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No leas a Sexton sin mí Imprimir E-Mail
por Maribel Castorena   
08 / 2008
Ínicio
No leas a Sexton sin mí
Página 2

Maribel Castorena nace en Guadalajara Jal, el día del ejercito, en el año de 1982. Estudia la licenciatura en Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara. Su escritura combina la narrativa y la poesía.  Afirma estar  interesada y comprometida con la gestión cultural y artística. Es integrante activo del grupo  cultural, Mute Co∙lecto, ha participado en la instalación en colectivo “mutelaciones sereales”, publicado en el calendario fotolectógrafo-2007, fluidos impreGsos, y en diversas revistas de creación literaria. Actualmente dirige la revista electrónica  del departamento de Letras, ETC. (Próxima a publicarse).

Su cuento  No leas a Sexton sin mí resultó ganador del Segundo Concurso de Cuento Palabras Malditas. El jurado fue el escritor mexicano Mario Bellatin.

 


 

No leas a Sexton sin mí

 

Querido, el viento se desploma como piedras
desde la bondadosa agua y cuando nos tocamos
nos penetramos por completo. Nadie está solo.
Los hombres matan por ello, o por cosas así.

Anne Sexton

 

Y se fue a Vancouver, sin saber ni qué ropa debía llevar; le dejó el abrigo guinda y el té de zarzamora que tanto le gustaban; su videoteca completa, a Fito, Calamaro y Corcobado, las sábanas nuevas de algodón aún empacadas y el refrigerador lleno de bubulubus, chicharras enlatadas y cervezas; le dejó la rusa y su sillón de lectura. Violeta no sabía qué decir en ese momento, no sabía si fingir sueño y caer bajo la almohada, cubrirse la cara o levantarse e ir hacia la ventana; mejor se agachó, y se quedó inmóvil.

 

Días después escribió en una de sus paredes: “Me quedé sin aire, como cuando a una le dicen mentirosa o puta y es verdad, pero quería alzarme a su altura y escupirle todito su ego”; Violeta deseaba escupirle lo que dejaba y lo que se llevaba, así, con el aliento amargo, escupirle con la franqueza que una niña saca la lengua a su madre declarándole la guerra. Recuerdo que lanzó varias veces la misma pregunta con diferentes palabras, y sólo vi en el rostro de Otto una mueca de hastío, de fatiga, de dolor iracundo, temía dejarla sola, presa de los antidepresivos; pero en el fondo vi en su cara el desdoblamiento perverso de la mirada de un asesino, que se iba a Vancouver, solo totalmente, sin su rusa, prófugo, sin tiempo y sin Violeta.   

 

Dentro de aquella despedida Violeta necesitaba un consuelo inmediato como la decisión de Otto al largarse, pero empezó la conciencia a mofarse de ambos, ¿cómo se pedían uno a otro piedad?, me parecía ver a Violeta encarnándose en Garrik,  estúpidamente sumergida en ese fantoche poema de  Juan de Dios Peza; Otto sabía que el regreso era impreciso, la huida y en ella el tiempo curiosamente lo dejaría terminar de leer  En busca del tiempo perdido.  Ella siguió agachada, en esa posición sólo podía observarle los zapatos viejos y desfachatados, Violeta lamentaba  cuánto tiempo había perdido, hasta deseó en ese instante eyaculara dentro de ella, supongo que en ese momento el hartazgo de su profesión la rindió, sin Otto no sería capaz de memorizar los versos de Anne Sexton y no desear morir, en ese momento la levedad y el cinismo que se respiraba en esa habitación vulneró toda una vida. Violeta se incorporó en los ojillos brillantes de la muñeca de trapo que tenía al lado, para entrar por unos minutos en catatónia.

 

-Vancouver es una ciudad muy cara para vivir, -le dijo, cuando las palabras estaban edulcoradas y justo cuando pudieron soltarse del nudo que las oprimía.

-Llevo buen botín, sólo vine por Ulises y  On the road, debo huir antes de que el pendejo de Rodríguez la cague más, tú estás a salvo,  créeme. –y le puso la rusa entre sus manos.

- La rusa…, como si fuera hembra… en todo caso “el ruso”, pero ya no te discutiré eso. Kerouac me ha gustado, aunque prefiero a los argentinos, Joyce me seduce a tragar anfetaminas y enervantes, pero no quisiera te lo llevaras, tu ausencia puede hacerme disciplinada, mira: si te extraño voy y tomo a Joyce y así hasta terminarlo, ¿qué dices? -Violeta se transformaba en niña para convencer a Otto, era su táctica, pero esa vez no le funcionó.

-La rusa es la rusa porque es una Malincher Nagant modelo “ru-so”, además mi fiel compañera; sí ya sé lo que alegas, que es un re-vol-ver, ¡pero es andrógino!, -ambos rieron por única vez en esa noche, mientras que  Otto se despojaba de la rusa queriendo acercarse de nuevo a Violeta, pero se detuvo por las punzadas del minutero.- A Ulises no te lo puedo dejar, después lo compras,  le dijo con una ternura extraña; la besó sin prisa y con los ojos bien cerrados por primera vez, supongo este acto lo redimiría eternamente.

 

Violeta no dejaba de acariciar la cacha del revolver, se limpiaba la mejilla empapada de lágrimas con su hombro derecho, lo hacía con una gracia indescriptible; tan delicada y abandonada en el hilillo de humo del cigarro de Otto y éste a su vez absorto en su reloj, como convirtiendo las manecillas en las piernas de Violeta, el deseo se contrastaba con la fuga, quería besarla, abrazarla y profanarla de palabras hondamente bellas pero no quiso tocarla, no con esas mismas manos con que había abofeteado a la gorda que se negaba a abrir la caja fuerte, quiso retener en su mente la imagen de la gorda forcejeando como si protegiera la fortuna que salvaría a su hijo, enfermo de algún  cáncer o contagiado de sida, pero la muy puerca no tenía a nadie, sólo a una anciana, que debía ser su madre, la anciana siempre desayunaba sola, leía los periódicos y acariciaba a sus perros, son una raza extraña, enanos, sin pelaje,  escandalosos y feos, la anciana se entretenía poniéndoles moñitos y corbatitas, quién sabe si lo sigue haciendo; así que la gorda acumulaba dólares sólo por conducta más instintiva que sistemática, o viceversa, a saber...

 

Entonces Otto supo que la mató, pero puso una pausa en su cerebro, manipuló los sucesos y creía que la gorda se recuperaría de los cachazos y que tanta sangre que brotaba del  agujero de la panza, era una exageración o un charco equitativo al peso de la mujer, pero nada fatal; la gorda, pensaba Otto, se salvaría en un hospital de lujo, riendo por no haberlos dejado abrir la caja fuerte de los diamantes. La gorda se reiría tal vez, pero no encamada en un hospital lujoso, sino en un cajón de madera fina.

 

Rodríguez, fue el pendejo de la noche, queriendo extraer a como diera lugar un retrato dizque original de la María Félix; Otto pensaba entre la prisa y la concentración de la otra caja, -esta pinche biblioteca es más insana que el plomazo que le metí a la gorda.- así que de menos se dio el gusto de metrallar la biblioteca extensísima de títulos parecidos a los de Og Mandino, El Alquimista y algo más, escapando inmediatamente, y aunque sin diamantes, si con aquel placer de hacer un bien al arte y a la humanidad misma,  pero el Rodríguez perdió la cabeza y el tiempo y la cabrona inteligencia en aquel retrato, los policías lo sorprendieron forcejeando con el clavo y la pared,  “lo agarraron con las manos en la masa”, así decía el encabezado en el periódico. Hasta el momento, la prensa enmudeció sobre el  millonario monto que Otto se llevó, y el asesinato de la gorda, apenas ocupó dos renglones, el estelar lo tuvo Rodríguez, “Captura de un fanático sin límites”, gritaban los voceadores. Pero Otto sabía que su debilidad por las famosas no lo deslindaba de ser un tipo vengativo y peligroso, por eso la prisa de huir.

 

 Violeta también conocía demasiado bien a mi padre, no haría nada que nos afectara porque  su rencor corrió todo el tiempo tras de Otto, supongo líos de amores ocasionados por mi madre, eso yo no lo sé. Mi madre siempre estuvo empastada y saturada de ácidos, a mí realmente me asustó que Otto se fuera,  era tan buena en el escenario, sus mejores papeles los interpretaba cuando antes de salir al teatro me besaba y nos decía cuánto nos amaba, y justo antes del portazo, su dedo índice nos amenazaba  para que no cenáramos en la calle.

 

Violeta pensó que no podría soportar la historia de mi padre, la del tal Rodríguez encarcelado no por los fraudes en bienes y raíces o por tráfico de estupefacientes ni los atracos bancarios, sino  por el retrato de la doña. Pobre Rodríguez, si ni siquiera supo descolgar un cuadro cuanto menos ser padre, o quién sabe, esas cuestiones a estas alturas me ponen frágil, como lo fue mi madre todo el tiempo, tan maleable e impostergable por sí misma, al extremo de que cedió el carácter a los narcóticos, sólo así tuvo el valor de usar a la rusa, mi madre se cansó de recibir cartas de Otto pero todas sin remitente, según las cartas, terminó de leer a Proust y comenzó a escribir, se jacta de que se hizo de conocidos intelectuales y ya hasta usa sacos con codera, fuma puro y esas cosas; ese Otto, siempre me pareció espectacular su humor, mismo que le cambiará cuando se entere lo que hizo su rusa. Violeta siempre supo que el revolver no mantendría a nadie a salvo como él lo pensó. Hoy tengo mis dudas, porque Otto sabía de los arranques depresivos de mi madre; tampoco lo sé, y me niego a pensar y a recordar más, aunque el ridículo de Rodríguez me endulza algunos días, cuando empiezo a aburrirme de vivir, recordar la escena del atraco de la fotografía me aligera la tristeza, y es que supongo que las rarezas se conciben de muchas maneras, como  la belleza puede estar tan  intacta o desvirgada según el pudor de cada quien.

 

Pronto haré un viaje, es absurdo, pero quiero encontrar a Otto, debo contarle que mi madre escribió un poemario con reminiscencias de Sexton y de él, con una dedicatoria muy peculiar, dice así: “Entendí que ya no me eras prescindible cuando descubrí la miel para diabéticos. (A Otto)” después aparece  la siguiente nota: “No leas a Anne Sexton sin acordarte de mí, antes di que no eres un torbellino, que una muerte no se coge en un dormitorio, que mejor me quede callada que no debo morir sin antes corroernos como se debe, y ¿qué se debe?, -No debes leer a Anne Sexton sin mí-.” Además, Otto debe saber, que  lo de la gorda nadie lo lamenta, sólo él, que se privó de hacer el amor a mi madre con las manos aún rojas.

 


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  Comentarios (18)
Escrito por Ángel Castel, el 27-08-2008 08:17
Genial, simplemente genial; dicho devenir de voces, de miradas, de deseos reprimidos; un refrigerador llenos de bubulubus; imágenes que podrían rayar en la poética de nuestros tiempos sin dioses; inevitable no leer a Sexton después del texto de Maribel Castorena, inevitable no poder sumergirse de nueva cuenta en ese torbellino de voces; narrativa-poesía o viceversa. El mundo -o crítica de este- literario se presenta de manera natural, es decir irónico; plagado de a su vez nos entristecen por esos dolores o nos provocan esa risa más temerosa que nada al reconocernos en este espejo.
Escrito por Nancy, el 27-08-2008 03:46
ehhh muy bueno... pero :roll porque siempre ganan los cuentos que no entiendo? :cry  
 
Felicidades a la autora y voy a leerlo otra vez :zzz
De un fotógrafo portátil
Escrito por Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesitas tener Javascript activado para poder verla , el 26-08-2008 23:00
Recuerdo cuando la primera vez que Violeta observó mis ojos, fue noviembre del año pasado. Otto estaba preocupado. El fotógrafo portátil en busca de Dommina y Marco. La Castorena en duermevelas contruía el blanco y negro de los ojos de Violeta.


 
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