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Como un latigazo, la palabra nos ordena. Por eso, en ocasiones, leer se convierte en un acto de masoquismo. Es preciso, entonces, reordenar los esquemas de pensamiento para adecuarlos a la prisión del párrafo con sus custodios de metáforas o ideas. No leer presupone un estado bestial de pensamiento articulado, en sí, por sensaciones. Negarse a la lectura es también llevar un torrente de ideas inconexas, un desorden en la cabeza. Al leer, pues, se da una subordinación ante el libro y el escritor. Las ideas permanecen ahí con su capacidad de control, como si manejáramos un automóvil a gran velocidad sobre una carretera; sin embargo, hay autores que, en su narrativa, semejan más un camino pedregoso que la firmeza del asfalto. Se dice que la gente no lee, pero en ese dictado incategórico y amplio, pienso que la gente lee pobremente: revistas del corazón, libelos eróticos, titulares sobre accidentes y asesinatos, anuncios pasionales en los diarios. Éstos no brindan una función estética, pero sí cuantitativa. Tendríamos que saber cuántas veces se lee la frase: “Asesina a su propio hijo”, o algo similar y repetitivo. Leer es frenar el desorden, y sabemos que a todos nos resulta agradable, en ocasiones, andar a la intemperie de nuestros pensamientos. Más allá del placer y la degustación, leer también supone un ejercicio de sujeción ante el libro, ante el autor que nos brinda, sea cual sea su estilo, una historia. Necesitamos fascinarnos por las palabras, arrastrarnos al ritmo de las frases, mecernos en la musicalidad de la prosa. Si no es así, nos abandonamos a la violencia y dejamos el libro en un naufragio. Nos despedimos del autor a mitad del texto, salimos al patio de la prisión a incendiar su hojas y vociferar que es un pésimo libro, que no supo terminarlo, que su prosa es falsa; o simplemente que no gustó. Será entonces un libro más sin leer, un libro más que es desobedecido en sus sesenta o trescientas páginas. El libro es el puente de la imaginación. Nos confina y subordina dulcemente a las ideas de otros, al cauce nostálgico o alegre de alguna metáfora bien estructurada, a una serendipia en las oraciones, a una veneración casi religiosa: la empatía del escritor y su lector. De esta forma, al concluir la lectura deviene un cambio: la readaptación. Algunas ideas aprenden la lección. Así el lector se encuentra en la prisión, seguramente feliz de que los fantasmas del desorden se fueron de las páginas y de que existen más prisiones por alojarse: prisiones con el nombre de Ulyses, Pedro Páramo, Los Buddenbrooks, Rojo y Negro, Farabeuf, El Proceso…, y esas prisiones tienen en sus centinelas, en las propias palabras, el génesis de lo inaudito. Rulfo, Joyce, Elizondo, Mann, Stendhal, Kafka y otros, tienen en sus manos el control, las llaves adecuadas. Marcar como favorito (16) | Cite este artículo en su sitio | Views: 624
Excelente reflexión Escrito por Isabel Sarabia, el 20-03-2008 14:51
Me sorprende que todavía haya quien se apasione con una buena lectura, y más sorprendente aún es que pueda transmitir su sentir con tal fuerza que contagie a otros lectores y los involucre con su texto de tal forma, que provoque en ellos un ánimo de "gula" literaria y pretendan seguir degustando más escritos. Felicidades Juan. Muy buen estilo.  |
! Escrito por natalia99, el 18-03-2008 21:34 Este es el tipo de energía que necesitamos para adentrarnos completamente a este mundo, lleno de sabores y sin sabores, melodías que enloquecen y tranquilizan… excelente escrito, de una invitas a devorar el libro |
Escrito por Ramsés, el 12-03-2008 21:55 Bella reflexión sobre la lectura. Me agradó tu escrito. Lo que dices al principio es muy cierto: no es que la gente no lea; es que lee pobremente. Saludos. | |