| Alegría brasileña, tristeza mexicana |
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| por Marro y Martiyo | ||||||||
| 10 / 2008 | ||||||||
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Corren tiempos oscuros, lector. La tierra se calienta y la mancha de aceite de la melancolía y el fracaso se extiende. Por todo ello, pensé que quizá podría escribir alguna cosa que diera un poco de ánimo. Pensé en escribir sobre las bondades del juego. Comienzo por presumir que tengo la suerte de tener una mujer brasileña y de conocer a algunos de sus compatriotas. Al verlos siempre un poco más alegres que la mayoría de mis amigos mexicanos me he preguntado si esa alegría suya tendría algo que ver con su éxito en los mundiales de fútbol. ¿Por qué nosotros no tenemos esa magia, ese ritmo?, ¿por qué producimos grandes medios de contención y ellos magos del balón? He aquí mi hipótesis: por ser más alegres, los brasileños juegan mejor que nosotros. ¿O por jugar mejor que los demás se ríen? Alto ahí, lector, no dejes de leer pensando que todo esto es tonto. Piensa en otro de los grandes juegos de la humanidad: la música. ¿No es verdad que cuando a nosotros nos comienza a ganar la nostalgia sacamos la guitarra y con un ritmo terciario muy simple (chun ta ta), cantamos de Cristos que lloran, de suertes como abismos profundos y de deseos de morir por tanto sentimiento? Ellos, los brasileños, además de la guitarra hacen aparecer percusiones. Basta un pandero para que aparezca el ritmo sincopado de la samba, que vuelve sensual todo lo que toca. Un sambista más o menos moderno, Sergio Mendes, dice que la alegría es la mejor cosa que existe y la samba una forma de oración; el viejo Caetano, que cantándola se va la tristeza y Márcio Faraco, que la gente que siempre bailó samba enfrenta cualquier división. ¿Dudas del poder de la samba? Ah, lector, escucha a Cartola.
Este tema ha provocado reflexiones sesudas de grandes pensadores. Por ejemplo, el famoso sociólogo brasileño Gilberto Freyre explicó la colonización del interior de su país en términos de un despreocupado y general desorden sexual. Documentó con prolijidad y buena pluma que, en verdad, todos gustaban de todos. Eso explica, escribe, el que una enfermedad temida por el resto del mundo, como la sífilis, fuese vista con tranquilidad por los brasileños, para quienes parecía cosa común y anunciadora de la madurez de los jóvenes. Otro pensador que se sorprendió de la alegría de su país, Sergio Buarque de Holanda, definió al brasileño como "un hombre cordial", aunque, como hombre de su tiempo, pensó que la cordialidad era un obstáculo para la civilidad.
Por todo esto, creo que el mejor camino para ganar ese mítico Mundial de fútbol sería volvernos más juguetones, comenzando por la música y el amor. De ahí seguirá el fútbol de manera natural. Insisto en que corren tiempos oscuros, lector: el presidente del gran imperio es un oligofrénico y nosotros, al igual que el querido Brasil, estamos condenados a ser países pobres y en crisis. ¿Qué hacer? Al menos mejoremos el ritmo, dejémonos de tanto melodrama y en el amor, como canta Jorge Bem: Umabarauma, hombre gol, juega bola, corocondó.
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