| Hazme sentir |
|
|
| por Emanuel Mordacini | ||||||||
| 06 / 2008 | ||||||||
Primera Parte
“Había en Catherine una interesante beta de lesbianismo. Cuando hacíamos el amor, a menudo me pedía que la imaginara abrazada a otra mujer, comúnmente Karen, su secretaria, una muchacha inexpresiva con los labios pintados de plata. Pronto Catherine fue incapaz de alcanzar el orgasmo sin una elaborada fantasía de un acto sexual lésbico con Karen, quién le lamía el clítoris y le acariciaba el ano mientras ella se entregaba con los pezones erectos.” J. G. Ballard. Crash.
Mi vida cambió drásticamente el día que conocí a Ingrid. Así de simple. Así de cierto. Lo afirmo con la febril convicción de quien tiene la certeza de estar frente a una verdad irreprochable. Conocí a Ingrid y mi existencia suburbana dio un vertiginoso giro de 180 grados. Una auténtica y demoledora montaña rusa. Ingrid fue (y es) para mi la confirmación de un deseo que creía dormido. Ella fue (es) mi tormenta de todos los días, mi paz reparadora, mi sexo satisfecho, mis ganas insaciables, mis orgasmos furibundos. Ingrid es la irresistible y hermosa guardiana de mi erotismo, la ardiente institutriz de mis perversiones. Mi amante, mi dominatríz. Pero antes de contarles como conocí a Ingrid y como comenzó todo, antes voy a presentarme. Mi nombre es Andrea, Andrea Ricciardi. Vale aclarar que es ese mi apellido de soltera; en el momento que conocí a Ingrid yo estaba casada con un tal Ricardo Ulloa, abogado. Fue un matrimonio de casi 19 años, un matrimonio fuera de lo común que parecía tener todas las de ganar; hasta que apareció Ingrid. E Ingrid apareció, precisamente, gracias a Ricardo, mi esposo. Soy profesora de letras y acabo de cumplir 50 años, y mi libido es la de una veinteañera. El sexo siempre ocupó en mi vida un lugar preponderante. Me gusta coger, y no me avergüenza decirlo. Y eso se exacerbó aún más después de haber conocido a Ingrid. Creo que mi vagina habla por si sola, es como un ente con vida propia. Pero también es cierto que mi erotismo se centra menos en mi cuerpo que en mi cabeza, y que con Ricardo, mi esposo, llevábamos una vida sexual apenas aceptable. Ricardo solo me cogía; pelaba su verga, me penetraba, me inundaba de esperma y listo, como si fuera un trámite carnal. El no sabía de exquisiteces ni extravagancias, nunca me hacía sexo oral porque mis fluidos eran muy abundantes, o porque mi concha era muy peluda, o porque olía mal. Y ni hablar de mi culo, temía lastimarlo, ni siquiera me lo tocaba, o acariciaba, ni me metía un dedo, o dos, o tres. Con Ricardo todo se limitaba a un coito playo y peligrosamente normal. Aún así, tuvimos una hija preciosa; ella se llama Ximena y ya anda por los 17 añitos, toda una damisela. En lo que respecta a mí déjenme decirles que no estoy del todo mal físicamente hablando. Los hombres me encuentran atractiva, yo me encuentro atractiva, me gusto terriblemente. Imagínenme; 50 años relucientes y bien llevados, cabello largo, ondeado y rubio, ojos claros, cuerpo voluptuoso y con las imperfecciones propias de mi edad, tetas redondas y firmes, pezones puntiagudos y tersos, culo abultado y apetecible. Soy lo que se dice una mujer madura perfectamente “cogible”. Y a pesar de todo lo que acabo de decirles, a pesar de tener una vida sexual activa, a pesar de todo eso me costaba terriblemente alcanzar el orgasmo, hasta la llegada de Ingrid, por supuesto. Ella parece haber nacido exclusivamente para inducir al clímax, el solo toque de sus labios, de su lengua o de sus dedos hace que me venga encima con todas mis fuerzas. Ingrid es el mejor antídoto contra la frigidez, mi vagina renació bajo sus manos. Resulta curioso que la persona con quien más funciono sexualmente sea una mujer, y resulta contradictorio que todo haya nacido de una fantasía erótica compartida con mi marido. Aun recuerdo la noche en que me lo propuso; era invierno, y habíamos acabado de hacer el amor. Ricardo descansaba de una eyaculación intensa acostado boca arriba, yo, tirada en mi lado de la cama, sentía su semen fluir por mi vulva. Esa noche no había podido alcanzar el orgasmo, y eso me ponía levemente triste e incomoda. El pene semifláccido y húmedo de Ricardo reposaba sobre su vello púbico como una víbora aplastada. - Deberíamos hacer esto más seguido-dijo Ricardo entre jadeos-a veces pienso que voy a morirme, que vas a matarme… - Es el primer polvo de la noche…-respondí. Ricardo giró su cabeza y clavó su mirada sobre mis pechos, en los pezones. - A veces pienso que nuestro sexo es muy rico y exquisito, demasiado para no compartirlo con alguien… - ¿A que re refieres?-pregunté, sabiendo sus intenciones de antemano. Ricardo dejó mis pezones tranquilos y dirigió sus ojos a los míos, hurgándome la mirada. - ¿Pensaste en lo que hablamos la otra vez?-inquirió maliciosamente. - ¿Tú lo pensaste? - - Todo el tiempo Andrea, todo el tiempo… - - Dices que nuestro sexo es rico y exquisito, por eso mismo, ¿no crees que deberíamos guardarlo para nosotros? Dar entrada a otra persona a nuestra intimidad ¿no parece algo muy arriesgado? - - La vida es riesgo Andrea, además, el sexo es algo que se comparte, desnudos somos todos iguales. - - Y dime… ¿Qué te hace pensar que voy a dejar que otra mujer entre a nuestra cama? La idea era esa; incluir a un tercero en nuestros juegos amorosos, a otra mujer para ser más exactos. Ricardo me lo había propuesto un mes antes y yo quedé en que iba a pensarlo. Debo admitir que la idea me pareció excitante. Siempre, desde mi más temprana adolescencia, tuve fantasías de ese tipo. Todas las mujeres tenemos deseos lésbicos, aunque nos cueste reconocerlo y no sean los más frecuentes. ¿Puede alguien luchar contra los mandatos de su propio erotismo? ¿Qué pasaría con la pareja una vez consumada la fantasía? ¿Cómo se vislumbraría el futuro? ¿Cómo influiría esta tercera persona en nuestra vida sexual? Todos esos interrogantes daban vueltas por mi cabeza, pero, por otro lado, me sentía terriblemente eufórica y excitada, como una niña a punto de estrenar un juguete nuevo. Esa fría y melancólica noche de invierno yo tomé la decisión que habría de cambiar mi vida, yo, Andrea Ricciardi, decidí que era tiempo de compartir mi cama con alguien más, y, mientras lo pensaba, mientras desmadejaba en esos breves minutos todo ese abanico de posibilidades amatorias, sentí que el vientre se me acaloraba y que mi vagina volvía a empaparse. Esa noche Ricardo y yo hicimos el amor tres veces más, a modo de festejo, en ninguna de ellas llegué al orgasmo. Una semana después pasamos a la acción. Era sábado y hacía un frio de mil diablos. Ricardo hojeaba los clasificados sexuales en una revista para hombres. Queríamos que todo fuera espontaneo, para darle al asunto un leve toque de peligro. Hablar y acordar tarifas con una puta una semana antes hubiese sido demasiado fácil y poco atractivo. No, la cosa se haría esa misma noche, de una sola vez. El reloj marcaba las once. El viento golpeaba las ventanas del patio como un fantasma enfurecido. - ¿Cuál te gustaría?-preguntó Ricardo, pasándome la revista-podría ser la morocha tetona de bikini roja, la tal Vicky… La página mostraba un sinfín de fotografías y números telefónicos. Todas eran mujeres sexys y esculturales, todas ellas pechos y culos y labios y miradas lascivas y procaces. Deliciosas e irresistibles putas de estantería, meretrices de nivel ejecutivo. No me convenció la tal Vicky. - No lo creo-dije nerviosamente-demasiado plástica… - ¿No te gustan las morochas?-replicó Ricardo con malicia, yo comencé a humedecerme. - No me gusta la tal Vicky, no se ve bien.-respondí erráticamente. Ricardo metió su mano derecha entre mis muslos y comenzó a acariciarme el pubis. Yo seguí mirando las fotos mientras los dedos de Ricardo tanteaban mi bombacha. La humedad me fluía a raudales. Continué hojeando los clasificados de la revista. Todas aquellas mujeres parecían escrutarme desde su inmovilidad fotográfica como si tuvieran algo para decirme, algún secreto recóndito, alguna revelación. - Son tantas, y cuesta tanto decidirse…-dije, a media voz, completamente entregada. - Tomate tu tiempo-susurró Ricardo pegado a mi oreja-tu eres la homenajeada. Me tomé mi tiempo. Hoja tras hoja, foto tras foto, llegué a ella. Su fotografía estaba en el rincón derecho de la pagina 57. Allí, sobresaliendo por sobre su número telefónico, estaba Ingrid, aunque esto no lo supe hasta tiempo después. NATALIE: LA MEJOR, rezaba la foto. Ella, desnuda de pechos, dando la espalda a la cámara y mirando sensualmente por sobre uno de sus hombros. Una diminuta tanga roja metida bien adentro de su hermoso culo, redondo y monumental. Ese culo, ese hermoso culo. La foto estaba allí, no lo dudé ni un segundo, Natalie sería la elegida. La llamamos (Ricardo la llamó) y acordó precio y horario. Eran las once y media. Natalie llegaría a las doce y quince. Su tarifa; de eso mejor no hablar, no viene al caso, no interesa. Solo diré que no escatimamos en gastos, y que Natalie realmente valía. Esos minutos previos a la llegada de Ingrid-Natalie fueron densos, perturbadores, extraños. Ricardo parecía eufórico y a la vez extremadamente nervioso e inquieto, como un adolescente a punto de rendir un examen. Yo, yo estaba deliciosamente incomoda y terriblemente excitada, demasiado quizá para una mujer heterosexual. Aquella sería nuestra primera experiencia en eso de hacer un trío, y, a su vez, mi primera experiencia con otra mujer, eso, claro, suponiendo que todo el asunto se desarrollara sin problemas. ¿Sería yo capaz de transgredir mis propios límites? El reloj parecía correr con una lentitud exasperante, los segundos y los minutos se nos hacían insoportablemente eternos, como si el tiempo se hubiera petrificado, como si las manecillas del reloj jugaran con nosotros un juego macabro. - En momentos como este todo se vuelve más lento…-dijo Ricardo, tomándose un vaso de whisky. - ¿Estás nervioso?-le pregunté. - Estoy a punto de explotar, a punto… Pasaron dos minutos de las doce y quince cuando el timbre sonó, nunca antes el monótono sonido de un timbre tuvo tanto significado. RING RING RING. Ricardo y yo nos miramos, yo me sonrojé, el casi se ahoga con una sorbo de whisky. RING RING RING. Ricardo se paró y se dirigió a la puerta. Yo quedé sentada al borde del sillón. Tenía puesto mi vestido de seda dorado; no llevaba corpiño, de modo que mis pezones se marcaban desaforadamente en la seda, estaban duros, dolorosamente duros. Ricardo abrió la puerta y ahí apareció ella; Natalie. Ambos quedamos absortos, boquiabiertos. ¿Era posible tanta belleza, tanta sensualidad? - Soy Natalie…-dijo ella con suavidad, casi gimiendo. Ricardo la hizo entrar y yo me crucé de piernas. Allí, frente a nosotros, el monumento a las más explicita femineidad. Alta, espigada, esbelta, exuberante. Los labios lujuriosos, el rostro angelical, los increíbles ojos verdes, los pechos desbordantes, la piel radiante e iridiscente, la melena platinada, la cintura ondulante, las caderas curvas. Una mujer fatal de carne y hueso, hecha y derecha. Ricardo, notoriamente intimidado, la invitó a pasar, le quitó el abrigo y le indicó que se sentara en el sofá, justo a mi costado. Natalie lo hizo. Pude oler su fragancia a sándalo. Natalie me miraba inquisitivamente, como si quisiera traspasarme, como si mis miedos e inquietudes estuvieran tatuados en la superficie misma de mi piel. Se cruzó de piernas y clavó su mirada en la carnosa interjección de mis muslos. Ella llevaba puesto un diminuto vestido negro ceñido al cuerpo, por debajo de sus caderas la oscura tira elástica de sus medias le ajustaba el muslo. Una vaga expresión de mansa malignidad flotaba en su rostro como un aura sensual y ambiguo. - ¿Quieres beber algo, un whisky tal vez?- le preguntó Ricardo entre carraspeos nerviosos. - Me gustaría, que sea doble…-respondió ella, Natalie. Yo solo la observaba capciosamente por el rabillo del ojo. Era hermosa, demasiado hermosa, de una belleza perfecta, casi irreal. ¿Cómo sería tocar aquellos muslos? ¿Cómo se sentirían aquellas tetas bajo las ávidas palmas de mis manos? ¿Cómo serían sus pezones y como se sentirían bajo mis labios? Todos esos interrogantes me asaltaron en aquellos breves e imperceptibles minutos. ¿Qué olor tendría su vagina? ¿Tendría el pubis afeitado? Muchas veces las mujeres nos hacemos preguntas como esas, aunque no siempre lo reconozcamos. Ricardo estaba realmente muy nervioso, la situación parecía excederlo, o quizás se tratara de su timidez, eso no puede saberse. Natalie pareció notarlo, su experiencia iba más allá de todo, más allá de nosotros mismos. Se paró, dejó el vaso a medio terminar que Ricardo le había servido momentos antes y se dirigió a el contoneándose descaradamente. - Vamos a hacerlo, por eso estamos aquí ¿no?-dijo ella en un susurro. Yo solo contemplaba el espectáculo desde lejos, sentada en el sofá. Natalie me miró y sus ojos verdes fueron como una daga. Mi entrepierna ardía y mi corazón palpitaba con fuerza. Natalie se levantó la pequeña falda de su vestido, acomodándosela por encima de las caderas. Debajo tenía una diminuta tanga negra de encaje, sus nalgas resplandecieron en la penumbra como redondas esferas de marfil. Ese culo, ese hermoso culo. Se adelantó hacia Ricardo y le dijo algo al oído, una orden quizás. Esa impertinencia terminó de excitarme, el fuego invadía mi cuerpo como una explosión ambivalente. Ricardo se dirigió a mí y, tomándome de la mano, me dijo: - Ven Andrea, ven, vamos a la habitación… Me dejé llevar, me dejé transportar a la habitación como si fuera una muñeca inerte, un maniquí completamente exento de voluntad propia. La excitación se mezclaba con el miedo, y el miedo con la lujuria. El aroma a sándalo de Natalie impregnaba el ambiente y me destornillaba el cerebro. Fuimos a la habitación. Me senté al borde de la cama matrimonial y vi a Natalie parada en la puerta, estaba apoyada contra el marco manoseándose la entrepierna. El encaje de su tanga resaltaba la tersura de sus muslos. Se manoseaba Natalie, se manoseaba la entrepierna. Ricardo fue al armario y sacó de allí un pañuelo color gris oscuro. Yo sabía lo que me esperaba, veía a Natalie mirarme como una pantera en celo. Ricardo se sentó detrás de mí en la cama, sentí su peso contra mi espalda y su barba raspándome la nuca. - Recuerda Andrea, recuerda nuestra fantasía…-susurró Ricardo en mi oreja con voz cálida y arrastrada. Luego desplegó el pañuelo y me vendó con él los ojos. Un suave pero fuerte nudo me ciñó la cabeza y una oscuridad aterciopelada invadió mi vista. Ricardo comenzó a levantarme la falda del vestido. En una milésima de segundo mi bombacha quedó al aire, la sentía húmeda contra mi vulva. Ricardo, apostado a mis espaldas como una centinela perverso, desplegó sus manos y tomó las mías mientras me besaba el cuello. Escuché el sonido de los zapatos de Natalie, el inconfundible ruido de sus tacones. POC POC POC. Ella se acercaba, ella haría de mí lo que quisiera. Ella estaba ahí. La voz de Ricardo en mis oídos: - Tranquila Andrea, tranquila mi amor… Sentí a Natalie arrodillarse entre mis muslos abiertos, su aroma a sándalo me susurraba ideas locas. Me abandoné por completo a los movimientos de Ricardo, dejé que el me guiara. Era su marioneta. Sentía frente a mí el cuerpo magnifico de Natalie, lo sentía palpitar como una fantasma libidinoso. Mis ojos estaban vendados, no la podía ver. Ricardo, con sus manos fuertes aferrando las mías, comenzó a guiarme por el cuerpo de Natalie. Dirigió primero mis manos al rostro de ella, me hizo palparle la nariz, los parpados, los pómulos, los labios. La lengua de Natalie tocó apenas mi dedo índice. - Siéntela-dijo Ricardo, maniobrando mis manos-siéntela Andrea… Bajó mis manos hacia los pechos de Natalie, me hizo apretarlos, palparlos y sentirlos. Los jugos de mi vagina parecían desbordarme, mi concha era una fruta madura. Natalie tenía los pechos desnudos, debió haberse quitado la ropa en los minutos en que Ricardo me vendaba los ojos. Mis manos sintieron la suavidad aterciopelada de las tetas de Natalie, y la tersura de sus pezones. Ricardo solo me guiaba, me guiaba como a un títere, me sentía dócil y trémula entre sus brazos. Natalie solo recibía mis caricias. - Siéntelos-dijo Ricardo, su boca quemaba mi cuello-apriétale los pezones, apriétaselos… Aquellas pequeñas puntas se escurrieron entre mis dedos, los pezones duros de Natalie eran como juguetes frágiles bajo mis manos. Los toqué despacio, muy despacio. Acaricié los senos de Natalie como si de ese sublime acto masturbatorio dependiera mi existencia. Eran suaves, muy suaves y calientes, y sus pezones… Me detuve en los pechos un buen rato, embriagada por aquella suavidad inédita. Ricardo, con la presteza de un maestro de ceremonias, me obligó a seguir bajando. Ahora estaba en su abdomen, mis dedos exploraban la piel cálida del vientre de Natalie y la imperceptible pelusa debajo de su ombligo. - Siéntela, siéntele el sexo, la vagina…-gimió Ricardo mordisqueándome la oreja derecha. De un solo e implacable tirón bajó mis manos al pubis de Natalie, a su entrepierna. Ella se movía como un gato enjaulado. Podía sentirla. Toqué su concha afeitada, levemente humedecida en la zona de la vulva. La piel de su pubis raspaba apenas, como una barba incipiente. Su sexo despedía un olor extraño, mezcla de fluido vaginal, orina y algún perfumado desodorante intimo. Ella, Ingrid-Natalie, estaba allí, y yo la estaba tocando. Ricardo hizo que girara mi cabeza y me besó en la boca, luego desapareció a mis espaldas. En un segundo imperceptible el ya no estuvo ahí. Éramos solo ella y yo. Mi excitación iba en aumento, me sentía perdida en un universo lúbrico y exótico. Mis ojos parecían querer ver más allá del pañuelo que los cegaba. No podía volverme atrás, no podía ni quería. Natalie apoyó una mano sobre mi bombacha y empezó a acariciarme la entrepierna. Mi vagina latía como un corazón en agonía, una fruta cálida y jugosa. Ella dejó de acariciarme y posó sus manos en mis caderas, levantándome la falda para quitarme el vestido. Alcé los brazos facilitándole la tarea. El vestido de seda dorado ya no estaba sobre mi cuerpo. Me hallé en un momento casi desnuda, solamente cubierta por mi bombacha. Natalie comenzó a tocarme con caricias peculiares; me agarró la teta derecha con una mano y empezó a besármela con suavidad, pasando su lengua por la aréola y el pezón erguido. Metió su otra mano debajo de mi bombacha y sus dedos palparon la flor carnosa de mi vulva, mi concha húmeda y peluda. Yo empecé a gemir, la boca de Natalie estaba ahora en mi cuello, mordisqueándolo. Sus dientes escarbaban mi carne. Yo gemía, el aliento de Ricardo parecía llegar a mí desde algún punto de la habitación. Natalie subió hasta mi oreja y dijo: - Voy a sacarte la bombacha Andrea, voy a chuparte la concha. Sabía mi nombre, ella sabía mi nombre. Ricardo debió habérselo dicho, pero yo no lo recordaba. Natalie iba a chupármela, iba a hacerlo. Mi cuerpo se hallaba prisionero de sus propios temblores, leves y certeras descargas bajaban de mi cerebro a mi entrepierna, erizándome. Me acosté al tiempo que Natalie me quitaba la bombacha. La deslizó por mis piernas muy suavemente. Mi concha se encontró de pronto completamente indefensa y a su merced, un mero juguete de Natalie. Ella apoyó sus dedos sobre mi vulva y abrió los labios mayores en busca del clítoris. Los abrió con la delicadeza de una amante eximia, con la presteza de una auténtica profesional del arte amatorio. Yo abrí grande las piernas ofreciéndole mi concha, receptiva y rebosante de fluidos, frondosa como una selva del trópico. Ella empezó a lamerme el clítoris mientras hurgaba con sus dedos dentro de mi vagina, los clavó despiadadamente, como si quisiera perforarme el útero. Acariciaba con las yemas aquel misterioso punto interno donde finalizaba mi clítoris. Su lengua era como un látigo sobre mi concha, sobre sus partes más sensibles. Sus labios frotaban subrepticiamente los pelos de mi pubis. Era como si quisiera desarmarme, como si quisiera desnudarme más allá de mi propio cuerpo. Yo empecé a sacudir mis caderas, a mover mi entrepierna en busca de ese orgasmo desgarrador que ya me estaba invadiendo. Me sacudía como una gata, como una puta, como una ninfa. Natalie me apretó la cintura y yo empujé con fuerza contra su boca, y me vine, me vine con toda el alma, me vine como si hubiese roto en un momento todos mis miedos y todas mis represiones. Acabé en la boca de Natalie y supe que aquello era mucho más que un simple orgasmo, terrible y devastador. Era la confirmación ansiosa de mi propio deseo, de mi propio erotismo. Acabé en la boca de Natalie y mi grito pareció derrumbar las paredes, traspasar las duras fronteras de lo material. Acabé en los labios de Natalie y mi concha pareció abrirse, tajarse, desmembrarse. Comencé a respirar acompasadamente, recobrando de a poco la calma. CONTINUARÁ EN LA SIGUIENTE ENTREGA…
Marcar como favorito (32) | Cite este artículo en su sitio | Views: 1272
|
||||||||
| < Anterior | Siguiente > |
|---|





Comentarios (2)




