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Hazme Sentir. Segunda Parte y Última Imprimir E-Mail
por Emanuel Mordacini   
07 / 2008

El huracán había pasado, arrollador y voluptuoso. Me desaté el nudo del pañuelo y vi a Natalie agachada entre mis piernas, mirándome maliciosamente y chupándose los dedos con los que me había acariciado, húmedos de moco vaginal. Giré la cabeza; Ricardo estaba parado al costado de la cama, masturbándose. Sus murmullos indicaban la inminencia de su orgasmo.

-         Voy a acabar, no puedo más…-dijo, al borde del clímax.

Corrió hacia mí sacudiéndose la verga, me agarró del pelo y me atrajo de un golpe a su miembro. El glande parecía un gran caramelo rojo y brillante.

-         ¡Abre la boca Andrea! ¡ábrela!...-me ordenó.

Abrí la boca y Ricardo eyaculó sobre mí con todas sus fuerzas. Hilos espesos de abundante esperma volaron por el aire, estampándose en mi lengua, en mis labios, en mi cara. Un chorro perdido cayó cerca de mis ojos. Era mucho semen el que Ricardo derramaba, mucho y muy caliente. Salpicaduras blancas chorreaban por mi rostro como helado derretido. Me gustaba aquel sabor cálido, aquel sabor a hombre; tragué el esperma que había caído dentro de mi boca y recogí con los dedos los restos que se deslizaban por mi barbilla. Estaba impregnada de esencia masculina. Natalie solo observaba; los ojos brillantes y el cuerpo tempestuoso. La melena platinada le caía sobre la cara, iluminándola. Aquella melena era un sol aparte. Los ojos verdes de Natalie parecían dos abismos fosforescentes, deslumbrantes y recónditos. Ricardo se dejó caer en la cama, desfalleciente. Lo que acababa de suceder en esa habitación sobrepasó su tolerancia, su percepción del goce y del sexo, del deseo y del erotismo. Ricardo también, al igual que yo, había roto sus tapujos. Natalie estaba completamente desnuda, solo con sus medias y sus zapatos de tacón. Ahora podía verla. Su sexo, carnoso y afeitado, parecía el sexo de una adolescente. Sus labios eran un capullo maligno. La habitación se reveló ante mis ojos como una oculta escenografía teatral. La ropa de ella estaba tirada frente a la cama. Levantó su tanga y se la calzó de un solo movimiento, se puso el vestido dejándolo caer sobre su cuerpo, sacó  de su cartera un espejito redondo y se retocó el maquillaje. Ricardo se vistió y apuró si billetera.

-         Fue… fue una experiencia alucinante-dijo pasándole el dinero con manos temblorosas-esperamos contar contigo para una próxima ocasión.

-         Estoy a sus ordenes-dijo ella, Natalie, mientras agarraba y contaba los billetes-coger es mi trabajo, ya sabes mi numero, tu y ella…

Fue entonces cuando me miró. Yo me sentí absolutamente traspasada, lo que había experimentado en esa cama bajo los labios de Natalie era algo que iba mucho más allá del orgasmo propiamente dicho, era algo casi subliminal, casi cósmico, la revelación explicita y despiadada de mi sexualidad, de mi erotismo. En mis 50 años nunca un hombre me había hecho sentir cosas semejantes, esos temblores, esas emociones, esos espasmos, esas expulsiones. Aquel fue mi primer orgasmo verdadero, sangrante y demoledor. El sabor acre y pegajoso del semen de Ricardo me llenaba la boca. La tensión en mi vagina fue decreciendo de a poco. Natalie dio media vuelta y se marchó de nuestra vida con la frialdad de un obrero al final de un día de labor. Ella había cumplido con su trabajo, lo demás corría por nuestra cuenta. Ella se marchó de nuestra casa, pero no de mi cabeza.

La vida prosiguió su rumbo. Una semana después el asunto parecía haberse esfumado, Ricardo solo mencionó a Natalie una o dos veces, luego se perdió en su rutina laboral. Algo había cambiado en el, se lo notaba extraño, preocupado, taciturno. Lo hablamos y me confesó que temía que la experiencia con Natalie terminara perjudicando nuestra vida sexual. “Te vi gozar como no te había visto antes Andrea, en nuestros años de intimidad  nunca gritaste de esa manera, es más, me pregunto ahora si alguna vez habrás tenido un orgasmo haciendo el amor conmigo, o si lo habrás fingido todo, esos AH AH AH que murmuras cuando hacemos el amor….,  voy a serte franco Andrea; temo que de ahora en más me compares con ella, con Natalie”, me dijo, café de por medio, en el living de nuestra casa. Yo intenté calmarlo, el se sentía herido en su orgullo viril, se cuestionaba su masculinidad y su actitud conservadora entre las sábanas. Natalie había roto nuestros tabúes. Intenté calmarlo, sí, lo intenté por todos los medios, pero el tenía razón. Mi primera experiencia lésbica había calado hondo no solo en mi cuerpo, sino también en mi cabeza. Natalie era lo único en que pensaba, lo único. Me encerraba en el baño y me masturbaba pensando en ella, mi vagina estaba ávida de esos labios peligrosos, de esos dedos exploradores. Tanto me masturbaba que hasta llegué a lastimarme la vulva. Ricardo no lo notaba, su trabajo pronto lo absorbió por completo. Ximena estaba muy ocupada con sus tareas de secundaria y con sus salidas con amigas los sábados por la noche. Yo pasaba casi todo el tiempo sola, daba clases de mañana únicamente, así que tenía toda la tarde para perderme en mis acaloradas fantasías. Y en esas fantasías Natalie me dominaba como ningún hombre lo había hecho nunca, y me chupaba el clítoris mientras me metía los dedos en el culo, dilatándome el ano. Luego se acostaba sobre mí y yo sentía sus senos contra los míos, sus pezones acariciándome, su melena rubia inundándome la cara, sus labios besándome, sí, besándome. Besos ardientes e interminables, como de telenovela. Besos eternos de melodrama. Besos que pronto se volvían chupones y mordiscos, besos explícitos de película porno. Y nuestros cuerpos juntos y nuestros sudores y nuestros fluidos, nuestros olores íntimos, y ella; Natalie. Ella, solo ella. Un mes después Natalie se había convertido en una obsesión para mí.  Cuando hacíamos el amor con Ricardo imaginaba que era ella la que se movía sobre mi cuerpo, penetrándome. Su aroma a sándalo parecía llegarme desde lejos, desde algún punto anónimo de la ciudad. No soportaba más aquella situación, estaba cansada de masturbarme, cansada de que todo se limitara a una frágil y ambigua fantasía. Mi deseo pudo más que mi prudencia. Un día cualquiera me sorprendí hurgando entre las revistas de mi esposo. Busqué afanosamente todos los clasificados hasta dar nuevamente con su número. NATALIE: LA MEJOR. Arranqué la hoja y la guardé en mi cartera. Ahora venía la parte más difícil; llamarla. Debía buscar el momento adecuado, evitar toda sospecha por parte de Ricardo. A esa altura eso me interesaba poco, estaba decidida a llamarla, de la manera que fuera. Al fin, sucedió un lunes. Ricardo tenía que viajar a un congreso de abogados, motivo que lo mantendría lejos de la ciudad al menos por una semana. Ximena dormiría en casa de una amiga. Era el momento propicio. Tomé un vaso de vino para darme fuerzas, agarré la hoja con el número y lo marqué en el teclado. Eran casi las 9 de la noche y el clima estaba templado. Una agradable brisa del oeste hacia que el ambiente se tornara deliciosamente acogedor. El tubo del teléfono estaba en mi oreja derecha, su implacable bip bip me sacaba de las casillas. Por fin, alguien atendió. Era ella.

-         Hola…-dijo con voz suave.

-         Hola…-respondí algo nerviosa-¿Natalie?

-         Sí, soy yo linda…

-         Llamaba…-en ese momento los nervios me traicionaron, y por una milésima de segundo no supe que decir, luego continué-soy Andrea, estuviste aquí hace un tiempo, tal vez no lo recuerdes, en fin, me gustaría que vinieras…

-         Claro linda-el falso coqueteo de su voz estaba exasperándome-dime la dirección y la hora, y seré toda tuya, ah, el transporte de vuelta corre por tu cuenta…

-         No hay problemas con eso-respondí-¿no recuerdas? Soy Andrea, la esposa del abogado…

-         Atiendo a mucha gente-replicó Natalie con suavidad, dejando mi frase a medio terminar-no podría acordarme de todos aunque quisiera…

-         Estoy sola-dije, a modo de advertencia-mi esposo está de viaje.

-         A mi eso no me interesa linda-susurró, su voz parecía un ronroneo-vamos amor, dime la hora y la dirección.

-         Calle Salamanca 1248, a las 10, ¿te parece?

-         Sí amor, ahí estaré, prepárate…

-         Perfecto, adiós.

-         Adiós linda…-y cortó.

Llegaría a las 10. Durante una hora yo me encontré presa de mis propios nervios, fumando y tomando alguna que otra copa de vino. Había llevado adelante una osadía inimaginable. ¿Cómo se presentarían las cosas? Me propuse no pensar, y el vino ayudaba bastante. Natalie llegó con puntualidad de reloj suizo. A las 10 el timbre sonó. RING RING RING. Corrí a atender. Yo llevaba puesto el mismo vestido dorado de la cita anterior, esta vez con corpiño, negro, de encaje, un conjuntito sugerente adquirido especialmente para la ocasión. Abrí la puerta y ella apareció ante mí; bella, imponente, voluptuosa, rubia a más no poder.  Quedé perpleja, no la recordaba tan hermosa. ¿Existían realmente mujeres así? La invité a pasar. Natalie tenía puesto un minúsculo vestido blanco profundamente escotado y muy ceñido. Su cuerpo curvilíneo parecía flotar en el aire.

-         Pasa-dije algo nerviosa-estaba esperándote…

Una vez que entró cerré la puerta con estrépito. Ella me miró absorta y sus ojos verdes refulgieron como brasas.

-         Ahora te recuerdo-dijo mientras caminaba hacia el sofá-tu esposo fue quien me llamó la otra vez, sí, te recuerdo…

Yo me ruboricé levemente, me dirigí al minibar y preparé dos copas de vino. Le pasé una a Natalie.

-         ¿Cuál era tu nombre? Recuérdamelo…-dijo ella, aferrando la copa con manos firmes.

-         Andrea…-respondí, y apuré un sorbo.

Natalie se sentó en el sofá como aquella primera noche y comenzó a mover sus piernas, cruzándolas de modo tal que pudiera verle la bombacha. Estaba seduciéndome, sin ninguna duda.

-         Bien Andrea, dime ¿te gustó coger conmigo?-dijo, pasándose el borde de la copa por los labios.

-         Yo… he… supongo que sí…-balbuceé, nerviosa y excitada.- ¿Por qué me preguntas eso?

-         Es de noche, tu esposo no se encuentra, y me llamas para que te preste mis servicios, generalmente son ellos los que reinciden conmigo, que una mujer lo haga no puede menos que halagarme ¿sabes? Eres la primera que me llama directamente, sin un tipo de por medio, déjame decirte que tu valentía me resulta admirable.

-         Debes tener muchos clientes-dije, intentando contener mis nervios-supongo serás muy requerida…

-         No creas-respondió secamente, acabando su vino de un golpe-soy prácticamente nueva en esto.

-         ¿Cuánto tiempo?-pregunté, sentándome cerca de ella, rozándola.

-         Seis o siete meses, no es mucho-Natalie clavó sus inmensos ojos verdes en los míos, y dijo al fin: -Contesta mi pregunta…

No se si fue el vino, o simplemente algún impulso momentáneo, pero, en ese instante preciso, hechizada por aquellos hermosos ojos color esmeralda, doblegada por un deseo lúbrico y desconocido, apoyé mis manos en sus muslos desnudos y dije, susurrando:

-         Sí Natalie, me encantó coger contigo…

Y lo demás sucedió, así como así. Esa noche fue una orgía. Natalie me penetró de todas las maneras imaginables. Jamás hubiera pensado que el sexo lésbico pudiera abarcarme de esa manera, fue como una volcán, como un torbellino. Los orgasmos se sucedían uno tras otro, indiscriminadamente. Me dejaban jadeante, abrumada, exhausta, y luego regresaban, despiadadamente, uno tras otro, uno tras otro. Orgasmos múltiples que Natalie producía en mí sin pausa ni clemencia. Orgasmos furibundos, devastadores. Mi vagina era una flor en carne viva. Natalie comenzó lamiéndome el clítoris y acariciándome el ano, luego metió sus dedos dentro de mi vagina, luego me puso de espaldas y me pasó la lengua por el ano, luego me dilató el ano usando sus dedos índice y mayor, luego hizo que me abriera de piernas para tenderse sobre mi cuerpo y usar sus dedos para penetrarme mientras me besaba las tetas, y así por horas. Luego quiso gozar ella:

-         ¿Has chupado una concha alguna vez?-me preguntó.

-         No, jamás-contesté.

Y entonces ella posó sus dedos en su sexo afeitado y se abrió los labios de la vulva, exponiendo su orificio sonrosado.

-         Ven Andrea, chúpamela…-dijo, separando grande sus muslos.

Lo hice. Se la chupé como nunca antes había chupado pene  alguno. Y aunque sonara extraño ella se había humedecido. Mucho. Su orificio vaginal era como un grifo. Su bajo vientre brillaba como si se lo hubiese untado con aceite. Su concha tenía un sabor acre y pegajoso, el inconfundible sabor de innumerables  y anónimas secreciones sexuales. ¿Cuántos hombres habían eyaculado dentro de aquella cálida gruta? Natalie comenzó a gemir como una musa extasiada, sus gemidos crecían al ritmo de mis labios y mi lengua sobre su pubis. ¿Eran esos gemidos verdaderos? Entusiasmada por esas nuevas sensaciones comencé a escarbarle las nalgas con el dedo mayor en busca del ano. Ella me detuvo, sus ojos verdes brillaban entre sus mechones dorados.

-         Espera, así no- dijo entre jadeos.

Se puso en cuatro patas sobre la cama con su culo apuntando a mi cara, se abrió las nalgas y me mostró el negruzco orificio del ano.

-         Pruébame el culo Andrea, supongo que nunca probaste el culo de una mujer ¿o sí?-dijo, acariciándose el esfínter con los dedos.

Yo me acerqué a sus nalgas abiertas y apoyé mi boca en la entrada del recto, tocándola levemente con la punta de la lengua. Natalie gimió, invitándome a una penetración completa. Los suaves tejidos alrededor del ano tenían un sabor amargo pero no desagradable, un débil y refinado olor a excremento me inundó como una brisa deliciosa e incitante. El culo de Natalie era inmaculado como el de una niña. Con el índice de mi mano derecha me fui metiendo en su culo lentamente, como si temiera lastimarla. El esfínter cedió trémulo, recibiéndome. Natalie empujó con fuerza haciendo que mi dedo se hundiera hasta el fondo; mis nudillos chocaron contra sus nalgas. Yo me apoyé sobre su espalda y empecé a mover mi dedo más violentamente dentro de su ano. Las cálidas paredes del recto de Natalie parecían absorberme, casi podía tocar el comienzo de su colon. Ella gemía como una desaforada, su condición de puta se había exacerbado de repente. Estaba disfrutándolo, o al menos así lo parecía. Sus jadeos llegaban a mis oídos como una sinfonía lujuriosa. Los pliegues viscosos de su recto acariciaban mi dedo.

-         Méteme más dedos Andrea, quiero más dedos, mételos bien adentro, hasta el fondo…

Sin sacar el índice del recto fui metiéndole despacio el dedo mayor, que entró sin problemas. El ano de Natalie parecía devorarme la mano. Era como una boca hambrienta. Mientras tanto, ella gemía y se acariciaba el clítoris.

-         Ah… ah… ¿te gusta mi culo Andrea? Ah… ah…cógeme… sí… sí… más adentro… ahhh ahhh ahhhh

Comenzó a sacudir sus caderas de manera frenética, estimulándose el clítoris con violencia. Natalie estaba apunto de alcanzar el orgasmo. Yo redoblé mis fricciones sobre su culo mientras le besaba y mordisqueaba los glúteos. Con una contundente y salvaje sacudida, Natalie acabó con un gemido apagado,  seco, cortante. Alejó la mano de su vulva enrojecida y la apoyó sobre la cama. Yo saqué mis dedos de su culo. Pequeños restos de materia fecal quedaron adheridos a mis yemas y mis uñas. Me los limpié sobre las sábanas. Ella me miró con una chispa extraña en los ojos.  

-         Es la primera vez que me pasa-dijo, dejándose caer sobre la cama.

-         ¿Qué cosa?-pregunté, limpiándome los dedos y acostándome a su lado.

-         Tener un orgasmo con un cliente…

-         Estás mintiendo-dije con cierto recelo ¿acaso ella me creía tonta?-no lo creo…

-         Pues créelo…

-         ¿Cómo es posible?...

-         ¿Cómo es posible la vida?... y sin embargo aquí estamos.

En los días subsiguientes mis encuentros con Natalie se hicieron más continuados e intensos. Era ella lo único que yo necesitaba. Su olor a concha, su culo inmaculado, su fragancia a sándalo, su perversión y atrevimiento. Le pagué una, dos, tres veces, luego ella comenzó a rebajar su precio; seguí pagándole sin quejas de ninguna clase. Luego, pasadas unas cuantas semanas, ella dejó de cobrarme: -Me gusta estar contigo.-me dijo. ¿Qué era todo aquello? Natalie terminó dándome su número telefónico, el verdadero; ya no éramos una prostituta y su cliente, éramos algo más. Ella misma se encargaba de llamarme para acordar lugar y horario, no era tarea fácil encontrarnos, Ricardo estaba muy pendiente de mí y me resultaba difícil evitarlo. El sospechaba algo, indudablemente.  Natalie y yo nos encontrábamos en un bar que terminó convirtiéndose en nuestro lugar favorito. Un local bastante ordinario ubicado en la zona este de la ciudad. Tomábamos unas cervezas y hablábamos unas horas para luego perdernos en algún cuarto de hotel. Fue allí donde conocí a Natalie como persona, más allá de los aspectos puramente sexuales. Fue allí donde conocí a Ingrid; Natalie resultó ser tan solo un nombre laboral, un seudónimo, un apodo prostibulario. Su verdadero nombre era Ingrid, Natalie era solo una mascara que se ponía por las noches. Y fue allí, en ese lejano bar de la zona este, donde Ingrid se trasformó en parte activa de mi vida erótica y emocional.  A veces la contemplaba desde lejos, caminando sensualmente por calles olvidadas, bañada por destellos otoñales de sol; hermosa como un hada de los suburbios, violenta, imprevisible y desenfrenada, pero a la vez tan suave y etérea. Su cabello rubio era como un furioso ramillete de luz, sus pechos dos suaves esferas, su cintura la curva donde el sexo aguardaba, y su culo, su culo era el abismo donde amaba perderme, donde amaba arrojarme, donde amaba ensuciarme sin temor a culpas o prejuicios. Su culo era mi hálito, mi adicción, mi elixir. Su culo, su hermoso culo. Pero Ingrid no era solamente tetas, culo y un cuerpo maravilloso. Ingrid era una gran mujer, hecha y derecha. Una luchadora de la jungla de asfalto.  En una de nuestras tantas conversaciones me contó sobre sus comienzos en la prostitución: 

-         Llegué a la ciudad de muy joven, a los 20 años, vine con la ilusión de ser modelo, siempre me gustó eso, exhibirme y demás, me miraba al espejo y decía para mis adentros “!Dios, soy hermosa!”, sí, mi sueño era ser modelo, me presenté en varios castings pero siempre quedaba afuera por una razón u otra, y así pasaron varios años, y yo sin conseguir nada, ni una jodida pasarela para modelar, ni una jodida oportunidad en el mundo de la moda, pero tuve algo de  suerte y pude realizar algunas publicidades, una de electrodomésticos y otra de neumáticos, todas primeras marcas, lo que me brindó bastante dinero y algo de reconocimiento, mientras tanto trabajaba como mucama, niñera y cosas por el estilo, hasta que un día conocí en una disco a un tipo con el que empecé a salir, y este tipo una noche me dijo: - Eres una belleza Ingrid, una chica como tú no tiene por que pasar privaciones, eres demasiado hermosa, muchos matarían por estar con una chica como tú…- y fue así como empecé, un día cualquiera me encontré cogiendo por dinero, todo comenzó como un juego perverso con mi pareja, lo que gané con mi primer polvo lo repartí con el, 50 para mí y 50 para el, y así sucedió por un tiempo, 50 para mí y 50 para el, hasta que lo abandoné, la que ponía la concha era yo así que era justo que me llevara toda la ganancia, el imbécil me golpeó tanto que acabé en el hospital, estuve internada por una semana, cuando salí empecé a armar mi propio negocio, siempre fui muy selectiva, me acuesto solo con gente de cierto nivel económico, soy una puta fina, estoy en perfectas condiciones, no tengo venéreas ni enfermedades de ningún tipo, valgo lo que cobro, hace meses que me dedico a coger por dinero, y me parece una buena vida si tomas las decisiones correctas, dentro de unas semanas cumpliré 33 años… ¡y me siento tan plena!...

Después de un mes de salir, beber y coger en cuartos de hotel de mala muerte Ingrid me llevó por primera vez a su apartamento, un lindo monoambiente ubicado en pleno centro.

-         Nunca traigo a mis clientes aquí-me dijo-mi hogar es sagrado.

Y realmente así lo era, aquel lugar se asemejaba a un refinado templo del sexo. La sala de estar era suave y confortable, decorada con dudoso buen gusto, la habitación era el infierno mismo, un antro lujurioso. La pequeña cama de sábanas rojas y las paredes pintadas de azul brindaban a los ojos un extraño espectáculo cromático. Era como entrar en la mente de una geisha. A un costado de la cama había una mesita de luz con los cajones repletos de juguetes sexuales: consoladores, vibradores, prótesis, sofisticados aparatos con forma de vagina, estimuladores de clítoris, bolitas anales. Ingrid incitaba al sexo con una naturalidad apabullante. Allí, en su habitación perfumada con incienso, Ingrid me hizo conocer las múltiples posibilidades eróticas de mi cuerpo. Esa noche me cogió violentamente, con desesperación. Se ató a la cintura un estrambótico cinturón de cuero con un enorme pene de plástico en el medio, lo lubricó con aceite y me lo frotó primero contra el clítoris, despacio, muy despacio, y cuando notó que yo estaba a punto de acabar  me lo metió de un solo golpe. Casi me meo, mi vagina se doblegó ante aquel instrumento monstruoso que Ingrid empujaba dentro de mí con una presteza asesina. Fue como si me hubiesen desvirgado nuevamente. Los orgasmos se sucedían uno tras otro, dejándome floja como una muñeca de trapo. Me lo metió con tal violencia que hasta llegó a salirme sangre de ahí abajo. Luego se quitó el cinturón, se agachó sobre mi cara y me obligó a chuparle la concha hasta hacerla acabar. Después se acostó sobre mí y me besó apasionadamente. Sí, me besó. Fue la primera vez que probé sus labios. Su lengua jugueteaba ávida dentro de mi boca, yo respondí metiéndole la mía. A veces iba a su apartamento solo para besarla; nos desnudábamos, nos acostábamos y nos entregábamos a besos calientes e interminables. Me gustaba acariciar sus pechos mientras la besaba, a ella le gustaba apretarme los pezones. – Son hermosos, se te ponen tan duros…-me decía, chocando su boca con la mía, acometiéndome. Así pasaron casi dos meses, en ese ínterin Ingrid abandonó la prostitución y consiguió trabajo como cajera de un sex-shop.

        -        De ahora en más, solo seré tu puta.-me dijo, depravada y traviesa.

Mientras tanto yo debía soportar los constantes acosos de Ricardo. Nuestra relación se había desgastado, comenzó con un reproche, siguió con una pelea, luego con dos, luego con varias, y terminó convirtiéndose todo en una gran batalla campal. Ya casi habíamos dejado de hacer el amor, nuestra vida sexual  se había esfumado. El se refugió más y más en su trabajo y yo repartía mi tiempo entre Ingrid y mis clases de literatura. Iba poco a casa, y cuando lo hacia me encontraba con Ricardo y el infierno recomenzaba. Ximena era la que más sufría esa situación, comenzó a descuidar sus estudios y a adoptar ciertas actitudes autodestructivas, razón por la cual decidimos que lo mejor era empezar con terapia. Los tres. Tampoco sirvió de mucho; Ricardo y yo nos alejábamos cada vez más, nuestro matrimonio se iba por el inodoro como un gran trozo de mierda. Un día, en medio de una atroz pelea, Ricardo reventó un florero contra la pared y se paró amenazante frente a mí. Tuve miedo.

-         ¡Se que te estás viendo con esa puta! ¡lo se!-me dijo con los ojos destilados de furia.

Yo le di una bofetada y salí corriendo a la habitación. Ese mismo día Ricardo abandonó la casa. Ximena lloraba. La separación se veía venir. Estaba allí, golpeando nuestra puerta. Finalmente, todo se desencadenó una lluviosa noche de sábado. Yo había ido al apartamento de Ingrid, habíamos hecho el amor y nos encontrábamos desnudas en la cama, acostadas una junto a la otra. Ella se abrazaba a mí de un modo casi fraterno, acurrucándose sobre mis pechos como si buscara mi protección incondicional.

-         ¿En que nos hemos metido?-me preguntó besándome el cuello.

-         Sea lo que sea, no me arrepiento de nada Ingrid, Dios, eres tan bella- dije, besándola en la boca hasta casi sofocarla.

El encantador  perfume de su piel me llenaba los poros, su lacio cabello dorado me acariciaba el rostro, era como un sol que me cegaba.

-         Ingrid… ¿sabes algo? Creo que estoy enamorándome de ti, creo que te amo…-le dije, acariciándola.

Ella me miró y un destello abrasador le encendió los abismales ojos verdes. Se tendió sobre mí y sus besos se hicieron más intensos. En ese momento sonó el timbre. Ingrid se levantó de la cama y fue a atender el  intercomunicador. Vi en un instante como su rostro se transformó en una lánguida mascara de preocupación. Ingrid colgó el tubo, me miró y dijo:

-         Es tu esposo, está ahí abajo…

Ambas nos vestimos a las apuradas y bajamos. Ingrid quedó a la espera a un costado del pasillo principal, yo abrí la puerta que daba a la calle. Allí estaba Ricardo, empapado hasta los dientes. Un relámpago lo iluminó fragmentariamente. Ambos quedamos mirándonos un buen rato, sin saber que hacer ni que decir. Al fin, Ricardo dijo entre sollozos:

-         ¿Qué tiene ella que no tenga yo? Por favor, dímelo Andrea…

-         Este no es el lugar ni es el momento Ricardo, lo hablaremos luego…

-         ¡Al diablo!-exclamó Ricardo rompiendo en llanto-¡Lo hablaremos ahora! ¡Dímelo!

En ese momento Ingrid salió a enfrentar la situación. Ricardo la miró entre chispas de furia. Estábamos los tres en medio de la vereda bajo una lluvia torrencial que se hacía a cada segundo más violenta. Los relámpagos nos alumbraban como espectros juguetones. 

-         ¡Puta! ¡Maldita puta!-gritó Ricardo, dirigiéndose a Ingrid-¡Que es lo que le has hecho a mi esposa! ¡Que es lo que le has hecho!

Se abalanzó hacia Ingrid con el firme propósito de golpearla. Al intentar zafar de Ricardo ella resbaló en la vereda mojada y cayó al piso con estrepito. Yo intenté ayudarla, Ricardo me aferró de los hombros y me arrojó lejos. Ingrid se puso de pie. Ricardo la agarró del pelo y la golpeó fuertemente en medio de la cara. Ingrid se desplomó como un pájaro muerto. Yo corrí hacia ellos y me abracé a la espalda de Ricardo. Me abracé a él como una ventosa, mis brazos eran tentáculos. Los ojos de mi esposo estaban blancos de odio y celos. Su mano derecha se cerró en un puño que apuntaba implacable hacia el bello rostro de Ingrid. Ella lo miraba perdida, un hilillo de sangre se deslizaba por su barbilla.

-         ¡La amo Ricardo!-grité abrazada a su espalda-¡Suéltala por favor! ¡La amo!

Ricardo giró su cabeza y me contempló abstraído. Una expresión de mansa resignación se vislumbró en su mirada. Soltó a Ingrid como si soltara un trapo viejo. Ella pareció volver en sí, el golpe la había aturdido, sus mechones rubios y mojados por la lluvia se le pegaban al rostro. Yo fui hacia ella y la abracé con todas  mis fuerzas. Ricardo nos miraba, completamente entregado. Entonces comprendió que no había absolutamente  nada que pudiera hacer para torcer mi destino. Como obedeciendo un mandato, dio media vuelta y se alejó de nosotras caminando por las calles anegadas hasta perderse en el horizonte. Ingrid y yo quedamos arrodilladas y abrazadas bajo la lluvia, iluminadas por los relámpagos. La ayudé a ponerse de pie, ella me miró agradecida… y entramos.

Habíamos sobrevivido, y el futuro era nuestro.

 

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