| Los Niños de Paja |
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| por Javier Moro | ||||||
| 12 / 2008 | ||||||
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El nuevo libro del escritor jaliciense Bernardo Esquinca (Guadalajara, 1972) es un libro de relatos cortos, ubicados dentro de la tradición de la literatura fantástica, cercano a escritores como J. G. Balllard. Esa puede ser la primera conclusión ( a veces engañosa) que el lector puede sacar al acercarse a este nuevo libro de la editorial oaxaqueña Almadía. Engañosa, pues la literatura fantástica se encuentra en muchas ocasiones, mucho más cercana a los miedos y temores, que nos acechan escondidos en los pliegues de la cotidianidad, de lo que quisiéramos aceptar en un primer instante. Los fantasmas y el terror que acechan en los cuentos incluidos en “Los niños de paja”, son de un horror que sabe, que huele a cercano, un horror que acecha en las cercanías: en los sueños, en las pesadillas más constantes, más cercanas. Lo que encontramos en “Los niños de paja” es una galería de seres desarraigados, que perdieron en algún momento el camino, y que se mueven en el borde, en la frontera entra la irrealidad, la fantasía y el horror. Esquinca, quién ya había sorprendido los lectores y a la crítica con “Belleza Roja”, su primer novela publicada, que fue nombrada la mejor primera novela del 2005 por el diario Reforma, vuelve a retomar en este libro de cuentos sus obsesiones y sus temas más recurrentes: las pesadillas que nos atan a la realidad, los velos que encubren la verdad, la engañan, los engaños de nuestros sentidos. Hay en estos relatos la sensación de que nada es como parece, que siempre estamos buscando como engañarnos, mentirnos, para no descubrirnos a nosotros mismos los secretos más ocultos, más perversos de nuestra personalidad. Esquinca es un habíl observador, que construye historias cercanas al abismo: llegamos justo al momento en el que los personajes, después de mucho luchar contra sus instintos autodestructivos, han decidido saltar al vacío sin paracaídas. Somos testigos como lectores, de esa caída vital, que sin embargo nos revela la sorpresa que después de toda caída existe el alumbramiento, la vida sigue después del abismo: desordenada, sí, caótica, tal vez, pero sigue, existe en otros sentidos, en otras dimensiones. Porque lo que también nos revela n los cuentos de Esquinca es un optimismo flaco, oscuro, pero lleno de vitalidad, que surge siempre después de una caída. Un hombre que sueña todas las noches con aviones y así evita una tragedia mayor en el aeropuerto de la ciudad de México: un forense que decide estudiar por fin las pruebas periciales del asesinato de su propia mujer; un detective contratado para espiar a una mujer sospechosa de adulterio, que sin embargo jamás abandona su cuarto de hotel, son algunos de los personajes que pueblan los cuentos de este libro, una galería de personajes extraños, solitarios, que parecen servirnos de espejos y que nos transmiten ciertas pasiones ocultas y por ende, cercanas a nuestras obsesiones y miedos nocturnos. Es ahí en donde se encuentra con la principal virtud de Esquinca como escritor: en desarrollar, siemrpe con una prosa certera y fragmentaria, historias que descubren un lado oscuro, desconocido de una realidad en apariencia inocua, transparente. Esquinca maneja a través de una escritura inquietante y fascinante pequeños universos que han perdido pie, que se han desviado, desnudando así las carencias de personajes con más dudas que certezas. El escritor nos va develando, con unos cuantos elementos narrativos, la frialdad, la deshumanización, la soledad de vidas, que por más atadas que se encuentren a los pequeños rituales diarios, están más cercana de la caída, del abismo, de lo que en un primer momento podríamos pensar. os con unos cuantos elementos. Mención aparte merece el cuento que le da título al libro: Los niños de paja, cuento que abreva de una tradición cercana a las historias del terror más puro (no por ellos más simples, valga la aclaración). Cuatro amigos, un matrimonio y dos amigos cercanos, divorciados a su vez, aprovechan la fiesta del día de muertos para organizar una excursión a un pueblo cercano a la gran ciudad, para acercarse a un lugar en donde la fiesta no ha perdido su saber tradicional y no se ha visto contaminada por el Halloween norteamericano. Sin embargo los planes trazados no resultan como estaban planeados: El mal ambiente al interior del grupo de amigos, desembocan en la perdida del camino en medio de la noche y los excursionistas se encuentran de repente en medio de un extraño pueblo surgido de la nada, iluminado por una poderosa planta de luz y habitado por un extraño grupo de norteamericanos llegados a México con la idea de vivir aislados del resto del mundo. Este principio que se parece al inicio de cientos de películas de terror herederas de La Masacre en Texas, es sin embargo utilizada por Esquinca para llevarnos hacia los territorios más pantanosos de las relaciones humanas en un contexto trepidante y peligroso. Los amigos se encontrarán sin quererlo en medio de una guerra protagonizada por los viejos habitantes del pueblo gringo y sus hijos, que por alguna extraña razón se han negado a crecer, pero han adoptado toda la brutalidad y la violencia de su mayores. Una historia que nos recuerda a las películas de Los niños del maíz, pero que Esquinca nos cuenta sin caer en clichés y que avanza sin tropiezos, y que nos desnuda varios conflictos humanos más profundos que el miedo a lo desconocido: la dificultad para crecer, para madurar, de una generación que raya en la treintena y que creció entre la disyuntiva de la influencia de los productos gringos de importación, los primeros videojuegos, y el acendrado nacionalismo de un país que se negaba a ver y ser visto por el extranjero. Una generación que alarga lo más que puede su juventud, y que se reconoce en esos niños extranjeros trasplantados a un lugar extraño, y que se niegan, ayudados por fuerzas malignas, a crecer y adoptar todos los vicios y miedos de sus mayores. Lo que tenemos con este nuevo libro de Esquinca, es a un escritor dueño de un proyecto literario inquietante, pero inteligente. Un escritor que bucea en las profundidades de la cotidianidad para sacar de ella los elementos perturbadores que por cotidianos, ignoramos. O preferimos hacerlo. Lo que tenemos con “Los niños de Paja” es literatura inteligente, inquietante, pero al mismo tiempo atractiva para el lector, quién podría pasar toda una tarde atrapado en la prosa de este joven escritor.
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