| Goliat |
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| por Jorge Carmi | ||||||
| 07 / 2008 | ||||||
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La historia la escriben los vencedores “Ay de los vencidos” dijo el romano. La Santa Biblia ensalza al Israel vencedor, a Daniel y a los perdedores-ganadores como a Job. En uso agradecido del Libre Albedrío que Dios, en su Humor negro, me concedió, hago una digresión en el trato preferente a los ganadores y reflexiono sobre un perdedor-perdedor; respeto su consecuencia a la soberbia y altanería mantenida hasta el final y contra lo que estuviese por delante.
Esa noche las estrellas, en centelleo vigilante, palpitaban su congoja inédita. Una mano en la mandíbula, la otra tensa arrugaba ruda la piel de leopardo que cubría el cofre que cobijaba sus tesoros, y sobre el cual se sentaba. En su tienda. Meditaba. Especulaba inmerso en el dilema que se traía con el dadivoso dios de los judíos. Había matado a un esmirriado combatiente israelí en la batalla de ayer. Sorprendido por su valentía, le había otorgado la gracia de retirarse del campo sin humillación; no exigió rendición. El gesto de rechazo a la oportunidad de vida, reconfirmó su apreciación. Goliat un guerrero, a su pesar, levantó su espada y lo abatió. La hombría del hombrecito estuvo ahí; hasta extinguirse el brillo acerado de su mirada. Goliat. Se estremeció. “El israelí recibió un escudo contra el miedo y la duda” -Se confidenció- Sabía del dios de ese pueblo extraño. Su dios apoyó al israelí a no mendigar por su vida. También sabía que los dioses son justos; y eso los excluye de la piedad por el débil. ¿Cuál de las dos opciones es la Realidad? Cejijunto; a la entrada de su tienda, solitario bajo el árbol, no lo movió la lluvia pertinaz, el fuego abrumador del sol, el hambre exigente ni el deseo acuciante; tenía que saber. La fe de Goliat, era arraigada extremadamente; consecuente con su impetuosidad. Su creencia en el poder de los dioses era como la roca del desierto, insondable como el mar. Inagotable como la bóveda celeste. Y resistía los embates de la duda, como las rocas salían incólumes luego de una noche de pasión desenfrenada con el oleaje embravecido del mar en su embestir incontenible. Esta vez primera, dudó. El israelí escuálido con el apoyo de su dios, lo enfrentó en desigualdad combativa, pero él, Goliat, probado en dura lid, mente focalizada en la contienda. Armas forjadas en la armería real. ¿Dónde, en qué y cómo se apoyaba? ¿Su fuerza residía en su dios o en Goliat? No se respondió. No oyó respuesta de arriba. Saldría de la duda crucial. Los ejércitos filisteo e israelita estaban apostados en el valle de Elah, a unas 16 millas al Sur-Oeste de Belén. Se incorporó del lecho; en el arrebato volcó la lámpara de aceite, no se detuvo a recogerla y salió a la noche gélida; su vozarrón voceó el nombre de su heraldo. Y en la calidad de adalid de los filisteos, desafió al campeón de los israelíes. Retornó a su privacidad; se sumió sombrío en su pensar sobre dioses y hombres. La aurora cabalgaba a entregar día nuevo y nueva oportunidad a los hombres. La decisión imprevista de su rey dejó a los soldados en perplejidad; aguardaron tensos. Se había acordado, entre los ejércitos en pugna, que habría un enfrentarse de miles de guerreros y no un choque entre dos combatientes en solitario. No se conocía el nombre ni la calidad del rival que opondrían al rey Goliat los del frente. En pocas horas, se revelaría el misterio; lo diría el desarrollo de los acontecimientos. A escasos cientos de metros, en el campo israelí, se escuchó, en pleno sueño y luego en despertar alterado, el desafío del heraldo filisteo. Saúl fue alertado por su guardia personal. Lo recibió restregando sus ojos en regreso de la placidez del sueño. No durmió ya. Se revolvió nervioso. No hubo respuesta israelí por días y días. Retornó Goliat en centelleante armadura por otros treinta y nueve días a gritar su desafío al ejército de Israel. Buscaba en la lucha resolver el enigma. Al día cuarenta emigró de las filas enemigas un jovenzuelo con menos de cuatro codos de estatura, que con una piel por armadura y una honda, pretendía emular, y aún más, derrotar sus proezas de luchador, su estatura sobre los seis codos, su corpulencia, bravura y armas no vencidas. El muchacho le semejó más un tañedor de flauta y poeta –Un vividor- que un paladín. Matar a David sería sencillo, no parecía dar la talla. Decidió amedrentarlo. Lo llamó con su vozarrón por nombres degradantes y palabras amenazadoras, utilizó un tono intimidador para abatirlo sin pelea. Oyó palabras extrañas de vuelta: Dijo el mancebo: “Tú vienes a mí con espada y lanza; yo voy a ti con el nombre de Jehová, el Dios de Israel, a quien tú has desafiado con sorna” Pensó Goliat -en tanto ajustaba su lanza para herirlo y seguidamente rematarlo con la espada- “No vencerá un jovenzuelo a un guerrero. Si lo mato escoltado por sus alaridos de pavor, ojos desorbitados e inútiles correteos de escape –Y así será- Sabré que el dios israelí es justo; no se abandera por la debilidad. Deja a los hombres su libertad de actuar y decidir. El suceso del guerrero valiente se esfumará, como un paso en vacío del dios.” De caer yo fulminado por un muchacho, será el dios de ellos mi vencedor con la mano intermedia de un cantor y danzarín –Eso es lo que él parece ser- y se habrá enfrentado Goliat –mano a mano- al dios de los judíos. De igual a igual. Perder con un dios; Digno de Goliat. Vencer a un dios: Digno de Goliat. David. Sin mayor palabra ni argumento giró su honda por tres veces y tres silbidos y arrojó un guijarro de río que certero golpeó la frente del gigante y lo tumbó. La torre de músculos inició su desplome; se desmoronó lenta –Los ejércitos, atónitos frente a lo inaudito; David impertérrito. En su descenso silente el cuerpo gigante fue entregando, dócil, a la tierra que lo cobijaría, carne, sangre, ardor guerrero y furia; su excelencia en combates de leyenda; y su ejemplo, a las generaciones a sucederlo. Eso, en cuanto al cuerpo. El cerebro muy alerta, a escasa distancia de la pedrada mortal, se enteraba, en alborozo, de la solución al enigma. Muy próxima la extinción de su capacidad de razonar y la luz de sus ojos pronta a evadirse: “Fui vencido por un dios. Nadie más pudiera vencerme”. Fue su última imagen y quimera. Al ir con la espada enemiga, David, para acortar su estatura en un palmo, leyó una críptica e imborrable sonrisa triunfal en ese rostro muerto, no vencido por humano brazo. “Fue tú dios quien lanzó y dirigió esa piedra”, estaba esculpido en la sonrisa. Se instaló en el corazón del vencedor, al asir la colosal cabeza por el cabello y alzar con la otra la espada del vencido una duda pertinaz, inexorable… Que en sus días de gloria, ni el canto, el vino, la cítara, bailarinas cimbreantes, ni el amor prohibido extinguieron y tampoco ahogaron. Ni la piedad de su dios. “¿Fui mero intermediario de Mí Dios? ¿Escribí “yo” mi destino de rey, por mi proeza? Y el acertijo mordedor que se plantearía el luego rey de poderío magnífico… “Es que mi destino, por siempre. ¿Será el de un sometido?”
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Goliat, cavilaba. Y en profundidad; como lo era su talante; su musculatura granítica, su estatura empinada al límite; sus amores intensos, sus odios abismales. 

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