| Eloísa y Abelardo |
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| por Carlos Almira Picazo | ||||||
| 05 / 2008 | ||||||
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Carlos Almira Picazo nació en Castellón, España, hace 42 años. Se doctoró en Historia por la Universidad de Granada. Y se dedicó sobre todo, a vivir de sus clases y a escribir: ensayos, novelas, cuentos y poesía. Así lleva desde mediados de los años ochenta. Hasta la fecha ha publicado: en papel, un ensayo sobre la Dictadura del general Franco (editorial Comares, Granada, 1997); una novela heterodoxa sobre la vida y muerte Jesús de Nazaret (editorial Entrelíneas, Madrid 2005); y en Internet, una novela sobre el posible futuro de un país de América latina, imaginario, (revista Prometheus mdq, nº 22 abril de 2007). En la actualidad trabaja en una colección de cuentos y en una novela histórica sobre la antigua Roma.
Recuerdo con emoción la primera vez que la vi. Sería a finales de los años ochenta. Yo estudiaba Filosofía y Letras, y preparaba mis exámenes en la pequeña Biblioteca Municipal del Paseo del Salón. Repartía el día entre las clases de la mañana y las tardes de estudio en la Biblioteca. Por mi gusto por la soledad me tildaban de raro y de huraño; no me importaba. Yo estaba sentado precisamente aquí, junto a esta ventana. De vez en cuando levantaba la cabeza para observar el jardín. Ya estábamos en junio, pero las tardes eran aún desapacibles y frescas. Aquella tarde había grandes nubarrones y el parque, oscuro y pesado, parecía agitarse a la espera de la lluvia. Entonces entraron ellos. Recuerdo que eran dos, porque al girar la puerta, oí sus voces broncas, abruptas, altisonantes, y enseguida me resultaron desagradables. Eran dos de esos viejecitos que entretienen el tiempo leyendo, relamiendo diarios atrasados, discutiendo, despotricando contra todo. Como están sordos, o tal vez absortos en sus mundos desaparecidos, no se percatan de que molestan hasta que alguien les llama la atención. Entonces, gente con educación de otras épocas, se disculpan muy correctamente, y al minuto vuelven a las andadas. La sala rebosaba de estudiantes, así que fueron a sentarse justo frente a mí, en la sección de revistas. Uno de ellos llevaba un paraguas negro. El otro una gorra dudosa. Cada vez que intentaba concentrarme en mis temas, ellos me distraían con sus voces, como si estuviesen al acecho, ya con el ruido increíble que hacían al pasar las páginas, al removerse en la silla. Intenté atraer su atención pero no se percataban o me sonreían con la dulzura de los ancianos. Yo miraba la ventana emborronada por el agua. Empezaba a anochecer. Trataba de calmarme y volvía a fijarme en los folios. Apenas había leído una frase, cuando las palabras se me engarabitaban, burlonas. Uno de los ancianos golpeaba con sus gruesos lentes contra la tarima mientras el otro le cuchicheaba. “¡Chochos!”, pensé, casi en voz alta, y me levanté. Y entonces la vi. Estaba justo detrás del viejecito de la gorra. El pelo partido en dos sobre la frente, los ojos grandes, pensativos, parecía sonreír ensimismada. Ella me miró, y entonces supe que nadie más que yo podía verla allí. Podía haber bailado desnuda o haberse puesto a cantar sin llamar la atención. Comprendí que estaba allí sólo y exclusivamente por mí, que tenía el raro privilegio de verla, y por el hombre a cuya espalda había aparecido. Después me ignoró como si yo ya no existiera.
La segunda vez que vi aquello -¿cómo llamarlo?-, yo empujaba la silla del tío Aurelio. Las ruedas ásperas se atascaban sobre la gravilla del parque. El sol reverberaba sobre los magnolios. El pobre dormitaba. Yo me había llevado un libro para entretenerme, hasta que el frío y la oscuridad nos volvieran a echar del jardín público. Desde su accidente, el tío Aurelio, hermano de mi padre (muerto recientemente), vivía con nosotros. Pero no quiero desviarme con noticias sobre mi vida. Si digo esto es para explicar por qué yo estaba allí, y por qué, con la sensibilidad dolorosa de los enfermos incurables, el tío Aurelio percibió enseguida mi escalofrío. -¿qué pasa, nena? -nada. Insistió. Sonrió. Dime qué es. -¿qué es qué?. Y, dándome la vuelta, me puse de nuevo a empujarle. -¡para, para! ¿Qué haces? -vamos al sol. Nos instalamos a unos diez metros del río, en un claro plantado con rosales, bajo un enorme magnolio. Y aquello quedó atrás como un sueño. Suspiré y el tío Aurelio volvió a removerse en su duermevela, apretándome con fuerza la mano. Yo me senté y me enfrasqué en la lectura de mis versos. Pronto se quedó realmente dormido.
Al día siguiente fui aún más temprano a la Biblioteca. Ocupé mi sitio entre las revistas, aunque había huecos en otros bancos, y esperé. Me había propuesto recuperar el tiempo perdido el día anterior y concentrarme sólo en mis apuntes. A cada instante sin embargo, miraba hacia la puerta. Los dos viejecitos no tardaron mucho en aparecer, en efecto, precedidos por sus voces chillonas. Se repitió la escena de la víspera. Tras proveerse de media docena de periódicos y boletines, ocuparon el mismo sitio. De nuevo las nubes fantásticas, el parque que se oscurecía. El más leve ruido, el más pequeño movimiento, me crispaba. Se me cayeron los folios desparramándose sobre la mesa y el suelo. En la segunda ocasión uno de mis vecinos se ofreció caballerosamente a ayudarme. No acababa de levantar la cabeza sobre la tarima cuando la vi. Ella me miró. Transcurrió un minuto, dos, sin que pudiéramos apartar la vista el uno del otro. Yo no podía dejar de mirarla. Ella frunció el gesto, en reproche y extrañeza. Por un momento me pareció incluso que movía los labios desesperados, como si se hundiese bajo el agua. Entonces me dio la espalda. ¡Espera!. No dije nada. Se había ido.
No puedo retener más a Aurelio en casa, a pesar del mal tiempo. Se empeña en ir al mismo Parque, con saña burlona, y como se pasa la noche en vela y la mañana durmiendo, tendrá que ser esta tarde o mañana a más tardar. Él, ahora sé que aquello es él, estará esperándome en el mismo sitio, habrá ido todos los días, puntual. ¿Pero qué pacto, qué vínculo existe entre nosotros? Pensará que todo ha sido una visión, que sólo existo en su mente y su fantasía. Tal vez esté desilusionado. El tío Aurelio me ha regalado los sonetos a Helena y se ha comprado la Hoja del Comercio para leerla esta tarde allí. Para colmo, parece que aclarará. No tengo excusa. Es muy listo, el tío Aurelio.
Cuando terminaron los exámenes, volví a la Biblioteca y seguí yendo durante todo el mes de julio. A las cinco y media de la tarde, en cuanto abrían en el nuevo horario de verano, yo era de los primeros en la escalera soleada. Me sentaba en el mismo sitio impasible junto al ventanal turbio, borroso, y abría mi revista o mi novelón de verano. Al poco entraban ellos. Si no llegaban en media hora, ya sabía que no vendrían. Con todo, prolongaba mi visita hasta casi la hora de cerrar. En cuanto oía sus voces en la puerta, clavaba la atención en el parque, exhausto. Ellos, gente de otra época, me saludaban como a un viejo contertulio. Adelgacé. Abelardo, tal es mi absurdo nombre, escribí en mi pequeña nota dispuesto a hacerme entender por ella. Ya no se me caían los folios de las manos pero perdía igualmente las páginas y los capítulos. Me armé, con todo, de valor, y puesto que mover los labios, intentar hablar, no servía de nada (era como balancear una campana en un sótano desierto, en un pozo), en cuanto la vi le deslicé la nota, alargué la mano hasta donde ella estaba, ¿habría aire allí?, detrás del viejecito que parecía no verla nunca. Tuve la sensación de que la violaba. Ella retrocedió, leyó: Me llamo Abelardo, ¿y tú? Creí descifrar en sus labios deformados como una burbuja, el nombre de Eloísa.
Se llama Abelardo. Me lo ha dicho, lo he leído en sus labios. Abelardo y Eloísa, ¿no es coincidencia?. ¿No es coincidencia? ¿No nos habremos amado en otra vida? Está más flaco, debería comer y dormir. ¿Cómo regañar a un fantasma? Me ha regalado una hoja de magnolio como si hubiera escrito algo en ella. Aunque estamos ya prácticamente a las puertas del invierno, el tío Aurelio se empeña en seguir viniendo aquí cada tarde con su periódico. Yo le he dicho mi nombre: Eloísa, ¿pero lo habrá entendido? Lo he pronunciado, mejor dicho lo he modulado, tan despacio que casi me echo a reír, qué tontería. Por cierto, viste fatal, ¡qué falta de gusto!, una especie de suéter de algodón, de colorines. Debe estar en verano.
Eloísa se arregla ahora para mí. Ayer vi su pelo suelto por primera vez, se dio la vuelta y luego se giró, ¿qué te parece?, y le vi la espalda. Repitió la operación una, dos, tres veces, no paraba de reírse, yo me reí también y al final, casi sin darnos cuenta, nos rozamos. Pero entonces el viejecito emergió de su embelesamiento, tras el periódico, y me miró sorprendido.
-le quieres mucho. -¿a quién? -¿a quién va a ser?, a Él. Es muy listo el tío Aurelio.
Nunca pensé que rozar un fantasma fuese tan delicioso y a la vez, tan doloroso. Como estrujar una hortiga en un vaso de agua. Ayer le regalé a Elo un grillo para que le consuele de los fríos que parecen aterirla allí, si es que el pobre sobrevive. Ah, el malentendido del otro día se ha resuelto de la mejor manera imaginable: el anciano ahora me ignora como si me diera por irremediablemente loco. Sólo temo que se asuste, que se canse de mis extravagancias, y no vuelva más, aunque confío en la costumbre, en la fuerza irresistible del hábito.
Abelardo me ha tendido otra vez la mano y, ¿qué me encuentro? ¡con una cajita de música! Es preciosa, realmente exquisita. Pero lo más extraordinario de todo: en cuanto la he puesto en marcha ha dejado de nevar y, al poco, ha salido un sol radiante, veraniego, y hemos tenido que quitarnos los abrigos. Además de una polca y un vals delicioso, reproduce un fragmento de la Flauta Mágica de Mozart. ¿Cómo ha sabido que es mi preferida?
Ayer mientras la esperaba, pasando una página tras otra, veo que el cielo se oscurece: de pronto se pone blanco, puro, como si fuera a nevar. Un frío súbito se desmorona sobre la habitación. Me tranquilizo al ver que los demás también están helados como yo, que no es enfermedad ni locura mía. Y en efecto, al poco rato, por primera vez en la Historia, en el Hemisferio Norte, que yo sepa, a mediados de agosto empieza a nevar, a nevar con fuerza. Se produce un murmullo en la sala seguido de un silencio, de un movimiento general hacia los ventanales asombrados. Sólo el viejecito, su compañero y yo, permanecemos en nuestros sitios como si no pasara nada y no fuera con nosotros.
Ha ocurrido una catástrofe. Ayer nos topamos con una valla en nuestro parque, justo donde estaban los magnolios más viejos. Un cartel informa que van a asolar para construir un casino. El tío Aurelio me mira divertido. Un casino, donde va la gente a jugar. ¿Cómo decírselo para que me entienda? Siento un escalofrío, rodeo como una fiera la jaula de alambre, de tablones temblequeantes, y un operario me mira desde el andamio naciente, mientras los otros pican ya el suelo, arrancan los últimos vestigios de nuestro jardín. ¿se encuentra mal, señorita? Al arrancar el árbol con su banco circular, se abre de súbito un vacío, un panorama nuevo, otra visión del río y del puente, como cuando derriban una casa. El horizonte se toma su tiempo para volver a acomodarse, hacerse invisible. Enamorarse es ya no saber lo que es la vida. Siento las manos del tío Aurelio que tiran de las mías, que tiran, ¡vámonos, vámonos!, y estoy a punto de gritar: ¡Abelardo!, como pudieras oírme y venir.
Ayer apareció el ancianito del paraguas solo. Inmediatamente le pregunté por su compañero. ¿Mi cuñado Emilio? Tuvo un accidente. ¿Advirtió mi ansiedad, Eloísa? Estuvimos charlando un buen rato sobre nada en particular y luego nos fuimos juntos. Como las calles resbalaban mucho, me ofrecí a acompañarle. A pesar del inexplicable tiempo invernal, los días de agosto seguían siendo largos. Mientras íbamos hacia las callejuelas del centro me fue contando cómo se había caído él por las escaleras. Se detuvo ante un portal y me invitó, por cortesía. ¡Eloísa! ¡Por un momento pensé, entreví, la posibilidad de cruzar hacia tu lado y verte de verdad frente a mí! ¿qué no es posible? Cuando me explicó que su cuñado se había ido a vivir con ellos, tal vez definitivamente, que su hija le cuidaba, estuve a punto de caerme también, de pura alegría. Estar enamorado es no comprender ya nada. Nos despedimos, pero al día siguiente yo estaba apostado otra vez, esperándote. Perdí la noción del tiempo después en aquel orden trastocado. La gente que entraba y salía del portal era como las figuras de un sueño. Los cafés, los cigarrillos, los barrenderos, los transeúntes... yo iba todos los días a la misma hora de la Biblioteca a tu calle, de tu calle a la Biblioteca, hasta que un día apareció él, proa lastimosa, en el portal, y vi su silla de ruedas; y luego, detrás, una mano, una pierna, un cuerpo femenino, pero de niña de ocho o nueve años, de diez como mucho, y no eras, no podías ser tú, Eloísa. A pesar de todo os seguí, tropezando, dando traspiés, sin ver por dónde iba, aferrándome a la idea de que al fin y a la postre tal vez sí podías ser tú alguna vez, algún día en el futuro, quién sabe, en el mañana que ya poblaba mi imaginación. Te volvías y me mirabas sin dejar de empujar la silla.
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