Napoleón para buenos paladares –dijo Lucía. Lo acordaron y se juntaron tres días después en la oficina de la invitante, luego de tres reuniones con sus equipos para dirimir temas tendientes a pulir las presentaciones al directorio y al cliente. Sentadas frente a frente en la creativa oficina de Lucía separadas por el licor de color ámbar luego de la charla intrascendente que entablaron tácitas para entrar en el tema, libres de tensiones.
-Dice la propietaria de la oficina zambulléndose en el enigma para ella: -¿Qué tienen que ver tus pezones erectos con mi mirada? –Y espero.
-Fue tan intensa y a la vez con una ternura inesperada en ti, que desencadenó en mi imaginación un torbellino de escenas candentes de un erotismo al que nunca me acercó un hombre y se me abrió la luz de que beberte y recorrer tu piel con labio febril y besar tus pechos contenidos en mi mano encopada y entregarme subyugada a tus caricias locas y abrirte mis grietas era mi fantasía recóndita y que toda mi lucha empresarial era torearte para que me derrotaras o entregaras a mí. Fue la imagen en segundos que me concedió tu mirada sobre mi trasero e imaginé que yo era tu fantasía y éramos gemelas en el deseo. Y al pensar en regalarnos en dicha íntima, se alertaron en calentura amorosa mis pezones indiscretos. Dime si soy tuya y tú eres mía. O mi sinceridad acaba de abrir un abismo insondable entre nosotras. Terminó Sonia en voz baja y su futuro erótico puesto en manos de la otra mujer, que era ahora dueña de su secreto. Y esperó el desprecio o un cálido reconocer. La rubia con los ojos vidriosos y los labios trémulos de emoción levantó su copa, estiró el brazo y decidida lo pasó bajo el brazo indeciso de su antigua rival, lo giró y con el brazo atrapado de su amiga lo acercó a sus labios y ella por fuerza y gozosa se hermanó en el movimiento y trasegaron el licor del pacto de amor que se consolido ahí y en ese momento, y que unió en lazo indisoluble a dos valkirias. El licor recorrió su garganta y la quemó deleitoso y cruel, asentándose finalmente como fuego en depósito y prueba de ternura compartida, en su interioridad. Libaron sorbos de cogñac entre tiernas caricias hasta la última gota y hasta la última caricia.
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El sauna estaba ubicado en el piso 17 en la torre de la corporación EITTEL. Sonia y Lucía desempeñan cargos ejecutivos de alta responsabilidad. Ese sábado en la mañana, inusualmente, se encontraron solas en la sala de reposo, quizás porque caía una garúa densa esa mañana otoñal, la gente se enredó en las sabanas. 

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