| Pensamientos Cotidianos |
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| por Héctor “Anselmo” Ortega | ||||||||||||
| 03 / 2008 | ||||||||||||
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He comenzado a sentir nostalgia por aquellos días de desmadre preparatoriano en los que me sentía lleno de vigor para poner de cabeza al mundo. Recordar los paseos nocturnos en automóvil, mismos que aprovechaba para embriagarme y dedear a alguna de mis compañeras de la escuela (e impregnarme con el olor a caramelo agridulce), me provoca melancolía. En cambio, ya no me importan las fiestas, los antros me dan hueva y puedo pasar meses enteros sin probar una sola gota de alcohol. El poder que otrora creía tener para bajar por los chescos al mundo, se ha convertido en una total antipatía en la que no caben el temor al cambio climático, ni la preocupación por una guerra nuclear que nos haga mierda en un par de segundos. Nada de eso. Si se acaba el petróleo en México, ni pedo. Si los chinos madrean a los monjes del Tibet, no es mi pedo. Si hay crisis en Estados Unidos, es su pedo. Si mañana los siete ángeles de las siete trompetas, mencionados en el Apocalipsis, asomaran sus celestiales rostros y con un dejo burlón comenzaran a tocar sus instrumentos, me valdría madres. Si eso pasara, lo más seguro es que me conectaría el ipod a las orejas y pondría el soundtrack que yo mismo he preparado para releer por vigésimo sexta ocasión Diablo Guardián. Morir mientras me embriago con la desfachatada putería de Violetta, sería fenomenal. No importa que la consecuencia sea un viaje directo y sin escalas al infierno, después de todo, estoy seguro que allí encontraría a todas las mujeres que he deseado en los últimos años, mujeres que he conocido gracias a ciertos libros que procuro revisar cuando menos una vez al año: Lulú, Fanny Hill, Justine, O, Georgina Morrison y hasta Courtney Love. Y es que tengo que reconocer que si algo no se ha ido en este proceso de envejecimiento prematuro, es el deseo por leer. Nada hay más placentero que tirarme en un sofá, en el jardín de la casa o en una banca del parque a repasar esas historias exquisitas que me hubiera gustado co-protagonizar. ¿A veces me pregunto por qué no fui producto de una mente ágil que me diera una existencia llena de aventuras alucinantes? Como eso no ocurrió, lo más impresionante en mi vida es la contaminación que me cae de rebote a causa de las frustraciones de mis estúpidos vecinos, los cuales en un intento por sentirse ganstas del Bronx o reggetoneros picaculos, pasan los días martirizando mis oídos con loas insulsas y panfleteras para sentirse temidos por sus rivales (¿?) y amados por las gordibuenas que venden quesadillas y tamales a unos pasos de la lechería. De verdad que no entiendo eso, ni sus malsanos deseos por convertirse en emisarios del cartel de Cuautitlán, cantar acompañados de una banda, inmortalizar su nombre en un corrido y morir masacrados con setenta y ocho tiros de AK-47 esparcidos por el cuerpo. ¿Aun no se habrán dado cuenta que en Cuautitlán Izcalli los pocos cerros que quedan pronto serán outlets o fraccionamientos habitacionales; que no podrán sembrar hierba, que no hay espacio para una pista clandestina necesaria para el lucrativo negocio del tráfico de drogas? Mis vecinos… ¡pobres pendejos!
Las mujeres me siguen gustando pero, incluso, en ese gozo exacerbado veo la antesala de mi vejez. Ya no me llaman la atención las mujeres mayores como me ocurría hace años… bueno, tal vez un par: Rosa Elena y Elizabeth, a quien acabo de conocer, dos cuarentonas que no le piden nada a una adolescente. De ahí en fuera, mi atracción hacia mujeres menores se ha incrementado exponencialmente. He caído en la cuenta que a algunas de mis nuevas musas les doblo la edad. Por eso me gustan, porque me encanta deleitarme con los límites entre su jovial mocedad y su grácil adultez, llenarme de esa cachondería propia de las chicas ansiosas que esperan el momento de cambiar la fila de las tortillas por la de los antros de moda. Embelezarme por una geografía que rete a la gravedad, me resulta tentador. Explorar una cintura breve y unas caderas firmes, se ha vuelto un reto. Llevarme a la boca un pezón que no conoce de sensaciones ajenas se ha convertido en la cumbre de mis nuevos sueños. Me nutre reconocer que alguna veinte añera sienta interés por mí. A veces me da miedo pensar que vean en mí a una figura paterna pues eso representaría la caída de mis deseos. Prefiero envolverlas con mis cualidades de hombre, con el verbo mareador de mi charla (que atinadamente una mujer supo definir como una montaña rusa llena de subidas y bajadas), Usar todas mis artimañas corporales para inquietar sus pensamientos y robar sus sueños, se ha convertido en una muestra de que el tiempo ha pasado por mi.
No soy el mismo, he perdido huevos. No quiero ser un niño pero tampoco un viejo. ¿Vejez o madurez? Ese es el dilema. ¿Acaso alguien de ustedes, hombre o mujer, ha sentido lo que yo?
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Me estoy haciendo viejo y me preocupa. Sé que por cada segundo transcurrido, la vida cobra una factura natural que nos acerca eventualmente a un inminente ocaso, después de todo para eso nacimos. Sin embargo, mi envejecimiento no se traduce a un temor hacia el final de la vida sino al reconocimiento de una mutación vertiginosa y polarizada en mis gustos personales y hasta en mi carácter.
Como se dan cuenta, la irritación hacia estas “expresiones culturales” resulta ser un signo de mi eventual envejecimiento. En cambio, otro síntoma de senectud que me encuentro experimentando es mi nueva capacidad mediadora ante conflictos trascendentales en mi comunidad, tal y como sucedió hace unos días cuando en esta nueva euforia por erradicar modas ridículas y acabar con escuincles llorones, evité que un grupo de salvajes metalerogrisetopunketosos hiciera caca a media docena de tiernos emos. Al evitar la tragedia con el poder mis palabras, los flecolargos se mostraron agradecidos conmigo y hasta me invitaron a servir como orador en uno de sus mítines para exigir el respeto a sus diferencias. Sin embargo, prueba inequívoca de mi chochés, fue que en lugar de agradecer su invitación, me limité a cagotearlos diciéndoles que no mamaran, que en mi tiempo y en el tiempo de mis padres, si alguien se quería pasar de vergas, si se reían de nosotros por el corte de cabello, la vestimenta o los ideales (por balines que fueran), le entrábamos a los putazos y no nos poníamos a llorar. ¡Que las navajas servían para ensartarse a otro y no para jugar al suicida! Lo reconozco: me arrepentí de haber truncado los eventos del destino. El arrepentimiento también es prueba de ancianidad.


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