| Aurelia y el Monstruo |
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| por Angélica Santa Olaya | |||||||||||
| 07 / 2008 | |||||||||||
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Angélica Santa Olaya gusta de merodear el silencio en busca de un haz luminoso aunque siempre corre con la suerte de encontrar moscas y alguno que otro pedazo de mierda que luego comparte con quien se deja. AURELIA Y EL MONSTRUOHoy fue uno de esos días en los que uno no sabe a dónde dirigir el paso. Uno de esos días en que ni siquiera se sabe si se va a poder poner el pie en el suelo después de abrir los ojos y encontrarse con el sol radiante… afuera. No por favor, no quiero despertar, quiero seguir dormida y no tener que pensar en desayunos, obligaciones y sonrisas por repartir entre gente a la que le importa un bledo si nos estamos muriendo por dentro. Hoy hubiera estado bien que amaneciera nublado, pero estaba soleado y era peor. Como estar escuchando que no había razón para estarse tirando de las venas ni para pensar en alguna buena y decente manera para dejar de respirar. Es difícil comprender como es eso de “te quiero, pero no me gusta lo que haces.” Si yo vendo tortas entonces soy tortera y el que me quiera debe gustar de las tortas. Si soy puta, el que me quiera debe sentir algún cariño por las putas y el difícil oficio de entregar las nalgas a cualquier desconocido por unos cuantos pesos. Luego entonces; si yo escribo, el que me quiera debe gustar de la escritura. Pero no. Este no es el caso. Además, según parece, mis tortas, mis nalgas y mi escritura están algo podridas porque hacen daño. Y lo peor de todo es que yo no puedo cerrar el puesto de las tortas para mejor vender tacos ni salirme del prostíbulo porque llevo las palabras metidas en la sangre estropeando el flujo de la razón y los buenos y sanos pensamientos; están ahí, llenando mi cabeza todos los días y todos los minutos; tocando a la puerta de mis dedos para salir y vomitar el exceso de veneno cuando menos lo imagino. ¿Cómo me deshago de esta maldición? Para dejar de pensar en soluciones rápidas me fui a meter a un cine. Daban una película mexicana y otra llamada “París, te amo”. El sólo nombre me produjo náuseas así que compré un boleto para la mexicana. Mientras compraba palomitas vi a una amiga comprando también su boleto. La saludé e intercambiamos los consabidos “cómo estás”, “bien, y tú…” Por supuesto dije “bien” aunque en realidad quería decir “de la chingada, aquí nomás tratando de no pensar en suicidarme”; pero no había razón para espantar a la buena mujer. De cualquier modo, los alacranes terminaron por asomarse entre mis dientes cuando la mujer dijo: ¿Qué película vas a ver? La vida infame, contesté con toda seguridad. Ella se rió y miró la cartelera. La película se llamaba “La vida inmune”. Ah caray… dije, me proyecté. La vida infame es la que llevo encima ahora mismo, agregué y me reí para no darle importancia al asunto. La mujer dejó de reír y compró, inmediatamente, tres boletos para “París, te amo”. En su mirada había algo de temor y de asco. Como cuando se mira a un loco y se siente compasión por él, pero también un miedo que no se sabe de dónde viene. Con mucha amabilidad se despidió de mí. Las amigas que la acompañaban me sonrieron por compromiso inclinando sus correctas cabecitas y se apresuraron a entrar a su sala. Lejos de mí y de mis alacranes. Hicieron bien, yo no tenía la menor gana de seguir sonriendo y diciendo estupideces. La sala estaba sola. Toda para mí solita, así que coloqué la bolsa de mis libros en una butaca, la bolsa de mano en otra y yo, en medio, me arrellané y subí los pies en el respaldo del asiento de adelante. Lamenté no ir acompañada de algún buen amigo pues el ambiente era propicio para fajar. No me hubiera caído mal un faje en esos momentos. Lo justo para regresar a la vida. Pero estaba yo sola con mi bolsa de palomitas y Aurelia, la inmune esperándome en la pantalla para contarme su historia. Aurelia era una mujer feliz, tenía un marido que contaba chistes de vez en cuando, dos hijas que necesitaban zapatos, pero no podían compartirlos porque una era mucho más pequeña que la otra y una panza enorme rematando su feliz condición de mujer casada. Lo que Aurelia no sabía era que, saliendo de la zapatería, un auto le mataría al marido. ¡Ay pobrecito el marido! Ya no podrá hacerse el gracioso ni salir los domingos por la tarde a comprar zapatos a sus hijitas; pero… se ahorrará unos cuantos problemas. A partir del fatal accidente Aurelia sufrió de una extraña enfermedad que le impedía sentir dolor. Podía tomar la plancha caliente con las manos sin quemarse y picarse los dedos con el cuchillo cuando rebanaba la cebolla; cualquiera que fuera el caso, ella no sufría; ni siquiera le causaba curiosidad su condición. Nunca entendí por qué Aurelia adquirió ese “mal”. Sus problemas no parecían ser lo suficientemente malos como para volverse inmune al dolor. Digo…, a todos se nos ha muerto alguien algún día y en su cocina no faltaban el pan ni las mandarinas. Aurelia y sus hijas podían incluso comprar el periódico. Fue ahí donde se enteraron de la existencia del “monstruo de Coyoacán”; una rata gigante de 200 kilos encontrada en el drenaje. En una escena, Aurelia, obligada por la falta de dinero, acude a buscar trabajo en una feria. Su trabajo consiste en dejar que le atraviesen las manos con punzones a la manera de Jesús de Nazareth. Mientras el indio lanzapuñales clavaba largos punzones en las palmas de las manos de Aurelia, las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas. Aurelia, desde la pantalla, me miraba impávida, como si nada sucediera. ¿Qué hacía yo ahí mirando una mala película? ¿Qué hacia extrañándome de Aurelia y su inmunidad? En realidad era ella la que se extrañaba y se reía de mí. Ella la que me echaba encima su mirada de “¿y tú qué pito tocas en este chow?” Pinche Aurelia, tenías que recordármelo. Tenías que echarle encima tu mierda a la única persona que se tomó la molestia de soplarse tu melodrama. Eres un monstruo Aurelia. Tú no sabes lo que es estar embarazada de palabras y tener que parir una y otra vez sin ni siquiera haber tenido el goce de un orgasmo; sin saber quién es el culpable de la preñez. Y además de todo, soportar a los que “te quieren” diciéndote que deberías escribir cosas más positivas, más luminosas, menos comprometedoras pues… Salí del cine y me fumé un cigarro, al mismo tiempo que mascaba un chicle de menta, mientras la vida infame y Aurelia la inmune continuaban su ardua labor de engañapendejos.
Angélica Santa Olaya D. R. © México, D. F. junio 2008.
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