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por Guillermo Goussen   
10 / 2003
Guillermo Goussen. Nació en León, Nicaragua, 1954. Estudió medicina y letras hispanoamericanas. Vivió 30 años en México y publicó en las revistas Letrario, Tolerancia, Decenio, Ritmo, Nuestra voz. Es autor del libro de cuentos "Los cuentos del miércoles" y la novela "Hombres de letras". Actualmente reside en España.

"De todo lo que usted pueda ver, esto es lo más real. Es tan veraz que ya nadie lo cree; sin embargo, está asentado en las Sagradas Escrituras como un evento más de la prodigiosa manifestación del Señor. El tiempo y la desmemoria siempre se han encargado de crear falsos ídolos entre los hombres. Por eso la conservamos para dar ejemplo de la Suprema Ira.
No se deje deslumbrar por los aparentes milagros de la ciencia, que los merolicos y pícaros vendedores de maravillas terrenales le presentan como verdaderos. Pase, no se arrepentirá de lo que ha de contemplar. Entre usted, la tenemos en el lugar más seco de la casa. Lejos del bullicio de la feria. Sabe, ésta es una plaga que no hemos podido evitar, nos ha perseguido desde la destrucción, cuando con la ayuda de Él pudimos huir de la muerte y nos refugiamos entre dos ríos. Cargamos con nuestra desgracia sin saber que el Divino Hacedor nos había deparado otras mayores, porque estoy seguro de que nos escogió para sufrir los errores que la humanidad acumule a través de los siglos.
Le decía que la feria ha sido un malestar para nosotros, aunque quizá lo provocamos. Pero no siempre fue así: al comienzo apareció el encantador de serpientes, quien aún venía con los rayos de un sol más nuevo que el de estas tierras. Puso su tienda y empezó a tocar una flauta triste y monótona, que no sólo atraía a las cobras sino a toda suerte de mentirosos. Después llegaron los caballos alados, los minotauros, los vellocinos de oro y hasta un príncipe con cuatrocientos elefantes. Recuerdo muy bien a un tal Oviedo, que decía traer la sirena original, cuyo canto no embelesaba ni al más mísero de los mortales, y a un guerrero que, como Moisés y todos mis parientes, haría que un hombre nuevo dominara la tierra.
Sin embargo, hubo otros que verdaderamente me impresionaron, como un señor que se llamaba Jorge, quien en cierta casa construyó una escalera con un peldaño roto. Desde ahí se podía ver el universo, en todos los tiempos y en todos los espacios. Me conmocionó volver a vivir mi tragedia. Desde entonces no visito a los vecinos, no importa de dónde vengan ni qué magia traigan.
Aunque debo confesarle que aún me entero de quién llega y se va: mis hijas me tienen al tanto de lo que pasa. Así he podido saber del tipo que se convierte en un insecto y de otro que despierta con su dinosaurio. Hay uno que ha puesto a los humanos en un zoológico con vitrinas, los deja vivir y escribe sus historias. Debe de ser interesante observarlos.
Fuera de ellos, ninguno me crea curiosidad. Es más, pienso que se ha acabado la capacidad de asombro. La tecnología terminó con la magia de las cosas. Ahora vienen mujeres arañas que fueron castigadas por sus padres pero no salen caminando de la tienda en ocho patas, máquinas que lloran y se oxidan, o Hércules que con el sol primaveral se derriten.
No, ya nada es igual. Incluso, hasta Él no parece ser el mismo. Su furia ha disminuido, no es el omnipotente que destruyó los muros de Jericó y separó las aguas del mar después de abrir su caja de Pandora en un pueblo hostil. Se ha vuelto muy viejo, y quizá amanerado, porque se hace retratar como un figurín inocuo. Es posible que hasta traiga maquillaje y use guante y levita.
Todo se volvió farsa, carnaval. La máscara ha sustituido al rostro, la feria es el negocio boyante de la palabra sin fe. Por ello me extrañó que usted viniera hasta acá y preguntara por mi mujer: ya nadie lo hace. La nostalgia desapareció y con ella la idea de la memoria. ¿Usted escribe? Qué bueno, confío en que diga la verdad de lo que voy a mostrarle".

El hombre se quedó viendo mi libreta de apuntes, como quien está ante un juez y espera que su declaración no sea tergiversada. Al no poder descifrar mis glifos personales, volteó hacia la muchacha que con un niño entre los brazos salía de un cuarto sin ventilación y sin luz, moviendo la cortina de rústico algodón como quien deja una estela sobre la superficie del mar. El infante nos miró con esos ojos de cal húmeda, similares a los de la madre y el guía que ya traspasaba el umbral del aposento.

"Pase, por favor. Aquí está la prueba fehaciente del Dios de la Ira: mi tragedia. Porque no crea que al escapar del terror logré la recompensa del justo. No, he llevado sobre mí el mundo y su miseria. Es algo que me predestinó sin saberlo. Mire usted, el nepotismo no siempre hizo feliz a los miembros de una familia. Si mi tío no hubiera pensado en mí, quizá habría muerto sin más alternativa que enfrentar el Juicio Final sin contratiempos, como cualquiera que no ha hecho más mal que vivir.
Pero llegaron esos emisarios y todo cambió. Para empezar no eran hombres comunes. Vaya, tenían un aspecto indefinido, tal vez andrógino, y era lógico que nuestra gente, dada a la pederastía y otros excesos, quisiera abusar de ellos. Además, estaba alterada porque la amenazaron con un castigo divino, y usted sabe cómo funciona eso. No tuve más remedio que ofrecer a mis hijas núbiles a cambio de la integridad de los después sicarios. Esta decisión las afectó, lo veo en sus caras cada vez que me emborracho. Me acechan como cazadoras que esperan a su presa cebada en licor".

Dijo estas últimas palabras como quien espera no ser escuchado, y mucho menos sorprendido con aliento alcohólico. Afuera oscurecía. Los primeros visitantes de la feria se subían a los juegos mécanicos y, algodón de azúcar en mano, entraban a ver a la mujer barbada y al becerro de dos cabezas. El hombre descorrió pausadamente la tela que cubría la estatua y yo me sentí frente al escultor que inauguraba su exposición con la develada de su obra maestra. Pero no había flashes ni reporteros de notas sociales, sólo su apesadumbrada voz, que quería acariciar en cada frase a la mujer inmóvil, de sal, contemplando el cielo del techo.

"Mírela, es mi esposa: la hembra que aún desafía la Ira Divina. La transgresora. ¿Cuál salvacion? ¿Cuál gracia de Dios cabe en su tristeza? Observe que llora con un dolor sempiterno. Por eso tiene dos canales que bajan a ambos lados de su nariz. Recojo cada lágrima, la lleno de arroz y en época de estío la devuelvo como gota de sal. La tengo en este espacio, fuera de la humedad, y procuro conservar su figura porque confío en que mi Señor un día habrá de apiadarse de mí.
Le dije que ya no era el mismo: ha dejado de ser Verbo, se ha vuelto un sujeto al que cualquiera le puede hablar sin nombrarlo ni creer en Él. Ya no hace la guerra sino deja que otros la inicien para ganar un espacio o una idea. No es capaz de consumir una zarza, aunque permite que cierta gente incendie el mundo. Su misantropía ha rayado en la indolencia, en la inercia total: el pájaro ya no vuela, los días tienen todas las estaciones en un minuto, los templos se reconstruyen sin su consentimiento, y se llenan de mercaderes y saltimbanquis que ahora ofrecen vidas confortables, como si fueran eternas. Este Dios ya no es Dios.
Pero tengo fe. Creo en el prístino Demiurgo. Ése que habrá de destruirlo todo y, por única vez, tendrá que recompensar la soberbia de mi mujer. Porque ella ha estado viendo hacia el pasado desde que huimos de la catástrofe, le ha reclamado su justicia omnímoda, su prepotencia. Él deberá reconocer a su interlocutora como válida, como necesaria para volver a asomarse entre los hombres; para que la humanidad ya no la tenga recluida, como está ahora, en el fondo del último cuarto de la última casa de una feria.
Mientras tanto seguiré aquí, viendo pasar la invención humana, mirando a quienes hacen y destruyen castillos de terror y de risa, aparatos que parecen dioses y manejan el destino de los desmemoriados. Aguardaré a cualquier persona que imagine, como usted, que todavía se interesa por nuestra tragedia y, no dudo, sabrá describirla sin sorna ni dolo. Al salir encontrará una escudilla de peltre; ahí puede depositar algunas monedas, lo que sea su voluntad. Como comprenderá, mientras espero el advenimiento del Dios de los Tiempos tengo que comer".

El hombre volvió a cubrir la estatua, puso su mano sobre la vela que iluminaba el cuarto y, después de recoger el dinero que yo había depositado en un plato, tomó una botella de aguardiente y se puso a ver el crepúsculo. El aire se llenó de un polvo amarillento, como miasma lujurioso que lo tapaba todo.

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