| El Pacto |
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| por Diego Fernández | |||||||
| 03 / 2008 | |||||||
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“Tal parece que todo está listo”, pensó Mateo mientras miraba detenidamente la estrella de cinco puntas y el círculo cuidadosamente trazado en el suelo de la habitación. Sin aquel extraño polvo oscuro jamás hubiera podido acercarse tanto, aunque ahora, a punto de cumplir su cometido sentía un nerviosismo que le erizaba los pelillos detrás de la nuca. A pesar de haberlo planeado durante tanto tiempo y buscar sin ahorrar esfuerzos los elementos necesarios para llevar a cabo el bizarro ritual, ahora no se sentía tan seguro de lo correcto de su solución y de que efectivamente, constituiría por lo menos un paliativo para su atormentado interior. Sin pensarlo más, Mateo sacó el papel que previamente había preparado según las instrucciones y tras arrodillarse afuera del círculo, evitando siquiera tocarlo, recitó lentamente cada una de aquellas palabras:
“Señor de la oscuridad, príncipe inmortal de las tinieblas, salve oh rey del averno. Aquí está tu fiel súbdito, alguien que reconoce tu poder, y que tu supuesta maldad es bondad y preocupación por el descarriado hijo de tu verdaderamente malvado adversario, cuyo nombre no debería ser pronunciado. Oh señor, Tú reinarás eternamente”.
“Solo aquí ante ti y humildemente te solicito un único favor: Permíteme tener control sobre uno de tus servidores, cualquiera de ellos. Aunque sea el más ínfimo de tus vasallos sobrenaturales podrá prestarme grandes servicios. Muéstrame su nombre y permíteme llamarle, para que venga en mi socorro desde la sima de la oscuridad”.
Tras terminar las extrañas estrofas, Mateo cerró los ojos y cruzó los brazos alrededor del pecho de forma que sus manos permanecían abiertas sobre sus hombros. Permaneció así inmóvil durante unos cuantos momentos, hasta que sin llegar a abrir los ojos gritó: “Vamos grande y todopoderoso señor, deja que tu servidor salga de la oscuridad y me sirva, AHORA”. Este último grito desencadenó un cambio que por poco hace que Mateo salga corriendo.
El círculo y la estrella relucían con un fulgor tan extraño como hermoso y aterrador; era como si aquel polvo poseyera propiedades fluorescentes de las que nadie se había tomado el trabajo de hablarle. Brilló por breve un momento y luego ante los estupefactos ojos de Mateo, aquel círculo se transformó rápidamente en humo, un humo muy negro, que pronto cubrió toda el área del círculo, hasta llegar al techo. Casi pasmado de terror, Mateo salió de su inmovilidad y dirigió sus ojos al centro de aquella columna de humo. Por un segundo creyó ver algo similar a una silueta que se movía dentro del círculo como si intentara salir de todo ese humo y finalmente mostrar su rostro abyecto. Mateo, a pesar del miedo que lo invadía, abrió aun más los ojos y mientras intentaba ver algo mas que formas borrosas, una luz brilló de pronto, una luz tan intensa que Mateo terminó ciego por unos segundos. Mateo se frotó los ojos un momento y al abrirlos se encontraba en su habitación, la cual parecía estar tan común y corriente como siempre había estado. Lentamente se levantó y recorrió con sus ojos toda la habitación. En el centro de donde hace un par de minutos se encontraba el ahora inexistente círculo, solo había un amarillento pedazo de papel. Se acercó, lo tomó y lo examinó por todos lados. Era solo un papel de apariencia antigua, sin otra característica que la palabra que tenía escrita: Merkwel. Mateo sabía muy bien lo que debería significar esa palabra y detuvo un instante su respiración.
Despertó después de una noche de extraños y confusos sueños, esperando secretamente que los sucesos de la noche anterior fueran simplemente otro de esos sueños. No lo eran. Allí, exactamente donde lo dejó, estaba el papel. Mateo no quería siquiera tocarlo, pero tampoco podía permitirse dejarlo ahí tirado, porque temía las consecuencias de su negligencia. Tomó el papel y lo metió casi con asco en el cajón de la mesa de noche. Se preparó el desayuno y leyó el periódico.
Entre las mismas noticias de siempre, encontró una pequeña nota y en ella algo que le interesó y lo distrajo del asunto de la noche anterior. Según el diario, un joven había muerto de una manera muy extraña: Su corazón explotó, literalmente. De acuerdo al corto informe del periódico, ninguno de los profesionales que examinaron el cadáver de aquel muchacho halló una explicación que pudiese darle sentido a un suceso así; era como si hubiesen puesto un pequeño petardo en el centro del músculo cardiaco, haciéndolo volar en pedazos y destrozando por completo el pecho de la víctima. Mateo leía y se acercaba al final, cuando su entretención se transformó en horror. Todo lo que leyó fue el nombre de la victima: Juan Carlos Martínez. ¿Pero como? Se preguntaba Mateo, incapaz de levantarse de su silla. –Nunca di la orden-, se decía mientras respiraba agitadamente -Nunca lo pedí, debe ser una coincidencia, eso es todo.
Arrojó el periódico al suelo mientras inútilmente trataba de convencerse de que aquella muerte no tenía absolutamente nada que ver con él, ni con los eventos que había presenciado. “Quizá deba usar el papel”, pensaba Mateo, pero ahora que sopesaba las posibles consecuencias, temía aún más hacerlo. “No, todavía no” pensó Mateo, esto es una coincidencia, tiene que serlo.
Llamó a la oficina y se reportó enfermo, necesitaba una excusa para salir a buscar respuestas y un poco de tranquilidad. Pasó casi todo el día caminando por el sector oriental buscando al viejo que le suministró el polvo fluorescente y le dio las indicaciones necesarias para realizar aquel milagro oscuro. La búsqueda fue en vano. Incluso se acercó a varias personas para preguntarles por el posible paradero del viejo, pero ni siquiera sabía su nombre y solo podía describirlo físicamente, lo cual ciertamente no ayudaba mucho a su causa. Nadie pudo darle razón del viejo, aunque Mateo hacía todo tipo de esfuerzos para describir efectivamente las maneras y el decrépito rostro de aquel viejo.
Volvió a casa a eso de las 8:00 de la noche y decidió olvidarse del asunto, por lo menos hasta la mañana siguiente. Era mejor acostarse de una vez, pues su día de descanso le costaría varios atrasos en su trabajo y debía levantarse temprano, si es que quería adelantar algo. Tomó un café negro y partió hacia la oficina buscando un poco de paz, en forma de una montaña de trabajo. Largo rato permaneció en su oficina, tratando de concentrarse en un informe que debía entregar al día siguiente. Casi había logrado tomarle el hilo al trabajo diario, cuando escuchó una tos desgarrada que lo distrajo inmediatamente. Miró por la ventana curiosamente y le dio la impresión de que aquella tos venía de la oficina de Castillo, uno de sus compañeros de trabajo. Pronto se percató de que todas las personas alrededor de la escena miraban la puerta de la oficina de Castillo, quien ahora salía de esta tosiendo desesperadamente. “Solo es Castillo”, pensó Mateo con cierto desprecio “debe estar enfermo el hijueputa ese”. Cerró la persiana y estaba a punto de sentarseotra vez frente al computador, cuando llevado por un caprichoso impulso, echó un último vistazo por la ventana. La escena que contempló lo dejó sin habla y nunca habría de olvidarla. El pobre Castillo se tomaba el cuello con ambas manos y aunque parecía que quería seguir tosiendo, ya no lo hacía; parecía atragantarse con algo. Mateo abandonó la oficina como un conejo asustado que sale muy lentamente de su madriguera y se acercó a las personas que se situaban alrededor de Castillo tratando de socorrerlo sin saber como. No alcanzó a llegar con Castillo antes de que éste se desplomara con los ojos lívidos y con un charquito de sangre alrededor de su boca inerte.
Mateo huyó de la oficina precipitadamente mientras todos lo miraban con un inocultable asombro. La muerte había sido horrible, de eso no cabía ninguna duda; aún así nadie se explicaba por qué precisamente Mateo, quien llevaba una relación tirante con Castillo, fue el más acongojado por el hecho, al punto de salir corriendo sin decir nada. Nuevamente recorrió el sector oriental de arriba abajo y no halló al viejo ni nada que le indicase cuál era su paradero. Volvió a casa asustado, pero con una suerte de resignación extraña. Había decidido usar el papel, porque el riesgo de otra muerte le parecía intolerable y temía que de no intentar hacer algo, perdería la razón. Sonó el teléfono y Mateo habló muy brevemente con un compañero de trabajo acerca de la muerte de Castillo. Esperanzado, Mateo anhelaba una explicación natural y completamente normal de aquella siniestra muerte, pero lo que escuchó a través de la línea era más que aterrador. Nadie sabía la causa real de la muerte, lo único que pudo decirle su compañero es que parecía como si una enorme espina hubiese atravesado su cuerpo desde la boca hasta los intestinos, dejando un enorme y sangriento sendero al interior del cuerpo. “y lo mas extraño es que no encontraron qué pudo causar algo así. Ningún objeto que pudiera hacer semejante daño fue encontrado dentro del cadáver de Castillo”, le repetía asombrado su compañero de trabajo.
Después de escuchar esto, Mateo estaba totalmente decidido a tomar los riesgos necesarios. Se dirigió a la mesa de noche y sacó el papel que fue dejado en el centro del círculo. Lo sostuvo en alto con su mano izquierda y gritó con todas sus fuerzas: ¡MERKWEL! No pasó nada. Estaba a punto de gritar por segunda vez, cuando de repente sintió en la mano izquierda un dolor tan agudo, que tuvo que hacer uso de todo su aguante para no dar un alarido. Evitó bajar la mano a pesar del dolor y elevó los ojos mirando su mano izquierda. El papel ahora estaba en llamas y al verlo Mateo se asustó y lo soltó. Mientras miraba el papel quemarse en el suelo, súbitamente vio en una de las esquinas de la habitación una forma negra que se hacía cada vez más grande y parecía una columna de humo negro que lentamente tomaba alguna forma desconocida, una forma que nadie podría describir, pensó Mateo, mientras observaba sin poder apartar los ojos de aquella monstruosidad. Finalmente escuchó una voz muy grave y potente: -Hasta ahora he cumplido mi señor, y terminaré-. Horrorizado por tal afirmación, Mateo gritó con toda la fuerza de sus pulmones: ¡No, nunca, no lo termines, me arrepiento! -Tus oscuros dos deseos finales serán complacidos, aunque todos sean uno solo-, habló de nuevo la sombra, y acercándose a Mateo desapareció sin dejar rastro…
Mateo buscó al anciano una vez más y tras dar muchas vueltas, al fin lo halló. Rápidamente lo abordó y empezó a hablarle de manera rápida y atropellada, mezclando aleatoriamente los hechos iniciales y finales. Le contó como el ente había actuado por su cuenta, las muertes horribles que pudo haber causado y lo que sucedió al usar el papel que había aparecido de la nada en la habitación. –Lo peor es que la voz dijo cuatro deseos, yo solo pensé en tres, solo en tres, y no así, no era lo que quería.
El viejo se quedó parado sonriendo frente a él, mientras Mateo esperaba alguna respuesta o por lo menos una señal que confirmara que el viejo ponía atención. El anciano lo miró a los ojos por un segundo con una expresión indescifrable en el rostro y dio media vuelta mientras seguía sonriendo. Mateo extrañamente, ni siquiera intentó detenerlo; de repente, buscar al anciano o conseguir respuestas que lo sacaran de aquella horrible situación le parecía una perdida de tiempo, de alguna manera sentía que tal vez lo sucedido no era tan terrible. Ahora sabía todo lo que le era necesario y lo que necesitaría de ahora en adelante.
Caminó sin rumbo aparente por la playa y llegó a la puerta del viejo bar al que tantas veces había entrado. Entró, pidió una cerveza y se reclinó en la silla, cerrando los ojos por un pequeño instante; no le sorprendió demasiado ver a Augusto Bonilla, un viejo conocido, parado en una esquina del bar, hablando con una de las tantas mujeres que solían acompañarlo y que generalmente mientras mas tiempo pasaban con él, más lastimadas resultaban al final. No le molestó encontrárselo como siempre le pasaba; era como si de algún modo supiese que Bonilla estaría ahí y esto era justamente lo que Mateo esperaba. Bebió y no pudo evitar sonreír, aunque no entendía bien porqué, puesto que lo que menos le había causado Bonilla a Mateo era felicidad o bienestar de algún tipo. Pero ahora finalmente podía sonreír, porque se sentía realmente, bien aunque no entendiera muy bien la razón de su sonrisa y de aquella extraña satisfacción. Terminó su cerveza y vio a Bonilla salir completamente solo del establecimiento. Instintivamente lo siguió mientras seguía sonriendo frenéticamente. Al acercarse al solitario muelle, Mateo palpa algo que puso en su bolsillo y cierra los ojos al hacerlo, lo saca del bolsillo y observa brillar la hoja del puñal bajo la tenue luz de la luna menguante, mientras piensa que nunca se había sentido mejor.
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