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En Harlem… Imprimir E-Mail
por Jorge Carmi   
06 / 2008

Con mis dos socios corporativos, consolidados ya nuestros negocios en Chile, concertamos reuniones con empresas afines en Nueva York. Para ellos era su primera visita. Nos hospedamos en el Plaza, cenamos en el exclusivo “Las tres estaciones” y los extasió el poder y el lujo de la urbe. Desayunamos a la mañana siguiente con el Central Park frente a los ojos. Es que no lo querían creer. “Este país es de riqueza extrema”, y reían contentos de estar en el país de la excelencia. Mi humor negro les hizo una insinuación. Les informé que en verdad la cosa es más variopinta de lo que su primera impresión les contaba. “No parece así”, dijeron, y me miraron desconfiados de que les arrebatara el juguete nuevo. Quise que lo aprendieran por su experiencia y los invité a Harlem. “Harlem, ¿que cosa es?”, preguntaron. “Ya verán, es otro poder y otra cara”.

Agarramos la limusina arrendada: “A Harlem”, dije. -El chofer desaprobó con mirada adusta; lo ignoré- y enfilamos donde quizás no debí de arrastrar a esos inocentes. El entorno de la zona radiante nos acompañó un tiempo largo, lentamente fue adquiriendo un tono gris; las calles se estrecharon en desfiladeros; el sol perdió interés en aventurarse entre los ruinosos edificios que ahogaban las callejuelas; estas se ensombrecieron y la ruidosa charla de mis amigos languideció. No hubo preguntas. Ya en la zona “distinta” miraban inquietos los inmuebles semi-abandonados, el pavimento sucio y el olor peculiar de la mugre impregnada en las calles, se infiltró al interior del auto; fue la primera invasión de otras más agresivas. Miraban sin creerlo a grupos desaliñados de personas en su tercera edad jugando naipes en la calle y celebrando ruidosos el devenir del juego.

Lo que inició el verdadero estupor, fue el espectáculo de una pareja teniendo sexo a vista de todos, reclinados encima de un auto, al parecer ajeno. Era un día de trabajo, pero parecía domingo; las personas se desplazaban con pereza. Circulaba lento gente frente al auto, con una parsimonia quizás reinvicativa y rencorosa al constatar -a ociosos en un coche de lujo- que los miraban como actores de una obra de teatro, al degustar desde un palco rodante.

Me pareció razonable su actitud y me preocupé por su probable reacción. No alcancé a concretar mi temor.

Un vigoroso joven en un salto de pantera, brincó y se estrelló de espaldas contra el parabrisas y lo hizo trizas con un estruendo que aterró nuestros oídos y nos dejo, por así decirlo, en calidad de ciudadanos sin derechos en esa ciudadela inexpugnable; regía la ley de la calle plena de amenazas que se concretarían en segundos.

Con el joven aún vibrando en ira rampante, sobre el motor, el chofer hizo brincar la bestia metálica con similar destreza a la del muchacho y emprendió la huida con el hombre agarrado a la guantera, la que se había abierto en el impacto y su mano ensangrentada pasada a través del vacío del vidrio ya inexistente. Se mantuvo en esa lucha con el desafío marcado en el rostro, varios segundos imborrables antes de salir despedido por los giros y frenazos del conductor por sacudirlo. No olvidaré su ojo encendido ni su rostro contraído por la justa ira, y pese a todo, con un dejo de ironía y quizás humor negro en el fondo. No podré describir las violentas y zigzagueantes decisiones del chofer que quizás por su experiencia en las calles, no perdió la calma y en segundos nos sacó de la ciudadela alucinante.

Al tocar el atleta el suelo, se abrió vívido a mi frente -como si fuese hoy- el escenario de mi primera visita a ese lugar impactante.

En aquella lejana vez y primera que llegué a Nueva York, éramos tres los de la partida. Mi socio del primer tiempo, con quien nos iniciamos desde cero y mi hermano que residía en Nueva York en calidad de ilegal. Mi hermano y yo éramos decididos. Mi socio era esmirriado de cuerpo y de carácter indeciso.

Llevamos a mi hermano a probar comida india. La disfrutó, era de gustos refinados en nuestro país. En el bajativo nos preguntó si nos atrevíamos a conocer “su” entorno. Ante nuestro vigoroso asentir, nos llevó a la calle cuarenta y dos, al poco llegar a la ambigua área, uno me quería meter a la fuerza por veinte dólares, un papelillo. Mi hermano me rescató, de un agarrón me tiró a un local de pornografía. Las revistas me dejaron perplejo, asombrado las películas del privado, había una toallita en el banco, luego me explicó su uso. Había un cubículo cubierto con un paño, por cinco dólares me lo abrieron por tres minutos; una niña de unos quince se contorneaba; sonrió ante mi pasividad y me hizo gestos de deslizamiento con su mano y me miraba el bulto -el que había iniciado despegue por su cuenta-, antes de tomar decisión, ya mi hermano nos arrastraba a la turbulenta calle, luego nos arrastró al barrio chino; ese calidoscopio nos emborronó la cabeza con escenas multicolores. No asimilábamos aún ese extraño mundo cuando ya nos arrojaba a la estación central con sus personajes abigarrados. Este alocado deambular fue por tres agobiadores días y sus noches.

Su rostro irónico nos preguntó en plena Quinta Avenida, a la cual nos llevó para contrastar con el sórdido recorrido anterior. ¿Se animan a conocer otro poco? Ante nuestro rabioso asentir, rió sardónico y nos guió en un tour de las mismas características del que hice años después en la limusina. Nuestros rostros igualmente se ensombrecieron enfrentados a lo lóbrego que nos golpeaba. Llegados al lugar vivieron Duke Wellington y Ella Fitzgerald, hizo detener el taxi y seguimos a pie. Íbamos los dos “Turistas” algo encogidos. De pronto la gente empezó a ser algo “pintonas oscuras” unas muy silenciosas y otras más jóvenes, de una algarabía preocupante, pronto no hubo más que jóvenes negros en un entorno pringoso, calles con baches, muros descascarados. El círculo de personas se estrechó amenazante a nuestro alrededor, no una amenaza evidente, sí actitudes. Vi de reojo un bar; había un cartel: “No se vende droga”, deduje que en los otros sí. Nos habíamos adentrado dos cuadras ya y la cosa se veía oscura. Mi hermano algo nervioso, no tanto como yo, pero sí que lo estaba. No cederíamos. Continuaríamos sin saber que habría a la vuelta de la esquina. Envueltos en miedo. Mi socio  que normalmente esperaba que yo decidiera, de pronto se detuvo en firmeza nueva: “Yo llegó hasta aquí”. Respirando al unísono y aliviados, con mi hermano dijimos: “Bueno flaco, nos retiramos si te parece. Te acompañamos”.

Giramos lento para no despertar sospechas, miramos un par de vitrinas, en cada una nos acompañó un cortejo de muchachotes; pudieran tener interés en vitrinear, pero lo jocoso, si cabe en circunstancias de drama, es que en cada lugar eran los mismos, y que nos acompañaron cada vez en voz más alta y con bromas soeces y estrechando -su cerco humano- nuestro miedo.

Ese fue mi recordar, en tiempo relámpago, al huir en la limusina con mis socios, la segunda vez.

Lo que unió a los hombres de la empresa consolidada y a los emprendedores, fue el temor a lo desconocido. No hablo de empresas o transacciones; hablo de personas.

 

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