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Broken Broker Imprimir E-Mail
por Miquel Silvestre   
10 / 2008
Siempre se extinguen los demás. Eso pensaba cuando la máquina expendedora me decía con suave voz pregrabada: “Su tabaco, gracias”. Me enamoraba. La prefería a la vieja del estanco, que nunca saludaba y siempre quería engañar con el cambio. Cuando aquella bruja estiró la pata, sustituyeron la expendeduría de tabaco y timbre por un cine-bank que despacha películas porno sin tener que pedírselas a un empleado. Es el progreso. El progreso es no tener que hablar con nadie. ¿Y qué me decís de los condones? ¿Acaso no es mejor comprarlos en la intimidad de un baño de gasolinera que en una atestada farmacia de barrio?

Siempre me gustó la cafetera a monedas de la oficina. Largo, corto, con leche, doble de azúcar. No necesita propinas para trabajar cada día con idéntica diligencia. ¿Quieres gasolina? Coges la manguera y llenas el depósito hasta donde te dé la gana. ¿Y las gestiones con el operador de telefonía móvil? Qué delicia tratar con programas de reconocimiento de voz. Adoro los automatismos cibernéticos. Odio cuando se termina su recorrido. Ahí empieza lo malo, porque entonces te pasan con algún inepto de call-center situado en algún suburbio extranjero. Ese último espécimen desganado, ese eslabón débil e incapaz es el freno de la modernidad. Normal, es inútil, humano, obsoleto.

A mí alrededor, toda una constelación de viejas profesiones era fulminada, sustituida, mejorada por cables y circuitos, grabaciones inteligentes y películas interactivas. Me gustaba. El ticket de Metro, mejor en la máquina. El peaje en la autopista, por el solitario arco de las tarjetas de crédito. La gente es lenta y complicada. Odio las complicaciones. Prefiero mi televisión de plasma y la comodidad de mi salón a las ruidosas salas colectivas donde siempre el tío de delante es más alto que tú. Los billetes de avión, ¿para qué una agencia si puedo elegir itinerario, tarifa y asiento desde mi propia casa? Incluso la presencia inquietante del afilador desaparecía. Los cuchillos ya no se afilan. Si se embotan, se compra un juego nuevo por teléfono.

En mi trabajo yo tampoco necesitaba personas. Trasladar dinero virtual de un sitio a otro no requería humanos, clientes, usuarios o trabajadores. Sólo se necesitaba fe. Fe en la Fe. Las fábricas ya no existían, existía la promesa bursátil de crear la ilusión de una fábrica. Los obreros no eran sino variables luminosas en mi ordenador. Con una pantalla, un teclado y un ratón, cada día movía cantidades elefantiásicas de capitales intangibles, opciones sobre materias primas, derivados, swaps y futuros sobre futuros que cruzaban el olímpico universo de un mercado sin puertas, paredes o suelos que pisar. Yo era Dios. Todo era perfecto en mi omnisciente soledad de gestor de inversiones. Todo. Como un dulce sueño de cristal. Hasta que sin saber por qué, el sueño se desvaneció y el polvo masticable se nos coló en la pulcra oficina del piso treinta y tres.

Siempre se extinguen los demás, pero la magia siempre será necesaria. Sin magia no se puede crear dinero sin dinero. Y el mundo ya no puede funcionar sin las ilusiones que  los magos de corbata fabricábamos usando sueños, pixels y credulidad. Al menos eso pensaba yo mientras el progreso nos rodeaba de máquinas y nos enriquecía con anotaciones contables. Pero ahora no encuentro nadie que quiera cargar con mis cajas de cartón llenas de los recuerdos de toda una vida de prestidigitador. Dicen que ya no se acepta mi invisible dinero de plástico. Que se ha extinguido, como los dinosaurios o los brokers que vivían en los pisos más altos. 



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  Comentarios (3)
I like it
Escrito por RamsésLV, el 18-10-2008 02:06
Bastante bueno. Gran texto. :)
Escrito por Maribé, el 09-10-2008 04:48
Pero qué bueno es, truchi!!!
Escrito por minerva Castillo, el 08-10-2008 16:52
me ha gustado mucho esta lectura, esta soledad mas sincera que la que se rodea de seres sin pasión, vencidos, zombis...
 
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