| Seamos gringos… ¡Y que viva México! |
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| por RaMséS-LV | ||||||||||
| 04 / 2008 | ||||||||||
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Paradójicamente, no es necesario que un ser transdimensional rasgue los retobos del tiempo y el espacio, porque una realidad punzante y espinosa, pero a menudo ignorada o víctima de la indeferencia, persiste en develarnos día a día esa gran transformación: la integración de México a los Estados Unidos –es decir, la vinculación de los mecanismos que regulan la economía, la política y la cultura mexicanas a los mecanismos económicos, políticos y culturales estadounidenses.
La historia de México, a pesar de los ácidos sentimientos antiestadounidenses que espolvorean nuestra identidad nacional, siempre ha estado ligada a los Estados Unidos. Pero en el transcurso de los últimas dos décadas, y, en especial, en el transcurso del último lustro, esa incómoda vecindad –expresada en el Tratado de Libre Comercio (TLC), la Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte (ASPAN) y la potencial Iniciativa Mérida- ha sobrepujado cualquier imagen de antagonismo heredada del pasado, y hoy México y los Estados Unidos parecen más “amigos” y aliados que nunca antes. ¿Por qué? ¿Qué y quiénes han dispuesto el campo para que brote una gavilla de acontecimientos cuya naturaleza ha transformado y seguirá transformando radicalmente nuestra historia, nuestras costumbres, nuestras formas de pensar y de organizarnos? Exploremos furtivamente al gran empresariado mexicano (especialmente el del norte del país), sin duda uno de los factores determinantes de esa integración.
En alguna ocasión, Roderic Ai Camp dijo, acertadamente, que tal vez “ningún grupo del siglo XX haya suscitado mayores controversias que el de los empresarios, los faros que guían el desarrollo capitalista” (Camp, 1995, p. 15). En el alborecer del siglo XXI, los empresarios siguen suscitando agudas polémicas en todo el mundo, y México no escapa a esta tendencia.
Un examen mínimamente atento de los distintos documentos oficiales relativos al TLC, la ASPAN y la Iniciativa Mérida, así como de los planes nacionales de desarrollo de las últimas cuatro administraciones mexicanas y de los boletines oficiales de diversas asociaciones empresariales ligadas a la política, revelan una relación tácitamente admitida pero públicamente maquillada entre los intereses y los valores del gran empresariado mexicano y la integración de México a los Estados Unidos. En efecto, son los empresarios más prósperos de nuestro país quienes han recibido con mayor entusiasmo dicha integración, y quienes, junto con sus similares estadounidenses, más han presionado para que esa integración se materialice y profundice.
Podemos agrupar las razones de esto en tres lotes. El primero de ellos es el lote histórico-geográfico. Para quienes conocen los vericuetos de la economía mexicana, es una verdad de Perogrullo afirmar que el empresariado norteño tiene una preeminencia especial en nuestro país. Si bien es cierto que desde el porfiriato la economía mexicana ha estado sólidamente enganchada a la poderosa economía de los Estados Unidos, las empresas del norte (Chihuahua, Coahuila, Sonora, Sinaloa y particularmente Monterrey) han delineado una conexión más sutil y vigorosa con el vecino angloamericano. Esto es así porque la cercanía geográfica facilitó, desde 1848, que los intercambios económicos entre el norte de México y el sur de los Estados Unidos fueran notablemente intensos.
El estar vinculado a una de las economías industriales más desarrolladas del planeta llevó al norte mexicano a configurar un bien aceitado engranaje industrial; circunstancia que, paralelamente, disminuyó la vulnerabilidad del empresariado norteño ante las sacudidas tectónicas de la economía mexicana y tuvo como secuela lógica la aparición de familias de empresarios que hasta nuestros días descollan sobre el panorama nacional (por ejemplo, los Garza Sada, los Canales, los Clariond y los Azcárraga).
No sorprende, pues, que los empresarios norteños (al lado del gran empresariado nacional proveniente de otras latitudes) apoyaran e impulsaran alegremente la firma del TLC con Estados Unidos y Canadá, ni que empresas como CEMEX sortearan las catastróficas crisis económicas que azotaron a México durante la década de los ochenta e inicios de la de los noventa y se posicionaran como empresas líderes a nivel mundial (Cerruti, 2007).
El segundo lote es el de las transformaciones del sistema político mexicano. Hasta mediados de la década de los ochenta del siglo pasado, el sector privado (empresarios incluidos) fue un actor importante más en un sistema político de acentuadas tonalidades autoritarias y corporativistas, dominado por un solo partido (el PRI) y cuya élite gobernante era reclutada entre las filas de la burocracia.
La crisis económica de los ochenta también resquebrajó las columnas de aquel sistema, y poco a poco, los acontecimientos hilaron un sistema político multipartidista, en el cual el presidente y su partido han perdido la preponderancia absoluta e incuestionable y el matiz corporativista del Estado se ha ido desdibujando gradualmente. Pero lo más interesante, quizá, es que el sector privado, mediante un proceso claramente influido por los Estados Unidos, ha dejado de ser un actor importante más y se ha convertido en el actor más importante del sistema político mexicano, cuyos intereses privilegia el Estado por encima de los intereses de otros sectores, y en cuyas filas se recluta hoy la mayoría de la élite gobernante.
A guisa de ejemplo, podemos considerar el caso del gabinete del actual presidente, Felipe Calderón, en donde catorce de sus miembros están ligados al sector privado (empresarial y financiero) y en el que algunos de los secretarios de Estado que ocupan puestos estratégicos tienen una estrecha relación ideológica y laboral con el sector empresarial, tales como Eduardo Medina Mora (Procuraduría General de la República), Luis Téllez (Secretaría de Comunicaciones y Transportes), Jesús Reyes-Heroles González Garza (Petróleos Mexicanos), Jorge Gutiérrez Vera (Luz y Fuerza del Centro) y Rodolfo Elizondo (Secretaría de Turismo).
El tercer lote, acaso el más peculiar, es el relativo a los valores y la educación del gran empresariado mexicano. La gente que visita Monterrey y otras ciudades del norte se lleva la impresión de que buena parte de sus habitantes están “agringados”. Añejo es ya el rumor de la vanagloria regiomontana de ser un pretendido “suburbio de Houston”, y a no pocos les irrita que ciertos norteños prefieran usar, deliberadamente, productos estadounidenses en lugar de mexicanos, o que sus hábitos y preferencias culinarias y lingüísticas tengan un acentuado cariz estadounidense –y que tales actitudes les enorgullezcan. A causa de la geografía o de un puñado de razones más, lo cierto que el norte transpira una manifiesta proclividad hacia todo lo que proviene de los Estados Unidos.
Los empresarios y sus familias y, en general, las élites norteñas también comparten este sustrato cultural, potenciado por su educación y su experiencia laboral. Más de la mitad de los actuales empresarios norteños estudiaron en universidades estadounidenses (fundamentalmente carreras como economía o administración de empresas), y quienes estudiaron en México (o que estudiaron en ambas naciones) lo hicieron principalmente en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM o el famoso Tec), institución cuyo objetivo cardinal es formar el “capital humano” que nutrirá ulteriormente al sector privado, y que fue fundada por Eugenio Garza Sada, legendario empresario regiomontano educado también en los Estados Unidos. A lo anterior habría que añadir que un porcentaje importante del empresariado norteño tuvo una experiencia laboral en tierras estadounidenses y que, pasando a un nivel global, aproximadamente el 50% del empresariado mexicano actual hizo estudios de licenciatura o de posgrado en los Estados Unidos (Camp, 2006, p. 184 y ss).
Las estadísticas dirían poco si no tomamos en cuenta factores de índole cultural. Para los empresarios mexicanos (como para cualquier otro mexicano que estudie en el extranjero), estudiar y trabajar en los Estados Unidos supone un contacto directo –que puede derivar en rechazo pero que deriva comúnmente en aceptación e identificación- con los valores en boga en aquel país, máxime si se trata de valores e ideas adquiridas en las ramas de la economía o la administración de empresas, ya que, en estas áreas, las ideas estadounidenses son las que dominan el panorama académico, político y empresarial del mundo entero.
Probablemente, como sugiere Arnaldo Córdova, uno de los hombres más respetados de la cultura, las ciencias sociales y la política en México, la élite norteña, agazapada ahora a la dirigencia del PAN, no tiene ningún empacho en vanagloriarse de su cercanía afectiva, ideológica y política con la potencia del norte.
Ni a los políticos afines ni a los empresarios les inquieta (y lo que es peor, ni siquiera consideran) la agresividad de la política exterior estadounidense, ni las interminables invasiones que los Estados Unidos han llevado a cabo en el mundo entero, ni el conflictivo pasado de nuestro país con su poderoso vecino. Mucho menos si eso es lo que los mexicanos queremos. ¿Para qué? Eso es cosa del pasado, dicen. Tal vez su mayor anhelo sea ver transformadas Guadalajara, Celaya y la Ciudad de México en metrópolis idénticas a Houston, Nueva York y San Francisco. Más aún, es lo que las élites gobernante y empresarial conciben como lo mejor para México, y, en ese sentido, “integrarse” a los Estados Unidos es, en su lógica, la opción más sensata y conveniente: ser como los “gringos”, asociarse con ellos y que, de esa manera, “viva México”. Lo demás no (les) importa.
REFERENCIAS Roderic Ai Camp (2006), Las élites del poder en México. Perfil de una élite del poder para el siglo XXI, México, Siglo XXI. --------------------- (1995), Los empresarios y la política en México: Una visión contemporánea, México, FCE. Mario Cerruti (2007), “Miradas sobre Estados Unidos desde el norte de México”, Metapolítica, vol. 11, núm. 51, enero-febrero. Arnaldo Córdova (2007), “Los panistas en la política internacional”, La Jornada, 28 de octubre.
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¿qué pasaría si, de pronto, envuelto en los fuegos del misterio, apareciera ante nosotros un ser proveniente de una dimensión desconocida, y, en medio de una avalancha de incredulidad, anunciara que México no está a punto de experimentar una transformación radical, sino que esa transformación ya ha comenzado? ¿Habría algún espíritu cándido que le creyese?
RADIOGRAFÍA DE UN IDILIO
Por el contrario, esa élite, en donde se encuentran numerosos empresarios, parece proclamar que hay “que ser como ellos [Estados Unidos], seguir sus pasos, imitarlos y, sobre todo, asociarnos con ellos, que va a ser lo único que nos haga prosperar de verdad” (Córdova, 2007). Las preferencias ideológicas y culturales, así como las afinidades políticas y los intereses del gran empresariado mexicano (que se ha colocado como uno de los exportadores e inversores más importantes en el mercado estadounidense), han cristalizado en una poderosa influencia política y económica que presiona a un gobierno mexicano (como se ha visto, plenamente identificado con este sector) más que dispuesto a “aliarse” con los Estados Unidos. 

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