| La desdichada pasión de un poeta |
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| por RaMséS-LV | ||||||||
| 07 / 2008 | ||||||||
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La historia de la literatura moderna, desde los románticos alemanes e ingleses hasta nuestros días, es la historia de una larga pasión desdichada por la política. De Coleridge a Mayakovski, la Revolución ha sido la gran Diosa, la Amada eterna y la gran Puta de poetas y novelistas. La política llenó de humo el cerebro de Malraux, envenenó los insomnios de César Vallejo, mató a García Lorca, abandonó al viejo Machado en un pueblo de los pirineos, encerró a Pound en un manicomio, deshonró a Neruda y Aragón, ha puesto en ridículo a Sartre, ha dado demasiado tarde la razón a Breton… Pero no podemos renegar de la política; sería peor que escupir contra el cielo: escupir contra nosotros mismos. Octavio Paz
ENCUENTROUn atardecer insulso. No hay nubes en el cielo, sólo un tenue e infinito cascarón grisáceo que se resquebraja lentamente. Después de constatar que mis vecinos han vuelto a depositar el cadáver fresco y ensangrentado de un gato negro en la jardinera (práctica remota, fruto de su probable afición a la brujería), entro a mi casa y me arrojo al sofá más cercano. No ha sido un buen día. A pesar de haber visitado uno de los muchos agujeros infames que envilecen la ya de por sí áspera ciudad de México (receptáculos de mi curiosidad desde hace varios meses), la fascinación ha quedado opacada por el ajetreo del transporte público y una fastidiosa pegajosidad que se resiste a abandonar mis manos. Volteo el rostro hacia la mesa de la sala. Un libro está esperando ansioso a que recorra con mis dedos sus cubiertas y con mis ojos las finas y redondas letras que tachonan sus páginas. Su nombre, El laberinto de la soledad, su autor, Octavio Paz. Un libro de culto, sin duda. Renuencia. Desmotivado por un atardecer tan insípido y por un gato que se pondría en mi jardinera, lo que menos quería era leer un libro de culto. De cualquier manera, lo tomé, lo abrí y comencé a leer. Que los muertos entierren a sus gatos. Las primeras páginas me parecieron medianas. El México que describía Paz me resultaba, en ciertos aspectos esenciales, ajeno, y tampoco me convencía su acompasada descripción de las tradiciones y los hábitos mexicanos. Sin embargo, pronto se abrió una rendija que, sin saberlo aún, me conduciría a uno de los descubrimientos literarios más estimulantes de mi vida. Burlando las limitaciones del inevitablemente chato y dogmático psicoanálisis, Paz comenzó a explorar, a partir del lenguaje, la brutalidad que acecha tras el rostro aparentemente afable del mexicano, ésa que William Burroughs, sin conocer si quiera de oídas al poeta, padeciera y describiera tan bien durante su estancia en nuestro país, allá en los lejanos cincuentas del siglo XX. Al parecer, valía la pena continuar. Y, en efecto, poco a poco fue decantándose una lúcida interpretación de la idiosincrasia y la historia de México, de las sacudidas políticas y culturales del siglo XX, del despertar de las antiguas colonias europeas, de la modernidad y del lugar que México ocupa en un mundo interconectado que en cualquier momento puede desaparecer bajo el influjo de la estupidez y el odio humanos, pero que también puede, por fin, hablar el mismo idioma. “Somos, por primera vez en nuestra historia, contemporáneos de todos los hombres”, frase al mismo tiempo alentadora y aterradora con la que Paz coronaba una de sus obras más importantes. Me detuve un momento a reflexionar y, ante todo, a comparar. Sí, se trataba de una obra sin parangón, de una fina prosa muy alejada del esnobismo y la pedantería de la intelectualidad europea de la época. La reflexión histórica, política y social de Paz, esbozada en El laberinto de la soledad, y detallada en otros ensayos como Postdata, El ogro filantrópico y Posiciones y contraposiciones, así como en los abundantes artículos y notas que nutrieron el suplemento cultural Plural y la revista Vuelta, destilaba una sustancia consistente, bien balanceada, digna del lector más exigente –no hablemos ya de su poesía, ese refulgente semillero lingüístico que arranca honores aún a los más reacios. ¿Por qué, entonces, a 10 años de su muerte, se afianzan, en conversaciones y diarios, en revistas culturales y discursos políticos, voces que presentan al poeta como un auténtico camaleón carente de cualquier sentido de la ética, como un escritor que lo único que sabía hacer –y hacía- era escribir libros bellos, pero que, en el mejor de los casos, no era más que un sofisticado reaccionario? ¿Cuáles son las razones que subyacen tras la confección de las ominosas etiquetas adheridas al nombre de Octavio Paz? Además de la incuestionable falta de coherencia intelectual al final de su vida, un elemento que contribuye a explicar la construcción de esta imagen contrahecha es esa especie de paranoia colectiva que corroe el juicio de miles de mexicanos: la ideologización política. Probablemente la intelectualidad mexicana sea una de las más proclives a esta aberración mental que obnubila la inteligencia. Pensar, escribir y profesar ideales contrarios a lo que se considera políticamente correcto (sin importar la ortodoxia política de que se trate) siempre es motivo de desprestigio y equivale a la expulsión del paraíso de las buenas conciencias, de las socialmente irreprochables y comprometidas. Tratar de discernir la validez de la reflexión política de Paz en medio del ventarrón de acerbas descalificaciones, pero también de la ventisca de elogios inconsecuentes, es una tarea que exige una lectura atenta y limpia de sus escritos políticos. Y, ya que la noche había caído, que una brisa fresca ahuyentaba la flotilla de moscas congregada alrededor de mi jardinera, decidí dejar el cómodo sofá y subir a mi habitación para tratar de leer así, limpia y atentamente. ENTRE LAS CATACUMBAS Y EL SÓTANO DE LOS CONSPIRADORESOctavio Paz fue figura destacada de esa larga pasión desdichada por la política que es la historia de la literatura moderna. Poeta, ensayista, traductor y editor, jamás se mantuvo al margen de los acontecimientos políticos más importantes de su tiempo. No podía hacerlo. Para Paz, el escritor moderno y la crítica estaban indisolublemente ligados. El escritor –la boca que canta y cuenta- se desdobla en la mente que analiza y desmonta situaciones y personajes. La presentación se interioriza y se transforma en una reflexión sobre aquello que presenta y sobre sí misma. El escritor moderno introduce en la sociedad la crítica de la sociedad. Como, a su vez, el lenguaje es una sociedad, la literatura se convierte en crítica del lenguaje. Al igual que Cervantes y Balzac, el poeta mexicano pretendía ir más allá del simple retrato, condena o apología de su sociedad; lo que quería era criticarla. Y, al hacerlo, se topaba ineludiblemente con el sempiterno problema de la vida justa del hombre, que –siguiendo a Leo Strauss- es el problema del orden justo de la sociedad: la política. ¿Corolario? Una constante preocupación crítica por el devenir histórico del siglo XX y una polémica ininterrumpida con sus intérpretes y analistas declarados: los intelectuales de izquierda. Así, pues, Octavio Paz se sumó a la pequeña pero picante lista de escritores que, a su manera, decidieron hacer algo más que modelar delicadamente los contornos del lenguaje. Pero hacer una crítica de la sociedad no se reduce a acomodar, uno tras otro, varios bloques de juicios asépticos e inocuos. Semejante pretensión condena a quien la asume a adoptar una postura ante los hechos, así sea meramente aproximativa y provisional. Es decir, remite a la también sempiterna cuestión del intelectual y el poder. Octavio Paz lo sabía y pretendió resolverla de una forma clara y contundente. Como escritor mi deber es preservar mi marginalidad frente al Estado, los partidos, las ideologías y la sociedad misma. Contra el poder y sus abusos, contra la seducción de la autoridad, contra la fascinación de la ortodoxia. Ni el sillón del consejero del Príncipe ni el asiento en el capítulo de los doctores de las Santas Escrituras revolucionarias. ¿Es que se puede mantener una sana distancia frente al Estado, los partidos, las ideologías y la sociedad? Si es posible, ¿cuál es la mejor manera de hacerlo? Paz se enfrentó entonces a otro dilema de difícil resolución, la del intelectual y la izquierda, o, lo que es lo mismo, la del matrimonio entre la intelligentsia y las causas justas. En efecto, es lugar común afirmar (y hasta sentenciar) que la intelectualidad debe, por su condición misma, simpatizar con la izquierda, ya que ésta encarna los genuinos ideales de igualdad, libertad y justicia, perlas del pensamiento de Occidente. Sin embargo, el poeta no se adhirió a la izquierda y, por el contrario, fue uno de sus críticos más agudos e incómodos. El camino que eligió fue el de la independencia, es decir, el de la crítica –“el aprendizaje de la imaginación en su segunda vuelta, la imaginación curada de fantasía y decidida a afrontar la realidad del mundo”. He aquí el origen de la encarnizada polémica que levantaron y siguen levantando las reflexiones políticas de Paz.
Para dar respuesta a esta interrogante (crucial para entender la polémica sobre la reflexión política de Paz) habría que aclarar términos y ensayar una tesis. Empecemos por esto último: tal divorcio, en esencia, era falso, pues fue producto, en primer lugar, del monopolio que la intelectualidad marxista-leninista hizo del término “izquierda”, y, en segundo, de la confusión (imposible afirmar si intencional o inocente) de Paz respecto a lo que dicho término significa. A grandes rasgos, y sin negar que la antinomia izquierda-derecha sea una de las más espinosas de la teoría política, puede verse en el concepto “izquierda” un epítome de los modernos movimientos (simultáneamente políticos e intelectuales) de emancipación política que han pretendido y pretenden terminar con los privilegios de unos cuantos para construir una sociedad justa y equitativa. Vista de esta manera, la izquierda podría abarcar (como, efectivamente, ha abarcado) un amplio espectro de tendencias políticas, intelectuales y culturales, dependiendo del momento histórico en turno. Sin embargo, a partir del triunfo de la Revolución bolchevique de 1917 (y quizá antes) una sola tendencia política e intelectual, la marxista-leninista ligada a la causa revolucionaria e internacionalista emprendida por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, se arrogó el derecho a proclamarse de izquierda. Esta virtual confiscación de un espacio político heterogéneo se consolidó fatalmente con el ascenso de Stalin al poder en 1929, y, en adelante, los partidos comunistas, y la intelectualidad ligada a ellos, concibieron al mundo en blanco y negro: quienes no estaban a favor de su causa, irremediablemente, estaban en su contra –tales fueron los casos, tan tristes por lo grotescos que resultan, de Pablo Neruda y David Alfaro Siqueiros. Por supuesto, esta monopolización no anuló, en lo absoluto, las corrientes alternativas de izquierda, pero sí las silenció. Las camarillas de intelectuales izquierdistas “correctos”, desde Estados Unidos hasta Corea, condenaban a todo aquel que no subordinara su talento e inteligencia a la “causa revolucionaria”, y expulsaban de su seno a quien se atreviese a criticar públicamente a las diversas “encarnaciones de la lógica de la historia”: la Unión Soviética, China o Cuba. El pensamiento de izquierda, por natural añadidura, se convirtió en ideología, en dogma y, peor aún, en religión política –estatus que comparte con el fascismo. Paz rompió con esta izquierda y, acertadamente, la criticó. Reivindicó, en cambio, la disidencia y los valores clásicos del liberalismo, pero, al dejar a un lado (porque no las desconocía) las demás corrientes de izquierda, incurrió en una generalización que a la postre le resultó bastante cómoda. Así, pues, el gran error de Octavio Paz fue confundir a la izquierda con el socialismo y al pensamiento de izquierda con el marxismo-leninismo. El error, en todo caso, fue doble y de ahí que el divorcio, en esencia, no haya sido real: la izquierda “oficial”, en su ceguera, se negó a reconocer en el poeta una de las condiciones básicas de la causa izquierdista, a saber, el pensamiento crítico, y el poeta, preocupado por neutralizar las toxinas que corrompían la salud de su siglo, pero también ansioso de un rival afín, nunca admitió que esa izquierda fuera una de las tantas que existían. Con el tiempo, la historia parecería darle la razón a Paz. La Unión Soviética desapareció y con ella se fueron las certezas de la intelectualidad biempensante. Poco a poco, no sin renuencia, esos intelectuales admitieron sus errores y, paradójicamente, fueron incorporando en su renovado léxico las palabras y propuestas que el poeta y su grupo de colaboradores introdujeran desde la década de los setenta en el debate nacional: denuncia del sistema represivo soviético, democracia, pluralismo. Como dijera el mismo Paz, Mis afinidades intelectuales y morales, mi vida misma e incluso mis críticas, son parte de la tradición de la izquierda. No olvide [interpelando a Braulio Peralta] que lo que hoy llamamos izquierda comenzó en el siglo XVIII como un pensamiento crítico. La gran falla de la izquierda –su tragedia- es que una y otra vez, sobre todo en el siglo XX, ha olvidado su vocación original, su marca de nacimiento: la crítica. Ha vendido su herencia por el plato de lentejas de un sistema cerrado, por una ideología… Pero no hubo tiempo ni condiciones para la reconciliación. La animadversión era mutua e irreversible. Comenzó entonces el tránsito de Octavio Paz hacia los terrenos del conservadurismo, y, entre los rescoldos de la vieja izquierda mexicana, comenzó a despuntar un nuevo dogmatismo carente de ideas y propuestas reales, hoy apuntalado en el Partido de la Revolución Democrática.
POESÍA POLÍTICAMomento de apilar algunos volúmenes y de abrir otros. El filo lunar desgarra el vientre de la noche, pero aún hace falta cribar el trigo de la neguilla, distinguir lo meramente retórico de lo sustancial. Hacerlo, además de un sabroso desvelo, requerirá de una pequeña digresión sobre ciencia política. Arranquemos con una anécdota. Jean Jacques Rousseau, célebre personaje de la Ilustración, lamentaba profundamente que los políticos de su tiempo, a diferencia de los antiguos (entiéndase, los griegos y romanos, quienes hablaban de la virtud), sólo se interesaran por el comercio y el dinero. Sin embargo, su elegía distaba mucho de ser un simple juicio subjetivo; captaba, por el contrario, el rasgo definitorio de la ciencia política moderna: la separación entre la pretendida objetividad científica y el problema de la verdad y la ética, que, en adelante, quedaría relegado al ámbito de la conciencia individual. Si se quería entender científicamente la política, decían los filósofos modernos, había que deslindar el conocimiento (que es siempre imparcial) de los valores éticos y morales (que son siempre parciales). La opinión de Octavio Paz al respecto implica, quizá sin proponérselo, un cambio radical en la forma moderna de comprender las relaciones sociales. Nadie debería atreverse a escribir sobre temas de filosofía y teoría política sin antes haber leído y meditado a los trágicos griegos y a Shakespeare, a Dante y a Cervantes, a Balzac y a Dostoievsky. La historia y la política son los dominios de elección de lo particular y lo único: las pasiones humanas, los conflictos, los amores, los odios, los celos, la admiración, la envidia, todo lo bueno y todo lo malo que somos los hombres. La política es un nudo entre las fuerzas impersonales –o más exactamente: transpersonales- y las personas humanas. El poeta no exhortaba a los sabihondos y eruditos de las academias a que leyeran novelas y poesía (sugerencia por demás inútil), sino a admitir que la política, en su dimensión teórica y en su dimensión práctica, es también un asunto de ética y de moral, pues su raíz es el ser humano, el individuo concreto, con sus pasiones, contradicciones y anhelos. De ahí que, a su juicio, no existiera una lógica de la historia, una ley impersonal que subsumiera en su irrefragable desarrollo las vidas y acciones de los individuos (la historia es una “caja de sorpresas”, diría en alguna ocasión), ni una “razón de Estado” fundada en una idea (fuera ésta la Revolución, el Progreso o la Modernidad) que justificara las atrocidades de un líder, de un partido o de sus simpatizantes. Esta crítica (que es, paralelamente, un punto de partida), si bien refleja un profundo conocimiento de la historia, de la literatura y de la filosofía, es, ante todo, una polémica moderna, una diatriba intelectual que no podría pertenecer a otro siglo que no fuera el XX –aunque sus aportes perduren en el tiempo. Paz intuyó (a mi parecer, correctamente) que su único interlocutor podía ser la izquierda de su siglo, heredera de una gran riqueza de pensamiento que recogía lo mismo a los grandes pensadores de la Ilustración que a Hegel, a Fourier y a Lasalle que a Marx y a Engels, y que, en virtud de esa herencia, era la única que ofrecía realmente una visión del mundo congruente, un programa de acción y una utopía –la derecha no tiene ideas, sino intereses, decía el poeta. Ciertamente, Paz no habría tenido mucho que discutir con Jaime Perrioux. Por eso, la polémica va dirigida a esa herencia: crítica al supuesto de que la historia apunta hacia un punto determinado, que tiene una lógica superior que arrastra tras de sí a los individuos, tan cara a Hegel y a Marx (y, también, a Fiore y a Comte); crítica al reemplazo del mesías por el agente revolucionario de la historia, la clase obrera; crítica al excesivo peso que se le otorgó a la economía como determinante de las acciones de los seres humanos, en desmedro de otros aspectos no menos esenciales, como la religión; en fin, críticas que, dada su amplitud de miras, desembocaron en una crítica más amplia, la del progreso y la modernidad –tan aguda que, en 1980, el filósofo alemán Jürgen Habermas reivindicó a Paz como referente en su tesis de la modernidad como proyecto inacabado.
No menos lúcida podía ser su interpretación de la historia de México. Octavio Paz, a contracorriente, recuperó el valor que la Colonia aportó a la vida espiritual y cultural de nuestro país; desmitificó a los héroes nacionales, desde los insurgentes hasta Juárez, y, haciendo a un lado los clichés predominantes, reconoció el significado histórico del Partido Revolucionario Institucional (y, desde luego, su petrificación), consciente de la línea de continuidad que, desde la República restaurada de Juárez y Lerdo de Tejada, unía a las sucesivas administraciones mexicanas: la modernización –lucidez que no elimina los puntos cuestionables de su reflexión, como su interpretación del porfiriato y de la Revolución mexicana. Al final, Paz arribó a la conclusión de que los problemas de México eran los de todo el mundo; que los antiguos dioses, Dialéctica, Mercado o Progreso, habían dejado de decir algo a los seres humanos; que, en el trazado de un nuevo horizonte, toda la humanidad, y no sólo Europa y Estados Unidos, debía concurrir en un mismo impulso renovador. Pero el optimismo de fin de siglo no lo obnubiló. Sabía que la democracia (que, a la postre, avanzaba galopante en América Latina y en Europa del este) era, quizá, el mejor método de convivencia social, pero que, no obstante, carecía por completo de un proyecto ideal de sociedad, que no ofrecía una utopía que aglutinase las voluntades humanas, y que, de alguna manera, contribuía al deleznable relativismo hedonista del mundo contemporáneo. Por eso, su propuesta fue la conciliación: una nueva tradición que combinase el liberalismo (con su aspiración hacia la libertad) y el socialismo (con su aspiración hacia la igualdad) mediante la fraternidad, el puente, esencialmente religioso, que el siglo XX minó, aunque no destruyó por completo: la reconciliación, inevitablemente efímera, de razón, libertad, igualdad y espiritualidad; la inserción de lo relativo en lo absoluto.
VIRAJES Y VEREDICTOSEnciendo el televisor. No me asombra que la programación se haya reducido a una repetición monótona e insulsa de las mismas cápsulas comerciales que, madrugada tras madrugada, ofrecen una variada gama de productos milagrosos para entretener el insomnio y aliviar las miserias personales. Lo que me asombra es que, en un canal cultural (que, de cualquier manera, nadie ve de noche ni de día) estén retransmitiendo una acalorada charla entre escritores y críticos literarios sobre el legado de Octavio Paz, a diez años de su muerte. El veredicto, aunque no exento de calidad, es unánime: exaltación pura y metódica de la poesía, la obra ensayística y la reflexión política de nuestro ínclito poeta. Creo que, lejos de honrar la memoria de Paz, las alabanzas sin matices echan tierra sobre la figura y el pensamiento de un hombre que se distinguió por la crítica. Esto último me lleva a abrir nuevos volúmenes y a poner fin a mi reflexión. Los amigos y admiradores de Octavio Paz suelen excluir una de las facetas oscuras del gran poeta mexicano: su afinidad y apoyo, a veces desconcertante, hacia Carlos Salinas de Gortari. Más silenciosos se vuelven cuando se trata de discutir, o siquiera mencionar, el velado sustento intelectual que Paz proporcionó, no sin cierta timidez, a las tesis económicas que se pusieron de moda tras el desmoronamiento de la Unión Soviética entre economistas, políticos conservadores e instituciones financieras internacionales –las mismas que, desde hace varios años, son desechadas con vergüenza hasta por sus antiguos centros promotores. Y es que Paz, en los últimos años de su vida, comprendió que el intelectual no puede mantenerse completamente al margen del poder, que la efigie del escritor como un ente puro y marginal es, cuando menos, insensata. Los escritores no son voceros de nadie. Son su propia voz. Sí, hay que mantener la distancia frente al Príncipe pero eso no significa tener una posición puramente negativa frente a todo lo que haga el poder. Cuando el Estado hace algo bien, hay que tener el valor de decirlo. La política es una cuestión de decisiones concretas, particulares, más que ideológicas. No tiene uno por qué tener miedo a decir lo que se piensa. El poeta no escatimó vítores a Carlos Salinas ni tuvo miedo de apoyar públicamente sus políticas y su proyecto modernizador. Tampoco se inhibió ante las críticas e insultos que recibió tras incorporarse a Televisa, empresa históricamente adicta al gobierno. Sus opositores capitalizaron este viraje y lo tildaron de “derechista”, “conservador”, “reaccionario” y “neoliberal” –el insulto preferido de la izquierda mexicana. En realidad, Paz no hacía nada que sus críticos no hicieran: los intelectuales de izquierda se habían caracterizado por apoyar públicamente, y hasta con fervor, a Fidel Castro, a Salvador Allende, a Daniel Ortega y a Cuauhtémoc Cárdenas. Pero nunca perdonaban a quien se adhiriera a causas y personajes contrarios a sus convicciones y expectativas –algo similar, dicho sea de paso, ocurre actualmente. Nadie, entre los intelectuales de izquierda, levanta un dedo porque Gustavo Iruegas y Elena Poniatowska respalden los deslices de Andrés Manuel López Obrador, pero sí se apresuran a denostar a Soledad Loaeza y al mismo Cárdenas por no plegarse a los deseos del líder tabasqueño. El problema era de otra naturaleza, muy alejada de la toma de posiciones dentro del espectro político coyuntural. El caso de Octavio Paz trae a la memoria un síndrome frecuente entre escritores e intelectuales al final de sus vidas: el desplazamiento, de una postura crítica y hasta contraria a los proyectos de los poderes establecidos, hacia una postura anuente, bastante moderada y a menudo proclive hacia aquéllos. Bástenos mencionar, a guisa de ejemplo, a John Dos Passos y a Sinclair Lewis.
Pero sea ello como quiera, es lo cierto que Paz no fue, ni remotamente, un “neoliberal” (los neoliberales no reconocerían, como sí hizo el poeta, el potencial destructivo del mercado), ni mucho menos un intelectual que transitó de la izquierda a la derecha (en ese caso, habría que pensar en intelectuales como Irving Kristol e Irving Howe, viejos revolucionarios trotskistas ahora luminarias del neoconservadurismo estadounidense). Octavio Paz encendió la ira de los intelectuales y partidarios de la izquierda al romper con la causa revolucionaria que aquéllos enarbolaban, y así, violentando la corrección política, obtuvo su expulsión del paraíso –que, en la actualidad, se ha convertido más bien en limbo. Las incongruencias al final de su vida sólo confirmaron ese alejamiento. ¿Y estas incongruencias echan por la borda todo su legado? Para las consciencias puritanas, que exigen, cual anciana mojigata, un impecable acatamiento de las normas prescritas en el manual de las buenas costumbres intelectuales, tal vez sí. Para quienes comprendan que la validez de una idea siempre es relativa al tiempo y al espacio, y que de esa manera debe asimilársela, la reflexión política de Paz ofrece un auténtico venero de filtros para interpretar la historia política y social del siglo XX y, también, para interpretar nuestro incipiente siglo XXI. Más aún: la biografía política de Paz nos muestra que el idilio entre literatura y política, como el amor, es siempre una pasión condenada a la desdicha.
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La crítica le permitió percibir los matices más finos de la cultura y el lenguaje y, por supuesto, hilvanar lúcidamente las claves de un turbulento siglo XX que hundió en el fanatismo político a millones de seres humanos. No obstante, al no adherirse a la izquierda, Paz se transformó, automáticamente, en la última proposición del silogismo izquierdista en boga: el reaccionario. Apostasía epistemológica, herejía imperdonable. Pero ¿hasta dónde es cierto, auténtico, ese pretendido divorcio entre el poeta mexicano y la izquierda?
En cambio, Paz intentó esbozar, sin pretender jamás convertirse en sociólogo, y sí con una alta dosis de literatura y poesía, una reflexión que interpretara los fenómenos históricos a partir de sus propias características y no de viejos moldes decimonónicos, mucho menos a partir de la supuesta infalibilidad de tal o cual proyecto político. Fue así que el poeta mexicano, desplegando una lucidez poco frecuente en los mamotretos académicos, inundados de citas y notas a pie de página, distinguió los detalles más finos del siglo XX: no la Guerra Fría (vulgar simplificación del siglo más turbulento de la historia), sino la revuelta de los países subdesarrollados (y su desquiciante contradicción: culturas humilladas por Europa que, no obstante, querían occidentalizarse), el surgimiento y consolidación de la burocracia como casta gobernante, el crecimiento desmesurado del Estado y, recuperando a José Ortega y Gasset y a Roger Callois, la transformación de las ideologías políticas en religiones espurias.
Pues bien, Paz no solamente respaldó a Miguel de la Madrid y a Carlos Salinas; ese respaldo implicó hacer a un lado las premisas éticas y morales que fundamentaban su concepción de la política (la justificación que hiciera de los sacrificios que la liberalización económica impuso sobre las franjas más empobrecidas de la población es buena muestra de ello) y renunciar al rigor que guiaba sus reflexiones sobre los fenómenos históricos nacionales (sus críticas al movimiento zapatista, sumamente sesgadas, confirman esta observación). Octavio Paz se rehusó a denunciar la persecución y la violencia que Salinas ejerció contra sus opositores, y aplicó el mismo silencio a la feroz política de contrainsurgencia desplegada por el carismático presidente contra las comunidades zapatistas chiapanecas, entre tantas otras cosas. ¿Sacrificio de la crítica en aras del éxito de un proyecto pretendidamente moderno y democratizador? 

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