La asfixia de la acumulación
La inmensa teta
Por Jonathan Minila
Agosto del 2009
Por un instante, un breve instante, se es libre. Por un breve instante se es uno mismo. Luego pasa que el mundo nos recibe y nos transforma; nos oculta, nos hace pedazos. Y no hablo de aquel espacio que ocupamos. De aquel sitio condenado al silencio, a mirar; a sentir cómo su piel es cubierta por llagas; ese espacio, el único inocente de esta desdicha. No. Hablo de ese otro mundo; éste, el del engaño. El creado. El impuesto por estos seres que nos manejan y nos dominan. Que nos arrancan la libertad y moldean las mentalidades (como han hecho con ellos mismos, antes, otros). Y dejamos de ser. Nos perdemos, nos olvidamos. Andamos pasos que no son nuestros; decimos palabras que no son nuestras. Seguimos costumbres, ideales, metas. Seguimos caminos marcados, señalados. Dando todos los mismos pasos; tropezando igual; buscando un mismo destino. Este mundo falso, de maquillajes, de diferencias, de clases, de tiempo, de días, de años. Este mundo en que nos hemos extraviado, nos hemos derrotado, nos hemos esclavizado. En la apariencia. En la ilusoria cúspide donde todo se domina. Es nuestra cárcel. Religión, economía, superioridad, organización, sociedad, clases. Asco. Egoísmo, avaricia, estupidez. La búsqueda del poder, la dominación, la humillación. El dinero, la materia, las propiedades. El hombre es eso. Ese plástico, esa falsedad, esa trampa. Esa sombra que lo cubre todo para justificar este defecto que creemos (imbéciles) nos hace superiores. Está inteligencia voraz que miente, que inventa. Nos creemos con el derecho de poner nombres, de clasificar, de organizar, de moldear, de dividir, de dominar. Y es nuestra derrota. Lo hemos confundido todo. Lo hemos gastado, destruido, entristecido. Pues nada de aquello necesita de nosotros. De este afán por tener, por ser, por justificarnos, por permanecer. Creamos reglas, creamos sistemas; una jaula que ya no alcanzamos a apreciar. Sabemos de tener para ser. De tener para dominar. De hegemonía. De dinero, de status, de riqueza, de poder. De esa repugnante asfixia; de esa ansiedad, de esa impotencia, de esa frustración, de esa envidia, de esa avaricia, de ese materialismo. De esa angustia por cumplir con los modelos; por satisfacer lo esperado. Por reafirmarnos en la vida, por demostrar que se ha cumplido con los cánones que nadie puede justificar. Crecer, estudiar, trabajar, casarse, hacer dinero, tener casa, propiedades, ropa, muebles, cosas, cosas, cosas… Y ¿para qué toda esa acumulación estúpida? ¿Para qué todo ese naufragio por la búsqueda de un estado sintético que sólo sirve para mantener cierto nivel dentro de una sociedad maleable? Las clases, la división. El espejismo de las posesiones. Nos rendimos ante esos muros que no nos permiten reconocernos en el otro; en ese espacio que hemos mancillado, avergonzado. Que nos siente correr sobre su piel. Que nos sabe confundidos, perdidos. Que nos sabe lejos de la verdad, de nosotros mismos. Buscamos reconocimiento. Buscamos ser. Nos aplastamos, nos asfixiamos. Robamos el espacio, el tiempo, el sentido. Dejamos la verdad bajo datos, información, cajas, relojes, recuerdos, papeles, conversaciones, autos, cuentas bancarias, aparatos, basura. Bajo las palabras de aquellos que han creído dar sentido y orden, cuando ellos mismos están lejos de su propio ser. ¿Cómo reconocerse fuera de ese juego que nos han (nos hemos) impuesto? Es igual. De cualquier modo la rueda continuará girando. La creación de necesidades seguirá ocultando los días. Y los estúpidos (dicen) seguiremos siendo aquellos que no comulgamos con esa realidad, aunque de alguna manera logramos sobrevivir en ella. ¿O será que la acumulación de objetos, de materia, de pertenencias, es una forma de justificar nuestro paso por la vida? ¿Será que es el modo de aferrarnos, o una pretensión absurda de esquivar la muerte, negarla, engañarla? De cualquier modo todo es así, terrible. Cajas y cajas que destruyen el espacio, que nos impiden la movilidad. Y parecemos capaces de sacrificarlo todo por lograr una trascendencia banal. Una imagen social que nos apuñala por la espalda. Que nos arranca de lo que fuimos alguna vez. Que nos mantiene lejos de esa libertad, de ese verdadero yo; libre, simple, sin cadenas. Ese que hubiera podido dejar, sin problema alguno, el mundo como lo encontró; sin él, sin la necesidad trivial de acumular, de aparentar, de colgarse máscaras. ¿No sería justo que todo fuera así, libre, sencillo? Sin embargo, todo seguirá igual. Se buscará siempre un (falso) lugar sobre los demás. Sobre aquellos que también habrán de desaparecer (ahí nuestro engaño), y que a lo más transmitirán un recuerdo, una materia, o posesiones (que terminarán por diluirse y perderse indudablemente). Sólo esto queda. Este enclaustramiento disfrazado de manumisión. Esta realidad que no nos permite ver que al final (debe haber uno) todo quedará aquí, sin nosotros. Ni palabras colgando de hilos, ni billetes, ni objetos, ni casas, ni televisores, ni moda, ni fronteras, ni computadoras, ni recuerdos, ni datos, ni carreteras, ni mansiones, ni diplomas, ni reconocimientos. Ni siquiera esta maldita idea que me ahorca. Los nombres caerán y desnudarán las cosas; las dejarán así, entre el polvo. Ni cama, ni silla, ni lámpara, ni monitor, ni mesa, ni círculos, ni líneas. Sólo algo. Lo que es. Un estado simple, concreto: el instante. El ahora. El ya. Agregue su comentario |
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