| De la Nación y otros dilemas |
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| por RaMséS-LV | ||||||
| 08 / 2008 | ||||||
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No amo a mi patria. Su fulgor abstracto es inasible. Pero (aunque suene mal) daría la vida por diez lugares suyos, cierta gente, puertos, bosques, desiertos, fortalezas, una ciudad deshecha, gris, monstruosa, varias figuras de su historia, montañas -y tres o cuatro ríos. José Emilio Pacheco
Pocas cosas resultan tan incómodas y descorazonadoras como aquellas que minan los cimientos de nuestras emociones más ardientes, placenteras y tranquilizadoras. Ya el niño que, llegado al umbral de la adolescencia, descubre que los Reyes Magos jamás se treparon sobre tres míticas bestias para, desde el Lejano Oriente, transportar sus nuevos y flamantes juguetes, ni leyeron ninguna de las cartitas que año tras año envió al cielo atadas a un globo, pues, simple y llanamente, se trataba de sus padres y no de un triunviro de sabios orientales de inagotable riqueza; ya la chica que, inflamada por las mentiras piadosas de su abuelita, quien le aseguraba que los besos eran dulces y que los podía encontrar de chocolate y de vainilla, descubre, tras su primer beso, que los ósculos no saben más que a saliva; o bien, el espíritu reflexivo e inquieto que, luego de un examen riguroso de sus creencias religiosas, admite que la existencia de Dios es, cuando menos, sumamente cuestionable: socavar nuestras emociones y creencias nunca nos reporta una sensación agradable y sí, en cambio, nos sume en un profundo desasosiego.
Tal vez a causa de esta natural y comprensible sensación humana, y del temor a experimentarla, miles de seres humanos se aferran, sin importar su edad, su posición social o su bagaje cultural, a un amplio abanico de creencias irracionales –no por ello menos eficaces para la vida afectiva, laboral y hasta política. Una de esas creencias, me parece, es el nacionalismo, la convicción ideológica depositada en la supuesta existencia de una comunidad (la “nación”) unida por una historia y unos valores comunes, y un “pueblo” que, en momentos críticos, los encarna y los defiende. El nacionalismo está presente en cualquier sociedad moderna y, de acuerdo a las circunstancias imperantes, se manifiesta de manera pacífica o violenta. Pero es en las épocas de cambios profundos cuando, espoleado por la inevitable polarización de los ánimos y las opiniones, irrumpe con fuerza incontenible y se torna determinante en los asuntos públicos.
En la actualidad, México atraviesa un periodo de transformaciones profundas y, al igual que en otras ocasiones (la más reciente de ellas, en 1994), el nacionalismo ha elevado ya, desde diferentes trincheras, sus antífonas defensivas, identitarias y reivindicativas. ¿Es ésta la mejor o la peor de las respuestas posibles ante nuestra situación actual? ¿Hay que escuchar a quienes nos invitan a defender nuestra nación de los peligros (internos y externos) que se ciernen sobre ella? Responder a estas interrogantes no es fácil, pues, como veremos, en ello nos jugamos una de las creencias más arraigadas y reconfortantes de nuestra vida.
De la nación y otros fantasmas
El nacionalismo es un venero común de símbolos y héroes del que cualquiera puede beber; brota, se agita y reverbera en cada rincón del planeta, y puede nutrir lo mismo a un régimen autoritario que a una población históricamente humillada y marginada. Sin embargo, si le preguntáramos a un político, a un intelectual o a un ciudadano sin filiación política alguna qué entiende por nación, qué entiende por patria o a qué se refiere cuando alude a los intereses nacionales, lo más seguro es que se quede pasmado e improvise una definición que no le satisfaga ni a él mismo. Si, en cambio, preguntásemos a varios grupos de personas qué es un caballo, la respuesta no variaría significativamente de uno a otro: un caballo es un mamífero que anda sobre cuatro largas patas y es fácilmente domesticable. Lo que marca la diferencia entre un caballo y una nación es la existencia tangible del primero y la inexistencia objetiva de la segunda. La nación, como tal, no existe.
En el apasionante estudio titulado “Comunidades imaginadas”, Benedict Anderson define a la nación como “una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana”. En ninguna sociedad, ni siquiera en las pequeñas aldeas (ya ni hablar de las modernas sociedades en donde conviven millones de seres humanos), los miembros que la componen se conocen y mantienen un contacto directo entre sí. Al menor intento de análisis nos daríamos cuenta que los habitantes de Argelia (o los de Tailandia) no comparten los mismos valores, las mismas tradiciones ni el mismo idioma. Y, sin embargo, se imaginan que, en efecto, a partir de símbolos como la bandera, el himno o el panteón de los mártires y héroes, existe una comunidad cohesionada por elementos comunes a todos, y de ahí nace una fraternidad que, en situaciones extremas, y a pesar de las flagrantes desigualdades y tensiones que existen al interior de cada sociedad, permite que los individuos maten o se inmolen en nombre de esa nación imaginaria. Para ello también hace falta, según Anderson, un territorio bien delimitado (de ahí el atributo de limitación: ninguna nación se concibe en términos de toda la humanidad) y un Estado soberano que garantice su libertad.
Aunque las naciones son relativamente nuevas (surgen en el siglo XIX), todas buscan y encuentran sus raíces en un fondo milenario. Nosotros lo sabemos muy bien: creemos que los aztecas (término mal empleado, con el que connotamos a todas las sociedades prehispánicas asentadas en el Valle de México y en regiones aledañas) fueron los primeros mexicanos, la savia de la nación. Lo cierto es que esas sociedades jamás pensaron en algo llamado “México” ni mucho menos en una nación mexicana. Aunque hemos heredado de aquellas civilizaciones un buen repertorio de costumbres y tradiciones (bañadas, eso sí, en esmalte español), México es un invento decimonónico que no nace con Miguel Hidalgo, ni siquiera con la independencia, sino con el titánico esfuerzo emprendido por los liberales mexicanos a partir de la segunda mitad del siglo XIX y completado por el régimen emanado de la Revolución.
En todo caso, el contenido del nacionalismo no es estático. Varía de acuerdo a las circunstancias históricas y al grupo que lo enarbole. Así, una versión exacerbada del nacionalismo sirvió como base al fascismo dirigido por Benito Mussolini y Adolf Hitler en la Europa de entreguerras; otra versión, menos agresiva y sí bastante pragmática, fue el cemento utilizado por el PRI para amalgamar a un país enfermo de cacicazgos y conflictividad sin recurrir al exterminio o la persecución inmisericorde de grupos disidentes; mezclado con el típico mesianismo judío, fue pieza clave en la construcción del Estado de Israel, en el renacimiento del hebreo como idioma y en la concomitante creación de una cultura hebrea; y también, cómo olvidarlo, fue el escudo ideológico de las dictaduras militares sudamericanas, el combustible de la sangrienta desintegración de Yugoslavia y, actualmente, es la frazada bajo la cual se protege el terrorismo etarra, entre tantas otras calamidades.
El nacionalismo, por sí mismo, no conduce a la violencia, pero sí contiene las semillas de la ira y el rencor. Su ambigüedad (que lo hace presa de políticos demagogos), su inextirpable visión maniquea del mundo y de la historia (todo nacionalismo se basa en un nosotros frente o en contra de ellos, de los otros) y su dependencia de nociones vagas y contingentes (ese “fulgor abstracto” del que habla José Emilio Pacheco en su poema), como la “nación”, lo condenan a ser un material ideológico altamente inflamable. La historia, por desgracia, ha demostrado que el nacionalismo trae más consecuencias negativas que positivas. Algunos podrían argumentar a su favor diciendo que es la única tabla de salvación para los pueblos que quieren liberarse y alcanzar un sistema de organización social más justo y equitativo, pues es y ha sido el eje histórico de la identidad y de las luchas de liberación. Pero, ¿basta el simple factor identitario para adoptar el nacionalismo como fundamento de nuestros esfuerzos para mejorar nuestra realidad? Considerémoslo a detalle.
Trincheras de vapor Los acuerdos de seguridad que México ha pactado con Estados Unidos han recibido un alud de críticas. Una porción de ellas se basa en lo que llaman “enajenación de la nación y la soberanía”, “traición a la patria” y “entreguismo”. La reforma energética presentada por el presidente Felipe Calderón no ha corrido con mejor suerte. El sector más estridente de sus opositores (que incluye a políticos, intelectuales y celebridades del arte) ha recurrido a un fervoroso nacionalismo que del “pueblo”, los “intereses nacionales”, la “resistencia” y el “amor a la patria” ha hecho sus pendones más sobresalientes. Sin embargo, si superamos la efímera seducción que producen estas palabras y las examinamos cuidadosamente, nos queda una postura política vacía de contenidos concretos que viene a complicar la ya de por sí intrincada cuestión del nacionalismo.
Ya le hemos echado un vistazo al complicado y polémico concepto de nación –núcleo del nacionalismo. Otro tanto habría que hacer con sus tradicionales aspilleras. Comencemos con el sacrosanto e infalible “pueblo”. Podría decirse que el pueblo es el conjunto de habitantes de un país, pero esta definición es completamente insatisfactoria y falsa en la práctica política. Hay quienes creen que pueblo y nación son sinónimos, y comúnmente la noción de pueblo abarca tanto a los personajes presentes como a los héroes y espíritus del pasado. En realidad, dicha noción no hace sino designar a los partidarios de tal o cual postura o programa político. Los activistas y políticos que erigen su cosmovisión y sus programas de acción en la reivindicación de los pobres y desprotegidos suelen considerar que el pueblo son los pobres, los trabajadores y los humillados, nunca los privilegiados (empresarios, clero, políticos e intelectuales antagónicos), a menos que se pasen a sus filas –el obispo y el empresario que comulgue con sus ideas se convierte, automáticamente, en parte del pueblo. Los estratos conservadores admiten a los pobres y a los ricos por igual (sobre todo a estos últimos), siempre y cuando abracen los que, a su parecer, son los valores tradicionales de la nación: la fe, la decencia y las buenas costumbres. Las prostitutas, los homosexuales, las lesbianas, los bisexuales, los transexuales, los delincuentes, los ateos y los revolucionarios quedan eliminados de un plumazo. Hitler, por ejemplo, apelaba al pueblo alemán y perseguía a los comunistas, a los homosexuales y a los judíos, aunque también fueran alemanes.
Todos confrontan a “su pueblo” contra “sus rivales”, es decir, en contra de aquellos que se oponen a sus deseos e ideas; de manera que, cuando queremos conocer la voz y la voluntad del pueblo, lo que en realidad queremos es conocer el parecer (obviamente predecible) de nuestros partidarios, que rara vez son mayoría –los resultados adversos en plebiscitos y consultas, o los movimientos sociales de oposición, casi siempre son atribuidos a “desviaciones” o a las sucias triquiñuelas del adversario.
En otra categoría encontramos el interés nacional –o los intereses nacionales. Recordemos el concepto de nación y semejante concepto se desmorona. No existe ningún interés nacional porque no existe ningún consenso real en torno a nada, salvo en casos como invasiones extranjeras y desastres naturales. El interés nacional sólo adquiere sentido si lo entendemos como un concepto política y académicamente operativo y pragmático, pero aún así no se adapta a la visión idealizada del pueblo y la nación. Los diferentes grupos que compiten en elecciones, en la sucesión hereditaria o en la toma violenta del poder político perciben la realidad de acuerdo a sus valores, intereses y aspiraciones, y matizan esa percepción con la experiencia derivada de su contacto con los habitantes y las diferentes regiones de su país. De este guisado de percepciones e intereses nace una idea general que guiará las acciones y decisiones de quienes, eventualmente, detenten el poder en una comunidad política. En otras palabras, el interés nacional es lo que el grupo gobernante entiende –más allá de la imprescindible preservación de la integridad física y la estabilidad de un país- como incuestionablemente necesario para su nación –no lo que “el pueblo” quiere. A veces se trata sólo de las ambiciones desmedidas de un individuo o de un grupo que, gracias al control que ejerce sobre el ejército y la policía, logra imponerse al resto de la población (la junta militar de Myanmar ilustra perfectamente el grado de degeneración a que puede llegar el concepto de interés nacional).
Finalmente, ¿qué es la “resistencia”? ¿La defensa irracional y visceral de los ideales e intereses de un grupo? ¿La defensa de nuestros prejuicios y de nuestra ignorancia? Puede ser esto y cosas peores si nos dejamos cautivar por la poco convincente tesis identitaria y liberacionista. Después de todo, ¿no se convirtieron los movimientos de liberación nacional triunfantes en África, Asia y América Latina en férreas dictaduras y gobiernos autoritarios? Que una ideología haya servido para cohesionar a una sociedad no quiere decir que sea indiscutiblemente buena y deseable, o que no haya mejores alternativas que la reemplacen. Todavía quedarían quienes digan que el problema no es la degeneración de esas ideas, sino su inadecuada aplicación a la realidad. Pero quien piensa que la realidad está equivocada si no se parece a la teoría da el primer paso para clausurar toda posibilidad de entender realmente nuestro mundo y nuestra vida.
Identidad de gelatina Volvamos al México de los debates sobre el petróleo y las alianzas con Estados Unidos. Como se ha dicho, una parte de la oposición a estas reformas y pactos internacionales ha echado mano del nacionalismo para demostrar su repudio e impedir lo que consideran nocivo para nuestro país. Cabe preguntarse cuáles son las bases de ese nacionalismo.
Se dice que Benito Juárez fue un auténtico defensor de la nación frente a las potencias imperialistas europeas y los traidores mexicanos y que, por tanto, hay que emular su hazaña. Eso es, hasta cierto punto, cierto. Juárez combatió a los conservadores y a los invasores franceses, pero, cuando las circunstancias lo obligaron, pactó con Estados Unidos un acuerdo (el Tratado McLane-Ocapo) mediante el cual, a cambio de un préstamo para financiar la guerra contra el invasor, México cedería a perpetuidad el tránsito por el istmo de Tehuantepec a Estados Unidos (algo similar a lo que sucedería más tarde con el canal de Panamá) y le otorgaría al próspero vecino del norte la facultad de intervenir militarmente en territorio mexicano en caso de ruptura de la neutralidad. El tratado nunca se concretó, pero Juárez encontró en los estadounidenses a sus mejores amigos y aliados.
El presidente Lázaro Cárdenas expropió el petróleo. Debido al boicot internacional impuesto a México como resultado de esta decisión, Cárdenas tuvo que venderle petróleo a la Alemania nazi y a la Italia fascista para conseguir los recursos que la indemnización y la construcción de la industria petrolera requerían. Sin embargo, una vez que Estados Unidos ingresó a la guerra y solicitó, a cambio de ciertas concesiones, el apoyo de sus vecinos latinoamericanos, Cárdenas (de una manera bastante inteligente y astuta) colaboró destacadamente en la coordinación militar con tropas estadounidenses para asegurar los flancos susceptibles de ser atacados por el enemigo.
Pancho Villa mantenía excelentes relaciones con los “gringos”, hasta que éstos se inclinaron por Venustiano Carranza; Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles negociaron, a costa de la Constitución y del poder judicial, acuerdos con Estados Unidos para evitar nuevas invasiones, echar a andar la reconstrucción del país y, naturalmente, mantenerse en el poder; todos los gobiernos posrevolucionarios derrocharon una envolvente retórica nacionalista y antiimperialista: culpaban a los países desarrollados (empezando por Estados Unidos) de los males que aquejaban a México y al resto de los países pobres; defendían la libre determinación de los pueblos y el respeto a la soberanía de las naciones (Cuba, Chile y Nicaragua, entre otros); daban asilo a los perseguidos por motivos políticos (León Trotsky y los exiliados españoles) y posada a los guerrilleros (Fidel Castro y el Che Guevara), y reconocían a los grupos beligerantes de sus vecinos centroamericanos. ¿No era esto motivo suficiente para que el maligno imperio estadounidense castigara a su débil vecino? No, porque, en asuntos menores, de poca importancia (México fue el único país latinoamericano que defendió la Revolución cubana, y por eso mismo su defensa de Cuba, como la de la Guatemala de Jacobo Arbenz, resultó intrascendente), los estadounidenses toleraban la rebeldía mexicana, toda vez que los gobiernos mexicanos aseguraban los intereses de sus empresarios y castigaban y reprimían a los grupos radicales que germinaban en su territorio (un miembro de las FARC lo ha dicho bien: “es política de Estado [en México] mantener puertas abiertas a las fuerzas políticas extranjeras, mientras internamente dan garrote a sus conciudadanos”).
Uno de los problemas más graves y recurrentes de la política y de las ciencias sociales (error en el que, me parece, estamos incurriendo) es suponer, al igual que los nacionalistas, que la vida se basa en una lucha de buenos contra malos; de patriotas progresistas contra traidores conservadores y vendepatrias; de pobres contra ricos. La política y la historia son fenómenos tan complejos que no admiten esta clase de simplificaciones excesivas, las cuales únicamente obnubilan nuestro juicio y nos llevan a apoyar remedios que a larga resultan tan perjudiciales como el mal que pretendían eliminar.
La rimbombante oposición que, sin pertenecer al mismo partido ni compartir los mismos intereses, Andrés Manuel López Obrador, Manuel Bartlett, Arnaldo Córdova, Paco Ignacio Taibo II, Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska y Luis Javier Garrido, por mencionar algunos, han encabezado contra la reforma energética y, en menor medida, contra los acuerdos de seguridad concertados con Estados Unidos, no alberga, creo, malignas intenciones ni deseos de hundir a México en el pasado, tal cual han dicho sus detractores –Felipe Calderón, Germán Martínez, Macario Schettino et al. Lo que sí exhibe es una enorme confusión, apenas atenuada por una ampulosa retórica nacionalista. Sírvanos, a guisa de ejemplo, este revelador párrafo de Gustavo Iruegas, encargado de asuntos exteriores del “gobierno legítimo”:
“En el siglo XVI, a las naciones originarias [las sociedades prehispánicas] les costó tiempo precioso comprender la perfidia de los conquistadores. Ahora, cinco siglos después, es apremiante, es preciso contrarrestar la profunda perversidad de los traidores. La sustancial diferencia está en que ahora la nación tiene la absoluta y categórica determinación de resistir. Sólo el enorme poder del pueblo organizado –el pueblo del sol- impedirá el sacrificio y propiciará la ventura nacional”.
¿Quién traiciona a quién y por qué? ¿En qué se basa esa “determinación de resistir” y qué es lo que defiende? ¿Quiénes son esa nación y ese pueblo que propiciarán la “ventura nacional”? ¿Cuáles son los intereses nacionales que, según Monsiváis, resultarían lesionados en caso de que se aprobase la reforma propuesta por el presidente?
Al final, pareciera que el quid del asunto no es la optimización de los recursos energéticos con que cuenta nuestro país (un dilema extremadamente complicado e importante, ya que de él dependen cuestiones cruciales como las relativas al calentamiento global y al futuro abastecimiento de alimentos y combustibles a la población mexicana) ni la neutralización de la violencia desplegada por organizaciones criminales que operan en varios países, sino el respeto a una gelatinosa identidad nacional cimentada en figuras, leyendas y valores que, como hemos visto, no resisten un examen mínimamente riguroso. Esto no quiere decir que debamos aceptar ciegamente lo que nos propone el gobierno –cuyas políticas y propuestas se fundamentan, también, en una visión dogmática, irracional y simplificadora de la historia, aunque de otro tipo. Así como el niño que ha descubierto que los dadivosos Reyes Magos no existen y, en adelante, trata de comportarse mejor para que sus padres lo premien con juguetes, o el dubitativo joven que, habiendo dejado de creer en Dios y en sus verdades reveladas, trata de hacerse responsable de sus actos y procura construirse una ética que respete al ateo, al musulmán, al cristiano y al sintoísta, nosotros también podemos dejar atrás nuestras creencias más reconfortantes y comenzar a elaborar un pensamiento práctico y universal que trate de dar respuesta a las preguntas y problemas acuciantes de la humanidad entera, no sólo de una “nación” o de un “pueblo”, reconociendo y respetando las diferencias que, ciertamente, nos hacen humanos. De otra manera, corremos el riesgo de divagar sobre el vacío, defender lo intangible y anclarnos en discusiones baladíes que, como a los monjes medievales que anhelaban saber si Adán y Eva tenían ombligo, nos alejen de realidad y nos condenen a girar en un círculo retórico interminable y pernicioso.
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Una multitud estalla bajo el resplandeciente podio rojo. Hu Jintao agita el puño y llama a su pueblo a defender el honor nacional: en el pasado fueron los manchúes y los japoneses; ahora son las potencias occidentales quienes, aprovechando la causa de los traidores tibetanos, pretenden detener el ascenso de la República Popular China al glorioso lugar que le corresponde en el concierto de las naciones. Un poco hacia el oeste, cubierta de banderas tricolores, una enardecida muchedumbre liderada por el Partido Radical Serbio descarga su ira contra la policía y la infraestructura pública, tratando de impedir a toda costa la extradición de Radovan Karadzic. “Es un héroe”, exclama un joven con el rostro encendido, “gracias a Karadzic el pueblo serbio sigue existiendo”. Pero las ciudades no se arrogan el monopolio de este tipo de fenómenos: en medio de la selva chiapaneca, un pequeño ejército de indígenas y unos cuantos mestizos con pasamontañas, aunque mal armado, irrumpe atronadoramente y se declara heredero de los verdaderos forjadores de la nación mexicana, dispuesto a luchar contra los conservadores y los vendepatrias.
El nacionalismo, pues, carece por completo de coherencia filosófica, pero posee un enorme potencial político. Tampoco requiere de certezas científicas –en ocasiones, de hecho, las desprecia: es más un sentimiento, un acto de fe, que una manifestación consciente de la razón. ¿Es esto bueno o es malo? Imposible determinarlo. A lo largo de la historia el nacionalismo ha desempeñado un papel muy importante en la construcción de identidades que aglutinen bajo un solo estandarte a sociedades sumamente heterogéneas. En Europa ese proceso de construcción (en lo absoluto homogéneo) estuvo comandado por la burguesía ilustrada, y en las sociedades periféricas (antiguas colonias europeas) fue una compleja mixtura de grupos y clases (burguesía, feudalismo rezagado, clases medias y grupos de izquierda) la que, tomando como punto de partida el rechazo al dominio de las potencias extranjeras, encabezó la ardua labor de edificar una identidad asequible a sus miembros.
El petróleo, a pesar de haber sido el motor del desarrollo industrial en México, nunca ha pertenecido al “pueblo”, sino a una burocracia extremadamente corrupta; la industria mexicana, a despecho de los nacionalistas, creció, para o bien o para mal (yo diría que para mal, por la forma en que se hizo), gracias a las inversiones privadas y extranjeras (desde siempre, no sólo a partir del omnipresente y fantasmagórico neoliberalismo); y aunque se exalta la cultura de los antepasados prehispánicos y se defiende públicamente a los pueblos indígenas como parte de la nación mexicana, es lo cierto que en la práctica se los discrimina, margina y desprecia. Los héroes (prehispánicos y modernos), el pueblo, el país progresista, defensor de sus recursos y renuente a la injerencia de las potencias imperialistas, y la imagen de una nación combativa y recia, simple y sencillamente son hipótesis insostenibles. Pero esto no es privativo de los mexicanos. Cualquier nacionalismo es insostenible. 

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