| La Planchada |
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| por Vittor Samzen | ||||||
| 03 / 2008 | ||||||
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Antecedentes. Entre los estudiantes de medicina en México, de todas las generaciones, existe el mito de una enfermera que se aparece por los pasillos. Ellos entran en contacto con ella cuando inician sus guardias nocturnas en el hospital que les es asignado. Ya es una tradición, es una manera de explicarse los ruidos y las sombras inexplicables que los aterran en la soledad de la noche de guardia y cuya presencia no pueden explicar. Así, le dieron forma para asirla y de alguna manera crear un referente común y para ello le pusieron un nombre:
Estaba en el rincón de una cantina tras salir de la chamba con algunos compañeros. Últimamente no había sido la mejor compañía, pues me embragaba la tristeza de haber visto morir a mi jefe y amigo en mis brazos, en el mismo hospital donde a diario presto mis servicios. No podía hablar de otra cosa con mis compañeros y estos, medio se sacaban de onda, pero no por eso dejaban de agarrarlo a guasa y de burlarse de mí. No podían creer la extraña historia que me contó antes de morir el difunto y esa rara narración dice así:
La noche anterior me había quedado muy tarde en el hospital, inmerso en el papeleo respectivo al cierre del mes. Facturas y cargos a pacientes, obtener total de ingresos, registrar los pagos correspondientes a cada médico por sus consultas, tratamientos e intervenciones quirúrgicas y toda esa labor administrativa que se acumula para el final, mes con mes. Ya avanzada la noche y francamente buscando un escape momentáneo, fui a verificar una información con el Director de Servicios Médicos que se encontraba “en piso”, que en el argot hospitalario significa que está supervisando algún asunto dentro del hospital pero, quién sabe donde. Finalmente localicé al Dr. Morales donde se encuentran internados los pacientes más longevos, los de Geriatría, que viven ya tiempos extra y algunos incluso ya están en los penaltis, pero ellos o sus parientes se niegan a aceptar la realidad y se aferran testarudamente a lo que les queda de vida, más por instinto que por convicción. Se dice que la huesuda habita los pasillos de ese piso ya que a cada rato la sienten pasar a recoger y guiar a algún pasajero al más allá.
Resuelto el asunto con Morales, para estirar las piernas tras una larga jornada sentado frente a la computadora, bajé por las escaleras que a esa hora de la noche generalmente se encuentran desiertas. Fue ahí donde descubrí a una solitaria enfermera que bajaba delante de mí. Era joven, de cabello negro y lacio, más que firme, tensamente peinado a la usanza tradicional, bajo el gorrito blanco que coronaba su impecable atuendo. Este se ceñía a una anatomía de proporciones, si no áureas, definitivamente estelares. Nunca en mis siete años de servicio en este hospital, había visto a esa mujer. Con su apariencia estoy cierto que la recordaría de alguna u otra manera. “Seguramente es nueva en el hospital”, pensé al mirarla descender unos escalones frente a mí. En el descanso de la escalera volteó a verme. “Buenas noches doctor, ¿le tocó también la guardia nocturna?” me preguntó con una voz que consideré extremadamente sexy. Fue en ese momento que pude ver sus finas facciones, sus largas pestañas y sus negros ojos almendrados. “¿Cómo ve?, aquí desvelándome en solidaridad con ustedes”, le contesté asumiendo una profesión que no tenía, pero es común que hasta los empleados consideren que si trabajo en un hospital, sea médico. Su actitud amistosa y su lenguaje corporal invitaban a seguir interactuando. Caminando detrás de ella podía adivinar el contorno de su saludable anatomía y por instantes daba la impresión de que se trasparentaba el uniforme revelando sinuosos secretos. Sana, sana colita de rana, se me antojó decirle. Seguimos platicando mientras recorríamos escaleras y pasillos, y disimuladamente comenzó a hacer contacto corporal con cualquier pretexto, agarrándome del brazo y chocando ligeramente su cuerpo contra mi costado cuando doblábamos una esquina o nuestros caminos se cruzaban en los largos pasillos. Aparentemente nos dirigíamos al mismo lugar, lo cual no me extrañó, ya que la Jefatura de Enfermería se encontraba a unos cuantos pasos de mi oficina. Ni una alma nos topamos en todo el trayecto y a medio camino las risas y el flirteo era totalmente descarado. De repente me pidió que la acompañara por un momento, desviándose para ingresar al área de maternidad. Supuse que desconocía que yo era el Director Administrativo del hospital. pues su comportamiento me pareció realmente temerario. La isla donde normalmente se encuentran las enfermeras de turno estaba desierta y con una sonrisa, como no queriendo, me llevó hacia uno de los cuartos. Una mezcla de sorpresa, miedo y fascinación se apoderó de mí, cuando abrió la puerta del cuarto en penumbra y me jaló hacia adentro. Quedé paralizado. Recientemente habían corrido entre el descrédito total y la pena ajena, a uno de los directores médicos debido a una denuncia de acoso sexual por parte de una enfermera. Por otro lado, nunca en mi vida había tenido una aventura con una, a pesar de trabajar rodeado por ellas, de conocer muchas de las historias que se rumoran en los pasillos y que son tema obligado en los juegos de roles eróticos en los que el médico o el paciente en turno son víctimas propiciatorias del insaciable apetito de estas ninfómanas en uniforme blanco entallado, escotado y rabón.
No encendió la luz y con un giro, sus labios encontraron mi boca, a la vez sorprendida y sedienta. Su suave aliento y el aroma que emanaba de su nívea piel me invadieron sumergiéndome en un trance hipnótico donde la acción se aceleraba a cada instante. El miedo y la emoción se apoderaron de mi estático cuerpo aumentando la excitación. Hay varios tipos de mujeres, entre ellas las que se dejan hacer, las que te hacen y las que se “hacen” pero te acaban haciendo. Ella era de estas últimas. Se desbocaron los caballos de la pasión y ya no había manera de detener ese alud. Fue una experiencia por demás explosiva e inesperada, aunque sentía que la deseaba desde siempre y con esa carga me sorprendió una sensación de calma, indescriptiblemente dulce. Mi dermis hipersensible se tornó en cuero de guajolote desplumado como cuando se tiene mucho miedo o mucho frío, al tiempo en que me abrió la camisa y con sus dedos me recorrió de norte a sur y de regreso. Al contacto de ese espécimen joven y consistente, exquisitamente formado retomé la iniciativa y la despojé de su tocado dejando escapar un río de lacios cabellos aferrado a un cuello frágil que descendía lentamente. Trabajó en mi cinturón y mis zapatos, luego los calcetines y comenzó a jugar por encima de mi ropa interior hasta que ésta desapareció sin que me diera cuenta. La seguridad de que se están rompiendo todas las reglas y la posibilidad de ser descubierto potenciaron la emoción y el deseo. Subiéndola a mi nivel, desabotoné su blanquísimo uniforme y me di la oportunidad de palmar cada centímetro de ese firme y sensual cuerpo mientras encontraba la combinación para abrir el resto de su envoltura bajando al piso para arrebatarle los tenis y el breve antifaz de su entrepierna.
Asido de esos carnosos cachetes exploré con mi lengua los costados de su vientre y la profundidad de su ombligo mientras paladeaba el aroma y luego los jugos de sus rinconcitos sin que ella pudiera contener algunos jadeos y un temblor se apoderara de su pálida piel. El tiempo perdió su dimensión cuando trepamos a la cama y le encontramos solución al rompecabezas embonando nuestras piezas, de todas las formas imaginables. Nos disfrutamos sin remilgos ni restricciones durante un espacio inmensurable de tiempo, que me permitió entender finalmente la teoría de la relatividad. Sin frenar el vuelo alcancé la estratòsfera en repetidas ocasiones y mis sentidos saborearon esos ruidos, sabores, colores, aromas y texturas quedando extasiado y cautivo de su deseo para siempre. Por fin entendí lo que “su seguro servidor” realmente significa. Pero fue algo en su actitud, una agresividad animal revuelta con una ternura ancestral la que me impresionó más allá de cualquier otra experiencia o sentimiento conocidos.
Unos suaves rumores al exterior nos volvieron a la realidad tras la última ascensión compartida en ese tobogán de lujuria y nos vestimos riéndonos entre nerviosos y satisfechos, apresuradamente, como dos críos que cometen una travesura, conforme el susto a vernos descubiertos superaba la excitación que menguaba del furtivo encuentro. Empapado, tembloroso, jadeante, encantado de tanto placer, le robé un último beso antes de separarnos mientras ella me ayudaba a colocar la corbata en su lugar y me entregaba el saco. “Nene, déjame salir antes para no levantar sospechas. Espérame a que te marque por teléfono a esta extensión para avisarte si no hay moros en la costa”, me dijo refiriéndose a sus compañeras, mientras apresuradamente jalaba la puerta y desaparecía de mi vista. Tras unos segundos de silencio me di cuenta que nunca había mencionado su nombre y con ansiedad salí de la habitación volado a alcanzarla. Necesitaba asegurarme de que me volvería a ver reflejado en sus ojos. Cuando salí al pasillo ya no estaba, frente a la isla de las enfermeras de turno estaba la encargada de la guardia de espaldas a mí, seguramente ocupada en el llenado de un expediente. Sigilosamente me apresuré a salir de su campo visual y ya en el pasillo rumbo a mi oficina murmuré “buenas noches” y ella, cansada por la jornada nocturna, seguramente sin levantar la vista de sus apuntes murmuró algo ininteligible por respuesta.
Desconcertado descubrí que no había rastro de ella por ningún lado, se había desvanecido en el aire. Ya sin disimular la busqué por todos lados. Descaradamente volví mis pasos hacia la escalera y en el trayecto confirmé que los dos elevadores se encontraban inmóviles en la planta baja. Ya rayando en la desesperación y la temeridad regresé al puesto de la enfermera de turno para preguntarle si no había visto a mi alma pasar. Nada de nada. Ni un ruido, ni un suspiro, ni una sombra. La incertidumbre me impidió pegar el ojo en toda la noche, no pude dejar de pensar en ella con una imborrable sonrisa a pesar de mi cansancio y a la mañana siguiente comencé a idear la manera de localizarla. Al llegar me topé con un grupito de empleadas del hospital, enfermeras, afanadoras y chicas del equipo de seguridad que en bola, mientras registraban su ingreso y salida al y del turno respectivo, cotorreaban sobre los acontecimientos recientes en las instalaciones. Me saludaron a coro y no pudieron evitar seguir en el frenesí del encuentro breve y de tener tanto que compartir, la chorcha acelerada, chismeando desmesuradamente sobre un evento del día anterior. Resulta que una paciente dio a luz gemelos, pero uno nació muerto. Gente bien, muy católica, apostólica y romana, solicitó la utilización de la capilla para bautizar al nonato por la tarde.
Eso me arrastró a recordar las interminables pláticas con mi abuela. Mi compañera, mi maestra particular y mi mejor amiga por muchos años, me hizo partícipe de sus, para mí extrañas andanzas y vivencias de su infancia y juventud. Entre ellas recordé la descripción de un ropero en el cuarto de sus padres (mis bisabuelos) allá por principios de siglo, donde una hermana que no lograba contener el impulso de revisar todas las pertenencias ajenas encontró un feto humano en un frasco con formol. Tras indagar un poco con su respectiva abuela (mi tatarabuela), una mujer rubia de ojos azules y muy avanzada edad, cuyo remoto origen e indescifrable acento se suponían en el viejo continente, descubrieron que ese ser cuya existencia quedó trunca, iba a ser su hermanito, pero algo sucedió y murió antes del parto. En lugar de enterrar al inocente sus padres lo embotellaron y lo mantenían muy cerca de ellos, en el ropero de su recámara. Recuerdo haber tenido pesadillas al respecto y pasar horas enteras durante las clases más aburridas de catecismo en primaria, dilucidando sobre el pecado original y los santos inocentes, el limbo y el purgatorio -que recientemente y de un plumazo papal fueron clausurados y sus residentes lanzados a la ignominia-, y luego pensando en el paradero final de esos despojos pre-infantiles. ¿Lo habrán extraviado en un cambio de casa o lo perdió mi bisabuelo en juego de cartas o se lo llevó alguna de las hermanas al contraer matrimonio y abandonar el hogar paterno? ¿Lo habrán enterrado junto a su madre cuando murió ésta o sucedió como ocurre con esas cosas que siempre están ahí y un día, cuando nuestra memoria las reclama simplemente ya no están y asumimos que se las comió el gato, fueron víctimas de algún agujero negro o se las robó la sirvienta?
Recuerdo que mi “Agüe” se esmeraba en describir sus manitas rosas con todos sus deditos y uñitas formadas y sus rasgos faciales y el cordón umbilical, y la manera en que iban a jugar con él, a escondidas de su madre, claro está, y cómo lo arrullaban y le cantaban rondas. No tenía nombre el pelao, iba a ser machito, obviamente porque nunca lo bautizaron.
El cacaraquear de las chicas me volvió a la realidad y me enteré que la doliente familia al llegar a la capilla descubrió que se estaba celebrando otra ceremonia. Fue muy desconcertante pues no había nada programado para entonces e inmediatamente se abrió la investigación dirigida por el personal de seguridad y supervisado por el de Relaciones Públicas. Se celebraba nada menos que una misa de quince años y los asistentes no podían ser ni pacientes ni empleados del hospital. De hecho, la mayoría de los muchachos en el rito eran darquetos, vestían y llevaban maquillaje negro, piercings, tatuajes y extravagantes tocados coronaban sus testas. Imposible pasar desapercibidos en esas fachas y lo curioso es que ningún elemento del personal de seguridad apostado en los accesos reconocía haberlos visto entrar y eran más de 20 los rufianes estrafalarios involucrados en la misa de quince años. La Directora General estaba hecha una furia y con justa razón. Ya se esperaba que rodaran algunas cabezas. Yo, ocupado con el cierre de mes ni en cuenta había caído en relación a este incidente. “¿Por dónde entraron y cómo fue que convocaron al sacerdote y todo?”, me metí de lleno a la tertulia. Voltearon varias con familiaridad y una dijo “Ay Contador, como todo mundo cuenta su versión suponemos muchas cosas. Y luego están los que recomponen lo que les han contado y se complica la telenovela y nadie tiene la misma versión. Ya hasta invitaron al padre a platicar para escuchar su declaración y ya ve que no faltan quienes lo culpan a él de todo el argüende y hasta quieren vetarlo de oficiar la misa de los domingos”.
“¿Saben qué es lo más extraño de todo?”, comentó desde su escritorio una chica fornida y alta, vestida en blusa blanca con saco y pantalón negro, con una voz muy dulce que no correspondía con su apariencia recia y su puesto en el equipo de seguridad privada, “que ya que se había detectado a los intrusos en la capilla y mientras la superioridad discernía el procedimiento a seguir, estuvimos muy atentos a las órdenes resguardando las salidas. Incluso teníamos elementos de seguridad apostados en ambos extremos del pasillo donde está la capilla, en el primer piso entre la Torre A y la Torre B. Y la única persona que salió de ahí... fue el Padre Ramiro.” Todos la volteamos a ver sentada en su escritorio, franqueando la puerta de acceso del personal. Supongo que esperábamos que dijera que no nos lo creyéramos, que estaba bromeando, pero se nos quedó viendo con su cara inexpresiva, segura de lo que decía. “Yo misma interrogué al Padre y él me comentó que terminada la ceremonia se metió al remedo de sacristía que hay en la capilla a cambiarse y que él no vio ni escuchó nada. Salió con su ropa de calle al pasillo y ahí lo encontramos y se le cuestionó sobre su pintoresca feligresía. ¡No hay ninguna otra salida! Y como en la capilla no hay cámaras de vigilancia...” Y así nomás se volteó a su cuaderno, se santiguó disimuladamente y siguió haciendo lo que estaba haciendo, que era su trabajo.
No acostumbro a convivir así con los empleados, así que sin decir otra cosa, me alejé de ahí absteniéndome de abrir la bocota y echarle más combustible al fuego. De alguna manera esta situación me daba un pretexto para solicitar los registros del personal para tratar de identificar a mi cómplice en alguna foto. Podían pensar, aunque no lo externara, que estaba trabajando en la investigación de los 15 años en la capilla o algo relacionado.
Ese día por la tarde, después de comer, abordé el elevador hasta el último piso para salir a la azotea a fumar, como descubrí que hacían algunos empleados ilícitamente desde hace ya mucho tiempo. Al verme, algunos se dieron a la fuga y solamente se quedaron los más allegados, los de mayor antigüedad, los de “confianza”. Como suele ocurrir, se quedaron callados esperando a que yo dirigiera la conversación. “Muchachos”, murmuré al grupo. “Hola Contador”, comentaron entre dientes al no escuchar más saludo de mi parte, haciéndome sentir como un intruso indeseable. “No señores, sigan platicando, no dejen que mi presencia los perturbe, sigan, sigan”, les dije, mientras encendía un tabiro mentolado y fijaba mi mirada en el cielo turbio de la gran capital que recortaba la imponente silueta de World Trade Center. “Fíjese Contador que estábamos hablando de los aparecidos que habitan el hospital”, me comentó Manuel. Que oportuno, se me ocurrió pensar. Manolo tiene una antigüedad de casi 15 años de servicio en el hospital y lo conoce de cabo a rabo. Cada rincón, cada mueble, cada aparato, de nombre y apodo a todo el personal, y se ha enterado de primera mano de los principales acontecimientos que han ocurrido aquí. “El “Pollo” nos estaba contando que la otra noche vio luz en uno de los cuartos del piso de Geriatría que se supone que estaba vacío. Él iba a despedirse de una enfermera con la que está saliendo y...” “No, no, con la que quiere salir pero no le ha dicho nada porque se le arruga el cisirisco”, corrigió Pedro riéndose. “Pinche Pedro, no me interrumpas carajo. Estoy hablando con el contador de otro tema, de otro asunto y ahí vas con tu cucharota a regar el tepache con tal de burlarte del “Pollo”, ¡la madre, contigo!” “Sí hombre ya, perdóname la vida, me ofusqué, pero es que no lo estabas contando bien pinche Manuel”. “Óooorale, fáltame al respeto frente al patrón, que es lo único que te falta para que te corra, pinche bodoque”.
“Manuel”, me metí a interrumpir esa mala imitación de un episodio de los 3 chiflados con la que suelen lucirse los subalternos cuando hay visitas y agarran confianza, “disculpe que lo interrumpa. Mejor le seguimos con la plática o vamos a estar aquí toda la tarde y yo mismo tendría que despedirlos a todos por güevones. A ver y luego, ¿qué pasó?”. Me mostraba seguro y en dominio de la situación y sin embrago ese comentario me movió el tapete. No medí el riesgo al hacer lo que hice con la enfermera y demasiada gente que me conoce ronda por todos los pisos. Con uno que me hubiera visto y corriera el chisme sería suficiente para arruinar mi carrera, o si apareciera la enfermera y tergiversara todo o peor, nomás que contara la verdad... y me despido del hospital en medio de un escándalo. “Perdone usted contador”, Manuel interrumpió mis pensamientos, “pues resulta que al “Pollo” le pareció ver que había luz dentro del cuarto y le llamó la atención que en sistema no teníamos registrado a ningún paciente. Tampoco había nombre en el identificador de la puerta, lo cual coincide con el sistema de control, pero se acercó y pudo escuchar claramente que adentro se desarrollaba una conversación entre varias personas, específicamente dijo que se trataba de una pareja platicando con una enfermera. Fue entonces que tocó a la puerta y abrió para investigar qué pasaba. La luz estaba apagada y el cuarto estaba vacío. Se quedó de una pieza, cavilando sobre todo el asunto, cuando se acercó una enfermera de piso para saludarlo y en eso, exactamente entre los dos se coló una ráfaga de aire frío que salió de la habitación y se escuchó una carcajada. Nada grotesco o aterrador, era una risa casi simpática de mujer, pero esa inexplicable risa les paró los pelos de punta.” “Ah chingá, yo pensé que “El Pollo” se peinaba así a propósito, jajajajajaja”, interrumpió Pedro otra vez. “¿Reportaron algo de manera oficial Manuel?”, le pregunté ingenuamente. “Pues claro que no Contador, ¿con quién, con vigilancia o con la Directora General?”, argumentó con toda razón. “Okei, okei, entiendo, pero si estas cosas pasan con regularidad, debería haber alguna forma de llevar una bitácora, un registro, no sé ¿qué se te ocurre Manuel?, ¿No es la primera vez, verdad?”, le pregunté. “Uy, no Contador, pero si nos ponemos a apuntar todas las historias que yo he escuchado, no acabamos. No ve que aquí se muere un chorro de gente y luego cada quien cuenta lo que dice que le pasó, como Dios les da a entender y no falta quien se ponga a inventar cuentos para llamar la atención. Yo por eso nada más considero aquellas situaciones en que dos ó más empleados coinciden en constatar una experiencia, a menos que me cuente su versión una persona que sea de mucha confianza y la conozca yo muy bien, para suponer que no me está cotorreando.” “Bueno, señores” interrumpí “ya fue mucho humo, les propongo que nos vayamos a trabajar, que es para lo que nos pagan”. “Manuel, necesito hablar contigo al rato, por favor repórtate a mi despacho”, le dije mientras volvíamos al interior del edificio, donde una vez más me bajé por las escaleras para estirar las piernas un rato.
Horas después llegó Manuel a mi oficina. “¿Para qué le soy bueno patrón?”, se reportó. Por el conmutador llamé a mi secretaria, “¿Roxana, le encargo dos cafés, plis?”. “Siéntate Manuel”. Le pregunté si conocía los pormenores del asunto de la acusación de acoso sexual del director que fue dado de baja hacía como un año. Se me quedó viendo con el ceño fruncido y cerró la puerta. “¿Qué quiere que le diga Contador?, al Dr. le puso un cuatro una enfermera mañosa que lo quería extorsionar, él no se dejó y aquella se la aplicó. Pero usted me está mezclando los fantasmas con el acoso”, me dijo divertido y pensativo. “Manuel, la otra noche conocí a una enfermera en las escaleras, bajando del cuarto piso de la Torre B y... estuvimos platicando, pero de pronto desapareció y nadie parece conocerla. Eso me tiene desconcertado”. Manuel comenzó a esbozar una sonrisa socarrona y jugando me dijo, “a ver, primero ¿dígame que hizo con la enfermera jefe?, estamos entre cuates, ¿que no?”. “Preocupado por una situación de acoso y luego resulta que no encuentra a la enfermera con la que se puso a platicar de madrugada en las escaleras... a ver, no se me haga guaje y platíqueme que hicieron.”, empezó a vacilarme.
Su sonrisa iba en aumento cuando irrumpió en la oficina Roxana con las dos humeantes tasas. Yo me había empezado a incomodar pero no por sus cuestionamientos, sino por haberme transparentado a la primera, pero después de cavilar un rato me imaginé que eso solamente podía deberse a que Manuel sabía algo que no me había mencionado. Roxana al ver la sonrisa divertida de Manuel se quedó haciendo tiempo para ver si la incorporábamos a la plática, pero con un “gracias” le rompí las intenciones y Manuel cerró la puerta detrás de ella, sonriéndole con burla.
Entendió al instante mi incomodidad y desconcierto, era algo bastante íntimo y no me sentía como para entrar en detalle. Sin embargo se le notaba que no podía ocultar ese gusto de haber descifrado algo que empezaba a tomar forma en una historia pícara que me esmeraba en ocultar. Después de un abismal silencio que me hizo sentir arrinconado y ansioso, de golpe y porrazo se arrancó, “muy blanca de cabello negro, lacio, no muy alta pero tampoco bajita, ojos negros, grandotes, preciosos. Cuerpazo como mandado a hacer al gusto y el uniforme más impecable que haya visto, blanco lisito, como modelo de catálogo, sin una arruga y hasta parece que lo trae pintado de lo bien que le queda”. Al escucharlo sentí como se estrellaba mi quijada con la superficie de mi escritorio, conforme Manuel seguía describiendo a la chica de mis desvelos. “Ahora, según mis cálculos Contador, pertenece al selecto grupo de los amantes de “La Planchada””. “Se trata de una leyenda que asegura que una enfermera que falleció en este hospital hace ya muchos años, de vez en cuando ronda por los pasillos con su uniforme impecable”. Sentí como una gota de sudor agarraba camino de bajadita surcando mi cráneo, producto de un nuevo episodio de ansiedad. “Más de un paciente, una vez que se recupera de estar al borde de la muerte, ha enviado un agradecimiento escrito o ha comentado verbalmente como esa enfermera lo atendió por noches enteras con gran esmero y cariño”. “Lo curioso surge a la hora de describir a la enfermera, y resulta que esa descripción no coincide con las enfermeras de guardia en esa estación. Lo puede verificar con las chicas de Relaciones Públicas que revisan las encuestas de calidad en el servicio y las cartas de agradecimiento. Ellas lo atribuyen a la fiebre, a un error de percepción de los pacientes”. “¿Algún nombre Manuel?”, le pregunté un tanto consternado pero tratando de averiguar más al respecto. “Yolanda, Contador, la enfermera se hace llamar Yolanda, y según dice la leyenda ha tenido aventuras amorosas con algunas personas en el hospital, entre personal y pacientes, pero ya ve que no falta quien inventa este tipo de situaciones para llamar la atención y hacerse el interesante”. Un poco molesto por sus insinuaciones le pregunté, “¿algo más Manuel?”. “Pus ora que lo menciona, una señora grande que trabajaba en intendencia hace ya muchos años, cuando yo era nuevo en el hospital, me comentó que “La Planchada” escogía para sus amantes a personas que estaban a punto de colgar los tenis, usted entiende, a punto de entregar el equipo” y se me quedó viendo muy serio, “personas ya en la última rayita, y ninguno de ellos sospechaba nada y parecía que gozaban de buena salud. De hecho me contó Doña Elvira que algunos elegidos pensaban que la parca los escogía al azar para llevárselos y había la versión de que “La Planchada” era en realidad “la Catrina” de Posadas, la mismísima muerte que sabía que les había llegado la hora y los preparaba para el trance, pero son puras habladas, comentarios de viejitas persignadas que creen en todo tipo de leyendas”. “Eso es lo que yo sé sobre el tema, lo que me han contado.” “Alguna vez me imaginé que eso de que los preparaba para morir se lo había añadido Doña Elvira, para que los muchachos del personal no anduvieran inventándose amoríos con la Yolanda, levantándole falsos a una ánima en pena como Doña Elvira suponía de “La Planchada””.
Cambiando el gesto y cruzando la pierna con la tasa en la mano, me preguntó, “y usted qué cuenta contador”. A lo que yo le contesté, “pues muchos cuentos y muchas cuentas, que para eso soy contador” y sin soltar prenda cambié de conversación.
Ese día me fui temprano a casa tratando ahora de evitar un encuentro con la Yola. Tomé más precauciones que de costumbre mientras manejaba a casa pero no podía evitar que mi mente divagara hacia la posibilidad de perder la vida en cualquier momento. Eso podía pasar con o sin mi enfermera favorita. Me paré en un barecito, me apropié de un sofá y le hablé a mi madre, a mi hermana, a mi compadre. Pasé lista de mis afectos nomás por si las moscas. Llegué a casa y abrí una costosa botella de whisky que tenía guardada sin estrenar desde hacía más de 6 meses. Aproveché para hacer un recuento de mi vida y sentí que ésta se había convertido en algo monótono y cómodo, pero definitivamente muy aburrido.
Al día siguiente programé mis próximas vacaciones y comencé a poner en orden mis asuntos. De alguna manera me afectó la plática con Manuel y eso me hizo ver que no estaba disfrutando lo que hacía. Si me quedaban 2 días de vida o 20 años, había que vivirlos intensamente y con mucho gusto, pero en esa resolución tenía que admitir que había un poco de miedo y resignación.
Algunas semanas después, en las mismas escaleras varios pisos abajo llamó mi atención la voz y el taconeo de una chica, que de alguna manera me sacó de mis pensamientos. Me asomé al laberinto descendente para ubicar qué tan lejos estaba. Empecé a acelerar mis pasos por los escalones y pronto los estaba brincando de dos en dos y de tres en tres, obedeciendo a la ansiedad que aquella voz me había provocado. Ya podía sentirla a un piso debajo de mí y en el acelere, con una pequeña distracción perdí el paso y salí despedido por la inercia, para estrellarme contra la pared y comenzar a rodar escalones abajo. Seguramente perdí el conocimiento con el impacto y los golpes. Cuando abrí los ojos, adolorido y desubicado, me descubrí con la cabeza en su regazo mientras limpiaba la sangre de mi cara con su pañuelo. “Hola doctor, gusto de volverlo a ver”, me dijo con una mirada pícara que escondía una sonrisa. “Ya pasó, no se preocupe, ya no le va a doler nada, se lo aseguro.” Era ella, pero con un atuendo distinto.
Cuando recobré el sentido estaba en la sala de urgencias, vendado y adolorido, y seguramente esperando el efecto de los sedantes. Descubrí a Manuel al pie de la cama con cara de preocupado. “Uts, la libró de milagro patrón, poquito más y se rompe el cuello. No se mató o se quedó paralítico de pura suerte.” “Si no ha estado una Neuróloga justo al pie de la escalera donde aterrizó se nos muere.” “Entonces es una Neuróloga, ¿la conoces?”, le pregunté tratando de coordinar los movimientos de mi lengua que parecía tener voluntad propia y un extraño sabor. Manuel esbozó una sonrisa de complicidad entendiendo a qué me refería y contestó, “Jamás la había visto.” Esas, compañeros y amigos míos fueron las últimas palabras de mi patrón. Que Dios guarde su alma.
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