Para no llegar a la luna
La inmensa teta
Por Jonathan Minila
Agosto del 2009
La cuestión, dicen, es ir cada vez más lejos, avanzar. Háganlo si quieren. De cualquier modo de mi boca continuarán colgando carcajadas. ¿Qué más hacer? Y si esperan lo contrario dejen de leer ahora. Les doy diez palabras de ventaja para que me dejen solo. Así mejor. No hay remedio. Ahora están de este lado, y de acuerdo en que sería mucho mejor ver a un hombre a media calle gritar su nombre doscientas veces, hasta que pierda el sentido de su significado. Luego todo lo demás. Una calle y otra. Cuatro sentidos, ocho o dieciséis. Ni eso valdría. Seguro que después nadie dudaría en imitarlo. Nadie de nosotros, desde luego, y no de aquellos que ya celebran o no el paso de un hombre que se colgó de la humanidad (o lo colgaron) y que no ha valido nada. No; nosotros, estos, tan todo, que damos pequeños pasos tan insignificantes para que no nos abracen después o nos regalen estrellas. Es grandeza. Porque entendemos, espero, que el sentido de la trascendencia nos viene convirtiendo en este tipo de raza. En esta danza tan ridícula. Carajo. Y yo fijándome en la sonrisa de las aves, en el instante. Pero me celebro. Camino en las noches por calles desconocidas buscando verdaderas huellas. De perdición, de desaliento, de carreras, de sueños, de esquizofrenia, de palabras, de pasado, de hoy (o todo lo contrario). Tomo un taxi, como aire, y cargo un pez que me grita un secreto al oído que hoy me atrevo a confesar: suerte. Anidando el sentido entre burbujas: suerte. Y claro que la necesito. Pues ya estoy aquí. Como todos. Pero no dispuesto a levantar los brazos y participar. No de ese modo, entre observaciones, entre reflejos. Porque más me interesa que nos encontremos a medio camino entre dos ventanas antes de caer. Reduciendo todos los instantes a eso, a la raíz. Quedándonos de pie sobre un campo para convertirnos en árboles. Lamentando ser tan pocos. Pues de otro modo serían muchas las lunas que caerían de nuestras ramas. Pero poco importa, pues nada cambia. Hay que voltear acá o allá para encontrar los mismos rostros llenos de sombras. O cuerpos gigantes que se aprisionan bajo las manos que les dan seguridad. ¡Saquen las banderas! ¡Sí! ¡Cómprenlo todo! Y mientras tanto sucede el hecho increíble de que dos niñas se encuentran así mismas en un sitio sin entender nada, pero sonríen. Nadie lo ve. Nadie lo sabe. Nadie lo entiende. Y otro por allá, un niño, un hombre (podría ser el mismo), encuentra el primer libro que ganó a los cinco años vestido de lobo. Eso es luna. Ojalá todos tuviéramos la suerte de pisar ahí. De flotar sobre los recuerdos ajenos, sobre lo simple, lo sencillo, los sueños, lejos de la norma. Sentir el modo en que las cosas cambian. Es cuestión de detenernos. Vestirnos de astronautas debería ser andar desnudos. Brincando. Levantando los restos. Con la libertad de cambiar de rostro, de volvernos tornasoles. Es eso. Ir por el mundo cambiando el sentido de las palabras. A esto llamarle aquello, a aquello rana, y a todo lo demás dejarlo sin nombre. Luego caminar para atrás. Convertir la evolución en su propia antítesis. Hacer lo que se quiera. Decirlo como se quiera. Por eso yo lo hago así. Sin todo el sentido correcto, porque no pretendo llegar a ningún sitio. Pues todo lo que se ha buscado está abajo, escondido entre la sangre. Olvidado. Pero ahora lo sabemos, al menos unos pocos (aún). Ajustamos nuestra realidad a la inmensidad verdadera del interior. Pues seguro que del otro lado viene alguien igual que no sabrá ayudarnos en absoluto. ¿Qué podría hacer? Confundirnos más. Inútil. De cualquier modo si detuvieran ahora el tiempo, entenderíamos que en unos años, nadie estará de nosotros. Pero habrá otros, ellos, absurdos, que continuarán intentando sostenerse entre la ilusión de un tiempo. De una continuidad. ¡Y yo ya me comienzo a cansar de decirlo! ¡Basta ya! Los nombres nos esconden, la influencia, la sombra de los edificios que no son como montañas (¡no lo son!). Me canso. Me canso de mirarlos. De estar enterrado entre zapatos, clases, autos. Horas, minutos. Y todavía quieren más. Que lleguen a todas las lunas si quieren. Que cuelguen banderas parar mostrarle a ese todo, que jamás habrán de conquistar, la corrupción de nuestras divisiones. Pero somos el mismo. Somos éste. El que no puede saltar de su cuerpo. El que no puede avanzar. El que no se conquista a sí mismo. ¿Y por qué no hacerlo ya? Por miedo a (no) permanecer. A darse cuenta de lo fácil que es vivir. De que las cosas suceden y están, y seguirán ahí. Todo en el gran sentido de esto que esperamos los que hemos llegado hasta esta palabra: razón. Sin corromperla con la estupidez de la evolución y el conocimiento. Es sólo ser. Fluir. Entender lo que significa cerrar las puertas, derrumbar reglas. Correr por la arena en la noche para mirar destellos azules. Jugar en la imaginación que, yo no lo digo, jamás perdona. Porque la mala suerte no es haber nacido, sino haberlo hecho para desperdiciarnos en este afán por formar parte de esta cadena llena de artificios; creados por otros igualmente corrompidos, que ya no están, y que quizá ya han comprendido (a fuerza de haber muerto) que el verdadero paso (el que importa) no es ese que muchos festejaron (y aún festejan), sino aquel que muy pocos han dado, y que de seguir así, nadie volverá a dar jamás. Agregue su comentario
Comentarios (1)
jajajaja
1
Miércoles 23 de Septiembre de 2009 23:09
alykas
El hombre quiso llegar a la luna para darle en la madre a todos aquellos que aún guardaban la esperanza de ser poetas y escaparse de aquí dando brincos con la mente, sin despegar su espalda de la cama. No derrumbarán nuestros mitos, la luna ya no existe, y aún podemos sentir su magia al ver el cielo nublado.
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