| Ho Detto Che No (He dicho que no) |
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| por Funerela Cat Slytherin | ||||||||||||||||
| 03 / 2008 | ||||||||||||||||
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Un día del mes de agosto, absorta en mis pensamientos, me senté a la sombra de un árbol de limones para con tranquilidad escribir alguno que otro verso dedicado a mi musa. Entusiasmada mordisqueaba aquella pluma corriente que no había costado más allá de dos pesos. La libreta y sus hojas esperaban ilusionadas a que mi mente trabajara alguna buena rima que les adornara y yo, hipnotizada por la tranquilidad del momento y la cegadora luminosidad del sol, me dejaba llevar por mis sentimientos sin darme cuenta de lo que ocurría a mi alrededor. Así pasaron algunos minutos nada fructíferos pero si tranquilos, echados a perder únicamente por aquel varón arrogante que se había sentado frente a mí y que me miraba entre curioso y lascivo por encima de unas gafas mal cuidadas de armazón negro. Sintiendo su mirada recorrerme más el cuerpo que el rostro, me giré presta para dirigirle una de mis características miradas de asco e insolencia, pero el susodicho, quizás adivinando mi acción, trató de suavizar el instante brindándome una ligera sonrisa. Dándome cuenta que el varón no era otro que una deformidad humana de escasos cabellos mal peinados, adorador de la amapola por lo que dejaban ver sus somnolientos ojos y una víctima de la moda basurero, decidí que lo mejor era batirme en retirada y dejar que aquella monstruosidad ganara por primera y única ocasión aquel agradable sitio donde yo con vehemencia solía depositar mis posaderas. Sin embargo, antes de que pudiera desprenderme del olor intenso de su loción de cítricos en putrefacción proveniente de su coordinado estilo militar, la presente masa humana intentando acallar los gloriosos gorjeos de los pájaros, irrumpió en la belleza de la mañana con su voz aguardentosa para darme el saludo más fatídico posible: Buenos días mujer de bellos ojos. Haciendo uso de mi valentía, respondí a ese saludo sin poder evitar que una gran mueca de desagrado se dibujara en mi rostro. “Cómo se atreve, menudo tipejo, a tratar de ligarme, lo que es la ignorancia, una señorita como yo jamás se permitiría un desliz con semejante orangután”. Una vez que estos puros y delicados pensamientos vinieron a mi mente y que, asegurándome una escapatoria posible de aquella situación que ponía en peligro mi reputación como mujer elitista, incliné un poco la cabeza en señal de despedida y ni tarda ni perezosa me di a la fuga. ¡Ah, pero la frase del afable Shakespeare, al buen entendedor pocas palabras, no se aplica para todos! No señor. La bestia que me había despertado de mi encantador sueño de poesía y amor me perseguía a pasos agigantados y yo, meneándome con esa delicadeza y primor de princesa de buena clase no podía echarme a correr, eso hubiera sido una barbaridad. La conmoción atacó mi pobre corazón y tuve que resignarme a sufrir el acoso de ese ser que no podía entender que las damas no podemos entregarnos al primero que nos pida, y que no somos flores de aquellas que nacen a la intemperie y quien pasa puede cortarlas cuando guste, muy al contrario, pertenezco a los invernaderos donde uno solo es el que me cuida y yo me regodeo entre las flores más hermosas y extrañas que Dios le dio. El tipo al alcanzarme, en un intento fallido de ser galante, me ofreció su brazo cubierto de un mal cortado traje, qué va, demasiado desgastado para ser verdad. “Qué pesadilla, qué insensatez”, pensaba ruborizándome más de coraje que de vergüenza porque me vieran pasar con aquel divo callejero, no sé que piensa este desgraciado, quizás cree que terminaré después tirando mi pañuelo (el cual, vida mía, he olvidado en algún lugar) para después estrecharme en sus brazos y hacer de mí, algo peor que una esponja llena de sus desechos más viles. Qué barbaridad. Una sonrisa de dientes amarillos intentó coquetearme sin darse cuenta que perdía su tiempo. Empezó a platicarme sobre su vida como si nos hubiéramos conocido de toda la existencia y aquello no fuera más que otro día de compañía, qué confianzas tiene ese tipo, no sé de qué me vio la cara, pero soy todo menos lo que él cree. Caminamos sin rumbo, de loca regresaría a casa, ¿qué tal si después él se aparecía de visita por mi santo hogar pretextando que pasaba de largo y recordó que me gustan las rosas, los chocolates, los ositos de felpa o que desde hacía una semana mi teléfono marca que está descolgado y desconoce la razón? Trató de mostrarse lindo aunque su definición de lindo no era otra cosa que poner cara de una mal creída inocencia y pretender hacerse mimar por mis manos blancas y mis labios sonrosados. Me confesó entre líneas que había leído algunos de esos versillos que con timidez y poco apoyo había publicado en algunas revistas locales, dijo que desde ese momento había pensado que conocerme podría significar algo muy profundo y espiritual en su existencia. Le oía poco, me preguntaba si acaso aquél ser que estaba enfrente de mí era cierto o un holograma o una aparición de algún muerto en guerra, ¿de qué otra manera se explicaba tanta deformidad física? Sentí lástima. Proseguía en sus desplantes de masculinidad. Para entonces él se regocijaba, de seguro ya me había enamorado de sus músculos y de sus grandes ojos café que me guiñaba tan repetidamente como si padeciese de algún grave tic nervioso, era más que seguro que yo no opondría resistencia a acompañarle, como buena amante, novia o prospecto nocturno, a una cafetería cercana, donde de seguro enlazaríamos nuestras manos con ternura y pasión, leyendo en nuestros ojos el deseo natural de pertenecernos, aunque fuera solo un instante, ser más que dos corazones una sola piel que ni se ilusiona ni se promete más que un ahora y no un después. Desplegando su gran nobleza me contó con ardor que en mis ojos leía el dolor de una persistente tristeza que si bien no podía notarse para todos los hombres, él, que había padecido del mismo mal de la incomprensión pretendía enardecido, excitado, delirante, que me refugiara en su protector abrazo porque él, solo él, haría trizas a todos aquellos que tuvieran la osadía de lastimar un corazón tan amante, tan puro como era aquél que latía en lo más profundo de mi pecho. Yo era tan afortunada por haber encontrado en esta vida varón sin igual, un alma generosa que me elevaría a los placeres más angelicales y provechosos, tendría en mis manos las suyas y en su pecho hallaría el calor humano que solo aquél que te ama con locura te puede ofrecer. ¡Oh! Dios había sido tan considerado conmigo al mandarme a aquél ser en ese preciso instante en el que desfallecía de angustia por creerme sola en este mundo que no ofrece de sí alguna otra cosa que no sea su natural agonía. Con el pecho henchido de orgullo, me preguntó con los ojos desorbitados el motivo por el cual tenía ese empeño de hacerme la damisela más alegre del planeta (literalmente, claro está), y revestir mis ansias de amor en una realidad imperecedera, y yo, con esa tonadilla melosa que es mi voz de pajarito no pude menos que responderle, que aquél afán el cual hacia de mi conocimiento no era otra cosa que una estúpida estrategia de poetizar aquel momento de nuestras vidas y que, su locura desmesurada provocaba aquellos delirios pasionales que solo padecen las gentes de mente frágil. Riéndome, qué más daba si se enfurecía o no, bastante había ya tenido que soportarle, le expliqué que no era ni una inválida ni una ilusa mujercilla esperando al caballero que pudiera salvarla de un mundo enfermizo inventado tan sólo por ella, y con gracia y un toque de vanidad, le explique mi torcidillo gusto por las musas de caderas grandes, explicándole que del cuerpo femenino se emana más inspiración que de aquél tosco y burdo que forman no todos, pero sí muchos especímenes masculinos. Abriendo sus ojos y haciendo que las gafas le resbalaran un poco por la nariz me miró intrigado y a la vez ofendido, como si yo le hubiera dado alguna esperanza (cosa impensable para mí) y de repente se la arrebata como una niña pequeña que ha prestado de mala gana un juguete y a la primera oportunidad va y se lo quita a su hermanito. Aún así, entristecido aparentemente, me dijo con su voz que resultaba inaudible para mi oído derecho pues de tanto tenerlo cerca y de pretender susurrarme de la forma más sensual posible, como si de tratara de un francesillo bien hablado, había provocado que tan solo me zumbara, que las mujeres como yo éramos esa joya cotizada que cualquier persona moriría por poseer. Traicionada por mis gestos que siempre han sido demasiado claros (ese rostro mío expresa todo aunque no lo quiera), manifesté el horror que significaría para mí tomar de la mano a aquél ser y llevarlo hasta mi lecho para regalarle las gracias de aquellas curvas suaves protegidas por esa piel blanquísima y la virginidad resguardada detrás de una delicada mata de pelo púbico donde el rocío solía verterse algunas mañanas, al pensar en aquella recostada sobre mis senos inquietos de sus caricias locas y su boca de tentación succionando impávida un pezón que apenas había despertado de su ensueño de lujuria para hacerlo realidad. Colérico pero aún esperanzado por alguna mítica razón, pidióme que le acompañara como que ya lo había adivinado, a una cafetería cercana. Insistiéndome en que podríamos conocernos más y quizás yo terminaría por comprender que él me convenía más que cualquier otro varón. Me daba pequeños empujones en la espalda que en ningún momento me parecieron dignos de un caballero. Exasperada de su osadía y perdiendo ya la cabeza, le expliqué sin vacilar que de todos los varones él era el que menos me apetecía, no podía yo, llevarle la contraría a mis emociones y entregarle un poco de mi elixir de amor a cualquier Don Juan que, con un poco de labia y mucho de ridiculez tuviera la insolencia de pedírmelo. Insistiendo en la verdad de su fealdad innegable y en la tremenda repulsión que me causaba el solo hecho de pensarle recostado en mi regazo, me disponía a pedirle que se retirara no solo ahora sino para siempre de sus torpes empeños en enamorarme, puesto que yo, ninfa de muchos no era para él más que una Diosa inalcanzable que dudosamente volvería a cometer la estupidez de dirigirle sus miradas más lastimeras. Impaciente y perdiendo esa imagen de galán que a leguas se notaba fingida, empezó a gritarme palabras que, Santo Espíritu no me atrevería a repetir y mucho menos delante de mi madre. El desgraciado denotaba la más grande ingratitud que he podido observar en mi vida. Y al rematar diciéndole que por favor, me ahorrara el disgusto de tener que mirarle de nuevo, el patán optó por retirarse embravecido, injuriando a la naturaleza y a ese Dios que siempre le ponía en el camino de las más arrogantes y altivas mujeres que de buenas y amables tenían lo mismo que los desechos que recoge sin miramientos el excusado. Indicándole a voz en cuello, que la amabilidad es para humanos y no para bestias, partí a mi casa, iracunda, dirigiéndome a mí misma palabras mordaces por permitirme andar al paso de rufianes insolentes que la ven a una desfallecida de desencanto amoroso y se abalanzan como perros sobre carne nueva y sabrosa. Después de ese día lo he visto procurándose la cura a este mal que yo le he propinado (¿cuál que no haya sido pues el merecido? ¿Y acaso pues, yo le he buscado?) Con algunas otras jovencitas menos bellas y más ansiosas de esos toques que se hablan a voz en cuello con las amigas. De cualquier forma no ha podido superar aquel rechazo que ha recibido por mirar tan alto, y de vez en cuando me encuentro con un par de notitas, donde me deja conocer el desprecio que me tiene y la poca valía que tengo como mujer deseable para todos los hombres del planeta, diciendo con todo el ardor de aquél que ha sido despreciado, que de mi cuerpo lo mejor son las lonjas y del rostro la nariz y que si no soy Cirano al menos me le parezco, y que de cultura tengo tanto como un mono y que si pretendo hacerme maestro de literatura de las personas primeramente cure mi egolatría y mi narcisismo. Le leo de tarde en tarde y leo los comentarios que publica en aquellos lugares donde mis poemas dan muy buenos frutos, y aligerada de pesares me río contenta de sus opiniones, pues sé que el desgraciado se ha convertido aún más en la figura de la soledad y la infelicidad gracias a mi desprecio. Y que, pese a que me minimice para él no sentirse abatido, sé que por lo bajo sufre de aquella pena conocida del amor, porque enamorado de mis ojos se ha quedado, prendido de mis letras que repite en la oscuridad de sus noches solitarias y enardecido de ganas de acallar esta boca brusca que dice las verdades tan hirientes, pues quisiera como buen caballero que cree ser, domar a esta salvaje incontrolable que va por la vida repartiendo repudios y no ofrece de si más que la tinta de su pluma y sus pensamientos, dado que no se pertenece a sí misma sino a aquella musa que por siempre la enamoró.
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