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La Sonrisa Vertical Imprimir E-Mail
por Jorge Carmi   
04 / 2008

En los siglos galantes,

así se denominó,

en humor privado,

la grieta del amor de la mujer.

 

Soy adicto a “una cierta sonrisa”.

mt_ignore:Alucinaba en el centro comercial. En el hervidero del piso, mi vista se clavó en la portadora de “Una” sonreí, luego reí estruendoso. La imaginé dueña de mi fantasía en el tráfago de gente sin tiempo para sonrisas; yo sí que lo tenía y para “esas muy verticales”. Inicié el seguimiento de esa verticalidad que era muy especial a juzgar por el vibrátil, altanero y prieto trasero. Para mí, el buen trasero te cuenta de la excelencia del espécimen; de allí nacen piernas fustigadoras como un látigo, emerge la curva de la espalda que dice del seno turgente.

Bajó al subterráneo, se deslizó en su BMW; un tigre, rápido, imprevisto y agresivo. Resplandeció rauda en la calle y se fundió al tráfago citadino. Dificultosamente la seguí en mi coche, el que definiría como un oso. Aparcó en otro mall y se apersonó en un café, pidió un chocolate. En una mesita contigua, pedí otro e indiqué al mozo le llevase mi saludo en galletitas de almendras. Haría sonreír a esa mujer desde lo profundo. Hasta que burbujeara. Le daría un festival de rugidos reidores. Caería ella verticalmente.

Su gesto tenue aceptando mi intromisión, hizo aflorar en mi rostro un pliegue triunfal. Instalado ya en su mesa, actuamos rápidos el aburrido ritual convencional.

Abrí fuego.

-Me gusta tu sonrisa, es vertical, introduje crípticamente. Disfrutando mi secreto.

-Pero si apenas la esbocé y me mirabas por sobre el hombro –coqueteó. No hubo luces de por sí o por no.

Retrocedí tácticamente, pero mantuve fiero mi estrategia.

-Me refiero a tu sonrisa interior, esa recatada e íntima  -aventuré escondiendo y exhibiendo ambiguo mi conocimiento de iniciado. Un coqueto mohín desarmó mi ataque. -Hablemos de mi sonrisa, puntualizó. Aderezas sospechosamente tus frases con ella; imagino significados aviesos, habla ahora o calla para siempre.

No hablé. Oprimí su mano enguantada en negro, la hice levantar y dejé el pago en la mesa. Me siguió en gesto mudo, asintió cuando enfilé hacia su bestia sensual de cuatro ruedas, asumí el volante, me enteré donde vivía en tanto maniobraba las

marchas, que fue como manipular “mi equipo”; inicié en el coche la relación erótica; aspiré el aroma del coche, el de la mujer y saboreé la excitación cuando mi lengua recorrió instintiva mis labios gruesos y ya ávidos por besar “Su reír”.

Cerró con el control la reja de hierro forjado de su residencia, nos adentramos lentos en el rodado de asfalto circundado con pasto y arbustos mimados por jardineros, según aprecié, de alta profesionalidad. Detuve el coche, abrió la puerta de roble americano y se nos presentó el interior de la vivienda, la conocí harto más a ella, al colmarse mis ojos con su privacidad de puertas adentro. La alcé en brazos y su voz ronca me guió por las escalas alfombradas hasta nuestra inminente sala de tortura erótica.

Saltó como una gacela a la cama, se arrebujó coqueta bajo las sabanas de seda y ahí quedó quietita quizás en espera del despliegue de mi sapiencia. El siguiente paso diría de mi pesaje. No descubrí mi juego, prolongué la sensualidad del conocerse lento. Me senté al borde de la cama, seguidamente posicioné mi mano en su cintura escueta, me sumergí en sus ojazos y le dije levemente irónico: Ahora te iniciaré en el significado de mis palabras. Posé mi mirada intencionada en “La sonrisa susodicha” y esperé su pregunta o un atisbo de pregunta. No la hubo.

Relampaguearon en vez, sus ojos. Y gutural me dice: -He disfrutado tu ingenuidad. Arrímate a mi cosa vertical sin apellidos; no es la sonrisa de la Gioconda, es la mía, piérdete en sus vericuetos; encontrarás la verticalidad de mi mando, obedecerás trémulo de placer; te sumergirás alienado en mis aguas buscando alivio a tu inextinguible escozor caliente; gemirás por más; mi gruta no cesará en su revolver suntuoso. Mi ardor será tu afrodisíaco y serás el león tras la gacela, que te guiará al bosque umbrío y te refocilarás como si fuese tu primer saber del escarceo amoroso. Húndete en mi grieta, que ese es su nombre real. No divagues ya.

En silencio y conociendo estar en el umbral de un viaje de no retorno. Inició el hombre el deshoje de la flor. Con mano contenida fue leyendo hoja por hoja ese libro inédito. Sus yemas aprenderían cadenciosas en esa piel satinada, beberían sus labios, sabiduría erótica en los valles y montes. Ese volcán, en llamaradas agostaría su furia ansiosa y recibiría su lava hirviente en retruécano agradecido. No soñó, no imaginó lo que esa mujer selvática esbozaría para arrojarlo a una alucinación de sensaciones, relámpagos y truenos de deleite.

La cortina rumorosa de las pestañas espesas de la hembra libertó a sus prisioneros; esos entrecerrados verdes con miriadas de destellos esmeraldas y misterios que asintieron cálidos y divertidos al silencioso entender.

Ella susurró:

“Hunde tu cuenco y bebe de mis aguas ya torrentosas o calmas, según el batir de tu ansia. Dime de tu fantasía, pide lo que a nadie has pedido, todo y más te será amorosamente concedido con arte sutil. Soy libre del titubeante coqueteo que muere por dar, pero teme el desdén por “pronta entrega”.

Lo subyuga esa carne mórbida que palpitante se entrega al tacto escrutador. Con ternura ella abre a su ansia atormentada, grietas que le susurran confidencias. El secreto de cada rincón le es descifrado y tan variada es y distinta la canción que canta un escondrijo del otro, que no le quedará fantasía sin resolver.

En tal virtualidad, se funden ellos en danza armónica, guiados por la acariciadora vibración que fluye de su piel, que es una seda de sensualidad; le habla de placeres convocados solo para él. La creatividad es su lecho, discurre ella rumorosa entre caricias renovadas en cada giro y en susurros cómplices.

En exaltación amorosa sin mediar entreacto pasan al silencio amoroso. Ahora lúbrica, lo aprehende con labios retractiles de ninfa tímida, pero conocedores innatos, extrae quejas agónicas de su enfebrecida piel.

“Déjame, tu lentifícate, la iniciativa es mía. Déjate sorprender que yo vibraré por ti y por mí y esa intensidad, te la entregaré por gotas y recibirás la miel áspera del salvaje goce”, le dice apasionada y juguetona.

Su lengua lo deleita con lento mover en zona candente. Sus manos lo recorren sin dejar resquicio libre, de tan diferente manera, que revive los escalofríos de una primera vez. Aprehende él, exaltado y en desborde de sensibilidad intensa, atónito y casi pudoroso, su lado femenino. En tanto la impúdica cadera femenina oprime la vencida del hombre y la hace suya en un trepidar que lo remece, desafía su lascivia y lo hace morir en lujuria.

Su hendidura –sin apellido- respirando independiente, escondida entre las soberbias columnas como de mármol labradas por Praxíteles, se adueña de su atormentada masculinidad. Sus senos en lascivo juego pendular, azotan insolentes con ritmo de tambor su pecho y ahora en cadencia suave concluyen su música salvaje en caricia deslizante. Su cabello rumoroso, como hojas de palmeras caribeñas batidas por la tormenta caliente, barre su cuerpo derribando sus ya agotadas defensas. Es entonces que explota su interior en mil y un fuegos incandescentes desbordándose en lava quemante. Busca intuitivo apretar, morder, lamer; siente que debe darlo todo, morir y morir. Dispersarse en fragmentos infinitos, sufriendo mil veces muerte agónica.

Ambos gladiadores caen vencidos en las sábanas, ahora arrugadas y cómplices. Con secretos de intimidad compartidos piel a piel.

Y fue ella la que rió última. Por tres veces. Las mismas que el hombre murió.

Tiradas al tacho las exquisiteces teóricas, aptas quizás para el quieto lector, recluido en un claustro privado y un tanto egoísta.

 

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