| Matrimonio, Adopción y Homosexualidad |
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| por RaMséS-LV | |||||||
| 10 / 2008 | |||||||
MATRIMONIO, ADOPCIÓN Y HOMOSEXUALIDAD: LA INCÓMODA EXPANSIÓN DE LA LIBERTAD
La libertad y la igualdad son dos gemas preciosas que la civilización moderna atesora con especial cuidado en el cofre de su consciencia. Quienquiera que se adorne con ellas será recubierto con un hermoso resplandor que provocará el aplauso y el apoyo de unos y la envidia y el rechazo de otros. A lo largo de la historia de la modernidad occidental, que, a fuerza de zurcidos, flujos, reflujos y conflictos innumerables, se ha convertido ya en la historia de la modernidad universal, estas gemas han desfilado prendidas a los estandartes más diversos. La Ilustración y la Revolución francesa clausuraron los estamentos divinos e inamovibles del antiguo régimen, y colocaron, no sin contradicciones, la razón y el valor del individuo en el centro de un nuevo orden social cuyo combustible sería el reconocimiento de la libertad y la igualdad de todos los hombres. Más adelante, la expansión de estas ideas al resto del mundo llevó el brillo de las gemas al poncho del indígena, al tambor del africano y al cántico del melanesio, exigiendo la libertad y la igualdad para todos los pueblos y razas del planeta, y, tras un movimiento tectónico que sacudió los cinco continentes, las mujeres comenzaron a cuestionar el monopolio masculino de un par de valores que, para ser efectivos y reales, debían (y deben) ser propiedad de las mujeres y los hombres por igual, introduciendo, así, el ingrediente sexual de la libertad y la igualdad. El siglo XXI plantea ahora una nueva dimensión dentro de ese infatigable peregrinar de los valores heredados de la Ilustración: el de la libertad y la igualdad para las minorías sexuales. Y acaso el puntal de ese planteamiento sea la demanda, cada vez más sonora, de dos derechos que descubren que la democracia tiene, también, una tonalidad sexual: el derecho al matrimonio y a la adopción para parejas homosexuales. Naturalmente, no todos los homosexuales se unen en pareja y no todas las parejas desean ser reconocidas como matrimonio ni adoptar niños. Pero aquellos que sí lo hacen ponen en serios apuros a quienes, desde una cómoda posición heterosexual, llenan sus alforjas con los beneficios de la retórica liberal e igualitaria. No sorprende que la resistencia a estas demandas sea enorme y en apariencia invulnerable. Lo realmente interesante es descubrir que se fabrica y pronuncia en dos plataformas éticas irreconciliables. La plataforma religiosa, que deposita la homosexualidad en un insaturable recipiente de pecados, es probablemente la de mayor tradición y firmeza doctrinal: Dios creó a varones y hembras, y los unió mediante un vínculo marital que puede ser interpretado al mismo tiempo como prenda del amor divino y como precepto celestial (“No es bueno que el hombre esté solo”, dijo el Señor). El matrimonio canónico, así, se convierte en ley de Dios y, por añadidura, en dogma inquebrantable. Se necesitaría demostrar que Dios no existe para minar la legitimidad de este argumento, pero, hasta hoy, nadie ha podido demostrar satisfactoriamente su existencia ni su inexistencia. Los buenos creyentes deben acatar las normas de su religión o esperar a que los ministros de su iglesia las flexibilicen. La firmeza de esta doctrina, sin embargo, no equivale a infalibilidad ni le otorga el poder para dictar las leyes de un Estado. Cualquiera puede creer o no creer o vivir la religión a su manera: no existe, en la esfera de los valores, ninguna verdad objetiva a la que se pueda apelar; y, por esta misma razón, un Estado equitativo debe excluir de su legislación todo credo religioso. Una cristiana o un judío pueden creer que el matrimonio canónico es el único aceptable ante los ojos de Dios y condenar a los homosexuales y a sus intentos de unirse en matrimonio: la libertad de credo y de pensamiento permite éstas y muchas otras posturas. Si el Estado garantiza la equidad, nada obliga a los legisladores a incorporar los preceptos de una religión al contenido de una ley, y sí, en cambio, los conmina a desechar la definición canónica del matrimonio como eje rector de la sociedad. Pero la religión, en esta clase de dilemas, pierde cada vez más relevancia. Lo que gana terreno y poco a poco se vuelve irrebatible hasta para los menos instruidos es la ciencia. Por eso, la plataforma “científica” acopia, aparentemente, los mejores argumentos al respecto: si observamos con atención la “naturaleza”, se nos dice, podremos verificar que la heterosexualidad es la norma que rige a todos los organismos vivos –y, por añadidura, la norma que debe regir el matrimonio. Los machos se aparean con las hembras y así perpetúan su especie y mantienen el “orden natural” de la vida. ¿Por qué, entonces, contrariar a la sabia y sacrosanta naturaleza con desviaciones antinaturales como la homosexualidad que, además, en esta lógica de razonamiento, son aberrantes? Todo ser vivo posee, por si fuera poco, energías naturales que necesitan ser canalizadas adecuadamente: para los hombres, meter el pene en una vagina –para las mujeres, al parecer, todavía se reserva cierto pudor, y por eso nunca se dice cómo deben canalizar las suyas. De manera que a la desviación, los homosexuales añaden la represión sexual. Cualquiera que se haya interesado un poco en la historia de las ideas sabe que la “ciencia”, aplicada a las cuestiones morales, ha servido para justificar las peores estupideces y atrocidades. Y es que, en realidad, no se trata de hacer “ciencia” en el sentido auténtico de la palabra, sino de embalar prejuicios en un empaque sofisticado. Si el precepto religioso es difícil de rebatir por la ausencia de verdades objetivas, el razonamiento de la plataforma científica cae estrepitosamente por apelar a un empirismo que puede revertirse fácilmente en su contra. Es cierto que los mamíferos se reproducen a través del apareamiento de macho y hembra; también es cierto que existen organismos asexuales, que los leones asesinan a sus cachorros y que los salmones sacrifican su vida en aras de su descendencia. Si la plataforma científica pretende configurar una ética para el comportamiento humano a partir de la emulación de la conducta de la “naturaleza”, ¿por qué no sugerir a las mujeres que devoren completamente a los hombres después de haber copulado, tal cual lo hace la mantis religiosa? Creo que el ser humano, por el solo hecho de razonar, ya no es una criatura completamente “natural”; si por naturaleza entendemos el interminable ciclo vital del nacimiento, la reproducción y la muerte. El ser humano hace esto y más: es el único animal [racional] que escribe poemas y novelas; el único que es capaz de morir por amor o por una causa política; el único que se avergüenza de su desnudez y de sus instintos; el único que devasta su hábitat y que asesina a su prójimo por placer. Las mujeres y los hombres son seres contra natura (o seres de naturaleza distinta, según se quiera ver) simplemente porque son capaces de negar la rutina a la que los condenaría el ciclo vital de la existencia. El ser humano puede convertir el placer, el amor y todo cuanto haga, en un diamante biselado y translúcido de infinitas posibilidades refractarias, según la luz o la oscuridad que se ciernan sobre él. Nadie negaría, sin embargo, que el matrimonio homosexual, a regañadientes y a pesar de las peroratas de religiosos y naturalistas, podría ser tolerado como se tolera el aborto o el uso de anticonceptivos. Lo que difícilmente podría tolerarse es el derecho de adopción de esta clase de matrimonios. La evidencia es contundente al respecto: de los países que legalmente reconocen la unión de parejas del mismo sexo, ninguno (a excepción de España) otorga el derecho de adopción. Las razones de esto son múltiples y detectarlas no es tan sencillo como en el caso de la cuestión matrimonial. No obstante, podrían agruparse en dos grandes bloques, ambos inevitablemente ligados entre sí: el relativo al orden moral y el relativo al orden social. Se dice que los niños adoptados por parejas homosexuales padecerían severos trastornos morales y psicológicos. La ausencia de una figura materna o paterna y la marginación social a la que se verían sometidos afectarían gravemente su desarrollo como personas. La perversa conducta sexual de sus mentores, único referente educativo del que dispondrían, les impediría adaptarse adecuadamente a la sociedad a la que pertenecen, y todo este cúmulo de inconvenientes generaría en ellos una terrible ansiedad que desembocaría (como desemboca ya entre homosexuales, según algunos de sus detractores) en una mayor proclividad hacia las drogas, la promiscuidad o el suicidio. Es decir, la inquietud moral se cristaliza en una inédita preocupación humanitaria por la suerte del prójimo. Diversos estudios realizados en este campo han demostrado que el sexo o la orientación sexual de los progenitores no inciden negativamente en el desarrollo integral de los niños. La Academia Americana de Psiquiatría Infantil y del Adolescente, la Academia Americana de Pediatría, la Asociación Americana de Medicina, la Asociación Americana de Psicoanálisis y la Federación Española de Sexología, entre otras instituciones, han dado su aval y manifestado su apoyo a la homoparentalidad. Sin embargo, se trata de un problema que no se resuelve ni se agota, como ya hemos visto, en la certidumbre científica. Es probable que, bajo las circunstancias actuales, un niño adoptado por homosexuales sufra parcialmente las calamidades morales y psicológicas anunciadas. Y es probable, también, que quienes lo marginen y escarnezcan sean precisamente aquellos que ahora se preocupan tanto por su bienestar. El meollo del conflicto no es la felicidad de los niños (siempre pregonada, rara vez procurada) sino la preservación de lo que la mayoría considera “normal” y “correcto”. Un niño puede padecer desde muy pequeño la ausencia de una figura paterna o materna, ya por la muerte de uno de los progenitores, ya por causas como el abandono o el divorcio; puede instruirse en la promiscuidad y en las conductas sexuales “perversas” bajo la batuta de un padre o de una madre heterosexual –como si en la sexualidad y el erotismo existiera un canon universalmente válido de conducta. Crecer en el seno de una familia normal tampoco le garantizaría la estabilidad emocional ni la aceptación social: la represión sexual, la drogadicción y el suicidio son fenómenos globales que no dependen únicamente de la composición del núcleo familiar, y la discriminación y la marginación se aplican sistemáticamente contra los niños indígenas y discapacitados o contra quienes forman parte de una minoría étnica o religiosa. En el fondo, la preocupación principal, sin importar qué religión se profese, qué posición social se ocupe o qué convicciones políticas se defiendan, es la reproducción del orden social establecido. A veces me inclino a pensar que lo que más repugna a la mayoría no es la imagen de un niño sufriendo o siendo educado por dos lesbianas, sino la sola idea de que, tarde o temprano, la homosexualidad se extienda, “contagie” a sus hijos o a ellos mismos y corrompa irreversiblemente el reverenciado orden social. La desgracia de quienes crezcan en una familia homosexual no se debería, entonces, a la homosexualidad misma, sino al clima de intolerancia que les aguardaría. Hay que admitir, por supuesto, que una familia homosexual no estaría exenta de contradicciones y problemas y que una sociedad que tolerara este tipo de uniones no sería sustancialmente mejor que la que hoy tenemos. Si bien el problema de la legalización y aceptación social del matrimonio homosexual y de su derecho de adopción va más allá de la discriminación sexual y de la corrección política (pues, como se ha visto, requiere de un cambio radical en la cosmovisión de una sociedad concreta), haría falta una transformación general en las relaciones humanas para que el mundo mejorara: es, en otras palabras, una condición necesaria, mas no suficiente, para alcanzar una sociedad equitativa y menos desagradable; un paso más en la consecución de la utopía heredada por los ideales de la Ilustración. La libertad es un valor y un ideal que debe insuflarse en cada órgano de la sociedad y en cada poro de la actividad humana. Los complementos naturales de la libertad son la tolerancia y la igualdad. Todos los seres humanos, hombres y mujeres, crecemos en condiciones distintas y, si se nos permite, tomamos el camino que mejor nos parece, en la medida de nuestras posibilidades: unos optamos por la heterosexualidad, el agnosticismo y ciertas convicciones políticas que, como cualquier otra convicción de este tipo, pueden agradar o no a nuestros interlocutores; otros optan, también, por la heterosexualidad, y la sazonan con diferentes convicciones éticas, políticas y religiosas: las combinaciones son infinitas. Y los hay quienes prefieren la homosexualidad y un estilo de vida que, con toda seguridad, difiere del comportamiento habitual de la mayoría de las personas. Garantizar que todos gocemos de la misma libertad para hacer y creer lo que mejor nos parezca, tolerando y respetando las decisiones e ideas de los demás y concediendo las mismas oportunidades es la clave para conectar las diferentes piezas de este mosaico heterogéneo y variopinto. La legalización del matrimonio homosexual y el reconocimiento de su derecho de adopción requerirán, si es que algún día dejan de ser un mero planteamiento en nuestro país y en otras partes del mundo, de un amplio proceso paralelo de transformación social. Lo más importante e inmediato es transformar la conciencia y la cosmovisión de la sociedad. Esto, en buena medida, le corresponde al Estado como responsable de la legislación y de las políticas públicas, pero sin una decidida y activa participación de cada uno de nosotros, proponiendo y debatiendo nuevas ideas, cualquier esfuerzo en torno a este tema perderá sentido. Con demasiada frecuencia se incurre en el error de suponer que la continuidad histórica de un cierto modelo convencional de relaciones sociales significa que no hay más opciones y que, por tanto, esa opción es la mejor. Éste es, precisamente, el primer supuesto que hay que desechar para hacer de este mundo un lugar donde vivir no sea una experiencia tan angustiante e insatisfactoria como lo es actualmente. Dar ese paso es difícil pero no imposible: España ha comenzado y a su lado, en un futuro no muy lejano, podrían ir países que, como el nuestro, comparten, además de una titubeante transición democrática, una profunda metamorfosis social. ~
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