Marro y Martiyo inauguran esta columna ilustrada en Palabras Malditas. Marro: Profesor de literatura. Ensayista de corazón. Guitarrista, cuentero y videasta aficionado. Nació en el Valle de Anáhuac. Martiyo: Diseñador gráfico e ilustrador. Pintor de vocación. Bajista renegado. Nació en Uruapan.
Una tarde me encontré sentado junto a la cama de un moderno hospital tejano en la que un querido amigo esperaba a que le llegaran las ganas de orinar para que lo pudieran dar de alta de su operación láser de próstata. No recuerdo bien cómo, pero entre trago y trago de agua apareció Borges en la conversación. Tal vez el lugar nos trajo nostalgia por maneras antiguas de encarar a la muerte, por el honor que encontraba o creía encontrar el guerrero que caía en la batalla. —Supongo que algo así sintió Dahlmann cuando decide empuñar el arma que nunca ha manejado y salir a combatir a la llanura. ¡Y qué obsesión de Borges con el duelo a cuchillo! —dije.
—Una prueba de que el ser humano aspira a algo más —me respondió el convaleciente—. Voy a reventar con tanta agua, che.
Me quedé pensando. Nadie puede negar el respeto y la gloria que logran los grandes guerreros en la memoria de la gente, ya sean personajes de ficción, como Héctor, que al final decide enfrentar al cruel semidiós para no morir como un cobarde y sin gloria; o personajes históricos y legendarios, como Cuauhtémoc, que después de rendirse a Cortés tras una defensa heroica y desesperada de su gente, le pide al capitán español que lo mate él mismo. ¿De dónde nos viene el respeto y la admiración por estos hombres?
Sé que es obvio que en una cultura donde la guerra es una actividad necesaria, la glorificación de los grandes guerreros es algo natural. Sin embargo, eso no explica la indignación que todos hemos sentido siempre al ver una victoria conseguida por medio de la traición o de una ventaja abrumadora. Que en la realidad lancemos bombas de hidrógeno a desconocidos y lo celebremos, no elimina los miles de homenajes que la literatura ha rendido siempre a los valientes y todo su desprecio por la cobardía y la traición. La pregunta es: ¿de dónde nos viene la idea del honor?, esa cualidad —según el diccionario— que nos hace cumplir con nuestras obligaciones para con nosotros mismos y los demás, ¿de dónde sacamos semejantes obligaciones, los grandes ideales humanos de conducta?
No tengo respuestas, claro está, pero sí que me sorprendió darme cuenta de que las palabras de mi amigo comparten la vieja sospecha de que hay algo más que materia entre los vivos. Creo que es la misma sospecha que encontró Platón al seguir su vocación por el conocimiento. Cuando el alma examina la esencia de las cosas, le hace decir a Sócrates, ésta deja de andar errante por la materia y se siente a gusto, pues se aleja de lo que siempre cambia y muere para renovarse y se acerca a lo inmutable, como la belleza o el honor. Gandhi decía que tras incesantes esfuerzos para purificarse, había logrado desarrollar cierta capacidad para escuchar correctamente la vocecita interior. Y Jesucristo pedía amar a los enemigos y hacer el bien a los que nos odian. Para ganar la vida eterna, decía, den y se les dará, pongan el otro cachete y serán perdonados.
Larga y aburrida sería una lista de ejemplos de hombres venerados que han sospechado que lo divino entre los humanos se revela en actos que hemos considerado nobles desde tiempos muy anteriores a la escritura. Volviendo al momento en que Dahlmann toma en su mano el cuchillo que le ayudará a morir con honor, me pregunto si será verdad que en momentos como ése la escritura revela nuestra intuición de eso que llamamos alma y de sus deseos. Como cuando Don Quijote sale cabalgando de su casa por tercera vez rumbo al campo de la Mancha a encontrar su destino, o cuando Teucro defiende el cadáver de su hermano Ayax frente al rey de los aqueos que le ordena dejárselo a los buitres, o cuando el príncipe Andrei cae malherido en el campo de batalla y se da cuenta de lo inmensamente grande que es del cielo, o cuando la pequeña sirena se convierte en espuma del mar. Todo lector recuerda los momentos en los que se ha conmovido de manera profunda. Los expertos en literatura son hoy extraños aprendices de científicos, pero tú, lector, ¿podrías jurar que es falso que la auténtica poesía y el amor verdadero son como voces que nos llaman desde algún lugar que nadie vio nunca?
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Escrito por RamsésLV, el 23-08-2008 17:17 Buen trabajo. Bien escrito, bien meditado y con una buena ilustración. Creo, parafraseando a Coetzee, que el amor verdadero y la poesía provienen de un inevitable deseo de llenar el vacío del alma humana.  | |