| Tríptico |
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| por Alvaro Mata Guillé | ||||||||||||||
| 09 / 2008 | ||||||||||||||
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Escritor, ensayista, dramaturgo, director del grupo Baco teatro/danza, editor. Director de la revista cultural Hoja en Blanco y de Aire en el agua Editores, de Costa Rica y junto a Xhevdet Bajraj del Instituto de creación poética en la Casa de Refugio, México df. Jefe de Redacción de la Revista k. Subdirector del laboratorio del cuerpo en escena. tiene tres libros publicados
Tríptico(Tríptico, escritos entre 1987/89, Del libro: Intemperies, Editorial Aldus, 2005, México)
I
El escritorio en desorden lleno de libros y hojas que retenían largas esperas. Abstraído, ligeramente inclinado al antepecho, discurría sigiloso. Los rincones lo miraban oscuros callados. Recordaba perennes vacíos. No distinguía las palabras profesadas por las ausencias ni los soliloquios.
Escuchó los pasos suaves en el pasillo. Se acercaron.
La casa era vieja.
Corrían distintos apólogos entre las guardillas y salidizos. Tocaron. Sonrió tímido. Conocía su quieta mirada. Sus cabellos los había tenido entres sus manos en muchos sueños. Llegaron multitud de nuevas ansias, presas, olvidadas. Hablaron lentamente posándose en silencios. Vagaron por nostalgias. No existieron. Se adentraron en las sombras de la habitación. Las caricias aparecieron murmurando erotismos libres abrazados a lluvias y galernos. Las quejas de gozo enmudecieron las paredes. El pasillo oía melancólico junto a los rostros pálidos de las puertas.
Anochecía.
Dejó la ventana. Se acercó al escritorio. El viento se deslizó tenue por las albendas.
II
La puerta se abrió. Lo miraba un hombrecillo índigo, sin brillo. Los ojos acostumbrados a jugar con las sombras. La nariz larga, delgada. Ligeramente alabeado.
Entró. La sala estrecha, muy estrecha, sin detalles, seguida de escaleras no muy largas. Subió pensativo. Las ideas se amotinaron insistentes. Sentía frío.
Durante largo tiempo lo había obsesionado. Desde el pequeño valladar observaba inclinado cada nuevo vestigio. El postigo retenía sus nostalgias, las sombras. Desaparecía entre callejones atrasando cada paso. Buscaba otros lugares, nuevos sueños. Volvía con disimulo atraído sin fuerzas.
Nada que indicara su presencia. El largo cansancio. Los segundos –qué no sucedía en ellos– murmuró, lágrimas, ilusiones.
Avanzó hacia parajes inmersos en extrañas sensaciones de ausencia. La luz tenue, se detuvo: los escalones se aglomeraron právedos, eternos. Lo señalaban escrutándolo irónicos, las risas festejantes. Escuchó el murmullo de sus gruesas voces. Como enorme tintineo el torbellino se enfilaba lejano. Las huellas observaron protervas. Lo tomaron.
La calle presentó resabios de noche como tantas veces. Miró el alba, pesaroso. No hubo atardecer.
III
Las paredes tranquilas, leves, sin mutación. Tenían cierto brillo tímido, llano. Paredes largas, muy largas, con difusos arcanos. Las ventanas oscuras, silenciosas como cortinas de puntos diminutos.
Desde la habitación no era posible mirar hacia fuera al ser abrazada por una gigantesca masa de rincones abandonados. Los umbríos se combinaban extinguiendo toda visita de luz.
En su interior una silla detenida en espera.
Su mirada buscaba extensiones vastas. Requería de los poros del tiempo, de intimar con penas de ciclones frustrados y hojas sin vestigio.
Las palabras se dirigían a las paredes tratando de enlazar deseos. Se sentía distante, sumergiéndose en impresiones vagas que con dificultad distinguía. Era lento el tintineo rutinario, como llovizna pertinaz. En su mente, el tiempo, quizá detenido. La brisa perdía su libertad.
Se levantó. Soslayó la fecha, los días. Se vistió distraídamente. Escuchó el ocaso, el sollozo del cierzo. Habló con los ladrillos de la ventana lejanos, indiferentes.
Debajo del viento (fragmentos)(Del libro: Debajo del Viento Editorial Libri Amicis, Caracas, Venezuela, 2005)
me distraigo vislumbra el fin la tarde y un color de almendros entreteje el titubeo
se aposenta como un resplandor de hojas enmarañadas confunde al eco
se escabulle como un centelleo
un volver de cierto brillo tímido
un letargo que se desliza entre sueño y ausencia: qué soy
aire que se diluye en viento, viento que deletrea el aire valle por donde corren los muertos;
pensar nos hace extraños pero extraño el entorno que nos amarra a objetos de inconmensurables abismos en los que si estamos no estamos y si somos no somos;
es otro día atardece
el ocaso deambula por un conjuro de tonos opacos
un estremecimiento reverbera silencioso,
la niebla espejea arrastra un color arcano un itinerario perpetuo
el lodo
el lamento es otro día atardece
…tiene sentido transcurrir, y esperar
La niebla simula una mácula omnisciente en el celaje, tiñe el brillo de los techos ensombrece las calles
las nubes atraen temores y miedos:
la lejanía cubre los bajeles en la hondonada el fragor de las campanas que llaman a misa el humo de las velas en las aras atraviesa el atrio y el rezo de los feligreses contempla la mirada abandonada de los santos;
el rubor de los claustros y los lienzos del retablo se sorprenden por el gesto de los hábitos en las rejillas del confesionario;
voces de otras voces cantos de otros cantos confunden los lomos de los libros, inclinados por el peso de garabatos,
el balbuceo en los papeles, las crónicas en las letras,
es otro día y otro de una mañana tras otra
la inmensidad enmudece,
sólo selva había aquí
sólo una serpiente sin alas silbando al acecho escondida en el fango arrastrándose por los pedruscos y los humedales asentados en el cieno;
las tortugas adheridas como piedras al pardo de los médanos a los reflejos y pliegues en la playa, miraban el oleaje las goletas y la estela de huellas en la arena;
aquí se enterraba al sol junto a los huesos marrones de los muertos se iluminaba la noche, y la oquedad caminaba por un sendero de brillos rojos, sueños tejidos en collares áureos aretes y selva calcinada en el barro,
la niebla diluida sobre las tumbas y estrellas de granito contemplaba la llovizna persistente en el páramo
cubría la maleza, el anillo verde de las fosas que resbalaba por las piedras, las grutas y el correr de las iguanas en pos del temporal de ceniza
el halo de las luces las hojas en las tapias disueltas en la cañada;
dónde está el sol
la noche
el horizonte se deshace en la luz de la sombra
entenebrece
la lluvia se acurruca en la montaña esconde la ladera el trueno persigue al cielo disfrazado en la lumbre
la opacidad transparenta aparece un resplandor se ahoga
la oscuridad se pega a los arbustos sacude gotas bota pétalos
el silencio disimula los surcos y giros de una calabaza
el viento mueve el fulgor volteado en la tiniebla presagia la limpidez como un reflejo suspendido en el tiempo
es la luna itera inmóvil se marcha,
la filigrana solar torna diáfana la penumbra el enjambre de cuartos la luz amparada al crepúsculo la mismidad del recuerdo
el día es día
la niebla la noche
El sollozo sigila en los pliegues de la tarde en los páramos de los cerros
en alas que trepidan como larvas acosan las planicies de los ríos
el fragor de la leña humareda mancha de hulla las vigas que cuelgan de las paredes en la casa
el desorden de pasos se hace y deshace
no hay nubes ni caricias ni palabras ni viento
sólo un vaho que estremece linderos y puertas
sólo el brillo que tiembla por muros y letras
sólo el frío que interrumpe la mañana,
abraza la claridad
se pierde se pierde…
desdibujo un rostro que no existe
baúl gigantesco de un ser que no es que al salir de sus marañas se estremece
al evadirse se evapora
cuanto más aclara más anubla más pregunta más opaca
asoma debajo del viento,
no hay presencias ni olvido ni búsqueda
sólo la penumbra cubre papeles dispersos
el parloteo de incendios y vericuetos
la rutina los grillos
la luna el viento
¿se puede ser feliz?
los cajones acumulan rostros enterrados con hilos marchitos el escarceo de la hija violada los cirios las velas el ataúd
el escozor de los niños el de los perros muertos
y el viento la brisa el viento
la noche las nubes la noche
el lamento
la brisa el sol
el eco
los grillos la nada arrastran un espejo vacío los deseos de otra cosa.
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