| Antonio Gamoneda; El poeta del silencio. |
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| por Javier Moro | ||||||
| 06 / 2008 | ||||||
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Como ocurre con la pintura o con la música, Gamoneda aspira a demostrar la naturaleza autónoma de la poesía, su carencia de vínculos con realidades supuestamente de mayor trascendencia. Imitación o mimesis no son comportamientos propios del poema. Crear y no recrear; producir y no reproducir. Una relación que no renuncie a su independencia. Si lo propio de la literatura es la ficción, no así de la poesía; ésta es una realidad por sí misma. La poesía es un oficio solitario, silencioso. El poeta es casi siempre un hijo del silencio además de su mayor apóstol, su más ferviente fiel. Amé todas las pérdidas. Aún retumba el ruiseñor en el jardín invisible.
Resulta por demás llamativo que un oficio hecho a base de sonidos, de palabras, se afane en buscar al silencio, como punto final de sus desvelos. Silencio construido a base de palabras, de imágenes, de ideas, silencio como axioma final. Aunque resulte paradójico, el silencio se encuentra justo en la base de muchas de las búsquedas poéticas. Así que podemos decir que la poesía, o buena parte de ella, es un oficio que se construye por y para el silencio, y Antonio Gamoneda sería un ejemplo logrado de este imperativo categórico que mueve y genera una búsqueda poética engendrada en las catacumbas del sueño. Poeta nacido en Oviedo un 30 de mayo de 1931, Gamoneda recientemente galardonado con el premio Cervantes de literatura y el Reina Sofía, es un poeta que construyó su carrera literaria alejado de los reflectores y del gran público. Un poeta sempiterno, luminoso, un maestro de las sombras y de la luz. Gamoneda tal vez sea el último representante de una vieja escuela de poesía, alejada de los discursos trepidantes, de los pasos en falso, pero dueños de una voz inconfundible: serena, luminosa. Lo que nos encontramos cuando nos enfrentamos al verso del poeta español es uno de los secretos mejor guardados de la literatura española reciente, es una poesía limpia, clara, profunda, construida a partir de un deseo silencioso que lo domina todo, lo trasciende todo. Gamoneda es una paradoja en sí mismo, pues es, sin ser un narrador, un escritor que domina como pocos la teoría del iceberg, esgrimida por Heminghway: su poesía nos deja ver solo un poco de todo lo que transmite. Su poesía es solo la punta de algo más profundo, de algo más grave, de algo más intenso. En la poesía de Gamoneda es más lo que se esconde que lo que es posible percibir, es más lo que se sugiere que lo que esta ahí, envuelto en el sonido de las palabras. Una voz sencilla, sincera, que ha dejado atrás toda grandilocuencia. La voz de Gamoneda no necesita de exabruptos para sorprender al lector, al contrario, la voz del poeta español es la voz siempre sabia de la tierra, de la noche, de los bosques frágiles como claros de luna, la voz de las nevadas apacibles. Al leer El Libro del Frío, el lector se encuentra con el viaje, la jornada aciaga, lenta, pero necesaria del poeta que recuerda, que regresa a ese lugar primordial, primigenio, del cuál todos salimos algún día, y al cuál todos queremos regresar alguna vez, en un futuro cada vez más lejano. Un viaje al pasado, en el cual el pasado recobra toda su presencia en el presente. Un viaje a ese pasado remoto, esencial, que sin embargo ha perdido casi toda su presencia física: es más recuerdo, más imagen, más silencio que sustancia. Gamoneda nos retrae hacia un lugar primordial, que no por olvidado ha perdido su importancia. Al contrario, el viaje emprendido por el poeta es un viaje necesario, para recobrar eso que alguna vez fuimos, eso que perdimos en el camino. Lo que Gamoneda hace es recordar y recordar es callar. Y observar. Lo que Gamoneda logra con sus trazos finos, casi imperceptibles, es retomar la fuerza vital, la savia esencial de ese pasado que se nos escapa, de ese pasado condenado a morir con nosotros y desaparecer entre nubes grises y ventarrones insolentes, cuando nosotros nos hayamos ido.
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