Las monedas

 

 

“El más mínimo incidente puede tener una importancia capital.
Salvador Elizondo/ Farabeuf

¿No es irrisorio que el azar dicte la muerte de alguien
y que las circunstancias de esa muerte no estén sujetas al azar?
Jorge Luís Borges / La lotería en Babilonia

 

Círculos metálicos se deslizan despacio de la mano hacia abajo. El sol hace un juego de luces en el bronce y oro de los mismos. Brillan como estrellas fugaces cayendo a la tierra.   Un corto tramo de la mano al piso es su camino, brevísimo tiempo finito que corre como agua tibia en los ríos y que desemboca en el mar. Ellos ruedan y tienen en sí mismos dos caras, como la vida que se bifurca en un sí o un no; en lo que hacemos y no hacemos; lo que amamos y odiamos: decisiones que al fin nos llevan a un mismo punto en donde, a pesar de todo, el curso del sol sigue siempre su eterno camino.

 

I


—Recuerdo un viaje con mis tíos en su camioneta —dijo la joven—. ¿Te acuerdas? Era verde, una Pick Up de ésas viejitas que hacen mucho ruido al andar.

>>Creo, si mal no recuerdo, que íbamos de camino a Matehuala a pasar el fin de semana. Mi tía tenía un borlote, con mis primas y mamá, en la parte trasera de la camioneta. Yo iba adelante. Mi tío manejaba y tú eras el copiloto. Cómo me gustaba sentarme en tus piernas en los viajes. Yo veía el pellejo despoblado y triste del camino, con sus colores ocres y verdes pálidos. Las manos del aire entraban rápido por la ventana y me acariciaban el pelo. Las nubes dibujaban sueños en un mar coronado por el sol. Abajo las lagartijas y las liebres se dejaban acariciar por los rayos dorados de luz.

>>Había pasado hora y media de camino y yo estaba ebria de luz y de pinceladas tristes en un paisaje desértico. Dormité un tramo corto, desperté. Vi que nos rebasaban, algunas veces, autos de distintos colores. A lo lejos algo se movía rápido entre el pasto seco; se dirigía a la carretera.

>>Pasó un auto rapidísimo, pasaron otros dos más. Uno siguió por el carril izquierdo y el otro se incorporó al derecho, delante de nosotros. Tú y él venían platicando sobre el fútbol. De repente mi tío frenó en seco y gritó: “¡Pobre animal!” El auto que iba enfrente a nosotros atropelló, sin piedad alguna, a un pobre coyote que trató de atravesar la carretera.


>>Aún puedo verlo claramente. Me acuerdo cómo se retorcía el animal, parecía un pez fuera del agua tratando de atrapar el último suspiro de vida. Tenía el cráneo apachurrado y la sangre salía del hocico pesadamente. Se convulsionó una o varias veces, no recuerdo bien; se pone borrosa la memoria.

>>Tú ponías tus enormes manos sobre mis párpados, sólo te escuchaba decirme: “¡Cierra los ojos, no veas esto!” y ahora, cuando trataste de decirlo, no te comprendí. Me aferré a ti como tratando de escapar de la escena. Imaginaba que me llevarías volando a otro sitio y le devolverías, mágicamente, la vida al perro. Eres mi héroe, jamás dejaste que algo me hiciera daño.

>>Entre mi tío y tú cargaron el fardo rojo y lo pusieron lejos del camino. Así nadie más lo atropellaría. Sentí mezclarse las vísceras en mi abdomen y me sorprendió la tristeza de que sólo nosotros nos interesamos por el animalito apachurrado, pues los demás carros seguían su viaje, continuo y ensimismado, hacia ninguna parte.


>>Es extraño haber visto eso antes, y recordarlo ahora, y que tú no puedas hablar para decirme que esto que nos pasó también te lo recuerda. >>

 

II


—Veo que el camión se mueve rápido —dice el muchacho—, parece que el mismísimo demonio viene manejando. Ella corre detrás de algo. No alcanzo a ver bien qué es lo que rueda por el suelo.

>>Un señor le grita que a dónde va; que se espere, pero ella, creo yo, no lo escucha y sigue su camino. Algunos la vemos, parece absorta en atrapar aquello. No voltea a ningún lado. Sigue derechito. Ya está por bajar la banqueta. Unas señoras la ven como en trance, atentas a lo que hace, luego se voltean para ver si viene su combi. A mí algo me dice que va a pasar una desgracia; siempre hay noticias así en la tele y los periódicos. Nomás provocan paranoia.

>>El motor del autobús se oye a rajamadres. Veo al señor de reojo, viene cargando dos bolsas del supermercado en cada mano y camina encarrerado tras ella. Estoy tan cerca de la muchacha que siento ganas de gritarle: “oye, te habla tu papá,” pero me da mucha pena. Uno nunca debe de hablar con extraños en la calle y además a mí qué me importan ellos dos. Yo nomás estoy esperando la ruta para irme a mi casa. Ir caminando desde la escuela a donde yo vivo, casi cerca de la periferia, está canijo.

>>No son ni cinco segundos; lo juro. Es en lo que nomás busco el celular en la mochila para checar la hora. De pronto se oye un frenón brusco y las señoras, cerca de ahí, gritan horrible; parecen aullidos del infierno. La gente corre y se amontona, empujándose para ver, en el lugar. Unos se preguntan qué ha pasado; otros gritan que alguien llame a la ambulancia. Las ‘ñoras lloran. Yo sólo veo una mano entre las llantas. >>

 

III


El hombre, cada mañana que sale a rumiar por la ciudad, le reza a un Dios que desconoce por completo. Hoy no es la excepción. Su mujer le prepara el desayuno y alista los niños para llevarlos a la escuela. Él brama que se hace tarde; que se apure “¿dónde está la comida?” — piensa el hombre—. Ella, delicada sombra gris con moretones por doquier, flota por la casa llevando el alimento a su dueño. Él lleva el pan nuestro de cada día a casa, por eso hay que lamerle los pies y aguantar los arañazos y el veneno de sus manos y boca.    Él traga bocado a bocado y en menos de diez minutos ya salió otra ruta a viajar y lleva de aquí a allá a las hormigas que van a laborar. Se pasa los rojos y el ámbar. Toca el claxón histérico. Lo aprieta con fuerza.

Cinco pesos recibe por su empresa y a cambio, él devuelve un boleto. Cincuenta centavos de falla y espere, usted, otro camión, no hay lugar para los pobretones, sólo para el dinero contante y sonante que hace brillar los días agusanados. Rebasa los carros e invade el otro carril de circulación; qué importa si los acaricia y provoca una colisión, qué importa si muere gente. Él, desde el principio, está protegido por el padre, hijo y espíritu santo. Que se mueran otros. Los toros, como él, vuelan como relámpagos para ganar la carrera y checar en el reloj su tarjeta con la hora correcta.


Sí, se acerca el momento en que mucha gente subirá al autobús. Él piensa ansioso en las figuras redondas brillando con la luz del sol y en los billetes, hermosos dioses de colores y tamaños que le traerán la felicidad. Será grande por breves instantes, hasta que la realidad le pellizque las nalgas y vuelva a verse en el espejo retrovisor, lleno de grasa y al volante.

La música suena al compás de una lata metálica, un tambor improvisado y una armónica cansada de reproducir melodías. El hombre de los mil instrumentos ameniza el trayecto. Despiertan, poco a poco, los trabajadores de sus sueños utópicos con casas grandes y carros del año. Mamá televisión así nos enseña la filosofía de la verdad y la felicidad mercadotécnica. “¡Compra, compra. Llévele, llévele!” La alegría viene en los productos preempacados listos para su consumo y brilla en colores chillantes.


La hora de la verdad llega. El hombre está a menos de una cuadra de la parada de autobús para checar su tarjeta. Toca rojo, automóvil adelante, brilla el verde y el de enfrente no avanza. El hombre saca maldiciones de humo con el acelerador del camión. Hace ademanes fuertes con las manos al otro conductor. Nada se mueve y él, violentamente, hace una maniobra con el volante y toma la delantera. Brilla el ámbar y brillan, de una mano al piso, las monedas.

Las llantas del autobús se mueven velozmente en el pavimento caliente por las manos del sol. Así mismo otras formas circulares metálicas ruedan por la acera, ¿cuál será la posición en que caigan? El destino dice cara o cruz; el azar, hombre o mujer.


Él quiere llegar rápido. Acelera y acelera. Divisa una figura que se topa en su camino y apura aún más la carrera. Un estudiante que espera su transporte y otros peatones observan ambas escenas.

El hombre frena en seco. Da un golpe que ve desde su ángulo, lento y sordo, mientras los transeúntes lo ven rápido como rayo y sonoro como un trueno. Las bolsas de plástico bailan en el aire, el canto de voces histéricas se escucha en ecos multiplicados y la gente, guiada por su morbo, se aglomera.

Hay hilos de sangre derramándose en el piso calladamente. Están bifurcándose y uniéndose de nuevo a la orilla de la banqueta. Poco a poco esos ríos bermejos van formando un pequeño mar de sangre donde hacen olas la memoria y la consciencia.

Se escucha el llanto de lobo triste y desamparado que gime por la pérdida del acompañante. En el piso la figura amorfa de una cabeza mira al astro dorado que sigue sonriendo en el cielo. Trata de mover lo que eran los labios y articular palabra. Nada, sólo emite sonidos guturales. Mueve una mano en un intento desesperado por apagar la luz del día. Todo es en vano, la mano cae pesadamente asomándose entre las llantas ensangrentadas.


Se oye la sirena de la ambulancia. La gente como llega se va, después de darle su debida comida a la curiosidad. Los automóviles y demás caminantes siguen su viaje, continuo y ensimismado, hacia ninguna parte.

La primera moneda, después de viajar por el piso, cae pesadamente mostrando un lado: cruz. La otra moneda vacila, juguetea en una misma posición. No ha tomado en sí  la decisión final. Es una bailarina de ballet. Gira en sí misma con tanta gracia, hasta que una fuerza superior a ella la hace perder el equilibrio. Muestra su sentencia, mostrando la faz de un hombre.

Las estrellas brillan en el cielo esperando el turno en que se apague su luz. Algunas tardan años en morir; otras son tan fugaces que apenas si sabemos cuando dejaron de brillar. El sol, a pesar de ello, seguirá brillando en el cielo.

 

IV


—Que rápido transcurre un segundo —pensó el hombre tendido en el piso—, caminamos para tomar el otro camión, te doy el dinero para pagar al subir y ahí, en ese pequeño detalle, habita el demonio. Por unas monedas ocurre todo. Se te caen de las manos y ruedan por el piso. No me doy cuenta hasta que corres tras ellas. Te hablo y no escuchas. El autobús se acerca haciendo mucho ruido. La gente habla y los niños lloran histéricos. De pronto ya no eres una joven, sino una niña embelesada con el juego. No pararás hasta que estén reluciendo en tus manos de nuevo. Sigues corriendo. Todo se ve tan lento, pero es tan veloz como el aire. El tiempo se congela, inclusive las personas y yo mismo ya no existimos, sólo se realizan tus acciones.

>>Todos, atentamente, vemos tu movimiento, como si el simple hecho de ver ese mínimo acto nos revelara algo trascendental. Inconscientemente trazamos las certezas de lo que pasará.


>>¿Hija, por qué no paraste tu camino? ¿Por qué te cegaste con la luz resplandeciente de los círculos que rodaban por la acera? Suelto las bolsas cuando veo que estás a un paso de la muerte. Te agarro del brazo y te jalo fuerte. Te aviento lo más lejos que puedo. Me miras sorprendida. Te veo a los ojos. Quieres gritarme algo pero el tiempo no tuvo realidad, fue como un corto recuerdo. Sentí como si una ola, pesada y veloz, chocara contra mí.

>>El impacto fue de frente. Volé, lentamente, como un muñeco tirado por un niño aburrido de él. La sacudida me movió todos los huesos. Sentí que por dentro me reventaba como globo. El golpe en el piso ya no dolió. Las llantas seguían su camino. Sentí mucha presión en el rostro. Traté de pararla con mi mano, pero ya no podía. Quería decirte que cerraras los ojos; que no vieras eso. Pero la voz se anudaba cada vez más y más en mi garganta. Todo fue en un instante. Ya no había nada, mas que la inmensa oscuridad del silencio abrazándose a mi cuerpo. >>

 

V


—Si las cosas hubieran sido diferentes —dice la joven—,  tú y yo estaríamos como siempre, cada uno en su eterno circulo de vida. Nuestras acciones cotidianas lo llenarían todo, tal vez, pero hubiéramos seguido con nuestro camino. Hubiera querido oírte, pero me llené de mí misma.

>>Tenía pena de haber soltado el dinero que me diste para pagar. Yo sólo quería que todo estuviera bien. Nada en el día señalaba algo trágico; el sol resplandecía como siempre, la gente caminaba por las calles, el mundo seguía su curso. Incluso en la casa no pasó nada fuera de lo normal. Era un día como todos. Tú trabajabas en el taller arreglando carros con mi tío. Mamá limpiaba la casa y hacía de comer. Yo llegaba como todos los días de la prepa. ¿Cómo saber que, repentinamente, un simple hecho causaría tanto daño? El hecho de querer recoger ese dinero del suelo era simplemente una acción absurda, monótona, de las que está compuesta habitualmente la vida.

>>Hoy, cuando desperté, pensé que estarías dormido al lado de mamá. Ojalá hubiera sido así, que sólo fuera una pesadilla debido a la indigestión. Ella te diría que te levantes porque ya es muy tarde, nos haría el desayuno y pondría, muy contenta, la radio. Supe que no sería así al oírla llorar en el cuarto, al preguntarse por qué estabas muerto; por qué nos estaba pasando esto, si no hacíamos daño a nadie. La verdad es que nunca lo sabremos. Inevitablemente nos escurrimos de la vida como agua que se evapora con un toque de luz cálida.

>>Ahora pienso que no estás dormido, pero tampoco muerto. Simplemente despertaste del sueño en que vivimos inmersos todos, que se repite día con día con un sol que nunca deja de brillar, que nunca llora o siente pena por nosotros.

>>Hay cosas que nunca olvidaré de ti. Están los momentos tristes, otros tan especiales, alegres, inmóviles en la memoria. Como cuando era niña y me llevabas al taller en que trabajabas. Me acuerdo de los gatos, de tu olor a aceite, de las manchas por doquier; incluso del tío riéndose con los demás mecánicos, contando chistes tontos.  Pero hay, en especial, algo que me hace pensar en todo esto.

>>Recuerdo un viaje con mis tíos en su camioneta. ¿Te acuerdas? Era verde, una Pick Up de ésas viejitas que hacen mucho ruido al andar.

>>Creo, si mal no recuerdo, que íbamos de camino a Matehuala a pasar el fin de semana...>>

 

 


 

Esther M. García (Cd. Juárez, Chihuahua, 1987). Escritora y estudiante del último semestre de la Lic. En Letras Españolas de la UA de C.
Ha colaborado en  periódicos y revistas como Espacio 4, Palabra, Día Siete y Plaza Ludens.

Ganadora, en el año del 2004, de la primera mención honorifica del concurso Estatal de Ensayo ¿Por qué es mi consentido? De la librería Julio Torri. En el año del 2008 ganó el Premio Nacional de cuento Criaturas de la noche con Comunión amorosa, texto que forma parte del libro Las tijeras de Átropos. Es autora de los libros inéditos de poesía Entropía y La lógica de la locura.

 

 

Comentarios  

 
#1 felicidades!!ruth garcia 13-06-2010 12:33
me encanto el cuento, mientras lo leia me imaginaba a mi misma dentro de el, imaginando cada escena... muy buena narrativa y juego de palabras, felicidades!!!!