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La Otra Totalidad

La inmensa teta Por Jonathan Minila
Octubre del 2009

 

En tiempos de silencio se escuchan más palabras, o se intuyen. No en el vago efecto de la continuidad donde todo se pierde; la sombra engañosa (semejante a estas letras) que estira los brazos para cubrirnos. No. Sino ahí donde no nos permitimos aterrizar. Encontrar los espacios, verdaderos eslabones. Algo como esto: un texto que intenta decir algo, y que sin embargo oculta (¿y lo hará siempre?) una razón verdadera. Pero hay, dicen, que guardar las apariencias y hacerlo bien (a eso nos han acostumbrado). Aceptarlo todo tal y como está. No pensar en nada. Deslizarnos sobre la supuesta desnudez de una realidad aparente, que sólo logra mantenernos ocultos en la comodidad de ciclos establecidos, o reglas, contextos, condiciones, causas, reflejos, engaños. Sin ver más, sin querer ver más. Porque ya nos hemos cubierto de ruido, de gritos; ocultándolo todo de algún modo. Para, como ahora, con esto, lograr el efecto, según debe ser, de que las cosas simplemente son en su propia generalidad y no más. Lo que se presenta, lo que es, siempre lo más fácil, sin tener el valor de cruzar la línea que han (hemos) dibujado como un muro. Tan al alcance y tan lejano. Tan simple y no. Tanto como explicar olores que jamás hemos conocido (y que no por eso no existen), o sabores inexplorados, o distancias, o sueños de otros que de algún modo podrían pertenecernos y nos pertenecen. Porque todo se sumerge, se funde, se logra, y se levanta en esto que nos mueve, y que está y que es. Lo que no se mira, lo que no se escucha, lo que une las letras, las palabras, las voces, los encuentros. Sin dar pie a la casualidad, que de cualquier modo está construida de la misma manera: fragmentos que podrían tomarse bajo un concepto igual a lo que crean, y que son aceptados (ignorados) por el simple hecho de ser. Pasando desapercibidos en toda su fuerza que al final de cuentas lo es todo. Porque de ahí nos sostenemos y se sostiene todo. Los límites, la fundición de los elementos: como los pasos (exactamente eso) que nos llevan a un encuentro. Y sin embargo hay más. Aquello que fluye como pensamientos mientras el hombre camina. Aquellos pequeños movimientos, sonidos, sensaciones, expresiones, razones. Una voz tal vez, que nadie jamás escuche (ningún otro) y que, para ser peor, tampoco lo hará él, o ella, o cualquiera. Porque pareciera que es más sencillo seguir, continuar adelante. Esquivar los pensamientos, y cubrirse los oidos cuando lo que se oculta quiere hablarnos. Dejando a un lado los pequeños fragmentos con los que se logra su construcción, y aún más: los fragmentos en apariencia vacíos, en apariencia inútiles, y que no obstante son los que llevan el gran peso de nuestra pirámide personal, social, y de nuestros propios secretos, de nuestros pensamientos, de lo que gira y vuelve esto (sea lo que sea) en un espacio (la vida) que ocupamos libremente (y no). Como ahora, en que una distancia inadvertida nos mantiene lejanos, sin permitirnos percibir que este momento, como tantos otros, se ha construido de eso que en verdad ha llevado ya no a la fluidez ordinaria, “aceptable”, general, sino a esa verdadera totalidad que tan sólo podríamos encontrar en un alto, en una honestidad, en una percepción real. La sombra formada por un cuerpo, por un sol, por una luz que se construye de un algo, de una parte de ese gran todo que sólo miramos en cierto instante; que nos conjuga con el ahora (un ahora engañoso que no nos permite sumergirnos en el único y verdadero instante que es la construcción de esa generalidad). Algo como esto. No sólo una idea fluyendo o un texto, o una distancia, o un hombre leyendo, o unas palabras flotando mientras no las miran. No. Más bien todo aquello que ha llevado a este preciso momento, de izquierda a derecha, de allá, de acá. La suma de brevedades, de otros todos, de lo simple, de lo concreto. Conjunto de hechos formados por conjuntos de hechos, formados por conjuntos de hechos, hasta llegar a esa minúscula forma que es aquella voz en espera del silencio. De arriba para abajo (si así se logra entender mejor). Pues de otro modo, bajo la incomprensión, bajo la aceptación, son los hechos los que dominan y manejan al hombre, siempre incapaz (quizá exagero) de cuestionar profundamente. La inmensidad de un espacio, que sólo logra ser así por la concepción de la eternidad que nos da la ignorancia de unos límites que no, por nuestra incapacidad, dejan de ser y estar en algún sitio. Volviéndonos así al asunto (como siempre, tan simple, como todo, tan básico) de que será la duda, y la observación real (casi desconocida, mas no creo que imposible), la única creadora de verdades; de devolvernos la capacidad para encontrar de nuevo los vacíos, y ese instinto de atender eso que dejamos ir, pero que utilizamos (casi vilmente) para la conveniencia de nuestro ahora (éste sí la sombra que nos oculta la realidad, la verdad: esa minúscula forma que nos resiste).

 

Y no obstante parece imposible. Y no obstante parece inútil. Pues siempre resultará que el tiempo (ese demonio que no nos deja, no como asunto poético, sino conceptual, como esa herramienta destructora creada por el hombre para inhabilitar sus capacidades, sumergiéndolo en una angustia inadvertida; sin embargo constante, tan nuestra ya que se ha convertido en la otra pierna que nos impulsa a una verdadera, esta sí, nada), habrá de extenderse sin permitir que nos detengamos, entre una velocidad casi imaginaria, a observar lo importante que es ese minúsculo detalle. Regalándonos la angustia de estar, y perdiendo todo impulso para identificar lo que habrá quedado ya oculto. Pues siempre resultará más fácil lo que es por el simple hecho de ser, sin más cuestionamientos. Llevándonos a la enorme paradoja que se forma cuando ciertos hombres emprenden esa búsqueda de mínimos, para crear una masa enorme como el progreso, que nos enceguece aún más (otra angustia que está formada por otras, y otras más). Pasos que se olvidarán tal vez, y que se perderán bajo el efecto de un salto que nos obliga a aceptar lo que se ha formado. Como si eso fuera todo, sin más.

Y no, no es así.

 

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