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El interminable sufrimiento... Imprimir E-Mail
por Raúl Bravo Aduna   
08 / 2008
Ínicio
El interminable sufrimiento...
Página 2

 DFectuoso por nacimiento, Raúl Bravo Aduna (1986- ) no es mexicano ni proto-indoeuropeo. Un Ruso que algunas veces amanece medio australiano, otras tantas más bien es austriaco y por lo general tiene cierto tinte parisino o tal vez friburgués. En fin, es de esos que neófitamente han sido llamados apátridas de corazón. Cuentista, filósofo y loco, que ha dedicado su vida entera al ocio (del bueno y quizá también del malo). Entre sus cuentos publicados destacan: Confesiones (2007), Al pueblo, pan y circo (2007), Y, sin embargo, existo (2008) y [ana]Crónica anachronique (2008) .

 


El interminable sufrimiento del hombre creativo

 A mis ojitos consentidos,

Alle meine Entchen
schwimmen auf dem See,
Köpfchen in das Wasser,
Schwänzchen in die Höh! *

 

Nunca me atreví a escribir. Culpaba a la falta del tiempo y en ocasiones a su exceso. A veces la culpa recaía en la embriaguez y otras tantas en la sobriedad. Llegué a preguntarme si no lo hacía por temeroso, o tal vez por temerario. La verdad, mi déficit de escritura se debía a la creatividad (o más bien a la falta que me hacía). Me explico: cada vez que leía un artículo, un cuento, un poema, un ensayo, un tratado o peor aún, un manifiesto escrito por alguno de mis compañeros de la facultad, mi estómago se revolvía. Todo lo que escribían, había sido contado ya por alguien de capacidades superiores (dígase un Zaid, un Borges, un Sabines, un Montaigne, un Aristóteles o peor aún, un Marx). Así, el ánimo por plasmar mis pensamientos en papel se desvaneció.

     Nunca me creí capaz de innovar. Cada vez que se me ocurría un tema que podía tratar, ya había sido – válgame la redundancia – tratado.  La creatividad nunca se me ha “dado”. No como a mi gran profesor de Filosofía en el segundo año de preparatoria: Don Everardo Quintaginés de Doménech,  a quién con tanto cariño llamábamos “Don Ever”. Sus clases (a las que nadie faltaba) eran simplemente magnánimas. Considerábamos pecado capital el siquiera salir un par de minutos para ir al sanitario, no podíamos perder un solo segundo de conocimiento. Nuestro ilustrador querido tenía una capacidad de reflexionar de una manera por demás creativa sobre diferentes temas. Por si fuera poco, además, contaba con una gran cantidad de publicaciones. Escribía sobre el amor, la justicia, la ética, el conocimiento, el ser humano, la individualidad, inclusive llegó a garrapatear sobre Dios. Por razones un tanto obvias, al terminar la “prepa” decidí encaminar mi destino a la noble profesión del filósofo.

     Nunca me adapté a la vida universitaria. Desde mi primer semestre, comencé a trabajar con el “destacadísimo” Doctor Emiliano Krumenacker Díaz de León. Por lo mismo, nunca tuve el tiempo para involucrarme en eventos sociales. Al pasar los semestres, me percataba de cómo todo lo dicho por el profesor Everardo Quintaginés de Doménech, no era de su autoría. Sus Ensayos sobre el amor no eran más que una burda copia de los Estudios sobre el amor de Ortega y Gasset, su Ética era una vil paráfrasis de la Ética a Nicómaco aristotélica, El amor y sus cuatro formas parecía increíblemente similar a The Four Loves de Clives Staples Lewis, en fin, su trabajo no era original. No obstante, jamás le perdí el respeto.

     Nunca me aventuré a irrespetarlo. Era imposible dejar de admirar a aquel viejito sonriente que me inculcó la pasión por la Filosofía. Además, siempre pensé que probablemente él no sabía que sus libros (a los que tanto cariño tenía) habían sido escritos tiempo antes. Su creatividad recaía en creer que su obra y sus pensamientos eran novedosos. Al pensar que era eso, me pareció fascinante la idea. A Don Ever no podría importarle si lo que escribía no era inédito, para él lo era.

     Nunca me inspiré a comenzar un escrito. Siempre tuve gusto particular por los cuentos, sin embargo jamás tuve ideas para empezar uno. Cuando creía que podía escribir sobre algo nuevo, me encontraba con que Borges, Cortázar, Quiroga o algunos de ellos, ya lo habían hecho. Así las cosas, uno no se puede sentir motivado a escribir. Pese a ello, un buen día en clase de Métodos para la investigación científica-social de la influencia aristotélica sobre la doctrina cristiana, sucedió. Al quedarme dormido y casi estrellar la cabeza contra el pupitre, la idea se apoderó de todo mi cuerpo. Tomé mis pertenencias y salí corriendo del salón, del edificio y hubiera salido de la ciudad, pero al abrir la cartera salieron palomillas volando.

     Nunca me sentí tan emocionado. Escribiría sobre una persona que escribe un libro, de esos que se consideran clásicos, sin saber que existía. Seguramente, un cuento así no se hallaba en el acervo cultural histórico.  El 29 de junio de un año que prefiero no recordar, comencé a escribir. Pasaron días, semanas, meses y un par de años, en lo que terminaba. Me enamoré de la escritura, tan pacífica, tan perfecta. 

     Nunca me digné a escribir más de una oración por día. Quería que fuera magnífico, que cada palabra estuviera en el lugar adecuado. Trataba cada una de ellas como si fueran mis hijas, se tenían que sentir cómodas y felices en el espacio que ocupaban. Juntas formaban una especie de opereta digna de la composición de Offenbach. Dos años, siete meses, diecinueve días, quince horas, veintitrés minutos y cincuenta segundos después de haber comenzado con la ardua tarea de plasmar en papel la vida de Don Ever, un paquete llegó a mi hogar.

     Nunca me pregunté quién lo envió. Evidentemente era un libro, hasta tenía una envoltura amarilla con franjas lilas de aquella librería tan popular. No tenía tiempo para abrirlo, debía terminar mi tan querido cuento. Para esas fechas ya había decidido cual sería su título: La satisfacción temporal del hombre prosaico. Comenzaba a imaginar a los críticos, apantallados por la gran creatividad de mi obra. Sentía un orgullo que me sería imposible relatar, pero aún me faltaban tres oraciones para terminar y la inspiración no cooperaba. Volteaba a ver constantemente el paquete que había recibido, que para ese entonces se encontraba en la esquina inferior izquierda del escritorio. Lo tomé, finamente lo fui desenvolviendo – pues la envoltura podría servir para dar un regalo – hasta que se pudo vislumbrar lo que era. En negro “Jorge Luis Borges” se leía hasta arriba, Ficciones, en un rojo carmesí que jamás olvidaré, un poco más abajo. Leí un par de cuentos y lo dejé al lado de la computadora.

     Siempre supe que lo lograría. Estaba a una oración de terminar un escrito novedoso. Comencé a teclear: “S u  f e l i c i d a d  e r a  t a l ,  q u e  n o  l e  i m p o r t ´ o  s a b e r  q u e  y a  e x i s t ´i a  u n a ´E t i c a  a  N i c ´o m a c o .” Había terminado mi primer cuento, mi felicidad era tal que sería estúpido intentar expresarla con palabras. Tomé el libro de Borges para leer un poco a modo de premio y en el índice lo encontré: Pierre Menard, autor del Quijote. El desasosiego poco a poco paralizó mis entrañas, mis nervios y mi sangre. No tuve la necesidad de leerlo, sabía lo que era.



* Canción infantil alemana compuesta por Gustav Eskuche en 1891.

 


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  Comentarios (23)
wow!!
Escrito por viribambam, el 26-08-2008 18:28
sho sabia q tenias talento jaja, lo supe desde la prepa, te felicito rusin y espero continuar leyendo mas de tus obras... 
ilustrame!!
Muaaaaaaaaaaaa!!!!
Escrito por Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesitas tener Javascript activado para poder verla , el 26-08-2008 16:54
Malayito peshosho... una vez más, mil felicidades por este cuento!!!! sabes que es uno de mi favoritísimos y qué orgullo que pueda presumir de que le publicaron un cuento a MI novio.... de verdad, qué orgulo!!! 
NO TE AMOOOOOOOO!!!
No soy acarreado!
Escrito por El Peña, el 26-08-2008 11:50
mi querido ruso,  
hace poco escuché en Monterrey, de los labios de un legislador gringo, en la reunión interparlamentaria: "todo se ha dicho, pero no todos lo hemos dicho." Palabras que podrían reconfortar a tu filósofo/escritor obsesionado con la originalidad. Un abrazo y felicidades por este hermoso cuento.
Escrito por Karlos, el 26-08-2008 10:49
hasta ahora este cuento va ganando porque el autor viene acarreando a todos sus amiguitos :grin
Escrito por Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesitas tener Javascript activado para poder verla , el 26-08-2008 10:16
Sabes que me hiciste reir? ..... Me encantó
Escrito por ARMANDO BARRAZA, el 25-08-2008 23:44
Mi estimado, tu modo de escribir me parece muy pulcro. Te felicito y espero algún día poder leer más de tus obras. 
Un abrazo.
...
Escrito por El Gordo, el 25-08-2008 23:24
En verdad me sentí mal por el pobre tipo... sabes q nunca tendré palabras para referirme a tu trabajo... mi capacidad no alcanza para eso...
Escrito por gus kabooz, el 25-08-2008 22:02
estás loco. hiciste que me gustara.


 
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