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Con mi marido… Imprimir E-Mail
por Jorge Carmi   
10 / 2008

 

Me aburría en parpadeos al aire y él trabajaba cabeza gacha, en la sala de estar, que es amplia, con un condenado ambiente de formalidad, si parece traje de etiqueta. Mi esposo es auditor de grandes empresas y de carácter remilgado. Cree que su prestigio y credibilidad debe ampararse en un entorno sin vida. Esa tarde desabrida, trabajaba en un documento que lo traía absorto. Hastiada decidí hojear un libro erótico que una amiga me había deslizado a la fuerza. Soy de poco leer, me gusta la acción. Pero esa tarde mi aburrimiento inició un desgrane de las hojas; leí un par de cosas salteadas, que me violentaron a retroceder páginas y a zambullirme en las páginas devorando línea tras línea y gozándolas en ataranto. Mis ojos se prendieron de las letras negras que como hormigas empezaron a danzar para mí, mis manos, dejaron el acariciar de páginas y, sinuosas sin advertírmelo, se posicionaron lentas en mi cuerpo; el libro aún unido a mis ojos, mi amante nuevo, quedó abierto en el sofá. Con dificultad alcé la vista y miré a mi marido, seguía ensimismado en su tonto portafolio. Me sumergí en la acción; mi mano izquierda recorría mi piel despertándola y la derecha se afanaba en el sostén que contenía como un dique, mis senos, que rebelados pugnaban por salir; a través de la tela mi yema acarició el pezón que se endureció a su toque. La otra mano ya bordeaba mis muslos y amenazaba a la grieta. No atiné a negarme ni a aceptar la caricia íntima que me tentaba. Los hechos me superaron. Era mi primera vez ¡Me estaba masturbando! Desde los nueve, primero con compañeras, nos toqueteábamos e intercambiamos besos fugaces; más adelante lo hice con muchachos; caricias más elaboradas pero sin penetración e imagino ahora que esos temblorcitos involuntarios fueron algún tipo de orgasmo. A los dieciocho me casé con el aburrido que está a mi frente, voluntarioso y no dado al sexo creativo; Dos hijos, su trabajo y yo labores de casa: “Un marido ideal”, y ahora en mi cuarentena, este deleitable y tardío descubrimiento, debí hacerlo a mis catorce, conocerme y gozarme a mi gusto en una masturbación liberadora. Retorné a mi piel y a mi sensibilidad nueva. Las páginas calientes me instruían y devastaban, fue el libro mi primer  amante y obscenamente nos gozamos a tres palmos de mi marido. Lo miré de reojo. Seguía en su labor. Su presencia ausente y mi traición con el libro me excitaron. Mi mano hendió en dos mi fruta ya a punto, y se regodeó con su pulpa, empecé con temblores inminentes y a vibrar entera, la otra mano soltó el libro y se dirigió sin prisa pero sin detenerse a mi trasero, no diré a la grieta prohibida, porque sinceramente no sabía de eso. Los estertores que agregó a mi placer casi insoportable ya, se los agradeceré de por vida a la grieta estrecha. Al recibir ataque por dos flancos me asoló un orgasmo, que se hizo imparable al mirar a mi marido y que continuaba impávido con su simpleza. Contemplarlo, me precipitó de cabeza en ese goce imposible. Quedé desmadejada sobre el sillón y el culpable, mi amante de papel, caído sin sentido de culpa en la alfombra. No sé como me recobré y pude recogerlo y dejarlo -como al enemigo tentador- lejos, sobre la mesita de centro. Me recompuse la ropa y adopté una pose recatada. El orgasmo superó en deleite los muy escasos orgasmos tenidos con ese hombre frío que trabajaba en sus textos estúpidos ahora, en vez de atender a su mujer. Miré con rabia al libro, que perversamente me guiñó un ojo. Con despecho lo tomé para lanzarlo lejos, pero como que se adhirió a mi mano y me pareció que se abría insidioso; con curiosidad morbosa leí un par de líneas y ya fui su cautiva. Me colgué de sus letras perversas y de mi sensualidad nueva, acosé mis grietas, enfervoricé mis pechos y recorrí mi piel como el caminante en una carretera con lagos, ciudades nuevas. Descubrí deleite tras deleite; había descuidado por un rato largo la vigilancia al hombre; por precaución, antes de que llegaran los espasmos que presentí venían, lo miré por sobre mis tetas ya desnudas y no pude dar crédito a mis ojos; ¡Insólito! se masturbaba y me miraba caliente…, y no por saberse sorprendido dejó de sobajear su equipo; no pudo, estaba hirviendo de caliente; yo tampoco pude cejar en mi tarea y henos -aquí y ahora- a los dos masturbándonos sin sentido de culpa y en disfrute nuevo. El espectáculo del uno energizaba al otro. Mi goce anterior fue rotundo, pero este, con la complicidad de mi esposo se enriqueció. Quería yo besar mis senos, las aureolas plateadas me llamaban, fui a mi trasero y coqueteé con los bordes de la grieta, pero con estupor vi que mi caricia no me pertenecía solo a mí: mi marido, tan lindo él, con una mano conteniendo sus brevas arrugadas y plenas de leche había llevado su mano sin remordimientos a su trasero e invadía sin pudor su desfiladero intocado. Su gesto erótico. Mis caricias impúdicas me transportaron sobre la ola a un mar tempestuoso y caí en una oleada de orgasmos que se superponían unos a otros y no terminada de paladear uno, ya traía su agobio el otro. Jamás tuve antes dos orgasmos continuos, ni siquiera en el mismo día; lo que dio un toque magistral a mi placer desenfrenado fue que al punto de iniciar mi desborde, veo la espiral de leche hirviente salir impulsada al espacio desde el miembro del semental. Y no solo lo vi, sino que gran parte de esa leche se derramó sobre mi cuello y senos. La esparcí y la probé, y me acaricié –inédita- con ella.

-Ven esposo mío. -Le dije- somos hermanos de leche.

Acudió libre de prejuicios, por primera vez en su vida. Y me abrazó y besó. Estuvimos largo, largo rato, abrazados sin hablar en esa sala de estar, perdido su entorno sombrío y adusto, ahora cómplice con mi marido y yo. El se incorporó un tanto, y sin hablar, no lo necesitábamos por primera vez, deslizó su mano por mi seno y me miró interrogativo, asentí con ternura y agarré su ariete, así sin más. Era la primera vez que yo tomaba la iniciativa. Acordes tácitamente iniciamos la danza de la masturbación mutua. Fue dulce conocer y dar a conocer el cuerpo propio y del otro. No un mero y rígido subirse y bajarse, luego de movimientos mecánicos. Nos tocamos en zonas eróticas muy prohibidas; nos conocimos y lo extendimos hasta límites impensados; fuimos uno del otro y compartimos secretos y fantasías. Tanteó, se engolosinó en mi grieta, no lo podía creer, lo decían sus ojos encantados, me asomé a la suya y la acaricié, fui una intrusa lasciva e invasora, supe que era bien recibida porque me oprimió varias veces la mano con los músculos de su grieta, que ahora era de ambos. Descendí a su ariete y lo besé con lengua y labios y simultánea cobijé en mi mano amorosa sus brevas rugosas llenas de nuevo, y puse al unísono a bailar mis labios con mis manos en esa pista de piel satinada. Un quejido de deleite premió mi creatividad y me mordió los senos, le respondí con una erección de los pezones; se dedicó con fruición a besarlos y a acariciar con los labios en tanto asediaba con sus manos mi grieta y mis senos causando estragos. Mi experiencia reciente me dijo que los temblores que sentía en su cuerpo y el mío indicaban que oleadas trepidantes nos agobiarían y conducirían a las playas del conocerse y a disfrutar cada noche y cada día del tesoro rescatado de ese mar hasta hoy desconocido.

 

 

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  Comentarios (2)
Escrito por Musa, el 15-11-2008 13:41
Me encanta, me trajo con suspenso y termine encantada por leerlo.
Escrito por nora, el 22-10-2008 19:34
la verdad me pareciò muy interesante al forma de plantaer tu historia, adem`s de muy sensual enla escritura
 
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