Lo absoluto de la brevedad
La inmensa teta
Por Jonathan Minila
Agosto del 2009
El supuesto implícito es que todo forma parte de esta gran unidad. Que a este monstruo (para unos bello e hipnotizante) le hemos creado piernas y un tórax, y que todo este espacio está lleno de hombres que manan ahí, de alguna forma. Que aquello es la piel de esta grandeza que nos cubre; dentro de un supuesto orden, y un entendimiento, donde sus opuestos se incluyen, pero que es lo más cercano a la razón. Y sin embargo, creo que esa grandeza no está en esa historia engañosa, ya abstracta (poco real), que nos lanzan como sangre para hacer girar nuestra realidad. Ni tampoco en esa mayor ausencia de lo que aún no es, el futuro; pues lo único verdadero, es lo latente, lo que está, este instante. Ni creo tampoco que todo en conjunto (mucho más abstracto) forme una enorme masa que es el concepto de la vida como humanidad, ni en todas las demás ilusiones que nos hemos hecho para poder comprender algo que nosotros mismos confundimos. Espejismos que nos cierran los párpados para guardarnos de toda verdad. Creo, por el contrario, que todo aquello es el peso que nos sumerge en el fango hecho de rostros desconocidos, fuera del tiempo, del nuestro. Y que habría que detenernos no en épocas o en ciclos, sino en ese hilo, en esa punta del instante, en la brevedad que es ser. Lo de atrás queda roto en la confusión, en lo que nadie sabe. En testimonios que nos quiebran por dentro y nos guían hacía un mundo implantado por razones de seres que ya no están. Seres que sufrieron del mismo mal, dejándose llevar (como nos ha pasado siempre y seguirá) por esos senderos abiertos de un pasado aún más lejano. Pasado que nos domina. Que forma un muro que no logramos derribar. La base de una pirámide donde en la punta sólo crecen hombres confundidos, vacíos. Listos para ser dominados; para ser inyectados por todo ese peso que no les corresponde. Hay quienes luchan por ideales de otros que no están o no existieron; hay quienes pelean las guerras que ya se han combatido; hay quienes matan por ambiciones que no les corresponden. Sin pensar siquiera, por un momento, que todo ese absoluto no existe. Que nada de ello está. Que de ahora mismo, de este breve instante que parece ya haberse esfumado, nadie estará vivo dentro de unos años. Que algo dejaremos quizá, pero nada nuestro. Pues sólo hemos aprendido a transferir esa carga terrible del pasado, pensando en otra carga terrible que es el futuro. Todo para que aquellos mismos que vengan, igual, arrastren esa misma falsedad y continuemos así contagiando el engaño. Enseñando que existe un monstruo con tórax. Cuando no es así; todo se ha ido ya. Todo se consume al instante de ser. Nosotros mismos pronto no estaremos aquí. ¿Y de qué nos ha servido entonces el paso en este tablero donde sólo hemos sabido jugar con nosotros mismos, con la ilusión? Hemos transferido el hambre de poder, de dominación, de engaño, de lucha religiosa, social, de egoísmo. Todo para que luego, dentro de cien años, o más, cuando ninguno de nosotros esté aquí, todo siga girando sobre esa misma base, ese mismo peso. Durante los ciclos de la muerte del hombre, y el cruce de las generaciones. Hasta que quizá, alguien, o algunos, logren comprender que el verdadero absoluto no se encuentra en ese todo engañoso del que se cree formamos parte. En ese efecto que parecen formar los años, haciendo pensar que todo se conjunta. En ese momento donde se diluyen las generaciones, y crean los aparentes eslabones que nos unen. No. El único absoluto es el ahora. O mucho más inmediato que eso. Pues sólo muertos no podríamos notar la brevedad del ser. Sólo así no podríamos darnos cuenta de que se extiende, paradójica, inmensa, tras los muros que nos aprisionan en la historia, en un tiempo, donde todo es falso. Que está ahí, mirando, observando, siendo y dejándonos ser. Dispuesta siempre a arrebatarlo todo al menor impulso. Así es de enorme, de grande la brevedad. Pues es la que mira, la que esquiva, la que se prepara para ser ese pulso entre la realidad, y un sueño que no habrá de terminar nunca. Luego ya no se es. Luego nada pasa. Todo termina. El telón cae sobre un rostro que lo ha formado todo. El monstruo se ve fragmentado, hecho humo. Se mira desaparecer. Entonces, ¿qué vale esa estúpida totalidad, cuando el verdadero absoluto se encuentra tras esto que ya se nos ha escapado? Quizá alguna vez, cuando este instante se haya ido (este, o aquel), nos lograremos liberar de las garras, del peso que nos han dejado caer encima. Quizá entonces tendremos conciencia de que nada es días, ni años, ni tiempo; y que toda mala ambición no tiene sentido. Pues todo ha terminado ya. La brevedad al final habrá de devorarlo todo, hasta esto, dejando un nuevo momento que podría desaparecer, como tantos otros, sin que nadie haga caso de él. ¿Qué estamos muertos ya? Agregue su comentario |
RegístrateLo más nuevo:
|
Sobre Palabras Malditas
Editorial Efímera
- Antología de cuento Palabras Malditas
- CD-ROM Interactivo
- Playeras
- Envío de manuscritos





