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Santiago no es Chile Imprimir E-Mail
por Emilia Rojas   
03 / 2008

Tuve que caminar casi tres cuadras para llegar a las boleterías del Terminal Norte. Para mi gusto, demasiado. Entiendo que lo estén arreglando, pero era demasiado. Dicen que será el terminal más moderno de Latinoamérica. Dicen. Hay que tener paciencia.

Los pasajes costaban el doble de lo que yo pensaba. ¡Mierda! Me pegué un suspiro y pensé que no salir tan “resguardada” este año no me haría mal. Un poquito de aventura le viene bien a cualquiera que ya tiene rutina.

Y esa misma tarde partí. A las 9 de la noche salía el bus. Me esperaban 11 horas de viaje en dirección al norte de Chile. Copiapó específicamente era mi destino, una pequeña ciudad sin mucho atractivo principal, una plaza bella, 150 mil habitantes y cerros desérticos por todas partes. La verdad es que no fui por turista, fui por asuntos emocionales. Era cierto, necesitaba salir de Santiago, cambiar de aire, mal que mal, las vacaciones son para eso. Pero también quería visitar a una de mis amigas que hace un año vive ahí. Necesitaba un poco de compañía femenina, largas conversaciones en torno a los hombres, a las mujeres, al trabajo y a la familia. Me hacía falta.

Así que partí y después de varias horas llegué. Un terminal pequeño, todo cerca. Puedes ir caminando donde quieras, menos a la playa, que está a una hora y algo de la ciudad.

Como cualquier visita esperada, fui recibida con mucho cariño y acomodada rápidamente en el departamento. Me esperaba una tarde solitaria, para lo cual debía inventar algún panorama propicio para pasar mejor el tiempo. Caminé. Fui a la plaza, recorrí calles y miré. Miré mucho. A mi también me miraron. Imagino que la gente siempre sabe cuando uno no es de ahí. Al menos es lo que dicen. Yo nunca se muchas cosas de ese tipo.

Era viernes, y mi anfitriona llegaría a casa después de las siete de la tarde. El plan era salir a bailar, a tomar algo, conocer la noche de Copiapó.

Después  de una larga conversación nos alistamos como buenas jóvenes  (lo que se traduce en pensar qué ponernos, cómo maquillarnos, etc. Tal vez exagero, pero eso les dará una mejor idea) y salimos a un bar. Buen lugar. Bello, con mucho estilo y buena música. Me sorprendí. Hice un comentario al respecto, dije: “Me parece extraño que no haya un bar como este en Santiago”, a lo cual, otra chica que nos acompañaba respondió: “Santiago no es Chile”.

Cierto. Ella tenía toda la razón. Santiago no es Chile. Y con esa misma actitud abrí mi mente a pasar una noche rica, entretenida y con las sorpresas de los lugares que no son Chile.

Entonces se me ocurre comprar cigarrillos y salgo del lugar. Voy a una botillería cercana y no hay. Camino un poco más allá, a otro negocio y tampoco hay. Ningún otro local cerca… En Santiago encontraría cigarrillos a tres pasos del lugar, y no sólo una tienda, sino cuatro… Pero Santiago no es Chile, volví a pensar.

Bebimos unos tragos y disfrutamos de la música. La conversación no se hizo tan amena como yo pensaba. Nuestra acompañante estaba un poco muda, de sorprendida, con las historias que yo contaba. Mi amiga me dijo después que la gente de Copiapó es muy “conservadora”, por eso seguramente se incomodó. Pero Santiago no es Chile.

Dimos terminada la parte del beber y nos dispusimos a bailar. Muy cerca de ahí había una discoteca, una de las mejores, una costosa. Llegamos y pagamos a regañadientes. La verdad es que sí era bastante costosa, y ni siquiera te regalaban un traguito, pensé para mí.

Entramos. Era una discoteca pequeña, muy playera, con mucha madera. Lo primero en lo que me fijé es en la gente. Que Dios me perdone, pero eran todos feos. Yo estaba impresionada con la cantidad de hombres que sostenían un trago parados a la orilla de la pista sin bailar, con esa mirada de acecho. Me fijé minuciosamente en detalles como sus peinados, ropa y modos. En general, por supuesto siempre hay excepciones, estaban todos usando camisas metidas dentro de los jeans, con pelo corto y peinado y las chequeras salientes de su bolsillo trasero. Las mujeres en su mayoría mayores, rubias, tostadas, con pésima figura.

Me sorprende mi superficialidad, pero en verdad, yo que jamás voy a las discotecas, sólo puedo disfrutar de la liviandad. Que más, en un lugar en el que no se puede hablar y estás supeditado a la música de un hombre que no tiene ningún criterio para mezclar las canciones, y donde tu única opción es bailar u observar. Esta vez la música era tan terrible que me limité a observar.

Y ahí estaba yo, con mi chaqueta en la mano, apoyada en una baranda de madera que rodeaba toda la pista, sin beber nada, mirando con asombro todos estos rostros desconocidos y muy familiares al mismo tiempo. El joven lleno de alcohol y expectativas buscando una pareja por más que la noche. La chica con demasiado maquillaje para ser verano sosteniendo el trago que no ha terminado en  tres horas, porque si bebe más rápido se marea y después no responde... y como los hombres siempre quieren “eso”.

Y mientras observaba y pensaba que estaba cansada y que por lo menos en Santiago habría más variedad de cristianos (así le llaman aquí las abuelas a los seres humanos), me seguía repitiendo la frase que toda la noche tuve rebotando en mi cerebro: “Santiago no es Chile”.

Entonces,  mientras por fin íbamos de vuelta a casa, le pregunté a mi amiga, ya a solas: “¿Que es lo que más extrañas de Santiago?”  “La diversidad de actividades”, me dice. Yo no podía dejar de pensar en la imagen de la discoteca y en la  acertada respuesta de mi amiga.

Está claro que Santiago no es Chile, tenemos 12 regiones más que varían inimaginablemente entre sus costumbres y sus paisajes, de Norte a Sur tenemos desierto y cascada, lagartos y cóndores, pero no podemos negar que la variedad más grande y más  junta está en el centro, en el Santiago que no es Chile, pero que sin duda todos tomamos como referente.

 

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