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Ira Imprimir E-Mail
por Jorge Carmi   
08 / 2008

No es lo que te sucede…

Es como Tú, “lo sucedes”

 

Expulsa la bestia interna; enfréntala relajado y alerta. Tu dificultad ardua, es que esta bestia inficiona y se revuelve en convulsión, en el interior de tu estado de relajación.

 

Me acosa, me agobia, me muerde en cortas dentelladas lacerantes. Calientes y frías, tan sucesivas y cada vez distintas, que de ser una lucha amorosa, mis orgasmos serían múltiples. Es la vieja, vieja inextinguible ira voraz que corroe mi interior y desenfoca mi mirar. Con ella me acuesto, con ella me levanto. Como amante exigente, mordedora e insatisfecha. Se nutre de mi energía. Primero se nutrió de mis sueños. Cuando no hubo más, reptó hacia mi capacidad de amar, una vez quemada y desterrado este divino talento regalo de Dios, su ígneo respirar secó mi intento realizador y seguidamente como el divino Perseo, cortó una a una los cuellos móviles que me unían a las cabezas de las amistades y ahora estamos ambos vociferantes en un páramo insalubre, irrespirable, cuyo único color, diseño, es la desesperanza indefinible. Nos contemplamos luego de agotamiento intenso y vuelta a empezar. Es el yugo de Sísifo. Y peor; jamás tuve yo su condición heroica, la que al menos él pudo recordar como logro.

 

El conocimiento mutuo, entre la ira y yo acepta diálogo en inédito lenguaje sordo e inarticulado. No por eso menos violento ni pérfido. Dios mi Señor ¿Porqué me hiciste valeroso y ansioso de acometer? Desearía ya estar aniquilado, vencido, pero esta desgraciada lealtad a mi consecuencia me dice "cobarde, no te entregues, es tu tarea. Vence. Venciéndote. Y aquí estoy tascando las correas de mi boca, las muerdo y trago solo la sangre de mis labios junto con la espuma de mi dolor.

 

En error. En el principio, pensaba yo confiado y cabeza caliente, hurtarme bajo su escudo guerrero a todo aquello que atentase o rozara mi placer o mínimo anhelo egoísta. En un instante quemador, tornándose en lanza interna contra mí, la ira fue un torbellino invasor que dueña de mi voluntad y de parte de mí, arrasaba conmigo y mis sentidos.

 

Al hacerse claridad meridiana en mí, que la ira es aniquilación pura. De una manera que no acierto a comprender y no quiero descifrar como, la ira ha saltado fuera de mi cuerpo físico y ahora está plantada a mi frente y me palpita como un enemigo externo brutal y corporeizado y está incandescente frente a mí.

 

Estamos, la ahora externa y ajena ira, y yo, contemplándonos semi-erectos; yo las manos en las rodillas, labios entreabiertos y frente a frente con mi ahora agresiva oponente; busco liberarme del reciente aliado dominante. La maldita ha salido a borbotones apegada a mi respiración quemando mi aliento, su mirada es ciega y fija ¿Para inutilizar, destruir qué? o para ¿fecundar malévolamente qué cosa? parece preguntarse lo mismo. Eso horrible que está a mi frente esa cosa estéril, inamistosa, indiferentemente mortal, se agita solo para arder sin consumirse, desde mis talones, sube una angustia llorosa y asustada, quedo perplejo y con decisión ausente.

 

Cuando ya apartada de mí, explota en clímax delirante y destructivo, mi espíritu queda en vacío e inerte, pareciera ser que, desde ese estado yermo, sí que acerté a liberarme de ese orgasmo opaco, ajeno y violador, puedo salir hacia arriba y optar por distintos caminos. Puedo perdonarme, quererme, ya conocedor de mis debilidades, yerros y egoísmos...


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