| Abrázame |
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| por David A. Perales | ||||||
| 07 / 2008 | ||||||
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David A. Perales ha ejercido el periodismo desde hace dos décadas como reportero, editor, articulista o colaborador de diferentes medios informativos y revistas en Monterrey, Nuevo León. Incursionó también en áreas de comunicación social de los tres niveles de gobierno, enfocando su participación primordialmente en el ámbito policiaco y de seguridad. En 1993 publicó el libro “Memorias de la Muestra Nacional de Teatro en Nuevo León”. Siempre que el tiempo lo permite, escribe un poco, al menos para ejercitar neuronas y acaso olvidar penas. Este cuento, concluido en mayo de 2008 y enviado por David A. Perales, es enclavado en Zacatecas y nos habla de las pasiones humanas; de su naturaleza territorial y dinástica. Quizá susurre también, un poco de ternura. ¿Ustedes que piensan?
AbrázameDicen que las calles de la ciudad de Zacatecas son muy tranquilas, particularmente en jueves a las 4:30 de la mañana, pero eso pareció no importarle a la muerte, al destino que de un tajo segó la vida de Alfredo Cervantes, quien a bordo de su auto amenazara con ganarle la carrera, conduciendo velozmente por un estrecho camino apenas alumbrado, cuya superficie a su vez competía en textura contra la desgastada superficie lunar. Aunque su corazón había dejado de latir hacía unos tres minutos, aquel joven sentía que su cuerpo todavía no se enfriaba por completo, sin embargo sus extremidades ya denotaban indicios de la inminente rigidez mortal que lo confirmaba todo. El encontronazo fue brutal, Alfredito o ‘Fredo’, como le decían sus amigos, había dejado de existir… al menos en el plano terrenal. Aún permanecía prensado entre el respaldo del asiento y el volante del Maserati negro que tenía desde que salió de la preparatoria, sus piernas anormalmente flexionadas hacia abajo casi rozaban la alfombra, de los brazos sólo quedaba el derecho con el cual se asía al tablero, el otro reposaba en el asiento trasero luego que lo cercenara de raíz una de las láminas del tejaban que detuviera en seco su vertiginosa trayectoria. Así, inmovilizado por completo y en la penumbra que antecede el umbral de lo eterno, no le quedó más que contemplar las estrellas desde lo que hasta hace unos instantes constituyera su lujoso deportivo, y tratar de explicarse cómo ocurrió todo mientras aguardaba que alguien llegara a brindarle auxilio. Luego de la reveladora confesión de Nora, su novia desde hacía más de cinco años, quien sin más preámbulo le recetó su adiós, los gritos de la discusión hicieron eco en la inmensa bóveda de El Malacate, la emblemática disco enclavada en el corazón del Cerro del Grillo, “donde la extinta mina alentara los delirios de grandeza de todos aquellos extranjeros que osaron arrancar su riqueza a las entrañas de la tierra a costa del sudor, la sangre y la vida de cientos de esclavos mexicanos”. Bueno, recordar el dicho de los cronistas de su ciudad no remediaba nada, tampoco tararear “Rehab”, de Amy Winehouse que no paraba de escucharse por los altavoces del local. El mágico encanto de las ciudades coloniales propicia el romance, enfatiza el amor y desata las pasiones; los empedrados callejones, las baldosas y la cantera del centro histórico zacatecano considerado patrimonio de la humanidad no eran la excepción. ‘Fredo’ creció contemplando aquel paisaje urbano que le diera alas a sus sueños, pero que ahora le jugaba una desigual partida. _¿Por qué lo hiciste, no quedamos en que esperaríamos un año más antes de fijar la fecha para la boda? Tus papás estaban de acuerdo en que viviéramos juntos. ¿Se te acabó el amor o te faltó algo…? El ardoroso reclamo fue sutilmente ahogado por el artero final que como un hielo resbaló por su espalda estremeciéndolo por completo. _Estoy cansada de ti …me da asco tu miseria cotidiana. Adiós, sentenció la chica apretando sus temblorosos labios mientras que por su rostro resbalaba una lágrima, antes de dar media vuelta y dejar a su “ex” solo frente a la botella de whisky, el tazón de cacahuates, las dos cajetillas de cigarros y el par de vasos de cristal que sobre una mesita atestiguaban aquella inesperada ruptura. La precisión quirúrgica de aquellas pocas palabras había resultado letal para el heredero del cártel de los Cervantes, cuyo proyecto de vida consistía en una casa grande al sur de la ciudad, dos hijos para verlos crecer, una camioneta Hummer y agallas, muchas agallas para trabajar en la siembra de enervantes que desde hacía dos generaciones aportaba el sustento de la familia. _¿Cómo descubrió que la engañé? ¿Quién le habrá ido con el chisme? Las dudas de ‘Fredo’ no terminaban de despejarse, lo que sí se aclaró fue la sensual silueta de la dama de negro que había llegado hasta ahí. _Abrázame… Esa fue última palabra que Alfredo escuchó antes de que aquella encantadora figura femenina se transformara en la siniestra criatura que lo arrastró por las riveras del Aqueronte, para navegar en medio del infierno que perpetuamente incinera a los narcos, traidores o ladrones, a quienes en su infinita gracia la Iglesia califica de pecadores sociales, sobretodo si son ricos de los que salen en Forbes.
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