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Don José Imprimir E-Mail
por Antonio Andrade   
08 / 2008

Textual

Chaquetus intentus justificantis

 

Querido lector, considero importante –como siempre y para no perder la condenada costumbre- comentarte un poco sobre esta columna. Ya no digamos con la finalidad de justificar su existencia o el terco ocupar un espacio dentro de un sitio electrónico o entre las páginas de algún inocente medio impreso, sino para adentrate –o al menos intentarlo- a la verdadera vena existencial de la misma.

Sucede que una mañana –hace algunos años- un fuerte e histórico temblor en la capital de este, nuestro México lindo y -aunque ultra-explotado por políticos y empresarios despreciables- querido, obligó a mi familia a mudarse al aún desconocido por muchos capitalinos, Estado de México, colocándome –aún sin saberlo- en un sui-géneris y colorido poblado que con el paso de los años, marcaría mi vida de una manera impactante.

“Textual”, mas allá de una simple y egocentrista –soberbia la han llamado aquellos que aún consideran el arte de escribir como un privilegio intelectual- columna editorial o literatosa, es una especie de curaduría vivencial que nace por la intrínseca urgencia de contarle al mundo –soberbiamente hablando... ups- esas historias que, agredidos por un cotidiano que por veces pareciera convertirnos en esclavos de relojes y calendarios, nos muestra, en voz y particular estilo de sus protagonistas, a ese México con sabor y aroma a realidad.

Me encantaría llenarme la boca diciendo que esta es una columna propia, pero me cae que no tengo los pantalones suficientes para hacerlo, así es que sin más, aquí les dejo una serie de traducciones –a veces bien logradas y otras más, accidentada-mente plasmadas- de la vida de las mujeres y los hombres que tuvieron a bien, depositarme su confianza para hacer de su día a día un letra a letra que ojalá, siembre en alguno de ustedes, esa semilla de enseñanza que he tenido la suerte de ir viviendo en cada una de estas historias


 

Don José 

Don José es jardinero y guardia oficial del Lienzo Charro de Calacoaya. Esta mañana lo encontré recargado en la pared de la tienda de Don Abraham...

– Nomás mirando la calle – me dijo cuando le pregunté qué estaba haciendo.

Como cada mañana, don José observaba el tránsito, parpadeaba al ritmo de los bocinazos que daban automovilistas y “automovilistos” histéricos a diestra y siniestra. Me gusta pensar, mañana tras mañana, que quizás José piensa que la vida es mejor en el campo, ese verde campo plagado de maíz, trigo y forraje que dejó hace tantos años para venirse a trabajar a la ciudad...

– Es que hoy en la siudá, hay más oportunidá de hacer dinero, tiene uno más oportunidá de hacerla, ¿a poco no joven? –

Me hace sentir, por veces, que extraña su casa de adobe, su esposa y sus hijos; que al final de la jornada, cansado, se tira en su catre y antes de dormir se sumerge en ese mundo de recuerdos, en el fresco aroma del campo cuando se remoja con las primeras gotas de la lluvia, en el árbol de jugosos duraznos que esta siempre ahí, al final de la loma donde solía ver sus hijos correr tras los chivos(4). Extraña también el aroma de machaca, de frijoles en salsa y de tortillas hechas a mano por su mujer, ya no puede andar con su machete por las calles porque la policía local lo detendrá “¿Pus cuál arma blanca?” le preguntó al oficial mientras lo arrastraba a la patrulla. El no entiende por qué su herramienta se ha convertido en un arma, un arma que puede matar, y aunque no es lo mismo degollar un guajolote, como la vez que se matrimonió Josesito (el mayor de los hijos) o quebrarse un borrego como el día en que  “murió su apá”, sí comprende que “acá no es igual que en su tierra” cuando llegaba la hora de encerrarlos en el corral

Su mirada es la de un hombre atrapado, no puede volver pues debe enviarle dinero a su familia y el campo no deja lo necesario. Por eso es jardinero y velador, porque así puede, entonces, mandarle sus pesos a la esposa, “pa’ que coman los chilpayates” y hasta le sobra para irse a la lonja, tomarse unas cervezas y esperar que el alcohol sustituya su dolor por una sonrisa, hasta el grado en que, quitándose el sombrero, dará la bienvenida a algún colega a quien le contará entre lágrimas y risas, la segunda parte de esa historia que hace tiempo empezó, cuando empezó a permitirse la nostalgia.

Por eso está don José cada mañana en la misma pared, recargado, esperando que llegue la hora de abrir para comprarse una caguama y curarse la resaca que cada mañana le impide volver.

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  Comentarios (1)
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Escrito por Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesitas tener Javascript activado para poder verla , el 28-08-2008 13:10
siempre me han gustado tus letras, sera por los recuerdos? Puesto que yo tambien creci en atizapan de zaragoza y el encontrar referencias en tus textos a ciertos lugares me trae una sonrisa y si tienes razon, atizapan en un sui-géneris y colorido poblado - aveces no se sabe si es ciudad o rancho- bueno bueno la cosa es que que chido leerte.....
 
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