| Está claro... |
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| por Gabriela Pérez | ||||||
| 01 / 2008 | ||||||
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Desconfía del que ama: tiene hambre, no quiere más que devorar. Busca la compañía de los hartos. Esos son los que dan. Rosario Castellanos.
Está claro;contigo no se puede hablar.
Mientras hablas; yo regreso como un asesino al lugar del crimen. Te miro mientras mis manos vuelven a tu centro; pierdo el equilibrio, agonizo, y nuevamente, te deseo.
Túnel, ofrenda, páramo; luz que acaricia mis senos, jardín húmedo que me penetra.
No hables.
Estoy harta de ti. Quiero invadirme de tu mirada Y que me recorras por dentro.
No hables.
Déjame mejor afilar mi oído, devorar tu silencio, saciar mi cuerpo, desnudo, perdido, vivo. SilencioEs cierto. La de un minotauro que no me deja gritar Que me pide que engarce con mis dientes Las luces del silencio ¿Dónde está tu corazón hilo de Ariadna y laberinto?
Hoy tengo tiempote reconozco, he recorrido profundamente tus escollos. Ven, por favor, destrúyeme, devórame tirando de mis puntos lábiles.
He visto todo: los vidriosos ojos de las mujeres descalzas, los pies ásperos y las ropas polvosas de sus hijas; la plaga del dolor que crece como el silencio hecho ovillo en las manos de sus hijos.
Ya no puedo quedarme fuera bajo el frío y la lluvia penetrante, crece luz en mi entrepierna, me habita como al maíz el grano. Mañana tal vez será hora de morir, hoy tengo tiempo.
Ven, viaja a mí entre la nieve, derrítela a tu paso ahora que la niebla de la ciudad te envuelve. Cierra los ojos, ataja el camino a mis rodillas. ábrelos luego en el delgado camino vertical. ¿Verdad que no es a lavanda a lo que huele el precipicio?
Caléndulas, liquidámbares, ¿qué podría lograr con el deseo la lluvia que cae hoy de nosotros? Aún recuerdo la noche en la que corrí a ti, desnuda en el bosque, deseando ser un rápido tren de carga, aún recuerdo el ruido y la furia de los estertores y relámpagos. Ven, cierra la persiana, cobíjate, hoy tengo tiempo.
Déjà vu, has estado aquí antes, has caído en este abismo. También tú recuerdas esos ojos vidriosos, esas madres, esas ruinas. Dejas tu casa, te mueves bajo el frío, te empapa la lluvia penetrante, vacías de arena el cuenco y lo llenas de agua.
Piensas: déjà vu Lo conoces, lo has vivido antes. Caminaste ya bajo los árboles rotos y sobre tus pasos sombríos. Ese pez, esa balsa, esa arena oscura, esa lluvia. Lo reconoces todo.
Flotas entre las ramas, sueñas que eres un árbol, que te desprendes, que te despedazas. ¿Escribirás un poema sobre mí?
Te reconozco, puedo leerte en cada trozo, me he saciado con las letras de tu nombre. ¿Quién detendrá la lluvia? ¿Y si no para? ¿Se hincharán tus brazos de madera, te deformarás, y andando tras de ti seguiré yo el siniestro rastro?
Hoy tengo tiempo, te contemplo en tu viaje.
He visto todo: soplan los fuelles, todos ellos en número de veinte, se crispan los cristales y el martillo golpea.
He visto todo: ese pez, esa balsa, esa arena oscura; he recorrido profundamente tus escollos. Ven, por favor, devórame, defórmame, destrúyeme, hoy tengo tiempo para eso.
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