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Cancún Light Imprimir E-Mail
por Luis Alberto Chávez Fócil   
03 / 2008

Luis Alberto Chávez Fócil.- 2 de octubre 1949 Frontera, Tabasco, México. Estudió Teatro en la ciudad de México, donde cursó año y medio de cine en el CUEC (Centro Universitario de Estudios Cinematográficos), en la UNAM.  Periodista, radica en Minatitlán, Veracruz.

Luis Alberto nos envió 11 textos, la mayoría historias breves. Aquí reproducimos cuatro de ellas, narradas con ingenio y una pluma precisa. ¿Qué opinan de ellas los lectores de PalabrasMalditas?

 

   

ESCLAVITUD

  

Mis tatarabuelos fueron esclavos.

Mis bisabuelos fueron esclavos.

Mis abuelos fueron esclavos.

Mis padres fueron esclavos.

Y yo, soy un gigoló.

 

Luis A. Chávez

 

 

CANCÚN LIGHT

 

Llegué de México a Cancún para trabajar en una compañía de diseño, firma exitosa al servicio, sobre todo, de hoteles de prestigio.

Con oficinas modernas, funcionales, tenían excelente ambiente; alfombras, cafecito y secretarias a la moda preocupadas por el reventón de fin de semana. Comencé a enterarme de la dinámica de Cancún que alberga, ya se sabe, a turistas extranjeros de todas las nacionalidades del mundo; cada noche Cancún es una fiesta -de eso vive- y, el que no lo conoce, sencillamente debiera.

Mujeres preciosas por doquier, nos es para menos, playas de arena blanca, Isla Mujeres y Cozumel (frente a Playa del Carmen, ya muy cerca de Tulúm) son para los visitantes una garantía de placer.

En los últimos años Cancún se ha convertido en un poderoso imán donde las fuentes de trabajo abundan y, de todas partes de la república, llegan los ciudadanos en busca de mejores horizontes, como yo, que no tardé en hacer amistad con los que laborábamos en la firma de diseño y por supuesto, comenzamos a salir algunas noches.

En Cancún, si se habla con fluidez inglés, el alemán o el francés, es seguro que se encuentre ocupación en restaurantes, hoteles y demás.

Conmigo trabajaba un muchacho soltero, fornido, alegre, dueño de una seguridad que le daba su bien plantado porte, se llamaba Arturo. Usaba camisas costosas de seda abiertas, del cuello hacia abajo, dos botones; amante de la buena vida y en especial enamorar fugazmente a cuanta mujer se le pusiera al paso, disfrutaba de la vida; en su departamento tenía una colección de trofeos: en la recámara acostumbraba guardar en un cajón de su cómoda infinidad de prendas íntimas. Su refrigerador siempre estaba lleno y contaba de igual manera con abundante licor; ahí las borracheras terminaban en orgías pues cualquier ciudad de fábula, o un pueblito modesto, se pueden convertir en paraíso o infierno según el libre albedrío.

No me agradaba mucho eso de quemar mis alas como tampoco que mi vida se centrara en las conquistas; mis motivos de vivir y el cómo eran sencillamente distintos.

Fue la noche de un viernes, después de salir del trabajo, que fui a caminar al centro y al pasar frente a uno de los bares que acostumbran sacar las mesas hacia las banquetas, Arturo me saludó, acompañado de otros amigos más, y ya no me dejaron continuar. No me quedó más alternativa.

Le acompañaba una agraciada jovencita, Yamira, que, proveniente del centro del país, tenía facha de aventurera, jóvenes que a base de brutales golpes llegan a la conclusión, errada, de que se les hizo tarde para todo. Abrazado a ella, casi lastimándola, era obvio que habían tomado mucho y no dejaban de levantar sus tarros de cerveza, hice lo mismo, con mi refresco light, e incluso reír forzadamente de los comentarios altisonantes del grupo.

   Acordaron terminar ahí para continuar en mi departamento y, a la promesa de que para todos “era ya la última”, accedí a que me visitaran.

Pasaron a comprar botellas, vasos de plástico, botanas. Todo transcurrió sin novedad y como a las cuatro de la madrugada se retiraron por fin dejando mi departamento oliendo a humo y alcohol.

Los siguientes días retomaron a la normalidad. Juntas de trabajo, órdenes, disposiciones de aquello o lo demás; ahora planeaban las siguientes fiestas en casa de fulano o perengana a las que por lo general yo no asistía al preferir, a solas, ver las magníficas puestas de sol.

   Habían transcurrido dos semanas de aquella visita a mi departamento y, una madrugada de sábado, tocaron a mi puerta.

Pensando lo peor fui a abrir.

Era Yamira, aquella jovencita aventurera acompañante ocasional de Arturo, mi compañero de trabajo. Sin decir palabra se abrazó llorando a mí, tenía un fuerte golpe en la cara.

La había largado, sin más.

No supo a quien recurrir y, con sus diecisiete años a cuestas y una bolsita con ropa, se le ocurrió ir a verme para solicitar auxilio.

La pasé, se instaló llena de angustia temblando como un pajarito; tomó un baño caliente, le di a comer algo que a duras penas probó y se acostó en el sofá.

Horas después la llevé a una clínica particular, con un proctólogo, que por fortuna dijo no era tan grave el asunto.

Pero sí lo que él había hecho con, me dijo, otras dos jovencitas de menor edad a las que él había violado, golpeado de manera brutal y también echado de su departamento. No supe qué decir, me pidió no complicar más las cosas.

   Estaba muy cansada, dijo, y durmió largamente de nuevo en el sofá.

 Por la tarde salimos a dar la vuelta y en un restaurante al paso, entramos a tomar algo. Las comitivas alharaquientas y ebrias le hacían bajar la cabeza, sin querer soltaba el llanto, en silencio.

No tenía dinero, no tenía amistades, no sabía qué hacer y, sin trabajo ni ropa qué ponerse, su situación era bastante difícil.

Le permití quedarse, continuó durmiendo en el sofá, le pedí que atendiera las indicaciones del médico y de ella sola salió hacer el quehacer de lo que era mi casa. No quise interrogarla mucho pues como ella son bastantes las que acaban de la peor manera, todo por creer en algo de lo que no están seguras y para la mujer es más difícil hallarlo cuando no se sabe qué buscar: nada.

   El lunes en la oficina, a la hora del receso, le pregunté a Arturo si no sabía de Yamira. Me preguntó quién era.

Después, me dio una cátedra de cómo a la mujer hay que tomarla, disfrutarla y desecharla pues “la energía, se centra en poseerlas ya que al hacerlo se crece”. Así patentizaba su fuerza y su motivo en el planeta. Le pedí, conteniéndome, que deseaba no me dirigiera más la palabra, que su amistad era para mí un degrado y, muy ufano, sólo sonrió y me contestó “como tú digas, viéndolo bien es mejor”.

No había caso entonces recordarle ni mucho menos decir que la joven maltratada por él había llegado a mí en busca de socorro. Simplemente reía, planeaba la siguiente cacería y exhortaba ahora a la excursión a Tulúm en compañía de unas francesas a las que acababa de conocer.

   Al regresar a mi departamento Yamira lo había limpiado e incluso había cocinado algo. Tenía mejor semblante, parecía contenta, pero yo no.

Me senté en la sala y ella, acomedida, fue por un refresco light, echó dos hielos al vaso y me lo sirvió diciendo que recordaba cómo, aquella noche, yo le pedía al mesero “sólo refresco ligero, por favor”.

-¿Qué piensas hacer?- le pregunté- ¿te sientes ya mejor?

Era un momento muy difícil pues estoy seguro que escuchó un preámbulo de despedida y me contestó llorosa.

-Sé que, soy... una desconocida y... me lo merezco. Pero ojalá puedas permitirme encontrar un trabajo, te prometo que te pagaré todo lo que hagas por mí, no tengo a donde ir.

Yamira continuó durmiendo en el sofá, limpiando mi departamento y a veces hasta salíamos a comer algo juntos. Así se mantuvo por unos cuantos meses, después encontró trabajo en una firma de comida rápida donde a pocos metros había una academia de idiomas y, una cuadra adelante, una estación de policía.

Yamira sostuvo con su sueldo sus estudios, incluso se independizó. Poco después obtuvo su diploma por su aprendizaje de inglés, metió una solicitud de trabajo en la oficina central de policía donde, al hacerle el examen y ella dominar perfectamente aquél idioma, fue aceptada.

Siempre estuvo pendiente de mí, no dejaba de visitarme y llevarme regalos, me participaba de sus adelantos, la veía alegre, con ganas de hacer muchas cosas. De la vida nocturna de aventuras ya ni se acordaba.

En mi trabajo yo continuaba igual  y, la pandilla de galanes viento en popa.

Arturo estaba viviendo con una japonesa; un mes atrás, en un hotel de cinco  estrellas una australiana le había pagado todo, le iba bien, pero yo no le dirigía la palabra.

Yamira progresó, al grado de ostentar después en la policía el cargo de comandante pues aparte del inglés ahora dominaba el francés y había asistido a varios cursos de preparación, las autoridades tenían acuerdos para grupos de élite que mandaban a especializarse a los Estados Unidos y ella fue una de las elegidas.

En todo el estado ahora dirigía, junto a otros jefes policíacos, delicados asuntos de justicia y orden.

 Pero de vez en cuando continuaba dándome la sorpresa deteniendo su patrulla si me veía en la calle, bajarse y darme un abrazo fuerte. Su mirada para mí era dulce aunque firme, decidida y segura, tampoco dejaba de llevarme regalos o de invitarme, cuando su trabajo se lo permitía, a cenar. Un día acordó que fuéramos al restaurante chino de un hotel que, en su interior, tenía jardines colgantes, numerosas fuentes de agua y, como siempre, turistas.

Mi trabajo continuaba estable, habían entrado a la firma otros jóvenes de diversas partes del país. De mi ex compañero Arturo no volvimos a saber, hacía una semana que había dejado, sin avisar, el empleo.

 El día en que Yamira me invitó a comer al restaurante de fábula, recuerdo que pedí, por primera vez en mi vida, la sopa de aleta de tiburón y ella, que leía la carta, me miró para decirme que no, que si deseaba pescado pidiera mejor otra clase, pero tiburón no.

Pregunté si tenía algo en contra de esta especie, me respondió que al contrario.

-¿Te acuerdas de Arturo?-dijo- aquel tipo que me desgració la cola... a mí y a otras dos muchachas más jovencitas que yo.

-Por supuesto que me acuerdo, no ha ido a trabajar, por cierto.

-Ni irá ya más. Lo tengo en mi refrigerador, bueno, en partes; cuando tengo tiempo voy de noche en mi yatecito, que ya conoces y lejos, muy lejos, se lo doy a los tiburones, pide mejor otra cosa.

 Al llegar el mesero, Yamira tuvo que ordenar por mí, apenas alcancé a escuchar que dijo pollo, al vino, o algo así.

-Ah y un refresco light, mi amigo toma sólo refrescos light, con dos hielos, por favor.

 

 

 

 

QUE SE SIENTE CUANDO A UNO LO PARTE UN RAYO

 

La voz era un eco, una onda apenas: al pie de los árboles

un espíritu volaba

Eco. Norma Quintana. Exodos

 

 

 

Alejandrino, nativo de Matanzas, es campesino. Tenía diecisiete años cuando dejó el bohío para despojar a la manigua de horcones y raiceros y, ya después, él no fue el mismo.

Esa tarde amenazaba lluvia. Alejandrino, con el machete en alto se convertía en canción; el sudor constituía el abono, su despreocupado rostro nada tenía qué ver con la muerte y a esa hora los sinsontes alumbraban el panorama magnífico, frío ya, que confundía relámpagos y truenos con la melodía en huida de las aves, que prefirieron refugio.

   El muchacho no quiso detenerse hasta terminar, sentía cansancio pero tenía un motivo suficiente para no decir agobio. Unas ligeras gotas dieron a caer, como terciopelo azul y gris, tenue caricia que lo reanimó mientras el cielo buscaba su capote negro y, gruesas nubes, comenzaban un mitin estelar sobre su cabeza.

Contento, sin saber lo que venía, pensó que descansar un momento bajo de una palma no sería peligro, y lo hizo.

Su mente voló a Pinar del Río donde Normita, con sus quince abriles, hacía ya un año le había contestado que sí.

   Este era el sostén de Alejandrino, su causa, su motivo, la verdadera razón como brillante timbre que lo alejaba de cuidados y temores: “Ochún, tú que predicas el amor, la dominante de ríos, diosa mía, te promet”...

Una sombra a pocos metros vino hasta el joven para interrumpir sus pensamientos al instante en que un relámpago alumbró la identidad de la figura. Era Normita.

-Alejandrino, aquí estás. Es que me caso con Manuel, allá en Pinar.

No dijo más y se fue.

Entonces, un rayo le partió al muchacho el corazón en dos.

 

 

 

ORO

 

El buitre llegó y, con su largo y afilado pico, curvo en el extremo, hurgó en la carne descompuesta sin hacer caso, por supuesto, de las monedas de oro que a la luz resplandecían entre la gusanera.

Al momento arribaron varios más que, en cuestión de horas, dejaron sólo los huesos en aquella cumbre enrarecida. Terminando el festín, elevaron, ahítos, el vuelo.

Quedaba allá abajo una considerable riqueza, una fortuna a merced.

   Han pasado los años y aquél tesoro continúa ahí, a la vista, apenas cubierto por una hierba seca y rala; el viento se encargó ferozmente de esparcir los restos de costillas, calavera, fémures.

A pocos kilómetros al pie de la montaña, llegó paupérrima familia, huyendo de la indolencia, la injusticia, y construyó una choza. Una tarde, el padre de estos débiles subió por casualidad a esas alturas.

De pronto, ya desde arriba, comenzó a gritarle a su esposa que, apresurada, salió para indagar con la vista hacia el sitio de donde provenían los gritos. La mujer acudió y regresó por unas hondas vasijas de barro a las que, ante el estupor de sus hijitos, vació por completo el contenido.

Luego, locos, fuera de sí, salieron apresuradamente del lugar sin decir palabra.

   Transcurrieron semanas, nunca más volvieron.

Sus hijos fallecieron de temor y de hambre.

Los buitres regresaron de nuevo al lugar.

 


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